Mi pareja es 20 años mayor

Reportajes y Entrevistas

Mi pareja es 20 años mayor

Por Camila González / Ilustración Holly Jolly

Muchas veces escuché la famosa frase el amor no tiene edad, y la verdad es que nunca me sentí muy identificada. No era algo que describiera mi situación amorosa, ya que, a lo más, mis parejas solían ganarme por dos o tres años. Esa realidad cambió cuando conocí a Claudio. Él es 20 años mayor que yo y estamos felizmente casados.

Nuestra historia está lejos de ser la del amor a primera vista. Él era vecino de mi hermana, y por esas casualidades de la vida y un terremoto que los unió en el patio, terminaron haciéndose muy amigos. Cuando lo conocí, los dos pololeábamos y no nos fijamos en el otro. Yo iba harto a visitarla y muchas veces estaba él. Conversábamos, pero solamente lo cordial. Obviamente al tener tanta diferencia de edad, pensábamos que no había muchos temas en los que pudiésemos calzar. Yo tenía 19 años, estaba en segundo año de fonoaudiología y él ya llevaba un bien tiempo trabajando.

Justo cuando los dos habíamos terminado nuestras relaciones, mi hermana me invitó a un paseo en la playa al que Claudio también iba. Me acuerdo que en la noche, mientras hacíamos un asado, se me subieron las copas a la cabeza, y sin saber por qué, terminé contándole mis penas de amor a él. Era como la cabra chica buscando consejos de alguien con experiencia. Y en una de esas, bromeó con que yo no debería perder tiempo con hombres tan inmaduros, que debería fijarme en alguien mayor. Los dos nos reímos y la conversación quedó hasta ahí. Algo, que no sabría cómo describirlo, me quedó gustando de él. Y a la noche siguiente, nos dimos un beso. Arrepentidísima, volvimos a Santiago y nunca más hablamos. No podía creer que había estado con un hombre a quien en ese minuto comparaba con la edad de mi papá. Me sentía culpable, y más que por el acto, por la cantidad de química que había sentido al hacerlo.

No supe más de Claudio hasta el cumpleaños de mi hermana, justo un mes después de nuestro paseo. Recuerdo haber estado muy estresada, en plena época de exámenes de la universidad, y él estaba ahí, muy desenvuelto y relajado, disfrutando. Se me acercó y nos pusimos a conversar. Le conté mi situación y me abrazó para darme ánimo. Volver a sentirme en contacto con él, fue mágico. Algo pasaba que cada vez que nos tocábamos, sentía fuegos artificiales. Después de ese día me invitó a salir y hasta hoy, diez años después, seguimos juntos.

Al principio no fue nada fácil. Quedé impresionada de la cantidad de prejuicios que puden girar en torno a una relación con tanta diferencia de edad. Y esas opiniones, me comieron la cabeza muchas veces. Se decía que yo era interesada, que buscaba afecto paternal o que él me estaba usando. Siempre había algún comentario. Y lo peor es que los dos teníamos que estar justificándonos constantemente. Nos habíamos enamorado y punto. No sé por qué al resto le costaba tanto entender eso. Me dio mucha impotencia también el tema de los estereotipos. A mí me juzgaban, pero a él en cambio, muchas veces lo tildaron de ‘campeón’ por estar con alguien menor.

Una de las cosas más difíciles fue integrarnos a los grupos de amigos de cada uno. Los míos estaban totalmente en otra y me costó mucho presentárselos. No quería hacerlo sentirlo incómodo ni darles a ellos el derecho a opinar. Lo bueno es que tuve a varias a amigas que me apoyaron y motivaron para seguir adelante con Claudio. En su caso, con sus amigos nunca me sentí mal, sin embargo, con las parejas de ellos, sí. Y pienso que eso es porque las mujeres nos hacemos mucho daño entre nosotras. Recuerdo que me miraban feo, me excluían de las conversaciones y me hacían sentir aún más chica de lo que era.

Pese a lo difícil que fue, siempre tuvimos claro que lo íbamos a intentar igual. Y aunque los dos estábamos en etapas de la vida completamente distintas, logramos equilibrar nuestros intereses, para que ninguno tuviese que renunciar tanto a “su momento”. Era una relación súper independiente. Pienso que llegó en el momento perfecto de mi vida, jamás me cuestioné eso. Yo, como toda adolescente, sentía que el mundo se me venía abajo muchas veces. Dramatizaba un montón de cosas que eran innecesarias y Claudio me enseñó a bajarle el perfil a muchas a situaciones, a vivir la vida de una manera más relajada y a entender que nada es tan grave como uno cree. Como el ya venía de vuelta, su sabiduría en algunos aspectos de la vida me ayudó un montón. Y lo mismo al revés. Sé que yo también fui un gran aporte. Él siempre me comenta que una de las cosas que más lo enamoró de mí es mi personalidad extrovertida, ya que, gracias a eso, le entregué mucha energía.

Trato de no pensar tanto en los años que nos llevamos de diferencia y la verdad es que muchas veces se me olvida. Pero también debo reconocer que en algunas ocasiones llega a ser divertido. Nos ha pasado que Claudio me cuenta una anécdota o me hace recordar algo que pasó hace un tiempo y en reiteradas oportunidades sacamos la conclusión de que yo ni siquiera había nacido cuando ocurrió. O también nos pasa con la música, las películas e incluso con la moda. Claudio se ríe cuando uso tendencias que se ocupaban en su adolescencia.

Cuando quedé embarazada sentí un equilibro de edad muy fuerte, ya que era la primera vez que ambos íbamos a ser papás. Ninguno sabía más que el otro y eso me hizo me darme cuenta de que al final, más allá de los años que tenga cada uno, una relación está llena de sorpresas que se viven a la par. Ahora tenemos dos hijos maravillosos que hemos criado desde lo que aprendemos en el camino.

Debo reconocer que sí me da miedo pensar en la muerte. Sé que podemos dejar de vivir el día de mañana, pero si los dos cumplimos con el ciclo de la vida y morimos de ancianos, me aterra tener que estar 20 años sin él. Ahí sí que esos 20 años me importarían.

Camila González (30) es fonoaudióloga y tiene un emprendimiento de carteras.

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