Natalia Valdebenito: La antifamosa

Reportajes y Entrevistas

Natalia Valdebenito: La antifamosa

Por Alejandra Matus / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Álvaro Renner / Pelo y Maquillaje: Carola Pizarro para Ives Saint Laurent / Agredecimientos: Cher

Después de sus celebrada actuación en el Festival de Viña, las multitiendas quieren su rostro para campañas comerciales. Franco Parisi tomó parte de su rutina para componer un viral. Activistas de todo tipo la quieren de su lado. Pero Natalia Valdebenito (36) desprecia la fama. Ella prefiere pensar que nada ha pasado y se empecina en seguir el camino que se ha trazado con sus propias manos.

Paula 1199. Sábado 7 de mayo de 2016.

Viernes en la noche. Mujeres en grupos de a cuatro, de a ocho, fuman, conversan y ríen en las puertas del Teatro Oriente, en Santiago. Remedan pasajes de la rutina de Natalia Valdebenito en el Festival de Viña y vuelven a reír. Hay entre ellas una complicidad parecida a la que vivían los jóvenes que esperaban un concierto de Los Prisioneros en los 80. Son ellas ahora quienes desafían el orden establecido y la comediante es su Jorge González.

La rutina de la artista rompió el lugar común de la mujer en el humor, le sacó el uslero y los tubos y la presentó como una persona dueña de su vida. Se rió de sus propias e íntimas miserias, pero también se burló del machismo y de los machistas. Se declaró feminista y, contraviniendo cualquier predicción, tuvo un éxito macizo en sintonía, aplausos y premios.

Natalia sabe que ahora todo lo que toque puede convertirse en oro. Se lo dicen el smartphone que no para de sonar con propuestas para convertirla en rostro de una marca o de un espacio de televisión; el viral de Franco Parisi que se apropió, sin su consentimiento, del segmento en que apuntó con el dedo a Lagos y a Piñera; un espectáculo falso que anuncia su presencia para vender entradas. “A esa gente no le interesa nada lo que yo diga. No le importa mi verdadero talento. Solo le interesa explotar el nombre”, se queja.

Por eso, tras su exitosa y comentada actuación, se ha negado a dejarse seducir por los privilegios y el dinero que le ofrecen a cambio de compartir su súbita fama. Esta es, de hecho, la única entrevista para una revista en papel cuché que ha concedido después de su paso por el Festival de Viña. Una ventana apenas entreabierta para asomarse a su corazón rebelde.

“Yo estudié en el colegio Santa Cruz, no en el Saint George’s. Sabía que la única manera (de entrar a la televisión) era el casting, la suerte. Para postular, escribí el anticurrículum. Decía: ‘No soy esto. No estudié en tal parte. No crecí en tal lugar’, Y me llamaron altiro”.

INFANCIA SIN MUÑECAS
Natalia Valdebenito (36) es hija de Ángela González, asistente social, y de Carlos Valdebenito, comerciante e imprentero. Nació y se crió en el Barrio Huemul, cerca del Matadero y del Barrio Franklin en la zona sur de Santiago. Ahí están todavía la Iglesia Santa Lucrecia, el histórico teatro Huemul y la casa en que vivió Gabriela Mistral. También un regimiento y una villa militar.

“Era como un pueblo chico, que tenía almacén, peluquería, colegio, todo muy vecinal y bonito. Con el tiempo, he ido comprendiendo que vivir ahí fue marcador para mí y para mis papás, que eran muy jóvenes cuando comenzaron su vida juntos. Mi mamá me tuvo a los 18 años recién cumplidos. Hizo una manda para tenerme”, relata.

Y sigue: “Ella tenía esa volada católica rara, porque era un catolicismo que no heredó de nadie. Mi abuela materna no es católica, ni casada. Es divertido porque mi mamá se inventó solita su cuento y le pidió a la virgen de Lourdes tenerme. Además, estaba muy enamorada de mi papá. Es un romanticismo que yo no heredé”.

¿Tus padres estudiaban en ese entonces?
Nada. Imagínate. Vivíamos en la casa de mi abuela materna. Ellos eran muy jóvenes, en dictadura y con cabros chicos, todo el tiempo transmitiendo sobre lo que no pudieron hacer. Yo nací en 1979 y crecí en los 80; años difíciles, viendo la pobreza a mi alrededor. Que el frío, que las goteras, que costaba llegar a fin de mes. Mi papá reventado después de trabajar como chancho.

