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7 septiembre, 2017
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Nelly Alarcón: la tejedora de la moda autóctona

A fines de los 60 comenzó a elaborar vestidos y abrigos de sabanilla, material que en Chiloé se usaba para frazadas y alfombras. En Santiago, logró notoriedad después de ser descubierta por revista Paula y, en 1972, llegó a París, donde tuvo un encuentro con Neruda, y Pierre Cardin la invitó a integrar su taller de alta costura, pero rechazó la propuesta y regresó a su Castro natal. Desde entonces poco se ha sabido de ella, aunque nunca ha dejado de crear. A los 83 años, cuenta que siempre se sintió fuera de la moda, analiza con preocupación la crisis de materiales que vive la isla y anuncia la publicación de un libro con su historia.

Desde Chiloé, por Pilar Navarrete / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: María Paz Braun


Paula 1234. Sábado 9 de septiembre de 2017. Especial Moda, inspiración 1967.

“Estoy media sorda. Pero si no hablas muy rápido y modulas bien, entiendo perfecto”. Graciosa, aguda, chispeante, Nelly Alarcón, dueña de unos ojos azules cristalinos y vivaces, está sentada junto a una pequeña mesa de madera en la cocina de la casa de su hija Tania, en Nercón, a las afueras de Castro. Por un gran ventanal mira hacia el mar interior que, tras las fuertes lluvias que afectaron a la isla a fines de agosto, esta tarde está calmo. Nelly está de visita. Su casa, que construyó a pulso con un par de maestros, queda en Cucao, una hora más al sur. Allí vive sola y se entretiene transformando mantas en abrigos, haciendo encargos para clientas –“hay una que tiene 15 abrigos míos”–, arreglando cercos y cocinando para sus amigos. También revisando el material que le va mostrando su yerno Jaime Osorio, quien trabaja en un libro sobre su historia: la de la joven profesora chilota que a fines de los 60 se fue a vivir a Santiago y, al poco tiempo, comenzó a aparecer en revistas junto a nombres como el de Marco Correa. En las páginas de Paula, de hecho, era descrita como la diseñadora que deslumbraba con una apuesta de moda que rescataba las técnicas tradicionales de las tejedoras de Chiloé.

Alarcón se transformó, sin ambicionarlo, en un ícono creador que puso a Chiloé en el mapa de la moda.

Se sigue hablando de ti como la gran diseñadora textil de Chiloé. ¿Así te presentabas?
No. Nunca le di nombre a nada de lo que hice. Hasta la fecha me molesta la palabra “diseñadora”. Yo creo que soy más bien una transformadora. Diseñadora va mucho con la moda y la moda no me gusta. Es una cosa que no tiene nada que ver con lo que hago, que no tiene tiempo. Mis prendas están pensadas para que duren para siempre.

Parte de la moda publicada por revista Paula en 1972, fotografiada por Horacio Walker.

Es descubierta

Mucho antes de convertirse en la tejedora reconocida, Nelly Alarcón vivió largos años en Chiloé, sin siquiera soñar con salir de la isla. Nació en Castro en 1934 y creció rodeada de una familia con sensibilidad creadora. Su papá fue arquitecto autodidacta. Su abuelo materno, un artesano en cuero que bordaba monturas. Sus dos abuelas tejían en telar chilote las frazadas de sus casas, como acostumbraban a hacerlo las mujeres de la isla.

La primera gran decisión de su vida la tomó a los 16, tras la muerte de su padre: dejó el liceo en Castro y partió a estudiar a la Escuela Normal en Ancud, para aprender sobre jardinería, cocina, electricidad y mueblería. “Quería tener una profesión para ganarme la vida. Pero ahí, además, descubrí que tenía un don con las manualidades y que me fascinaba enseñar”, dice. Con su título de profesora rural regresó a Castro donde trabajó 11 años en el Liceo Politécnico de Castro. Hasta que un día tomó sus cosas y partió a Santiago.

