También el pasado es femenino: Marta Brunet

Reportajes y Entrevistas

También el pasado es femenino: Marta Brunet

Por Constanza Gutiérrez / Ilustración Elisa Alcalde

Marta Brunet nació en Chillán el 9 de agosto de 1897. Sus padres eran Ambrosio Brunet y la española María Presentación Cáraves, y no tuvo hermanos o hermanas. Pasó los primeros años de su vida en el fundo Paulahueque, cerca de Victoria, y no fue al colegio hasta que tuvo 15 años, en España. Antes de eso, en el fundo, fue educada por profesores particulares e institutrices. Quizás porque fue una niña que no compartía con personas de su edad y debió buscar la manera de entretenerse sola, Marta empezó a escribir muy tempranamente. “Siendo yo una muchachita me inquietó esta sorpresiva presencia de los elementos del cuento o de la novela a mi alrededor. No sabía qué hacer con ellos. El duerme vela se me tornaba en una pesadilla del lado del sueño y en un desasosiego lindante al pavor del lado de la vigilia. Pero si yo no sabía qué hacer con ellos, ellos bien sabían lo que querían de mí. Hasta que mansamente me entregué a su claro mandato y empecé a escribir”, cuenta en Experiencias de mi vida literaria.

Vivió en Europa desde los 14 a los 22 y, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, volvió a Chile, estableciéndose en Chillán. Ahí publicó sus primeros cuentos en el diario local La Discusión y escribió su primera novela; Montaña adentro, la que envió por correo al crítico literario Alone y que, con su ayuda, fue publicada en 1923, cuando ella tenía 26 años. La recepción de la crítica fue positiva y comenzó a publicar cuentos en diarios y revistas de Santiago, donde se había instalado un año antes, tras la muerte de su papá. A Montaña adentro la siguieron Bestia Dañina y Don Florisondo, publicadas en 1926, y el primer lugar en el concurso de cuentos del diario El Mercurio por Tierra Bravía, así como el de la Sociedad de Escritores de Chile y el Premio Atenea de la Universidad de Concepción por su libro de cuentos Aguas abajo. Sus historias siempre ocurrían en zonas rurales y uno de sus principales atributos era su buen oído: sus relatos valen tanto por la temática como por la forma, es decir, la cantidad de dichos y voces locales que recupera.

A pesar de todo esto, Marta Brunet fue excluida de los círculos literarios. La literatura era un club de hombres. Como su talento era innegable, no pasó desapercibida, pero nunca sería la estrella. Fue, simplemente, una excepción. Se le celebraba la sobriedad, la ausencia de florituras en su prosa y el no escribir diarios, cartas y memorias de viajes, considerados géneros de señoritas. En 1926, Pedro Nolasco decía que, a pesar de que “la mujer es de inteligencia menos vigorosa que el hombre”, Marta Brunet superaba a los demás cuentistas del país, y en 1957 Raúl Silva Castro habló de “la varonilidad de su talento”. “Mis primeros años de mujer que escribe la vida rural chilena me valieron el asombro de la crítica y el escandalizado comentario de mi medio provinciano. Que nadie entendía el conocimiento de la muchacha que yo era en decires montañeses, en pasiones primarias y en una cruda realidad puesta en manifiesto sin ambages”, escribió ella.

Lo extraño es que, realmente, Marta Brunet estaba muy lejos de ser una escritora “varonil” (sea lo que sea eso). A veces la gente lee lo que quiere leer. Escribía historias como la de Catalina, quien es abandonada por su amante tras quedar embarazada (Montaña adentro), sobre matrimonios por conveniencia entre mujeres jóvenes y hombres mayores (Bestia dañina y María Rosa, Flor del Quillén) o sobre María Nadie (novela publicada en 1957), una mujer joven que llega a un pueblo perdido a asumir el cargo de telefonista del lugar y cuyas costumbres se convierten en el comidillo de sus habitantes.

Al poco tiempo, se le empezó a criticar su gusto por el color local o el regionalismo. No solo los hombres estaban en su contra: Gabriela Mistral decía que, aunque admiraba cómo construía personajes, lo suyo era un “dialectismo desenfrenado” y le aconsejaba dejarlo, pues eso hacía que su literatura solo pudiese ser leída por un clan (el nuestro, Chile). Y el mismo Nolasco dijo que si seguía escribiendo sobre zonas rurales iba a empezar a repetirse, pues era ese un campo reducido, y que si volvía a abrir un libro suyo para encontrarse con un “muchacha templá” o “siempre me habís gustao hartazo”, iba a cerrarlo. Inmediatamente. Al publicarse Amasijo, en 1962, el crítico Carlos Ossa cuestionó la aparición de un personaje homosexual, diciendo que era una temática “bastante alejada de la realidad”, lo que además de ser un reflejo de la homofobia de la época, nos revela una idea bastante extraña sobre la ficción: ¿por qué la literatura tendría que parecerse a la realidad?

Con todo, en 1953 comenzó a hacer clases en la Universidad de Chile y en 1961 ya era Premio Nacional de Literatura, el que hasta ese entonces solo había recibido una mujer antes, Gabriela Mistral, y solo han recibido dos después: Marcela Paz e Isabel Allende. Luego, el silencio. Las únicas mujeres que se leen en los colegios son Mistral y María Luisa Bombal. Tal como ocurre con las rondas de la primera, Marta Brunet es hoy recordada por sus cuentos para niños (particularmente, por su libro Cuentos para Mari-sol) y no por el resto de su trabajo, pero hizo lo que ella quiso. No sacrificó su libertad. Había dos caminos frente a ella: uno era hacerse legible, agradar al Chile de esa época, y el otro el de su búsqueda literaria, más importante que la opinión del resto. Ya sabemos cuál eligió.

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