¿Cómo fue tu infancia?
No me sentía muy cómoda siendo niña, porque encontraba que era fome. Dependía de las decisiones de otros para todo. Lo único que quería era crecer. No me divertía jugando a las muñecas, no tuve Barbies. El comercial decía: “Y ahora el bebé se hace pipí” y yo pensaba: “¿Por qué puede ser divertido mudar a una guagua? ¡No! ¡Qué fome!”. Tenía la sensación de que si pasaba el tiempo, iba a ser más feliz.

¿Creías que creciendo te ibas a liberar de algo?
De todo. Por ejemplo, de rollos que no tenían que ver con mi vida, sino con la vida de mis padres, con sus dudas y contradicciones. En el fondo, yo vi crecer a mis papás como ellos me vieron crecer a mí. Mi madre estudió Trabajo Social en el Arcis cuando nosotros (ella y sus hermanos menores Gabriela y Giancarlo) éramos aún niños. El Arcis, de alguna manera, se metió en mi casa; sus compañeros venían a la casa y yo, por supuesto, estaba en llamas por tener gente adulta con quien conversar.

¿Y cómo tomaban tus compañeras de curso tu actitud agrandada?
Me lo vivía muy callada, porque sabía que en mi entorno todo el mundo estaba preocupado de jugar.

¿La pasaste mal en algún momento por eso?
A ratos sí, porque no encontraba mi lugar. El lugar interno.

¿En quién te apoyabas?
Mis padres siempre empatizaron conmigo. Nunca me dejaron sola. Cuando se dieron cuenta de que me empezó a gustar la música, me trajeron cassettes. De niña admiraba a la Gabriela Mistral por ser mujer, por ser premio Nobel, porque me encantaban sus poemas y había vivido cerca de mi casa. Y también porque me sentía afín con ese pensamiento solitario que ella expresaba. Y me encerraba a escribir.

Pero, ¿jugabas a algo?
Poquito. La bicicleta y los patines me salvaron la infancia. Pero todavía más la música, los libros, y mi propia poesía, que era ridícula, pero yo gastaba horas pasándola en limpio.

En el colegio, ¿participabas en concursos de literatura, canto o cosas así?
No. Mi mundo real siempre fue la casa y ese era el mejor lugar. Cada cual se encerraba en su pieza, en su mundo, pero llegaba la hora de once, salíamos a comprar el pan y nos juntábamos. Podíamos decir lo que quisiéramos. Nos hacíamos bullying para lado y lado: a mi mamá, por chascona; a mi papá, en su momento, por machista; a mi hermano, porque se cagó caminando por la playa; a mí o a mi hermana, porque nos equivocábamos en algo. No había problemas en decir: “Papá, estás equivocado”. No había ni jerarquías. Mi familia me entregó esa libertad que hoy siento y vivo como natural.

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UNA ACTRIZ EN SERIO
Natalia recuerda que un día ella y su hermana Gabriela –ahora profesora de Educación Diferencial– vieron en televisión un llamado a casting para el Clan Infantil de Sábado Gigante. Le rogaron a su madre que las llevara y quedaron seleccionadas: Gabriela actuaba y Natalia era una reportera de 10 años. La experiencia duró un año, porque el programa se mudó a Miami y Natalia sepultó por varios años su vocación artística. Antes de salir del colegio, contestaba el teléfono en la imprenta de su padre. “En mi familia no hay herencia actoral ni musical. Mis padres aún no se explican por qué tienen dos hijos que se dedicaron a esta rama de la locura. Yo soy actriz y mi hermano menor, músico”, afirma.

Te gustaban la música y la poesía, ¿pero sabías sobre el stand-up comedy?
No, nada. Pero en mi casa siempre armaba shows. Personificaba a mi mamá, a mi papá, a mis hermanos. Hacía parodias de las situaciones que ocurrían hasta aburrilos. Una vez hubo una discusión fuerte, y dos semanas después yo agarré la muleta de mi abuela y empecé a imitarla en esa situación. Todos nos reímos de algo que no había sido cómodo, ni agradable. Pero así se transformó en otra cosa y el episodio pasó a ser la noche de la muleta, en vez de la noche del problema.

