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4 abril, 2017
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Paula Narváez no pierde la calma

Hija de padre comunista, que fue torturado político, la ministra vocera de gobierno creció en Puerto Montt leyendo revistas de actualidad y escuchando Quilapayún. Bautizada, con primera comunión y confirmación, no se casó por la Iglesia, pero cree en dios y en diosas, entre ellos Ganesha, la divinidad hindú. Sicóloga de profesión y madre de unas mellizas de casi 3 años, vive en La Moneda conteniendo todo tipo de crisis. Lo suyo es la templanza.

Por Rita Cox / Fotografía: Rodrigo Chodil / Maquillaje y pelo: Carmen Bottinelli


Paula 1223. Sábado 8 de abril de 2017.

Llueva, truene, terremotee o el sur esté en llamas, Paula Narváez no pierde la calma frente a las cámaras y los micrófonos. Lo mismo si se ha desatado el fuego cruzado de declaraciones entre La Moneda y el piñerismo, como ha ocurrido con mayor intensidad desde que Sebastián Piñera confirmó sus intenciones. Lo mismo si la encuesta Cadem marca una histórica desaprobación de un 80 por ciento hacia la gestión de la Presidenta Michelle Bachelet. En todos los escenarios, la ministra de la Secretaría General de Gobierno se enfrentará a las cámaras y a los micrófonos erguida, con la cabeza un poco inclinada hacia delante, los ojos semicerrados, como si quisiera esquivar la luz del sol, y una voz clara e imperturbable. Dice lo que tiene que decir con temple de acero. A veces con las manos toma el micrófono haciendo un gesto como de rezo, que repite en su oficina del “segundo piso” cada vez que quiere enfatizar. Algo en ella, tal vez sus pómulos, recuerda a Jacqueline Kennedy. Ella recibe el comentario con discreción, como si ya se lo hubiesen dicho varias veces antes.

La facilidad de palabra es herencia de su abuela, de su madre y de otras mujeres de la familia. De su padre, dirigente sindical y militante del Partido Comunista en Osorno durante el 73, torturado político, y militante socialista desde principios de los 90 (fallecido en 2002 a los 58 años), heredó ese vínculo. De ambos, la vocación pública y política.

Nació en Osorno meses antes del golpe militar y creció en Puerto Montt. Allí fue al colegio y después de estudiar Sicología en la Universidad Andrés Bello y hacer su práctica profesional en la Comunidad Terapéutica de Peñalolén, fundada por Teresa Huneeus, comenzó su carrera en el servicio público. Terminado un máster en Georgetown y una pasantía en ONU Mujeres, donde coincidió con Michelle Bachelet, regresó a Chile para integrarse al segundo gobierno de la Presidenta. Casada con Javier Rico, militante DC, tiene unas mellizas de casi 3 años.

Con el complejo panorama actual, ¿qué la impulsa a salir todos los días de su casa y trabajar en La Moneda?
Mi principal motivo en la vida es moverme por mis convicciones, más allá de las evaluaciones y los juicios externos. Estoy convencida de que el programa de la Presidenta es bueno para Chile y creo en ella como líder política. Mi principal motor para levantarme y venir a trabajar es una profunda identificación con las transformaciones que estamos llevando adelante, un profundo cariño por mi país, porque me importan mucho las personas y yo creo que puedo en algo contribuir a que Chile sea un mejor lugar para vivir, más justo. Creo mucho en eso, incluso me emociona. Entonces, la verdad, es que el 80, el 20, el 60 o el 40 por ciento no es tema.

¿Convicción o porfía? Si hay molestia, ¿no será necesario atenderla?
Estamos viviendo tiempos bien convulsos donde la desconfianza es quizás una de las características de las relaciones. Todo lo que suena a institución, a actividad política o a actividad que venga de la elite o del poder parte con una mirada desde la desconfianza. Y no necesariamente están los ánimos para que la gente quiera meterse profundamente en comprender o reflexionar sobre cómo es que se llevan adelante estas transformaciones. No creo que sea un rechazo a las reformas, no creo que sea un rechazo a la transformación, yo creo que es una mala evaluación a la clase que dirige, independiente de quién la dirija.

