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22 marzo, 2018
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Pablo Núñez: La magia del vestuarista

Su rol es clave para contar una historia sobre el escenario y caracterizar bien un personaje. Este diseñador teatral tiene una larga trayectoria creando vestuario y escenografía de ballets y óperas del Teatro Municipal, y también de obras de teatro y teleseries. Aquí, todo lo que sucede detrás de un vestido.

Por Pilar Navarrete / Fotografía Carolina Vargas / Producción Camila Letelier


Paula 1247. Sábado 24 de marzo de 2018. Especial Moda.

–¿Tú sabes quién pintó esto? –pregunta Pablo Núñez (58).

Alto, flaco, vestido con jeans y una camisa a rayas, con el garbo de quien alguna vez se vistió como un dandi, el diseñador teatral busca una mesa al interior del salón de té Villarreal, en Providencia. Toma asiento y observa atento uno de los murales que decoran el lugar: un campo de girasoles, donde las hojas secas caen sobre una guitarrera, un toro y dos pájaros azules. Dueño de una gran sensibilidad visual, es hijo del pintor, ex director del MAC y Premio Nacional de Arte 2007 Guillermo Núñez (88) y de la actriz y directora de teatro Berta Mardones, la primera mujer en dirigir el Teatro de la Universidad de Chile, fallecida en 1985. Además, creció en la casa de sus abuelos maternos, una familia de abogados, donde era un panorama ver clásicos del cine, escuchar ópera y revisar libros de pintura.

Como si hablara consigo mismo, dice:

–Lo pintó la Cuca Burchard, la hija de Pablo Burchard. Era amiga de mi papá. Creo que esto debe ser de los años 50.

Es un jueves de febrero, Santiago está apaciblemente desierto y Pablo Núñez no se ha tomado vacaciones. No suele hacerlo en el verano, a menos que viaje fuera de Chile, generalmente por trabajo. Desde que a principios de los 90 comenzó a trabajar con la directora del Ballet de Santiago, Marcia Haydée, con ella ha hecho una decena de montajes en Chile y en el extranjero. Pero su relación con el Teatro Municipal partió antes, en 1983, cuando recién había egresado de Diseño Teatral en la Universidad de Chile. Luego de presentarse a un concurso, Iván Nagy, por entonces director del teatro, le confió crear el vestuario del ballet La Sylphide. “Yo no era nadie en ese momento y él me eligió”, dice.

“El hecho de que alguien vaya a ver un espectáculo que diseñaste y salga fascinado porque lo encontró bello y salió con su alma distinta, es un reconocimiento. Uno cree muchas veces que no le importa a nadie, pero no es tan así”.

Tenías 23 años. ¿Qué te pasó cuando viste lo que habías creado sobre el escenario?
Fue especial. Y fuerte. Partí al revés: empecé por el top para un diseñador teatral, y en Chile eso es el Teatro Municipal. Si necesitaba que la camisa del personaje principal fuera de seda natural y aquí no había, me la traían desde afuera. Eso me dejó, cómo decirlo… overwhelmed. Sobrepasado. Tuve que decantar.

Para poner los pies en la tierra, ese año Núñez decidió no involucrarse en más proyectos y al siguiente, en 1984, centrarse en el teatro. Al Municipal volvió en 1988, cuando Andrés Rodríguez le encargó la ópera Mefistófeles. Poco después empezó a trabajar con Marcia Haydée, primero en el ballet El pájaro de fuego. Luego siguió Coppelius, el mago, La Bella Durmiente, Carmen, producciones donde junto al taller de vestuario del Municipal debían crear en ocasiones 150 trajes. En paralelo, siempre tuvo un pie en el circuito teatral, haciendo el vestuario de algunas obras de Rodrigo Pérez y Héctor Noguera. Y en televisión, vistiendo a rostros para estelares o diseñando el vestuario de teleseries como La doña, Los capo, Los Pincheira y El señor de La Querencia.

Llevas 35 años trabajando. ¿Dónde sientes que está tu sello: en televisión, teatro o en el Municipal?
Siento que no está en ninguna parte, pero eso no quita que la gente diga que tengo un sello.

¿Y qué dicen de ti?
Que soy elegante (se ríe).

