El oasis de la piel

Reportajes y Entrevistas

El oasis de la piel

Por Paula Olmedo desde Avène

Tres niñas con distintos problemas cutáneos que afectaban seriamente su calidad de vida, fueron escogidas para recibir un tratamiento en el centro termal de Avène, en Francia. Todas mejoraron de distintas maneras y en sus historias hay un ingrediente en común: el contacto con el agua de este manantial.

Martina, Valentina y Renata juegan a la pinta en el pasto. No es algo particular para tres niñas que se conocen desde hace poco y que deciden, como suelen hacer a su edad, formular una simple declaración (“seamos amigas”) para que surja la complicidad. Es un día soleado al final del verano y ellas corren y se ríen como en el mejor día de vacaciones. Su historia se vuelve diferente en los detalles: las pequeñas no están en una plaza de cualquier comuna santiaguina. Están en el centro termal de Avène, en Francia, y no están de vacaciones, sino en la última etapa de un tratamiento destinado a mejorar distintas patologías cutáneas para las que no habían encontrado una cura sustancial en Chile. Cuando las conocimos, ya llevaban dos semanas de terapia y el aspecto de su piel había cambiado lo suficiente como para entender por qué habían viajado más de 11 mil kilómetros para someterse a esta terapia.

Lo complejo para quienes las vimos era aceptar que su tratamiento consistió en tener contacto con agua termal. En distintos formatos y en diferentes momentos, pero agua al fin. Claro, no es agua cualquiera. El líquido proviene de las entrañas de la tierra desde donde surge después de infiltrarse desde la superficie y volver a salir de un manantial al final de un ciclo que dura más de 200 años. Es decir, el agua con la que vinieron a bañarse estas niñas cayó al suelo en forma de lluvia más o menos en la época en la que el rey Luis XVIII gobernaba en Francia con el duque de Richelieu como primer ministro, ambos acomodándose con cierta dificultad a la era post revolución. En Chile, mientras tanto, Bernardo O’Higgins consolidaba la separación definitiva de la tutela española, después de firmar el Acta de Independencia, en febrero de 1818. Esa agua fue absorbida por la tierra, se infiltró por rocas de diferente origen a través de surcos ínfimos mientras recogían ingredientes minerales y microorganismos vivos, abriéndose paso hasta las capas más profundas del subsuelo, donde la temperatura del planeta aumenta al punto de hacer que el agua vuelva a subir, y brote desde un manantial dos siglos más tarde.

El agua que sale de la tierra ya no es igual y esa es la razón por la que a lo largo de los siglos se formaron centros termales en todo el mundo, cada uno con características diferentes. Algunos son ideales para recuperar enfermedades articulares, otras para dolencias respiratorias. Avène tiene cualidades sobre la piel y por eso hasta aquí llegan pacientes de todo el mundo cada año para tratar enfermedades dermatológicas muy diversas, desde soriasis hasta las lesiones producidas por largos tratamientos de quimioterapia. Y dado que la terapia de agua termal está cubierta por el sistema público de salud francés, cualquier persona de esta nacionalidad puede optar a un tratamiento gratuito en este centro si su dermatólogo lo indica.

No es el caso de las niñas chilenas. Ellas llegaron hasta aquí en compañía de sus madres gracias a una campaña impulsada por la marca Avène en Chile que recauda parte de los fondos para financiar su traslado y estadía de tres semanas. Katy Halvorsen es la mamá de Martina (5), la menor de las tres y la única que vino a tratar las cicatrices de sus quemaduras. Mamá e hija fueron víctimas de un incendio provocado por un accidente doméstico que les dejó serias lesiones, especialmente a Martina, quien entonces tenía 1 año y 4 meses de vida. Su cara y sus manos resultaron muy dañadas y eso significó que la pequeña tuviera que usar durante los 24 meses posteriores una máscara rígida de compresión sobre su cara día y noche, de lunes a domingo. Solo de esta forma se podía evitar que las cicatrices dejaran deformidades. “Cuando el fisiatra de Coaniquem me dijo que había que ser consistente con el uso de la máscara yo me lo tomé muy en serio -cuenta Katy. No se la sacaba jamás, aunque siempre había alguien que me decía que se la quitara un ratito, yo nunca cedí, sabía que era la única forma de conservar sus rasgos y que su carita no se deformara”, añade.

