El ojo prendado de Julia Toro

Reportajes y Entrevistas

El ojo prendado de Julia Toro

Por Claudia Donoso / Retrato: Rodrigo Chodil / Fotografía: Julia Toro

Julia Toro (86) tomó por primera vez una cámara a los 38 años, cuando se separó porque se había enamorado de un fotógrafo. Intuitivamente, empezó a registrar su mundo más íntimo: sus hijos, charcos, bares, trenes, camisas colgadas, una tetera. Y también el erotismo, porque le gusta desnudar a las personas. Ahora, que en el MAC se exhibe un montaje con 50 imágenes de su atractiva trayectoria, la periodista Claudia Donoso actualiza esta entrevista realizada en 2013 y que había permanecido inédita.

Paula 1209. Sábado 24 de septiembre de 2016.

Nacida en 1933 en una familia liberal y burguesa de Talca, Julia Toro creció en la casa de sus abuelos, en Providencia, a una cuadra del Santiago College. Ahí se educó pero, aunque se tratara de un colegio progresista, para entonces el horizonte de las adolescentes de la época desembocaba, sí o sí en los bailes de estreno en sociedad y el matrimonio. Así ocurrió para ella, tuvo tres hijos – Patrick, Julia y Bernardita Garreaud- postuló al Bellas Artes, dio examen y nunca fue a buscar los resultados.

Ese gesto incoherente, tan común entre las mujeres, tuvo consecuencias. Cuenta ella misma: “Hasta un determinado momento obedecí a lo que me había tocado. Era una señora con auto, ropa, supermercado, hijos que iban a un colegio particular y 19 años de un matrimonio que me tenía lateada. Entonces apareció un hombre, un fotógrafo, y me enamoré. Me enamoré, y rompí de un día para otro con todo”. Tenía 38 años.

El fotógrafo era Jaime Goycolea y el brinco pasional de Julia Toro se registró en medio de la pasional Unidad Popular. El 12 de setiembre de 1973, un día después del golpe militar, nació Mateo, protagonista de su serie Historia de un niño chileno. La secuencia se inicia con imágenes del niño chico y termina 17 años después con los primeros besos del adolescente que coincidieron con el fin a la dictadura.

Es así como se le dan las cosas a ella, a partir del micro mundo, de lo más íntimo y cercano donde se infiltra el aire de los tiempos sin que lo haya buscado como condición. Sobre todo en una época en que el macro drama de la represión política apeló como nunca al contrapoder documental de la fotografía. En ese contexto, lo que hizo Julia como nadie, fue dar vuelta la cámara y disparar con suprema honestidad hacia sí misma. Sin programa, sin cálculo, sin mentir y lo que apareció revelado fue su ojo abismado y carnal de mujer artista

¿Nunca echaste de menos las comodidades de la vida burguesa?
No. Nunca miré para atrás. Es que cuando salí de esa vida de compras, me morí y nací a un mundo deseable. Conocí pobrezas duras pero no me ha importado nunca la plata aunque falte. Entonces nos fuimos a vivir al Valle de Elqui porque allá era más barato; en Santiago no nos alcanzaba. Partimos con una gata parida, tres colchones, un par de ollas, las cubetas, la ampliadora y los negativos. Después de unos años volvimos a Santiago.

En la obra completa de la fotógrafa hay teteras, monjas, poetas, bares, ventanas, niños, charcos, calles, camisas y mucho erotismo. Uno de los que mejor ha descrito esa particularidad carnal de la fotógrafa es el poeta Claudio Bertoni, quien fue candidato al Premio Nacional de Literatura por su talante coloquial y directo que se aviene con el estilo de Julia Toro. Escribe Bertoni en un catálogo: “Las fotografías de la Julia me gustan porque hay sexo y pasión y dormitorios y manchas de hombres y mujeres por todas partes (…) porque nunca es cruel, porque siempre está enamorada de lo que fotografía, porque no se burla nunca de nadie, no expone, no delata, no se aprovecha, no es nunca desconsiderada con nadie”.

¿Cómo entró el erotismo a tu fotografía?
Hubo un periodo en que la realidad que vivía tenía esa carga. Hubo una búsqueda, que no fue una búsqueda, porque nunca busqué; siempre encontré. Me gustaba desnudar a las personas, hacerlas vestirse y desvestirse, con todo el respeto del mundo porque a mí no me interesa la pornografía.

