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29 noviembre, 2017
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Mi padre se fue a los cielos

El próximo 8 de diciembre, el ex guitarrista de Los Tres, Ángel Parra, y su hermana Javiera presentarán Las últimas composiciones de Violeta Parra en el Teatro Municipal de Santiago, como parte de los homenajes por el centenario de su abuela. Todavía sumido en la pena por la partida de su papá Ángel Parra, acá el hijo cuenta cómo su padre sigue acompañándolo entre sueños..

Por Pilar Navarrete / Fotografía: Alejandro Araya


Paula 1240. Sábado 2 de diciembre de 2017. Especial Navidad.

1 de noviembre. El reloj marca las 1:53 AM cuando llega un e-mail de Ángel Parra hijo. “Ahora estoy preparado”, dice. En marzo, cuando murió su padre, Ángel Cereceda Parra –el hijo mayor de Violeta, músico y voz emblemática de La Nueva Canción Chilena–, le había propuesto que escribiera una carta de despedida en Paula. Pero nunca respondió. Hasta ahora. “Tengo mucho que contar”, anuncia con misterio en ese mail que llegó de madrugada, el día de todos los muertos.

Dos semanas después, Ángel Cereceda Orrego (51), el ex guitarrista de Los Tres –y quien tomó el mismo nombre artístico que su papá: simplemente Ángel Parra–, camina por su casa. En el muro del living hay una arpillera de su abuela Violeta y sobre la mesa de campo del comedor hay varias fotos en blanco y negro de su infancia con su padre.

¿Por qué quieres hablar ahora? ¿Qué pasó en estos meses?
Se ha dado una presencia de él en mis sueños casi todos los días. Yo sueño mucho, y soñaba con él antes, pero no tanto como ahora. Se me aparece a cada rato mientras duermo.

¿De qué se tratan esos sueños?
Cuando era más reciente su muerte, tenían que ver con su enfermedad, con una sensación de apuro de llegar rápido al doctor. Pero después los sueños son de momentos cotidianos. En ellos se está rebobinando toda la vida artística que compartí con él. Me veo andando de gira juntos y él dándome sus opiniones. Su ética se me ha ido afirmando en esos sueños, porque de repente se aparecen personas con las cuales yo tengo actitud de “tú para mí no”. Y él aparece y me ordena las cosas.
De todos los sueños que ha tenido en estos meses, Ángel está pegado con uno que tuvo hace pocos días. “Fue raro. Porque sentí que se despedía. Me decía: ‘Hijo, ahora sí me voy’”. Ángel suspira. Dice que desde esa noche, no ha vuelto a soñar con él.

Consejos por Skype

Su padre le contó la noticia de su cáncer a fines de 2013 por Skype. Llevaban varios años hablando todos los días, sagradamente, cuando en Santiago era de mañana y en París, el mediodía. “Él tuvo Skype mucho antes que yo”, dice Ángel. “Tenía su camarita. A veces me saludaba con una copa de vino en la mano porque allá ya era la hora del aperitivo. Creo que son los años donde más aproveché a mi papá en el sentido de pedirle consejos sobre lo que me estaba pasando. Skype nos hizo construir un lado de la cotidianidad que antes la distancia física la hacía imposible”.

¿De qué conversaban?
Muchas veces hablábamos puras cabezas de pescado. Pero a él le daba lo mismo. Lo que le gustaba era que podía tener un seguimiento diario de mi vida. Cuando no me pillaba conectado me llamaba al fijo de la casa. Me echaba puteadas. “¿¡Por qué no contestas el teléfono!?”. Como nos podía ver decía: “Ah, está guatón”. “Ah, está con cara de carreteado”. Yo aprovechaba de preguntarle mil cosas. A veces también me ponía a llorar frente a él, le decía que estaba angustiado por el futuro, sobre todo en el periodo que me quería salir de Los Tres. Le contaba que no sabía cómo iba a hacerlo si me salía.

¿Cuál era tu susto?
Miedo a perder mi trabajo. Yo le di 20 años de trabajo a Los Tres. Ese tiempo invertido era mucho. Y fue alegre en sus inicios, precioso, pero después que nos volvimos a juntar en 2006 ya no era la misma sensación de alegría. Me daba la sensación de que esto ya no tenía salida y me veía en cosas que yo no quería. No quería perpetuarme tocando esa música. Quería hacer otras cosas y no sabía si lo iba a lograr. Me angustiaba la sensación de sentirme esclavizado.

