La verdad

Reportajes y Entrevistas

La verdad

Por Lorena Penjean / Fotografía: Sebastián Utreras / Producción: Álvaro Renner / Maquillaje: Patricia Calfio

Lo criaron su madre y su abuela con leche y ropa que les regalaban. Apenas entró en la adolescencia decidió ser actor: creyó en él y ahora el público le cree. En Los archivos del cardenal (TVN), Peleles (Canal 13) y Prófugos (HBO), Néstor Cantillana (36) representa tres personajes muy distintos, pero todos tienen la honestidad y consistencia que se ha convertido en su marca registrada.

Dice Fernando González, director de la escuela donde Cantillana se formó, que talentos como el suyo son una excepción. Primero, porque es poco frecuente que tan buenos actores sean, al mismo tiempo, tan buenas personas. Luego, porque cuando recién empezaba a actuar, ya era capaz de encontrar a los personajes dentro de sí mismo. Eso, dice González, es el anhelo máximo de todo actor. La veracidad. Y Cantillana la tiene.

La misma opinión comparte el director de cine Pablo Larraín, quien realiza la serie Prófugos, en la que Cantillana interpreta a un frío narcotraficante que debe velar por el negocio mientras su madre está en la cárcel. “Néstor tiene las tres claves de un actor extraordinario: misterio, ambigüedad y una verdad que le permite decir prácticamente cualquier cosa, hasta el texto más absurdo o delirante, y se lo crees. Para hacer eso se necesita mucho trabajo. A Néstor no le regalaron nada. Salió a la calle y se comió al mundo”.

Y helo aquí. Sentado en un sillón negro, desgarbado, con un mechón que cae cada tanto sobre su frente, con voz serena pero apasionada, con personalidad, de esas que no necesitan hablar más fuerte para hacerse escuchar. Es más, podría decirse que habla con los ojos.

Evangélicos comunistas

Cantillana creció entre el cemento de Santiago –donde vivía con su madre y su abuela– y las praderas de Curicó, donde también tenía familia. “Mi abuela primero fue comunista y después se hizo evangélica, pero siguió siendo comunista”, cuenta Cantillana. “Leía poemas rusos, vestida como rusa en la plaza de Curicó”.

¿Y qué te marcó de ese pasado evangélico?
Agradezco profundamente sentir la fe, confiar en algo más grande que uno. Imagínate que cuando me bauticé en la Iglesia Evangélica a los nueve años, lo hice porque tenía caries y le tenía terror al dentista, más que al infierno, y tenía que ir el lunes al dentista. Entonces, ese domingo el pastor hizo una prédica que hablaba de que si tienes miedo debes confiar en el Señor. Levanté mi mano y pedí que me bautizaran ante la mirada atónita de todos. Dije: “Sí, me quiero bautizar”, pero en el fondo lo único que quería era que el dentista no me hiciera sufrir tanto. Crecí en la escuela dominical hasta los doce o trece años y creía profundamente todo lo que me enseñaban. Hasta que un día dije: ‘Y, no más. No quiero ser evangélico. Quiero ser actor’.

Y después de quedarte sin Dios, ¿qué?
Dios siempre está. Después de dejar de ser evangélico me dio por ser ateo. No sé, no puedo decir que rezo, pero tengo dos hijos maravillosos. Creo en el amor, creo en la naturaleza, es imposible no sentir algo cuando estás en un bosque con un árbol gigante. Es imposible no sentir amor ahí. Para mí ese es el combustible más grande.

Cambiaste la religión familiar por el teatro.
Es que el teatro también era algo súper familiar. Yo tengo un tío, mi tío Igor, un mirista que estaba exiliado en Suecia y que es actor. Él me sirvió de argumento e inspiración. Cuando tenía 9 años el Igor hizo una película en Suecia y le pagaron tan bien que nos llevó a todos para allá durante tres meses. Ahí yo vi todo el proceso del teatro por atrás. Había niños que se quedaban en guarderías, los tipos se sacaban la ropa y se ponían unas mallas para hacer ejercicios, después tomaban café, leían, fumaban, hablaban, se cagaban de la risa, almorzaban, seguían trabajando… Era perfecto. Ese tío después nos mandaba plata todos los meses y también me pagó los estudios de Teatro.

