No me imagino sin él, pero tampoco sé si quiero estar con él

Reportajes y Entrevistas

No me imagino sin él, pero tampoco sé si quiero estar con él

Por Catalina Rencoret / Gertrudis Shaw

Con Ignacio nos conocimos en la universidad. Durante el primer año fuimos los típicos mejores amigos que hacían todo juntos. Teníamos las mismas clases y profesores. Y cuando estábamos en nuestro tiempo libre, inventábamos cualquier excusa para vernos. Al final del segundo semestre, en el contexto de una fiesta, nos dimos un beso y desde ahí que no nos separamos más. Tanto así, que contábamos nuestros aniversarios desde ese día.

Durante cinco años nuestra relación fue prácticamente perfecta, o así lo veía yo en ese entonces. Para mí no había hombre más divertido e inteligente en el mundo que él. Lo único que quería era que pasara rápido el tiempo para poder concretar todos esos planes con los que nos desvelábamos juntos, imaginando como sería nuestro futuro, el uno al lado del otro, inseparables.

A mis 20 años pasé por un periodo de depresión, gatillado por problemas familiares y el sentir que no encajaba en el mundo de abogados para el que me estaba preparando, e Ignacio me apoyó como nadie. Fue mi pilar central en ese tiempo, y yo quise darle las gracias siendo la mejor polola que alguien podía imaginar. Creo que ese fue un gran error, ya que, inconscientemente, mi vida se volcó hacia la de él. Siempre me preocupaba de que estuviese bien, lo iba a buscar y a dejar a todas partes, e incluso lo acompañaba a su trabajo part time en una librería. Con el tiempo, eso que partió como una forma de agradecimiento, se transformó en costumbre y por tanto en una “exigencia” por parte suya. Y de esta forma, sin darnos cuenta, una relación que parecía perfecta se empezó a deteriorar.

Luego de casi seis años juntos, algo en mí me decía que tenía que ponerle fin a lo nuestro. Fue una decisión difícil. Sentía rabia y enojo hacia él porque, de un momento a otro, me di cuenta de que me había abandonado a mí misma y necesitaba culparlo. Sin embargo, las imágenes que habíamos construido juntos sobre nuestro futuro eran tan poderosas que se me hacía imposible imaginar un futuro sin él. Ignacio era quien daba orden a mi vida y  sentía que perderlo era perder una parte de mí. Además, él siempre se había manifestado contrario a las segundas oportunidades. Si terminábamos, era para siempre. Pese a eso, el instinto le ganó a mi cabeza y decidí dejarlo.

Estar sin él ha sido de las situaciones más dolorosas pero más vitalizantes que he pasado en mi vida. Por una parte significó un arduo trabajo personal para poder entender por qué lo nuestro, que parecía tan bueno, había llegado a su fin. Y por otra, implicó el poder re-conocerme a mi misma sin él.  Esto último fue lo que más me costó, pero lo que a la vez más agradezco de todo esto.

Habiendo pasado nuestra formación universitaria juntos, yo sabía exactamente qué era lo que le gustaba y aquello que no. Sabía lo que pensaba e incluso era capaz de saber qué personas le caerían bien y cuales no; qué pensaría de ellas. Él nunca me impuso nada, pero la mimetización fue inevitable.

Nuestra separación implicó el poder identificar aquellas cosas que pensaba o que hacía porque Ignacio las pensaba así, de aquellas que hacía o decía porque eran ideas o gustos míos. En más de una ocasión, ya habiendo terminado, me vi haciendo juicios que no me eran propios o con los cuales no me sentía identificada. Terminar, en ese sentido, fue reconectarme con la mujer empoderada e inteligente que creo y quiero ser. Fue volver a salir al mundo, hacer cosas que jamás creí que haría y relacionarme con gente que hace un par de años hubiese encontrado superficial y vacía. Fue re-imaginar mi futuro desde el yo y no desde el nosotros.

Pese al enorme crecimiento personal que significó nuestra ruptura, en términos amorosos, no lograba superar a Ignacio. Cuando conocía a otros hombres, inevitablemente los comparaba con él. Es que no lograba imaginarme con otro. Y para alguien con un pensamiento visual como el mío, eso era algo fundamental.

De este modo me di cuenta que la única forma de dar vuelta la página era dándole una segunda oportunidad a lo nuestro, y eso fue exactamente lo que hice. Me junté con él y le dije que quería volver. Para mí el asunto era simple: si me decía que sí, tratábamos con uñas y dientes de reconstruir una nueva relación; si me decía que no, iba a estar obligada a avanzar con mi vida. Tras unos días, para mi suerte, dijo que sí.

Ya llevamos un par de meses juntos y si bien no ha habido mariposas como la primera vez, ha sido una buena experiencia, aunque no por eso libre de dudas. Ya no tengo la necesidad de estar todo el día a su lado o de saber de él. En un principio pensé que eso se debía a mi falta de interés, hoy me doy cuenta que se explica en el trabajo de re-conocimiento por el cual pasé. En ese sentido, lo veo como algo positivo.

No me voy a mentir a mi misma. Me encantaría sentir que el mundo se me da vueltas cuando estoy a su lado, volver a vivir ese enamoramiento adolescente y pasional que experimenté al principio. Desafortunadamente, hoy no es así. Lo pasamos muy bien juntos, pero ya no siento que sin él mi vida no tiene razón de ser. Pese a eso, no logro imaginarme con otra persona, pienso que si no es él, no es nadie. Nos llevamos bien y nos reímos, compartimos una forma de entender el mundo. No sé si eso es suficiente. No sé si después de tantos años juntos, se le puede pedir más al amor.

Catalina Rencoret tiene 28 años y es abogada.

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