¿Por qué te fuiste tan de sopetón si era tan rica la vida en Chiloé?
Ah, porque me enamoré de una persona que estaba “ocupada” y quedé esperando a mi primera hija, la Sol. No fue un embarazo casual. Yo estaba profundamente enamorada, pero sabía que no podía seguir. Así que cuando tenía 6 meses de embarazo, me fui a Santiago. La única que lo sabía era mi hermana mayor y una amiga. Mi mamá se enteró cuando la Sol ya había nacido.

Corría 1969. Nelly tenía 35 años y apenas se ubicaba en la capital. Sin tener todavía claro cómo ganarse la vida, su primera tarea fue montar su casa. Fue el maestro que llegó a hacer las instalaciones eléctricas a su departamento en Santiago Centro quien, asegura, abrió la puerta de todo lo que sucedería en su futuro cercano, tras quedar asombrado con las imágenes talladas en madera, los repujados en cobre y los trabajos en plumavit que Nelly tenía sobre una mesa. “Me dijo: ‘Y esto, ¿quién lo hace?’. ‘Yo’, le respondí. ‘Pero señora ¿por qué no se inscribe en el grupo de artesanos del Cerro Santa Lucía para mostrar sus cosas? Yo pertenezco a ese grupo y la voy a presentar’”. Al otro día tenía un puesto en la feria.

Al poco andar, el grupo de artesanos, incluida Nelly, se trasladó al Parque Forestal. Por esos días comenzó a diseñar sus primeras prendas: vestidos, chaquetas y abrigos hechos con sabanilla que tejían tejedoras en Chiloé, y que ella transformaba a través de cortes sinuosos, camuflando las costuras con la misma técnica de bordado que había aprendido de niña, de tanto observar a su abuelo trabajar en las monturas para los caballos.

Aunque su colección crecía, Nelly se resistió por un buen tiempo a mostrarla. Todo cambió un día cualquiera, cuando una mujer se detuvo frente a su puesto en el Forestal. Era Blanca Ossa, una de las socias de la tienda Tai, donde Marco Correa vendía sus diseños. “Le mostré tres cosas que tenía debajo del mesón y quedó muy asombrada. Le conté que en mi casa tenía más: 15 vestidos y túnicas. Quedó tan sorprendida que cuando las vio me dijo: ‘esto lo tiene que ver Horacio Walker’, fotógrafo de Paula en ese momento. “Cuando él llegó casi se cayó de espaldas”, dice Nelly. “Entonces me contaron que había un grupo de personas trabajando en una exposición que se iba a hacer en el Museo de Bellas Artes que se llamaba Chile oculto, donde por primera vez querían mostrar ropa auténticamente de diseño chileno. Me invitaron a participar”.

Ahora es la nieta de Nelly, Isidora Arenas Massa, quien oficia de modelo.

¿Sabías que esa muestra era parte de una política de Estado?
No me acuerdo haber escuchado nada de eso, porque mi vida era una vorágine entre ir a la feria, cuidar a mi hija, ir a Chiloé. Lo único que supe es que íbamos a hacer un desfile y una muestra en el Museo de Bellas Artes con unas vacas sagradas a quienes yo no conocía. Era la primera vez que  tenía contacto con los desfiles. Era la pobre niñita, la Carmela que venía del campo.

Cuando se revisa la moda chilena entre el 60 y el 73 se habla de ti como parte de un circuito de la moda autóctona.
Yo nunca me sentí circuito de nada. La prensa es la que puso eso.

Pero tu trabajo se situó en un contexto político. ¿No te sentías llamada por esa campaña?
A mí la política nunca me ha servido para nada. Ni en ese momento ni después. Yo creaba cosas porque era lo que tenía en mi cabeza. Lo que salía naturalmente de mí. Y así ha sido hasta hoy.