¿Por qué te ríes? ¿No te identifica?
(Se queda en silencio un momento). No sé. Trato de ser fiel y consecuente con las obras que estoy haciendo. No me pongo yo encima. Y creo que eso tiene que ver porque vengo de una madre y un padre que estaban vinculados al teatro de los 60, que se basaba en la comédie française que tenía un respeto sagrado hacia el teatro, la obra y el autor. Y el capricho no entraba dentro de eso. Creo que eso ha marcado mi sello.

Núñez realizó su práctica de vestuario en el Teatro Nacional. El boceto corresponde a la obra No hay burlas con el amor.

EL COLOR EN EL OJO

Tenía 8 años cuando fue a una función de Madama Butterfly en el Municipal, para la que su papá había creado la escenografía. Cayó en trance. No tanto por el montaje o las actuaciones, sino por la música. Desde ese día quiso convertirse en regisseur: director de ópera. “Le pedí a mi papá que me llevara a todas las funciones, que me regalaran discos y con mi tía, quien era abogada, nos pasábamos los fines de semana escuchando ópera y viendo libros de pintura”, cuenta Núñez.

Tras la separación de sus papás, Pablo, su mamá y su hermano se fueron a vivir a la casona de los abuelos en la calle Pío Nono. Su tío abuelo era coleccionista y admirador de Napoleón, por eso había muchos muebles estilo imperio. “Mis compañeros decían que mi casa parecía un museo. Para mí era normal ”, dice.

“Yo trato de ser fiel y consecuente con las obras que estoy haciendo. No me pongo encima. Eso tiene que ver con que vengo de una madre y un padre que estaban vinculados al teatro (…) donde el capricho no entraba. Creo que eso ha marcado mi sello”.

En el zócalo de esa casa, donde hoy funciona una discotheque, se encerraba a crear. “Dibujaba trajes, hacía monos de plasticina, armaba escenografías, teatro de títeres, marionetas y después las mostraba en mi casa. Mi nana, que me acompaña hasta el día de hoy, era mi público. Inventaba cosas, se me ocurrían tramas”.

Fue por esos años cuando comenzó su relación con las telas. “Como mi papá hacía vestuario, iba a la sastrería y veía cómo se armaban las cosas. Me gustaba mirar. Además, en esa época la gente se hacía ropa y se compraban telas. A mi casa iba una modista. Yo me hacía trajes. Iba a Chantilly, La Innovación, La Soriana, Inaudito, Olivarí. Las recorría todas hasta encontrar lo que buscaba”.

¿Guardas algunas telas de esa época?
Tengo muchas guardadas y siempre ocupo algo de ellas cuando hago un trabajo. Es como una cábala.

En 1975 su padre partió exiliado a París y Pablo viajaba los veranos a visitarlo. Gozó con los museos y las idas a la ópera donde, terminada la función, se las ingeniaba para meterse a los camarines.

Si bien quería seguir la carrera de regisseur,  Bernardo Trumper, considerado un maestro de la iluminación y amigo de su madre, le recomendó entrar a Diseño Teatral en la Universidad de Chile. “Lo pasé fantástico. Compartíamos facultad con Teatro y ese año entró Willy Semler, la María Izquierdo, la Ximena Rivas; nos hicimos amigos. La María inventó Los Lunes Show: unas improvisaciones a la hora de almuerzo donde usaban las máscaras y coronas que hacíamos para utilería”.

Croquis para La Sylphide, el primer trabajo que Pablo Núñez realizó para el Teatro Municipal en 1983.

Fuiste testigo de la desaparición de la industria textil chilena. ¿Afectó tu trabajo como vestuarista?
No tanto, porque la industria que había acá era sobre todo, de algodones. Para el teatro se necesitan brocatos, telas más ricas. Costaba encontrarlas y si no había, tenías que armarlas de alguna manera.

Aprendió de su profesora de Vestuario Escénico, María Kluczynska, a quien define como “una genia” para construir telas. “Ella ponía un pedacito de tela, chiquitito, al lado de otro, de un brocato con terciopelo y otro algodón. Como un collage. Las costuras las cubría con brea: quedaban como un vitral. Era increíble”. Como era su asistente, Pablo la acompañaba a comprar telas. “Ella agarraba una fosforescente y me decía: ‘¿No le duelen las muelas?’. ‘Sí, señora María. ¿Va a comprar eso?’. ‘Sí, niño, porque el color se hace en el ojo’”.