¿Eso la frustra o la enoja? ¿No le dan ganas de irse para su casa y vivir tranquila?
Tengo una tolerancia alta a la frustración como característica de personalidad y una gran capacidad para sobreponerme a los tiempos más duros. Hay que hacerlo y alguien tiene que hacerlo. No contemplo el rendirme. No creo en eso.

¿En qué o quién se apoya?
Tengo una visión muy colectiva de las cosas. La fuerza también te la da el grupo. Siento que tengo un grupo de referencia, entonces tampoco me lo tomo como un tema personal. Puede que haya un mínimo de frustración por las niñitas, porque claro, cuando uno es mamá quiere estar con sus hijos más rato. Pero entiendo que tengo una tarea que hacer y que cumplir y que, además, no es para toda la vida. Como familia regresamos de Estados Unidos a Chile con la convicción de que veníamos a apoyar al gobierno de la Presidenta Bachelet en el rol que nos correspondiera.

Su rol como ministra, ¿es parte de un proyecto familiar?
Es un proyecto que mi marido y yo entendemos como de familia también. No está separado de lo profesional.

¿Con fecha de inicio y de término?
Tiene un inicio y un término.

Es decir, ¿usted solo piensa en el presente?
Para mí el tiempo es un presente. Eso es parte de mi filosofía de vida.

¿Cómo se vivía la política en su casa paterna?
Desde muy chica, mi padre y mi madre no nos excluían (a ella y su hermana tres años mayor) de las conversaciones políticas. Y digo mi padre y mi madre porque si bien mi padre era el militante, mi madre es una mujer completamente interesada en su entorno. Desde chicas leíamos las revistas de la época: Análisis, Cauce, Apsi y Hoy eran parte de nuestras mañanas y las leíamos en su cama. No era precisamente una lectura de cuentos infantiles. Mis padres decidieron formar hijas conscientes de su país, de lo que les tocaba vivir y como actores relevantes. Desde las conversaciones hasta las lecturas y la música que escuchábamos tenían que ver con eso.

¿Qué música se escuchaba?
Quilapayún, la Violeta, Víctor Jara, Los Jaivas. Esas eran nuestras canciones.

¿Había diálogo entre esa vida de casa y la de puertas afuera?
Nada. Vivía en Puerto Montt en un barrio residencial y había un contraste entre lo de adentro de mi casa y lo que ocurría puertas afuera.

¿Se sentía excluida, distinta?
Distinta, porque, a pesar de ser una niña que tenía conciencia política y una familia con esa condición, con mi hermana éramos niñas muy amistosas. Mi mamá siempre separó los afectos de lo político y nunca me criaron en el sectarismo. Tengo grandes amigas que estuvieron del otro lado en la dictadura y que quiero profundamente.

Que su padre fuese militante comunista en dictadura, ¿la hizo vivir con miedo?
No mucho, porque vivíamos en provincia y en un sector de la ciudad que era bien protegido. Igual veníamos a Santiago habitualmente y, si nos encontrábamos con alguna protesta, con mi madre, una mujer muy atrevida, nos sumábamos, aplaudíamos desde chicas en la calle y si venía la represión, corríamos a escondernos en algún lugar. No nos exponíamos, pero sí estábamos convencidas de que había que expresarse, que el silencio no era posible.

Su padre fue detenido y torturado. ¿Cómo vivió eso usted?
Ese fue un tema del cual él nunca habló. Lo hablaba mi mamá. Ella no es de quedarse callada, entonces lo que mi papá no decía, ella lo llenaba de sentido. La primera vez que nos habló del tema fue cuando éramos casi adolescentes. En esa época también fue importante la figura del sacerdote jesuita Óscar Jiménez, que actualmente vive en una residencia jesuita en Santiago. Fue profesor de mi papá en el colegio San Javier en Puerto Montt, quien casó a mis padres, nos bautizó y ha estado en los momentos importantes de la familia. El tío Óscar –así le digo– también llenó de mucho significado político nuestras vidas. Él también contaba muchas cosas de mi padre, hasta el día de hoy nos cuenta episodios de su rol en el colegio, su liderazgo, su vida política.