El tío actor es fundamental en tu vida.
Absolutamente. De hecho, de ahí viene una de las razones por las que yo le tengo mucha admiración y agradecimiento a la Vicaría de la Solidaridad. Cuando yo era chico, guagua, y el Igor estaba preso en Tres Álamos, en la Vicaría le daban leche y ropa ami mamá. Entonces, mi primera infancia creo que fue con pura ropa y leche de la Vicaría.

¿Te gusta hablar de tu papá, que fueunpadre ausente, o lo sacaste de tu vida?
No, no… Como que no me gusta hablar de mi papá. Antes no tenía relación, he hablado un par de veces con él.

Ahora que eres padre, te apuesto.
Claro, hablé con él justamente antes de ser papá, como para tener claro de dónde venía. Es muy importante poder transmitirles a los niños de dónde uno viene. Hablé un par de veces con él y fue muy generoso contándome de su historia, de su infancia, la historia con su papá y su abuelo… Qué se yo. Y después, un par de veces más cuando conoció a mi hijo.

Y fuiste muy generoso también presentándole a tu hijo.
Lo hice por él y por mí también. En el fondo yo ya estoy viejo, ha pasado tiempo y no siento rabia.

Sin rabia.
Nunca. Porque estaba la figura del Igor, este tío que fue mi papá y con quien tenía las conversaciones de hombre que no podía tener con mi mamá ni con mi abuela. Y, a pesar de que estaba en Suecia, nos escribíamos cartas todos los meses.

Tu tío es tu padre.
Es así. De hecho este año, este hermano de mi mamá que siempre me ha dicho que soy como un hijo para él, me adoptó. O sea, me inscribió como su hijo.

¿Legalmente?
Yo ya tengo el apellido, porque soy Cantillana Cantillana, que es el de mi mamá, pero que es el mismo de él. Pero ahora me inscribió como hijo. Soy un milagro de la naturaleza: soy el primer hijo de dos hermanos que sale normal.

La convicción

Entraste a la escuela de Fernando González, ¿cómo fue eso?
Era un estudiante de Teatro de una familia que no tenía mucha plata, o sea nada, pero estaba obsesionado con estudiar Teatro y tenía la sensación de poder hacerlo bien. Para lograrlo viví todo el primer año en una pieza de dos por un metro en Macul con Los Presidentes, que le arrendaba a un alcohólico. A las tres de la mañana el viejo tocaba mi puerta y salía corriendo porque había una bomba o cosas por el estilo, producto de sus delirios.

¿Y le contabas de este viejo loco a tu familia en Curicó?
Jamás les dije nada. Mi pequeña lucha era sobrevivir, pelear por una convicción. Algo en mí me decía que el teatro era importante. Pero el viejo me tenía vuelto loco, no tenía agua caliente, era un desastre. Pero duré poco gracias a mis compañeros de escuela. Leía harto, y en la mañana era el primero en llegar. Hasta que un día no aguanté más, llegué muy cansado, conté la historia y Pancho Pérez-Bannen, Cristián Marambio y varios amigos me dijeron “no hueví, sal de ahí”. Y me que fuimos a buscar mi colchón y un canasto donde yo ponía mis libros, yme fui.

¿A dónde te fuiste?
A la casa de mi amigo Cristián Marambio, a la Gran Avenida. Tenía un departamento con una pieza que compartía con un compañero. Y, cuando no teníamos plata, aperrábamos juntos. Había meses en que el Igor no podía mandar plata y ahí quedábamos. Recuerdo que empecé a vender cosas, lo que tenía para poder pagar y llegó el momento en que caché que no me daba y que tenía que irme de la escuela. Fui a hablar con Fernando González y él me dijo que no me fuera, que lo iba a hablar con los profesores y todos estuvieron de acuerdo y me becaron el último semestre. Todos los profes fueron muy generosos, me querían harto.