Su colección apareció por primera vez en revista Paula y montó la tienda Ten-Ten Vilú, en Bellavista, donde vendía sus diseños y artesanías de la isla. Sin nunca haber trabajado en moda, se las tuvo que arreglar para realizar un desfile en el Museo Nacional de Bellas Artes. Sin darse cuenta, su nombre era sinónimo de moda autóctona.

En ese primer desfile, ¿te gustó esto de la moda?
No. Nunca me gustó. Sentía una cosa rarísima, porque sabía que lo mío era realmente distinto a lo que estaba haciendo el resto y que yo no tenía nada que hacer ahí.

Una chilota en París

Tras participar en Chile oculto, en septiembre de 1972 Nelly partió de gira por un mes y medio a Europa auspiciada por Paula y la línea aérea SAS. Iba acompañada de Delia Vergara, directora de la revista, del fotógrafo Horacio Walker y de la modelo Carmen Gloria Martinic. La primera parada fue en una feria de moda en Estocolmo. De ahí viajaron a Londres y en la embajada chilena hizo una pequeña exhibición de sus diseños. Entre las invitadas estaba la actriz Diana Reed (Olenna Tyrell en Juego de Tronos), quien compró el único vestido que Nelly aceptó vender durante la gira. “Mucha gente me había pedido comprar algunas cosas, pero tenía que llegar con mi colección a París. A la vez, no teníamos plata para el resto del viaje. Con la plata del vestido que ella compró, viajó el equipo completo”.

La gira culminó en la capital francesa con un desfile de Nelly Alarcón en Espacio Pierre Cardin, del diseñador italiano. Un hito que se inició con palabras de Pablo Neruda, entonces embajador de Chile en Francia. Los diseños de Alarcón fueron aplaudidos y días después, el 11 de octubre de 1972, el diario Le Figaro publicó en contraportada media página con el título “Inspiración chilena para la Alta Costura”.

Esa noche, tras el desfile, Nelly cuenta que Neruda la invitó a tomarse una copa de champaña a su oficina. “Se sentó en un sillón y me dijo: ‘Nelly, ¿estás consciente de lo que has conquistado hoy en el mundo?’. ‘No tengo la menor idea’, le contesté, ‘este es un mundo que yo desconozco completamente’. No me di cuenta cuando estaba metida en el ombligo del mundo de la moda”.

Un par de días después, Pierre Cardin la invitó a almorzar. Le ofreció sumarse a su atelier.

¿Por qué rechazaste su oferta?
En ese momento, trabajar con Pierre Cardin para mí no significaba nada. Solo dejar de hacer lo que he hecho. Nunca fui consciente de lo que conseguí, pero siempre tuve claro lo que era capaz de hacer y de que lo que hacía era muy diferente. Hoy veo la ropa de Cardin y encuentro que es muy parecida a la de cualquier otra pasarela. Lo único rescatable son las telas y los tul.

¿Nunca te arrepentiste?
Nunca.

Días después de mostrar su trabajo en París, Le Figaro publicó media página destacando el trabajo de la chilena.

Alerta en Chiloé

Tras volver de Francia, Nelly Alarcón siguió viviendo un tiempo más en Santiago y en 1975 regresó a la isla con el proyecto de un taller de textiles para exportar a Europa. Todo partió viento en popa: tenía contratadas a 25 operarias, todas ex alumnas suyas en el politécnico, a quienes les enseñó corte y confección. El proyecto solo duró dos años, porque el primer envío se extravió rumbo a Bélgica y, por no cumplir con las fechas de entrega, perdió el contrato con varios distribuidores interesados. No había salido de eso cuando se enteró de que su contador no había pagado los impuestos del taller. Pagada la deuda, se quedó sin plata para insumos. “Estuve como dos años en que realmente no era capaz de hacer nada. Fue muy fuerte a nivel emocional y en todo sentido”.