DIBUJAR EL CUERPO

Aunque Núñez no es parte del equipo estable del Teatro Municipal, su trabajo está estrechamente ligado a él porque en estos 35 años ha hecho el vestuario y escenografía para cerca de 50 montajes, entre ballet y óperas. Lo que permanece oculto es el infinito trabajo que hay detrás del proceso de creación de los trajes, el que parte con él dos meses encerrado buscando referentes: revisando todo lo que encuentra en Youtube,  los videos de su propia colección, películas de fantasía como El Señor de los Anillos donde pone ojo a los fondos. También revisa libros y escucha música que pueda inspirarlo. “Necesito juntar mucha información hasta que explota la idea, como una olla a presión”, dice. El resultado final es un cerro de bocetos y una maqueta escala 1:50 si es que también se hace cargo de la escenografía. Solo entonces comienza el trabajo con el taller de costura del Municipal que integran unas 30 personas, con quienes trabaja codo a codo, supervisando los cortes, las hechuras.

¿Cuál es tu preocupación al diseñar para intérpretes?
El intérprete, ya sea bailarín, cantante o actor, es muy frágil. Está muy expuesto y uno como diseñador tiene que contenerlo haciendo que se sienta cómodo con la ropa que lleva, no solo al moverse, sino que cómodo en el personaje. Tiene que sentir que es y que está encarnando a ese personaje. Y la ropa tiene que ayudarlo a su caracterización.

Y en el ballet, ¿qué define el diseño?
El movimiento. Si la bailarina tiene que hacer muchos lifts y tiene que flotar, pongo una tela que siga el movimiento del cuerpo. Pero siempre tiene que ver con lo que se está contando. A través del vestuario hay que ayudar a contar esa historia.

¿Qué dice un traje en el ballet?
Tiene que ayudarle al público a entender ese personaje: de dónde viene, la edad que tiene, lo que siente. Los colores también hablan de eso. Si es un personaje más frío, romántico o un personaje instrumental. Si es una tragedia o una comedia. Todo eso lo tiene que decir el traje. Incluido accesorios y peinado. Porque un traje es todo: de la cabeza a los pies. Como un cuadro.

¿Crees que hay un espíritu distinto en crear vestuario para una obra que en diseñar para vender?
Como no hago ropa para vender, no reflexiono mucho al respecto. Pero sí creo que cuando tú te pones cierta ropa te comportas de manera diferente. Una mujer con tacos y un traje de noche se mueve de forma diferente a si anda con zapatillas. La ropa juega contigo en ese sentido. Y uno juega con la ropa.

En los 35 años que lleva ligado al Teatro Municipal, Pablo Núñez ha hecho el vestuario y escenografía de cerca de 50 montajes. En la foto, en el Salón Arrau del teatro, el telón que diseñó para el Lago de los Cisnes, junto a trajes que ideó para La Traviata y La Bella Durmiente.

¿Qué vínculo tienes con la ropa?
Cuando estaba en la universidad, era como un dandi. Me preocupaba mucho de mi ropa y me vestía distinto a todos mis compañeros. No usaba jeans, por ejemplo. Necesitaba demostrarle al mundo que era distinto. Pero después me empezó a dar lo mismo y ahora incluso me da un poco de lata comprarme ropa. Pero sí tengo claro qué es lo que me gusta y qué no.

¿Es importante para tu trabajo el mundo de la moda?
Uno tiene que mirarlo porque vivimos en este mundo contemporáneo y la moda, de una u otra manera, se mete en tu trabajo. Cuando hice Tartufo en la Católica, que dirigía el Tito Noguera, a Pablo Macaya le hice unos pantalones donde eliminé el uso de la bota: iba pegado al cuerpo y abajo se transformaba en una polaina que tapaba el zapato; era abotonado de arriba a abajo. En ese diseño había algo de moda. Porque, aunque sea teatro de época, me gusta diseñar ropa que a la gente le dé ganas de ponerse.

¿Sientes que la gente sabe apreciar el trabajo detrás de cada traje?
No sé (suspira). La otra vez mi papá me dijo que sentía que a nadie le importaba lo que él hacía. Creo que todos los artistas hemos sentido eso. Hasta cierto punto es así y hasta cierto punto, no. Somos reconocidos cuando a una persona le pasa algo con lo que hemos creado. Que alguien vaya a ver un espectáculo que has diseñado y salga fascinado porque lo encontró bello, porque salió con su alma distinta, eso es un reconocimiento.