Once en el Cajón del Maipo

Reportajes y Entrevistas

Once en el Cajón del Maipo

Por @PROYECTOONCE / FOTOS: VALENTINA BIRD

Mesas con pan amasado recién hecho y untado con mermelada de duraznos o damascos recogidos en el patio o en el camino, es algo cotidiano en la vida de los vecinos del Cajón del Maipo. Sobre tomar once y criar en una casa construida por ella misma a principios de los 2000, habla la artista textil Romina Carvajal.

“Cuando hicimos esta casa a pulso entre los árboles y el cerro, decidimos aprovecharla a concho. Yo tuve cuatro hijos hombres, primero los mellizos y luego vinieron los otros dos. Éramos muchos, pero cada uno tenía que ayudar y usar los recursos que teníamos.

Entre todos preparábamos panqueques o chapati, que se cocinaba en el tostador. También recogíamos nueces o frutas para la mermelada de durazno, damasco, ciruelas o rosa mosqueta. Hacíamos leche con plátanos e íbamos a comprarle queso de cabra a un vecino y pan amasado a una señora de un callejón cercano. Cuando los niños llegaban del colegio armábamos onces contundentes, porque esta comida era —y sigue siendo— nuestro último gustito del día.

En verano comíamos en la mesa de la cocina y en invierno, nos movíamos a la pieza de al lado, encendíamos la salamandra y le poníamos una tetera encima. Todavía nos veo achoclonados, con la tele prendida, tomando once arriba de una gran bandeja que tenía de todo para todos.

Después crecieron y las onces familiares se fueron con ellos. Casi siempre hay uno dando vueltas, pero es difícil juntarlos a todos. Hoy las 6:00 de la tarde casi siempre me pilla en un taco, así que cuando llego a la casa me armo una bandeja con un té y un plato lleno de cosas ricas: avena, algún cereal crujiente, semillas o frutos secos, leche de almendra, un poco de mermelada para ponerle onda y un plátano que voy cuchareando de a poco.

Tomar once siempre me ha gustado mucho. Cuando era chica, viví harto tiempo con mi abuelita en el barrio Bellavista y me acuerdo que la veía preparar el té en una tetera que adentro tenía unas ramitas de canela. A pesar de que a los niños no se les dejaba tomar té, estando con ella podía tomar un poco desde el plato, porque así se enfriaba más rápido. También me hacía panqueques esponjosos que llevaba encima un batido de naranjas y plátano que cocinaba en el sartén. Era como una mermelada y a veces todavía siento su olor. Qué ganas de comerlos otra vez”.

La artista textil Romina Carvajal (@rocasatt) tiene 47 años, 4 hijos y vive en una casa que ella misma construyó en el Cajón del Maipo.

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