La cosa repuntó cuando comenzó a vender sus diseños a los viajeros que llegaban a su taller invitados por el crucero Skorpios. Y con o sin crisis de por medio, nunca ha dejado de hacer clases a tejedoras y mantener una fiel clientela de varias generaciones. “Nunca perdí el contacto con la gente joven, porque la ropa que hago no es generacional. Es atemporal”, dice.

¿Cómo nació la idea de hacer un libro?
Un día una chiquita que es diseñadora de vestuario me invitó a una muestra que hizo de su ropa. Cuando me preguntó mi opinión, le dije: “tu trabajo de investigación es realmente muy bueno, pero del diseño de ropa no te puedo decir lo mismo porque no tienes material para trabajar. Solo tienes 5 o 6 telas”. Cuando yo empecé a hacer ropa, tenía 400 telas distintas hechas por 200 o 300 manos diferentes. Ahí caí en cuenta de la crisis de materiales que existe hoy en Chiloé. Y así se nos ocurrió hacer un libro para rescatar el patrimonio textil chilote que se está perdiendo.

¿Qué pasó con ese universo textil del que hablas?
Desapareció porque no lo cuidaron. Antes Chiloé era más conocido por la parte textil que por la arquitectura de los palafitos. Pero nadie se preocupó de cuidarlo.

¿De quién fue el error?
Primero, de los alcaldes que permitieron que llegaran artesanías peruanas y bolivianas que comenzaron a colarse. Llegó gente a vender muchas cosas que no son de acá como chilotas. Realmente ha sido una debacle. ¿Cómo las tejedoras no iban a perder el incentivo de tejer y teñir si no tienen quién les compre? Antes todo lo que ellas hacían se vendía. Si vas a la feria de Castro ahora el 80% es peruano y boliviano y el 20% es chilote de mala calidad, porque la cultura textil se ha perdido. Es una tristeza.

La imposibilidad de conseguir tejedoras de sabanilla ha hecho que, poco a poco, Nelly esté bajando su ritmo de producción, al punto que casi no hace cosas a pedido. Tampoco prendas exclusivas, esas que creaba sin moldes ni patrones, sino solo inspirándose en la sabanilla (y que podían costar hasta un millón y medio de pesos), ni el prêt-à-porter basado en alguno de los 30 diseños de los cuales tiene patrones.

“Fijar el precio de mis diseños exclusivos siempre fue muy difícil, porque yo no defino los precios tanto por el valor del material o por el tiempo que me demoro en confeccionar una pieza, sino por la inspiración y la emoción que siento al hacer mi trabajo. Cuando algo me emociona mucho, se me hace muy difícil desprenderme de esa pieza”, dice.

¿Alguna vez te has aburrido de crear?
No. Crear nunca me ha cansado. Es entretenido. Pero es entretenido cuando haces algo que te sorprende a ti misma, cuando te sorprende lo que sale de ti. Pero en este momento, nada me sorprende mucho.

¿Cuál fue el último diseño que hiciste que te sorprendió?
Esta manta que me hice para ir a recibir un premio que me dieron para el Día del Patrimonio. No sabía qué ponerme. Entonces agarré una sabanilla con la que iba a hacerle una chaquetita a una amiga y me salió este poncho que tiene la forma de los pectorales que usaban en la época de los faraones. Lo bauticé “El gran pectoral”. Estaba tan inspirada que en dos horas lo tenía listo. Gocé haciéndolo.

Hace dos semanas, Nelly caminaba por el centro de Castro cuando terminó boca abajo en el suelo. El porrazo la dejó con una lesión en la mano derecha. “Por suerte sigo vivita, pero no coleando”, dice. Tras la caída, entró en una pausa indefinida. “Ahora estoy incapacitada para coser. Si alguien me quiere encargar algo, podría responder en dos meses más a ver si físicamente me siento bien”, dice. “Eso siempre y cuando haya sabanilla para crear. Sin ella, no hay nada que yo pueda hacer”.

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