¿Y qué te aconsejaba tu papá por Skype?
Él fue quien me dijo: “Salte de ese grupo. Te está destruyendo seguir al lado de esa gente”. La decisión la tomé yo, pero él me lo dijo tres años antes de salirme. Él me dijo: “Tienes que ponerte a cantar”, que es lo que estoy haciendo ahora con mi hermana. Me dijo: “Hijo, no te preocupes, que a los 50 empieza tu carrera. Acuérdese: en esta familia a los 50 la cosa va así, para arriba”. Siempre me dio a entender que eso del rockstar en lo que yo caí con Los Tres no tenía nada que ver con ser un artista.

¿Su enfermedad reordenó tus prioridades?
Sí. Me di cuenta de que solo quería crear música y estar cerca de él. Ese tiempo fue una oportunidad de conocernos más y de darme cuenta de hasta cuándo dura tu fuerza, tu capacidad de aguantar. Porque no fue que me llamara, me dijera tengo cáncer y yo me pusiera a llorar, sino que fue algo que se fue desarrollando en esos tres años. El cáncer es espantoso, porque después de estar muy mal, ves que tu papá se siente bien y uno empieza a hacerse una esperanza. Eso me pasó tantas veces y te va matando como hijo. Hasta que me di cuenta de que la cuestión no tenía arreglo.

¿Cuándo lo entendiste?
Después de un concierto de tangos que vino a dar mi papá a Santiago. A la salida me encontré con su oncólogo y me dijo: “Quédate tranquilo porque tiene esperanza de vida de tres años”. Y yo no me había hecho la idea de que se iba a morir. Ahí asumí toda la verdad. El cáncer es un aprendizaje, la oportunidad de darte cuenta de que la felicidad tiene un límite, que todo se acaba, que tienen fin las etapas y que hay que aprovechar el presente. Y eso, aunque es doloroso, lo agradezco.

Dos Ángeles a la distancia

Aunque eran muy apegados, lo cierto es que padre e hijo vivieron juntos pocos años. “Hasta los 8 años vivimos en una casa muy bonita en Los Leones con Eliodoro Yáñez, por donde pasaban muchos músicos: Julio Villalobos de Los Blops, los músicos de Los Jaivas, Víctor Jara. Mi papá ensayaba con su banda Los Curacas. Me llevaba a las marchas y yo tenía mucha admiración por el Presidente Allende. Estaba súper realizado, viajaba para todos lados, La Peña de los Parra funcionaba súper bien. Esos años para mí tienen una luminosidad muy particular. Y yo sé que era por eso”.

Las cosas cambiaron drásticamente tras septiembre de 1973. “Allanaron nuestra casa varias veces. Hubo que enterrar libros en el patio de atrás, guardar y botar cosas. Había una sensación de inseguridad”, recuerda Ángel. Hasta que un día no llegaron buscando libros, sino que a Ángel Parra padre. “De ese día me acuerdo bien, porque yo estaba jugando cuando se lo llevaron. Decían que se lo iban a llevar por unos días. Ahora lo tengo superado, pero por años esa imagen fue espantosa”.

Su familia tardó días en averiguar su paradero: el Estadio Nacional, primero. Luego, el centro de detención en Chacabuco.

¿Cómo recuerdas esos meses donde estuvo detenido?
Los tengo bien borrados. Lo único que recuerdo es que me volví sonámbulo. Y del día en que volvió. Estábamos veraneando en Isla Negra. Esa noche se fue a acostar conmigo y le pregunté cómo había sido, qué le había pasado.

¿Qué te contó?
Puras cosas bonitas. La parte creativa: que habían hecho una obra de teatro, que había un compañero que se había tirado en trapecio y se había caído, que habían hecho un grupo musical. Censuró toda la parte siniestra, pero como mi papá tenía tanta chispa y picardía fue un relato súper ameno y bonito, entonces yo quedé como ahhhh.

¿Alguna vez te contó la firme de lo que le había pasado?
No. El daño sicológico que dejó la tortura, la detención y el maltrato lo fui entendiendo de grande. Fui desenredando la madeja de a poco. Muchas veces pasó el tiempo, yo le preguntaba de nuevo pero no me contaba nada. Leyendo sus libros empecé a entender lo que había pasado. Que lo habían torturado, que le habían puesto corriente en los testículos.

Cuando te enteraste, ¿lo hablaste con él?
No, nunca lo hablamos mucho, porque mi papá era reacio a hablar de cosas peludas. Él era una persona que veía la vida con tanto positivismo que te cagaba porque no le daba sentido a una conversación de curados para hablar de la pena, del fin de la Unidad Popular, del golpe, de la tortura. No le daba ni un espacio a eso.