¿Crees que usabas tu talento como un mecanismo de defensa?
Ahora creo que sí, que fue mi forma de sobrevivir. No culpo de nada a mis viejos. Me pongo en su lugar y de verdad no habría sabido hacerlo mejor. Ellos también estaban armándose y entiendo por qué no me pescaban tanto en algunos momentos. Pero a los niños no se les responden todas las preguntas y ellos entienden lo que pasa a su manera y sacan sus conclusiones. Como no recibía todas las respuestas que quería, me las respondía con estas representaciones.

Y, ¿cuándo creciste? ¿En qué momento se acabó ese mundo?

Cuando cumplí 18 años, me puse a estudiar Teatro, en la escuela de Gustavo Meza. En el colegio no me interesaba nada. No entendía la preocupación por la Prueba de Aptitud Académica. Yo mentía sobre los puntajes para que creyeran que estaba haciendo los facsímiles. Pero llegado el momento, mi viejo me sentó y me preguntó: “¿Qué vas a hacer?”. Y yo le respondí: “¿Actriz?”. Entonces me dijo: “¿Tienes claro que si sigues ese camino, y no eres la mejor, no existes?”. Ahí me di cuenta que tenía que tomármelo en serio, y la verdad es que al mirar la malla curricular me gustó todo: movimiento, voz, historia del arte. Y me puse matea y estudiosa. Me fue súper bien.

Al terminar Teatro, Natalia hizo un diplomado en Pedagogía en la Universidad Católica y comenzó a trabajar como profesora en escuelas municipales, hasta que un día, en 2004, revisando revistas de papel cuché de su abuela, encontró la invitación a un casting de Vía X. Y así nació la Cabra Chica Gritona.

“Nunca me interesaron las teleseries, que era el camino que se le ofrecía al actor en los 90. Me preguntaba: ¿Por qué no puedo ser yo la que genere mi propio empleo? En mi casa se hablaba mucho de independencia como un valor. Todos mis hermanos somos muy parecidos en eso. Yo sentía que la teleserie era un camino flojo, tenías que esperar que te llamaran, y eso dependía mucho del pituto, la conexión, y no tenía nada de eso. Yo estudié en el colegio Santa Cruz, no en el Saint George’s. Sabía que la única manera era el casting, la suerte. Para postular, escribí el anticurrículum. Decía: ‘No soy esto. No estudié en tal parte. No crecí en tal lugar’, y me llamaron altiro. Nos pasaron el texto y yo caché que era una mujer cuica. Y la hice súper defectuosa, con patas chuecas, no lo que se piensa de una cuica como mujer perfecta. Y eso les gustó. Así empezó el camino de la tele y mi relación de amor con la comedia”.

Natalia aún vivía con sus padres, en parte porque era cómodo, en parte porque ellos no querían dejarla ir. Su participación en el programa le permitió ahorrar dinero y, cuando cumplió 25 años, se fue.
Imagino que no fue fácil para tu papá…

O sea, pasaron los años y ellos seguían llorando. Hasta mis hermanos me echaban de menos. Y yo les decía: “Ya, supérenlo, por favor”. En un momento me terapié por otros motivos y trabajé esto también: la culpa de irme.

¿La terapia te ha servido para mirarte a ti misma con distancia y sacar material para tus rutinas?
Para sacar material y para no estar tan pesada, porque tiendo a eso. Me vine a Providencia, porque San Miguel está a 40 minutos de cualquier lado, pero a Providencia bajo (dice riendo). Estaba chocha de vivir sola, de pagar mis cuentas. Y ahí vino también esto de vivir con parejas, otro tiempo con una amiga, después con un amigo gay y otra vez sola.

¿Y cuándo te has sentido mejor?
Sola y ahora.

¿Y ahora es..?
Con mi pareja, Luciano Francino. Aunque también sola disfruté mucho. Yo pololeo muy bien conmigo misma. Cuando te sientes cómoda sola, no hay vuelta atrás. Puede ser que una pareja falle, pero nunca más tendrás miedo de estar sola. Nunca más esa desolación porque alguien te deja. Me encanta sentirme protegida por mi pareja, me encanta que él esté y que me respete por lo que yo soy, pero estoy segura de que puedo vivir sin él y eso me hace muy bien.

Sobre por qué cree que la invitaron al Festival de Viña dice: “No sabían a lo que se enfrentaban. Me subestimaron desde el principio (…). Por eso mismo, iba abrazada a mi material y pensaba: ‘Si muero acá, que sea por feminista y por canalla, por poner ideas que nunca han estado allí’”.