 

En 2017 el centro termal inauguró un hotel para aumentar y mejorar el alojamiento.

El tratamiento fue eficaz, pero las quemaduras que sufrió Martina eran graves y aun cuando se logró una mejoría notoria con los años, su piel todavía evidenciaba las consecuencias del accidente. “Martina tenía la piel muy inflamada, para nada flexible, muy gruesa y roja, sobre todo en sus manos”, describe la dermatóloga Sabine Petit, del centro termal de Avène, quien la evaluó al llegar. Tres semanas después, en la revisión final, dijo que la mejora en este caso era de un 38%, algo no muy frecuente en las cicatrices, por lo que consideraba este resultado como “más que excelente”.

El caso de Renata (10) y Valentina (10) es distinto en el origen, pero no menos complejo. Ambas sufren de dermatitis atópica, una enfermedad que afecta a cerca del 20% de la población y cuyos síntomas más comunes son piel seca, rugosa, escamosa, enrojecida y con picor. Los expertos coinciden en afirmar que la principal causa de esta enfermedad de la piel es la predisposición genética. Pero existen ciertos factores ambientales, alérgicos y alimenticios que lo desencadenan y agravan. Se cree que las personas con dermatitis atópica pueden ser más sensibles debido a que su piel carece de ciertas proteínas que mantienen la barrera protectora, pero las causas siguen siendo difusas.

“Es muy importante evitar rascarse para no provocar heridas y prevenir el riesgo de infección, pero en el caso de los niños es un problema, porque su autocontrol frente a este estímulo es menor que el de un adulto y suelen hacerlo incluso dormidos, lo que empeora su condición”, explica el dermatólogo Andrés Lehmann. “Se rascaba siempre, era muy duro ver en las mañanas que sus sábanas tenías manchas de sangre por las heridas que se provocaba. Yo siempre le mantuve las uñas muy cortas, pero ella, aunque estuviera durmiendo, encontraba la forma de frotar su piel para aliviar la picazón”, relata Catherine Molina, mamá de Renata. La niña mostró los primeros síntomas de dermatitis atópica al poco tiempo de nacer. Los brotes de irritación y sequedad en su piel iban y venían y los distintos tratamientos funcionaban al comienzo y luego dejaban de hacerlo. Cuando tenía 4 años, empezaron a administrarle corticoides que, para desilusión de Catherine, funcionaban solo durante la semana de aplicación y a veces un par de días más. Con el tiempo, a Renata le diagnosticaron alergias a diversas sustancias y también enfermedad celíaca. “Su dermatólogo nos advirtió que en Francia seguramente encontraría un gran alivio pero que sería temporal, porque el caso de Renata es más complejo. Fue tal cual. Allá su piel mejoró muchísimo. Llegó con heridas sobreinfectadas que a los tres días habían cicatrizado, pero luego apareció un brote de dermatitis que estaba dentro de lo esperado. Y hoy, aunque no se ha curado, su piel está cambiada, se ve más lisa y resistente”, asegura Catherine.

 

Cualquier persona puede beber agua desde esta fuente de Avène

Patricia Valderrama, vivió una experiencia igualmente angustiosa con su hija Valentina. “La Vale llegó a tener la piel tan infectada que hubo que hospitalizarla tres veces en los últimos siete años. Algunas veces la molestaban, un niño le dijo una vez ‘me das asco’, y una entiende que son niños, pero igual esas cosas afectan. Todo se hacía muy cuesta arriba además, porque no mejoraba con ningún tratamiento”, cuenta. En Francia la terapia tuvo un resultado sorprendente en ella y no ha decaído. “Sigue con apoyo de medicamentos pero está tan bien que su dermatólogo me dijo que empezaría a bajar las dosis. Es primera vez en todos estos años que tengo un respiro con esta enfermedad, y ella también. Tanto es así que este año le dieron en el colegio el diploma a la superación personal”.
La doctora Petit, quien ha visto decenas de casos como estos en Avène, asegura que la mayoría de las veces hay una mejora en el estado cutáneo al principio y al final de la terapia. “Los pacientes que vuelven, por ejemplo, un año después, han reportado ver progresos a largo plazo, en los meses posteriores a su tratamiento, aunque la persona esté de vuelta en su ambiente. Diría que este es un caso único en el mundo donde se emplea agua no tratada con estos resultados”, concluye.

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