Sin embargo, tras la vuelta de su padre, las cosas no mejoraron. “Todo se volvió muy caótico”, recuerda Ángel. “Como no tenía en qué trabajar, se compró un camión y empezó a repartir vinos. Yo lo acompañaba a veces. Pero de ahí vinieron más amenazas y el mensaje de que era recomendable abandonar Chile. Ahí partimos al exilio”.

El viaje fue en barco, a bordo del Rossini, que zarpó desde Valparaíso. El desembarco fue en Panamá, donde los Cereceda Orrego tomaron vuelo a México, donde los recibió Miguel Littin. Instalados en Coyoacán, Ángel padre se asoció con un empresario mexicano con quien montó La Peña del Ángel, un símil de un lugar donde, en Santiago, los Parra prendían las noches tocando folclor. Así, pudo comenzar a mantener a su familia nuevamente de la música. Pero por entonces en el segundo piso de la casa familiar las peleas comenzaron a multiplicarse.

“Empezaron a haber momentos de disfuncionalidad desatada. Problemas graves entre ellos, de alcohol, de trasnoche y en mí una sensación de abandono como hijo”, recuerda Ángel. “Tengo noción de despertar en medio de la noche y sentir que no había nadie en la casa. De haber estado solo y sentir que tenía que hacerme cargo de la Javiera que dormía. De haber despertado y haber corrido a verla”.

Tras una de las tantas peleas de sus padres, su mamá lo quedó mirando fijamente y le dijo: “El que se va de la casa es él, no soy yo”. “Así me dijeron que la cuestión se acababa”.

Entonces Ángel padre partió a París, donde estaba su hermana Isabel. El matrimonio trató de reconciliarse varias veces. “Recuerdo la vez que mi papá volvió a México en un intento por volver con mi mamá. Pero fue funesto. Me trajo unos juguetes, pero yo volví a ver las mismas peleas. Nunca me las salté. Siempre me tocó mucho de eso”.

Finalmente, su mamá decidió que volvieran a Chile. A la distancia, Ángel se comunicaba con su papá hablando por teléfono cada dos meses. “Siempre con mi mamá entremedio, lo que hacía que todo fuera muy tenso”, recuerda. Por eso, él prefería escribirle cartas y grabarle cassettes. “Me pasaba tardes enteras grabando unos programas de radio donde le contaba mis cosas y le cantaba”. Javiera tenía un espacio al final de la cinta.

En esa época de disputas por la separación de tus padres, ¿le agarraste bronca a tu papá?
Nunca. Mi mamá a veces hablaba mal de él, pero a mí no me lograban sacar del amor que tenía por mi papá. Yo lo amé siempre. Para mí era intocable.

Con su padre en París, y todavía con prohibición de volver a Chile, Ángel y su hermana Javiera viajaban una vez al año a visitarlo a París. Un par de años después empezaron a turnarse: un verano ella, al otro, Ángel hijo. “Eso significó que empezamos a vernos cada dos años. Yo lo echaba terriblemente de menos y, como era bueno para el sentimentalismo, ponía sus vinilos para escuchar su voz. Me daba demasiada pena que no estuviera conmigo. Pero me chocaba cuando después viajaba a verlo y me encontraba con esa cierta distancia francesa de parte él, que se había acostumbrado a tener su vida y a no vivir con sus hijos”.

¿Lo idealizaste a la distancia?
Yo creo que sí. Siempre tuve una imagen muy idílica de él y de su imagen de artista.

Tras salir del colegio, su papá le propuso a Ángel partir a estudiar Música en París. Así, el hijo se instaló dos años en la capital francesa. Vivían a dos cuadras de distancia. Fueron tiempos donde lo acompañó a hacer giras por Estados Unidos y por toda Europa. A su regreso a Chile, la historia es conocida: Ángel se sumó a Los Tres. Llegó la fama, los viajes, las giras. Entremedio se casó, tuvo dos hijas. Cuando a su padre le permitieron volver a Chile en 1989, comenzaron las giras en cada una de sus visitas. Y así, pasaron 20 años. Siguió la música y el ritmo de locos. “Pero tengo la conciencia tranquila, porque toqué tanta música con él. Yo estaba en Los Tres, pero siempre hicimos giras, nunca interrumpí lo artístico con él. De eso me siento más orgulloso que la cresta”.

¿Cuándo te diste cuenta del peso del apellido Parra?
Antes de entenderlo me dieron ganas de usar el apellido Parra (se ríe). Es que veía en los discos de mi papá el logo “Ángel Parra” y me encantaba. Pero yo creo que decidí ponerme Ángel Parra cuando volví de París, porque ahí caché que mi papá tampoco tenía apellido Parra, sino que Cereceda. Dije: “Ah, la Violeta es Parra, pero mi papá y la Isabel no usan el apellido Cereceda. Entonces dije: “Yo soy Ángel Parra, cuál es el problema”. Y lo empecé a ocupar. Un día mi papá, medio cachudo, me dijo: “Así que Ángel Parra”. Y yo le dije: “Sí”. Los dos nos reímos.