SÍNDROME VIÑA
Natalia cuenta que desde que probó la comedia en Cabra Chica Gritona, empezó a verla en todas partes, a reírse de todo. Y adquirió las herramientas para expresarse improvisando. “Todo el mundo cree que improvisar es hablar lo que se te ocurra, pero no es así. Es un arte y tiene sus reglas, sus métodos. Lamentablemente, es poco valorada”. Después en El Club de la Comedia adquirió el gusto por el stand-up comedy, hasta que la ruptura con sus compañeros de trabajo la empujaron al camino propio.

Según el Banco Mundial quedan 137 años para lograr la equidad de género. ¿Cómo rompiste ese cerco y lograste que te invitaran a actuar en el Festival de Viña?
Creo que muchos no sabían a lo que se enfrentaban. Me subestimaron desde el principio.

¿Crees que la intención era lanzarle una víctima al monstruo?
No sentí eso, pero sí la subestimación. Yo sabía que la gente no cachaba lo que yo hacía, y eso podía sorprender tanto para bien como para mal. Si lo hubiesen sabido, no sé si me hubieran invitado. Por eso mismo, iba abrazada a mi material, y pensaba: “si muero acá, que sea por feminista y por canalla, por poner ideas que nunca han estado allí”.

¿De dónde te viene ese feminismo?
Por mi historia familiar. Mis viejos hicieron familia muy jóvenes, entonces creo que partieron súper equivocados. Ahí yo vi el machismo, pero también fui testigo de la evolución de mi papá. A él le costó entender que mi mamá quisiera estudiar, pero evolucionó y ahora valora que a mi mamá le vaya bien y está feliz de que nosotras seamos mujeres potentes. He visto que hay un camino que se puede transitar. Además, la curiosidad por el tema me llevó a descubrir que este mundo de verdad está hecho por y para hombres y que nosotras estamos todo el tiempo tratando de ganarnos un espacio. A la mujer no le enseñan a sentirse bacana.

El personaje de Natalia Valdebenito que se sube al escenario, ¿eres tú o es una invención?
Soy yo, pero el escenario es un lugar de transformación, donde uno tiene que exacerbar defectos y virtudes para que el personaje se vuelva atractivo. Yo saco material de lo que escucho, digo e invento.

Para ti, ¿tu contenido era más importante que ganarte el aplauso y las gaviotas?
Lógico. Si hubiese pensado en los premios, creo que no hubiera ganado nada. Me hubiera concentrado en conseguir los pájaros y los aplausos, me hubiera preocupado del qué dirán. Yo empecé diciendo que era putaza, que lo paso bien, y creo que desde ese momento el contenido fue rupturista.

Cuando dijiste: “soy feminista”, rompiste un tabú. ¿No temiste una pifiadera?
Como lo venía haciendo desde antes, tenía un poco de cercanía con las reacciones. Mi plan era decirlo sí o sí. Y cualquiera que fuera la reacción del público, tenía que llegar a ese lugar donde lo explico en cetáceo. Por otro lado, tenía solo la intuición, pero no la conciencia plena, de que decirlo era fuerte. Estaba concentrada más bien en hablar bien, en que se entendiera lo que estaba haciendo. También me pasó por la cabeza que no solo le hablaba al público del festival, sino que a la gente que lo estaba viendo en su casa. Sentía que tenía que aprovechar esta oportunidad, tenía que arriesgarme.

¿Cómo te preparaste?
Me hice como un tratamiento mental piola. Me encerré en mí, en mi familia, en mi grupo de amigos. En los días previos casi no vi a nadie. Hice mucho ejercicio, lo cual me tenía la cabeza muy tranquila, porque me cansaba y dormía bien. Nunca soñé que estaba en el Festival de Viña a poto pelado sin saberme la rutina. Una semana antes le decía a mi equipo: estoy lista, lo puedo hacer ahora. A mí el escenario me da ganas, no temor. Ese es el mejor lugar del mundo para mí. El único donde no tengo miedo, ni incertidumbre, donde no pienso en la muerte ni sufro por nada. Por eso no entendía cuando la gente me preguntaba si no tenía miedo.