¿Qué hacías para lograr que tus retratados respondieran a tu invitación?
Ahí funciona el olfato; no es llegar y conseguirlo. Para eso tengo que entrar en estado fotográfico, algo profundamente físico que me da una especie de poder. Es tanto el convencimiento de lo que estoy haciendo que llega un punto en que la persona es capaz de hacer lo que tú quieras.

Dame un ejemplo.
Como provocar la secuencia de una mujer bailando desnuda arriba de la cama. Imagínate el nivel de pajaritos que tendrá ella en la cabeza en ese momento y eso me conmueve tremendamente. Sé que, además, le estoy dando la posibilidad de realizar un sueño secreto; el sueño de convertirse en una vedette que es un sueño que he visto en todas las mujeres.

Enamorarse

La invención de la fotografía a principios del siglo XIX fue una revolución que desató polémicas. Algunos, –entre ellos Baudelaire– consideraron la fotografía una expresión menor y derivativa, entre otras razones, porque los primeros fotógrafos se plegaron a la composición de la pintura académica. Pero durante el siglo XX, la fotografía se había tomado la revancha que determinó la completa renovación de los lenguajes plásticos. En el caso de Julia Toro el dibujo y la pintura operaron como la antesala a la fotografía y se transformaron en vasos comunicantes. “Cuando estoy con alguien de repente me pongo a dibujarle la nariz y la boca con los ojos. Lo que veo me produce emociones locas y más de una vez he tenido que pedir disculpas por mirar como miro”, dice la artista.

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Antes de la fotografía, dibujabas y tuviste clases de pintura con Adolfo Couve. ¿Cómo lo recuerdas?
Fue mi maestro accidental; nos topamos siendo profesores en el San Ignacio. Durante un tiempo di clases de inglés ahí y Couve era profesor de artes plásticas. Nos hicimos amigos y le pedí que me enseñara a pintar. Debe haber tenido unos 20 años y era ¡tan bonito! Se paseaba con una capita negra como de cura; los niños le tenían terror.

“El estado fotográfico es algo profundamente físico que me da una especia de poder. Es tanto el convencimiento de lo que estoy haciendo que llega a un punto en que la persona es capaz de hacer lo que yo quiera, como que una mujer baile desnuda arriba de una cama”.

¿Cuándo fue que tomaste por primera vez una cámara?
En 1975 cuando nos fuimos por un tiempo a Elqui con Jaime Goycolea ya había hecho dos exposiciones individuales en Santiago. Pero me demoré bastante en tomarla porque me cargan las mujeres que se casan con un dentista y se convierten en ayudantes de dentista; así es que yo miraba nomás, miraba. Y resulta que un día vi a la Juli, mi hija que estaba embarazada, sacándose la ropa y agarré la cámara. Nunca más la solté. Me encantaba mi entorno, ¡encontraba todo tan plástico! Y en eso me concentré, en lo más cercano, nunca se me ocurrió ir a una marcha ni a una protesta a tomar fotos. Tampoco me interesaba el paisaje.

¿Cómo se expresaba tu parte artística cuando eras una niña?
Mi pasión eran las muñecas, el baile, el dibujo y el canto, todo eso estaba en mi ADN. Me crié con mis abuelos en una casa donde había mucha música y mucho libro. Pero, además, tenía unos mundos imaginarios de amor con un primo mucho mayor que vivía en la misma cuadra y yo, a los 3 años, le llevaba unos ramos de flores.

Estar enamorada ha sido una constante en tu vida.
Menos cuando estuve casada porque a mí me casaron, era muy joven y todavía no aprendía a decir que no. Pero sí, soy muy buena para enamorarme. Me gustan los hombres y a las mujeres las adoro, me siento muy de ese grupo.

Desde la mirada al encuadre, la actual muestra de Julia Toro en el Museo de Arte Contemporáneo, es un reconocimiento a su trayectoria de 40 años. Su mirada fue siempre distinta y se destacó dentro de la extrema marginalidad en que se desarrolló el arte en los 70 y los 80. Una de las figuras de aquella época fue el pintor Juan Dávila quien advirtió su talento. En una exposición de la galería Sur cayó flechado ante la foto de unos obreros a torso desnudo tendidos como odaliscas en una cuneta durante el descanso del almuerzo. Cautivado por la imagen, escribió que provenía del “ beso transgresor” de la cámara de Julia.