Ustedes pasaron mucho tiempo distanciados físicamente. ¿Cómo construyeron el lazo papá-hijo?
Lo tuvimos que reconstruir y está transformado en una cuestión extraña. Porque aunque él quería educarme dándome consejos, la distancia le hacía imposible tener tanta autoridad sobre mí, porque no estuvo. Y claro, podría haberme dicho: “Estuve exiliado, me torturaron”, pero nunca hubo nada de eso. Había una cuestión que él no podía arreglar, yo no podía arreglar, nadie lo podía arreglar. Entonces uno la tuvo que arreglar solo al final.

Lo siento Angelito

Ángel hijo entendió que el tiempo junto a su padre se acababa la última vez que visitó Chile, en octubre del año pasado. “Estaba flaco como un palillo, recuerda, “aunque con la energía de siempre. Pero una semana después estaba súper mal”. Fue en ese mes que grabaron juntos algunos temas para la reversión de Las últimas composiciones, el último disco de Violeta Parra, y con el que, en ese entonces, pensaban juntos celebrar su centenario. Pero las cosas se desencadenaron rápido. En enero, tras sufrir una crisis cardiaca, Ángel Parra padre tuvo que regresar a París. Un mes después, Ángel y su hermana Javiera viajaban a Francia. “Sabíamos que esa era nuestra despedida”, dice hoy, tranquilo. En esos 12 días recuerda ver a su padre durmiendo en el sillón de su casa, escuchando música clásica. “Ahí me di cuenta de que él estaba en camino hacia ese viaje al cielo. Ya lo estaba recorriendo”. Aunque sabía que probablemente no se volverían a ver, Ángel tomó el vuelo a Chile en la fecha prevista. No corrió el pasaje.

¿Tú qué querías hacer?
(Suspira) Yo tenía ganas de volver. Además él me dijo: “Hijo, tú tienes que volver y cumplir con tus compromisos”. Y claro, yo tenía una seudoesperanza de que iba a estar bien. Y se lo dije antes de partir. Le dije: “Te voy a esperar papi, porque vamos a tocar junto en octubre”. Él me dijo: “Sí, hijo. Sí”.

La madrugada del 11 de marzo, cuando falleció su padre, Ángel venía viajando de regreso de Chillán con los músicos de Ángel Parra Trío. Advirtió que algo había pasado cuando, tras despertar en la van llegando a su casa, vio que su Whatsapp estaba lleno de mensajes que decían: “Lo siento Angelito”.

¿Qué cosas se te han aclarado tras la muerte de tu papá?
Ahora tengo claro lo que tengo que hacer. Si bien yo he hecho miles de discos de jazz, de rock, hago música para televisión, para películas, música clásica, ahora tengo claro que lo más importante es que yo preserve la enorme herencia que la Violeta nos dejó y que tiene que ver con la herencia de mi papá. Que eso recaiga sobre mí me hace sentir muy honrado. Siento alegría de que eso ahora me pertenece y tengo que hacer algo con ese material. Por eso hice este disco de Las últimas composiciones. Volver a cantar con mi hermana ha sido la emoción más grande que me ha pasado en mi vida. Porque lo empezamos a hacer cuando ya se había muerto nuestro papi.

¿Qué te gusta de tocar juntos?
Cada vez que tocamos Gracias a la vida la gente se queda helada y se pone a llorar, porque “lo Parra” ocurre ahí. Mi hermana se transforma en cierta persona que es una mezcla de la Violeta y de mi papá, yo me transformo en don Robert (Roberto Parra) y pasan cosas ahí que nadie puede impedir. Es natural. Y uno se siente orgulloso de toda esa cuestión. Eso para mí no es un peso. Es una alegría.

¿Hubo algo que no le alcanzaste a decir?
No. Nada. Tengo la conciencia tranquila de todo lo que viví con él. Toqué tanta música con él. Y una de las grandes satisfacciones que yo creo que lo hicieron irse tranquilo al cielo, porque está en el cielo, de todas maneras, fue verme así: mejorado. Sin tomar y sin drogarme. Si me hubiese visto de otra forma, pucha que habría sido siniestro para él. Su mujer me lo dijo muchas veces: “Mira, tu papá no te dice nunca nada, pero él está muy orgulloso de ti”.

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