¿Nunca temiste irte a negro o quedarte en blanco?
No concibo que si haces bien tu trabajo puedas fallar. Así como un doctor no puede fallar en la sala de operaciones, yo no puedo ser fome, no se me puede olvidar la rutina. Me preparé, por ejemplo, para no llorar. Honestamente, no me emocioné con la entrega de los premios. ¿Gaviota y leseras? No. Mi sangre estaba muy fría. Estaba concentrada solo en el trabajo. Todo lo demás pasó a segundo plano.

No podías acordarte de tu mamá, de la pobreza…
Exactamente. No. Yo sé, por ejemplo, que cansada soy mucho más sensible. Entonces descansé. Cuando escuché la noche anterior a un compañero diciendo: “He visto la vida pasar”, me dije: “¡No! ¡Yo no quiero eso!”. Por supuesto que todos querían ver cómo esta mujer se desmoronaba o se emocionaba o se quebraba. Y yo sabía que no hacerlo era un símbolo, un mensaje mucho más potente.

Entonces, ¿por qué aceptaste? ¿qué buscabas en Viña?
Me pareció desafiante. Probar un escenario difícil me provoca mucho placer.

¿Taparles la boca a quienes creían que no ibas a poder?
Me acuerdo que entré al baño y me dije: “¡Vamos! Demostremos que esta es una instancia para pasarlo bien, para decir cosas, que este escenario no es hostil si tú no eres penca”. Y también me parecía interesante darle la cabida a otra mirada, subirle el pelo a la discusión, mostrar algo que nadie había visto. Así que todo el show mediático me lo tragué nomás. Yo creo que el golpe ha sido más fuerte ahora, a la baja. A ratos sufro.

¿Por qué?
Me di cuenta de que te conviertes en una fuente de dinero. Después del Festival de Viña recibí llamados de todas partes. Me afectó ver la superficialidad que se le puede dar a un tema tan profundo como el que expongo. Sentí que estaban manoseando la cuestión y era mi responsabilidad impedirlo. Tomé distancia para decidir qué quiero hacer y qué no. ¿Quiero los teatros regionales? Sí, quiero. ¿Ir a hacer un show a La Pintana cobrando más barato? Sí, quiero. Podría tener spots publicitarios, cobrar mucho por espectáculos elitistas. Pero a esa gente no le importa mi talento, sino explotar mi nombre. Y eso en mi vida del colegio Santa Cruz de Nataniel Cox con Victoria, no existe.

“La fama no cambia nada. Esa es la huevá. Mi hermana se enfermó igual y tuvimos que estar en la clínica con ella. No porque yo sea esto, mis problemas se solucionaron o dejé de engordar”.

LA ANTICELEBRIDAD
Para muchas mujeres, te has convertido en un símbolo. ¿Cómo convives con eso?
El contenido de mis rutinas me sale en forma inconsciente. Me cuesta mucho hacer de John Lennon con el follow me. No hago talleres de stand-up porque no quiero evangelizar a nadie. Creo que el mensaje es súper de la calle, no me interesa canonizarlo. Me parece bonito que la gente se identifique con lo que una dice. Me gusta que nos riamos de nosotras mismas y hagamos catarsis. Riámonos fuerte, hagámonos notar, pero me preocupa que el mensaje se pueda manosear desde cualquier ámbito. Por eso me he corrido de la charla de mujeres de no sé dónde, de la portada de no sé qué. No quiero hacerme homenajes a mí misma. Solo quiero hacer bien mi pega y que se me llene el teatro, porque es mi forma de ser feliz. Quiero envejecer en el escenario. No hay más.

En las pocas entrevistas que has dado se trasunta una resistencia a dejar que el éxito de Viña te cambie.
Es que de verdad la fama no cambia nada. Esa es la huevá. Mi hermana se enfermó igual y tuvimos que estar en la clínica con ella. No porque yo sea esto, mis problemas se solucionaron, ni dejé de engordar. La gente sobrevalora el éxito. Desde el fondo de mi alma, siento que no es para tanto. Me he propuesto seguir con los espacios que tenía desde antes, con mi programa en Súbela radio, porque ahí soy libre y no me van a echar. Con el libro que escribo con mi material y que tenía contratado desde antes. Si no nací en febrero.

Parte de la presión puede venir de tu propio círculo. Con las mejores intenciones, te pueden proponer que hagas más shows, que aproveches tu momento y ahorres para el futuro.
Es que es súper difícil convencerme. Cuando a mí me sale de la guata que no, es no nomás. No estoy dispuesta a ceder cosas que me hagan sentir mal y que no me hacen feliz. Yo colecciono momentos. Anoche le decía a Luciano que me cuesta comprender esto, porque yo no me voy a ver a mí misma de una manera especial, no me siento una celebridad.