¿Cuál es la historia de esa foto?
Salía mucho a recorrer Santiago y una vez me topé con estos obreros que me tiraron la talla: “tómenos una fotito, que no se le vaya a quebrar la cámara”. Saqué la cámara, me planté frente a ellos y les dije que encantada, pero que yo vivía de eso y cobraba. Ahí cambió la actitud. Me dijeron “claro ¿y cuánto sería?”. Les contesté que cobraba una suma equivalente a unos mil pesos de hoy. Les tomé varias fotos y quedamos de vernos el viernes que era su día de pago. Llegué ese día con una copia para cada uno y nunca me han pagado una fotografía con tanto amor.

Otra cosa es que te saltabas la parte técnica de la fotografía sin importarte que los negativos y las copias salieran oscuras y desenfocadas. ¿A qué obedecía tu desafío a la norma?
No quería que me obligaran a nada porque lo hice sin proponérmelo. Mi hermana quiso tomarme un curso profesional y me negué: no quería que me moldearan. No me interesaba la técnica; lo importante para mí era el arrebato interno y me dejaba llevar. No podía esperar a que la luz estuviera perfecta, tampoco calculaba los tiempos y simplemente se me iba el rollo. Así lo sentía y me gustaba lo que me salía.

“¿Sabes qué pasó cuando dejé de sufrir? Dejé de pintar y de tomar fotos pero empecé a mirar mis archivos (…) y me encontré con la novela de la vida. Lo fantástico es ir armando los capítulos y ahora veo más cosas; eso me fascina”.

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¿Y qué era lo que detonaba tus estados fotográficos?
El sufrimiento ¡Qué manera de pasarlo mal! Porque la pasión tiene sus maravillas pero son más los espantos con los celos terribles y los “quiero que me quieran por favor”. Cuando lo pasaba mal, salía a caminar con la cámara. Decir que el arte me salvaba es un poco pretencioso, pero era un refugio completo y se me olvidaba el mundo.

¿Qué es lo que te enamora?
Las caras, las manos, los ojos, los movimientos. Tengo una cosa un poco exagerada y ridícula con la belleza: me mata.

¿Cuándo y cómo dejaste de sufrir?
Como a los 55 años. Me mejoré con un libro que me prestó un amigo sobre cómo la mente manipula y te hace repetir conductas con distinto traje nomás. El sufrimiento es una adicción y zafé de esa dependencia cuando aprendí a meditar. Me demoré seis meses en aprender y una mañana amanecí unplugged, desenchufada del apego. Nunca más sufrí, menos por un hombre.

¿Nunca más nada de nada?
Sí, eso sí, tuve una relación que duró mucho tiempo pero sin padecimiento porque aprendí esa libertad del “continuará”, con muchas emociones pero sin ponerse tontos. ¿Y sabes lo que pasó cuando dejé de sufrir? Dejé de pintar y de tomar fotos pero empecé a mirar mis archivos.

¿Te encontrate con sorpresas?
Con la novela de la vida. Lo fantástico es ir armando los capítulos y ahora veo más cosas; esa parte me fascina.

El libro que se publicó con tu obra en el 2011 se titula Amor por Chile. ¿Qué es lo chileno para ti?
Es no ser europeo, no ser norteamericano, es ser de acá. Es difícil explicarlo pero yo tengo conciencia de ser chilena, una conciencia rara, con orgullos y desprecios.

¿Y cómo es tu tiempo de ahora?
Leo bastante literatura y me gusta mucho la filosofía. De repente escribo un poco y tengo los mejores amigos del mundo, que son pocos. Volví a la pintura y le dedico harto tiempo y soy feliz escuchando pero, por favor, no cualquier cosa, porque a esta edad uno ya se da ciertos lujos.

¿Te da miedo “la edad”, la etapa que estás viviendo?
Es que no me siento “de edad” y cuando siento miedo, miedo a cualquier cosa, no lo dejo que anide. Soy seca para eso. Para que se te quite el miedo hay que silenciar la cabeza.

¿Cuál es tu mantra?
No es ninguna cuestión hindú, a mí me sirve el Padre Nuestro nomás porque estamos en Chile.

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