¿Y cuál fue el aprendizaje más importante?
Cuando entré a la escuela, Fernando siempre decía que hay dos tipos de actores: los que cambian su personalidad y se transforman en otras personas y los que mantienen su personalidad como actor y acercaban el rol a ellos. Entonces, aunque ha habido directores que me han dicho que soy como camaleón, para mí siempre soy yo. Cuando hago Peleles, donde interpreto a este huevón que es medio nerd, que se come las uñas y se peina para al lado, todos dicen “¡Uy qué lindo, qué tierno, qué pavo!”. Pero cuando lo actúo no hago a un huevón lindo, ni tierno, ni pavo, sino que soy yo en mi más mínima expresión.

La igualdad

Dicen, al menos en twitter, que hoy se acaba el mundo.
Ehhh, no tengo twitter. P

Pero juguemos. Hoy se acaba el mundo: ¿Qué temas te tienen tomado? ¿Cuáles son tus preocupaciones?
Más que mis preocupaciones, lo que más hago en el día es pensar en mis hijos. Santiago es el más chico, tiene recién dos meses y está muy rico, muy simpático, se ríe todo el rato. Lautaro, el mayor, tiene tres años y dos meses. Ellos son mis pasiones. Estoy muy embalado con ellos, tanto, que ayer con la Maca (su pareja, la actriz Macarena Teke) cambiamos de una cama de dos plazas a una súper king. Mis hijos son lo más importante para mí hoy, pero una de mis mayores preocupaciones es lo que está sucediendo con el tema de la educación. No puedo creer las declaraciones de Labbé, todo esto es muy raro… Siento que vivimos en un país hecho de muchos países. No entiendo cómo este señor Labbé, que uno siempre supo que tuvo conexiones con la CNI y la DINA, es alcalde.

Y elegido democráticamente.
Con mayoría y todo. Pero se olvida su pasado y luego aparece con esta demencia y estas reacciones fascistas, propias de una cabeza tan, pero tan pequeña.

¿Pero qué te pasa con el movimiento estudiantil? Me ha hecho pensar muchas cosas. Hay cosas que no están bien y que al parecer no van a mejorar. Y, en ese sentido, si hay que ir a paro, si hay que perder cuatro meses e incluso el año escolar, hay que hacerlo para poner sobre la mesa los temas importantes y exigir al gobierno que se tomen cartas en el asunto, sea el gobierno que sea. Hoy le tocó a Piñera. Todos los días me voy a trabajar pensando en darles buena educación a mis hijos y cada vez que ahorro plata lo hago pensando eneso, tal vezenincentivarlos paraqueestudienenArgentina, porque aquí es carísimo. Bueno, lo que me han hecho pensar es que en vez de hacer todo eso, hay que ponerse las pilas para cambiar el sistema.

El levantamiento estudiantil coincide con una serie como Los archivos del cardenal.
Hay una historia que se repiensa. Si yo vi algo en ese tiempo fue el miedo, ese que te paraliza, que te deja inmóvil, y los dictadores se encargan de hacértelo sentir. Es bien brutal y es lo que me pasa cuando hacemos Los Archivos del Cardenal. Me tocan textos y escenas que me hacen recordar mi niñez, cuando escuchaba las conversaciones de mi mamá o de mi abuela con las vecinas. El miedo de decir lo adecuado, en el lugar indicado y con la gente apropiada. Tenías que encontrar un código para que la persona entendiera que tú estabas en desacuerdo con Pinochet. Eran tiempos muy difíciles.

Y en este ambiente tan agitado, de tanta indignación, ¿cuál es el aporte de Los archivos del cardenal?
Te lo pregunto porque hay gente a la que le parece inadecuado remover heridas . Es indispensable que se repase la historia, si no, es muy probable que se vuelvan a repetir hechos así. Hay algo que me quedó de mi educación, y que es una mezcla entre la Iglesia, mi abuela, mi mamá y el comunismo: la igualdad. Somos todos iguales ante Dios, somos todos iguales ante la ley.

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