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EL QUIEBRE CON LOS AMIGOS

Antes de llegar a Viña, saliste de Campo Minado y de El Club de la Comedia por desavenencias con tus colegas. ¿Qué fue eso? ¿Una mujer conflictiva o una mujer luchando contra el machismo?
Yo creo que es no ceder en lo que consideras importante. En El Club me estaba sintiendo muy incómoda hasta que un día dije: Me voy. Pero siempre estuve muy consciente de lo que estaba haciendo.

¿Y qué era lo que te incomodaba?
Contrataron a una nueva integrante, pero ese no fue el problema, sino que lo hicieran a espaldas nuestras (ella y Nathalie Nicloux). Ellos tomaron la decisión sin siquiera decirnos ‘mañana llega una compañera nueva’. Ese fue el problema. Pasaron por arriba de un grupo. Yo me enteré por el diario, como la Presidenta.

¿Ellos creían que esa decisión se tomaba entre hombres?

No querían nuestra opinión al respecto. Y claro, si ya antes había problemas, desde ese minuto fue peor. Y preferí perderlo todo.

Y perderlo todo en ese momento, ¿era sueldo, por ejemplo?
Mucho sueldo, muchos trabajos. A mí me iba súper bien en todos los términos. Era renunciar a algo que hacía bien, en lo que me iba bien, que me gustaba y que tuve que dejar porque no era el lugar para hacerlo. Y creo que es porque estoy muy conectada con lo que quiero, no con las expectativas que la gente tiene de mí. No me importa que todos piensen que soy conflictiva. Honestamente, me parece que lo mínimo en el trabajo es hacerse respetar.

Mucha gente te habrá aconsejado ir con calma, que estás haciendo carrera y que así son las cosas.
Mi lógica es: no tengo hijos, no estoy enferma, ¡Me voy!

¿Ellos querían que hicieras otra cosa?
Yo creo que les empezó a afectar el éxito, la seguridad que teníamos para hacer nuestro trabajo. Es que de verdad, la Nathalie y yo llegábamos con mejores temas. La calidad de nuestro trabajo empezó a molestar y no fue valorada. Y está claro, la historia lo dice: era mejor.

LAS GUAGUAS Y BARNEY

Crees que se puede tener éxito profesional y al mismo tiempo, una vida familiar ¿Te hace ruido ese tema?
No, para nada. Hasta el minuto, he decidido no tener hijos. Es difícil congeniar la pega que uno hace tan intensamente con la maternidad, pero si tuviera ganas, tal vez me la jugaría igual. El rollo es que no tengo ganas. Para nada. Me llama mucho la atención que la gente pregunte por qué no tienes hijos, cuando a veces la respuesta no es tan simple como la mía. Hay mujeres a las que este tema les cuesta y las persigue y no veo por qué tienen que estar respondiendo esas preguntas.

¿La gente te mira raro cuando dices que no quieres tener hijos?
No te creen. Te dicen: “Lo que pasa es que tú estás defendiéndote. Tienes tantas ganas, que prefieres negarlas”. Como si se tratara de un caso de sicología inversa y no es así. Pero sí que me da lata tener que dar explicaciones: “¿No me crees?, bueno”. “¿Te afectó?, ¡Qué lata!”. Yo soy feliz el domingo durmiendo hasta muy tarde. La placenta, el cuerpo a disposición de, el apego y todas esas cosas me provocan rechazo. Es la película de terror que no quiero ver. Y eso no significa que no me conecte con los niños. Con mis sobrinos tengo una relación privilegiada. Pero me cansa tener que convencer a la gente de que no soy siniestra por no querer tener hijos.

¿Y piensas en casarte?
¡No! A lo mejor a los 60 años. El otro día mis sobrinos me preguntaban: “¿Tú no estás casada tía Nati?” “No” “¿Y por qué?” “Porque hay gente que se casa y gente que no se casa”. Listo. No es tema. Ellos lo entienden más fácil que los adultos.

¿No te ves organizando ese “evento”?
¡No! Imagínate. Qué vergüenza. Yo no me disfrazo de esa huevá. ¡Prefiero vestirme de Barney!

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