¿Cómo articula un episodio tan doloroso y violento?
Son los costos que se pueden pagar cuando uno defiende sus ideas. Es así.

Ese costo tan alto, ¿marca su sentido de responsabilidad?
O sea, no me podría plantear, por ejemplo, la opción de tomarme un café con una amiga en vez de venir a trabajar. Para mí no es un costo no tomarme ese café, aunque quiero mucho a mis amigas.

¿Qué significa ser socialista en el Chile actual? Por ejemplo, la elite de derecha veranea en ciertos balnearios y lee ciertos libros. ¿Cuáles serían sus códigos socialistas?
Como soy de regiones, no conozco ciertos códigos de Santiago, como esa cosa de que el colegio marca el barrio en que vives o la playa en la que veraneas. En provincia se vive distinto. Estudié en el colegio Inmaculada Concepción, a una cuadra de mi casa, donde estudió mi mamá, mi abuela, todas las mujeres de mí familia. Era un colegio muy diverso. En mi sala de clases éramos 40 alumnas de distintos orígenes, distintas ideas políticas y eso era maravilloso. Una riqueza para toda la vida. No tengo esos códigos capitalinos, por decirlo así, pero sí me pasa que ser socialista tiene que ver con la vigencia absoluta del compromiso social, con una sociedad que uno evalúa como injusta, donde hay una desigualdad  abismante. Por eso a mí este programa de gobierno y este gobierno me identifican tanto. Creo en el valor de lo colectivo, de lo laico, creo en la libertad de pensamiento y de expresión. Creo en un Estado muy presente que garantice derechos a las personas.

Fue bautizada, hizo la primera comunión y se confirmó. Pero no se casó por la Iglesia. ¿Perdió la fe?
Creo en dios y creo en diosas, y en la inteligencia del universo. Una energía que nos trasciende. Y sí, tengo fe.

Un collar con un “Om” la acompaña casi a diario.
Es un collar que me mandé a hacer cuando regresé de la India, adonde fui a estudiar inglés y a buscar un orden cultural distinto que desafiara mi mente occidental, tan formateada por verdades que damos por sentadas. Necesitaba ver el mundo desde otras miradas. La India, y en general Oriente, entrega esa posibilidad. Me parece súper importante como parte del desarrollo ir a un lugar donde no conozcas a nadie, donde nadie hable tu idioma, donde no tengas referentes, donde seas un ser completamente anónimo y ver qué te pasa ahí. Darse cuenta de que uno es nadie en el universo permite que todas las cosas encajen de una manera más sensata, más proporcionada, menos dramática. Eso India te lo entrega de inmediato.

¿La India la marcó para siempre?
Sí. Me encantaría vivir en India alguna vez.

¿Qué relación tiene con el Templo Hindú de Santiago?
Cuando llegué de India, marcada por esa experiencia, quise seguir cultivando las cosas que aprendí allá y encontré este centro que ahora está en Alcántara y antes estaba en Ñuñoa. Un día toqué la puerta, me saqué los zapatos y  Mahraj Ravi Kewlani me hizo pasar, me contó que llegó a Chile junto a su familia y comencé a participar en algunas ceremonias junto a ellos. Cada cierto tiempo vuelvo, conversamos tomándonos un té chai de verdad y tengo ahí la presencia de Ganesha (deidad hinduista).

¿Medita?
Trato de hacerlo. La gente piensa que meditar implica hacer algo especial, pero lo importante es meditar y aprender a meditar en el día a día.

La templanza que se logra a través de la meditación, ¿la ayuda en su estilo sereno de vocería?
Sí, pero la maternidad da también mucha templanza.

Fue madre a los 42 años.
Sí, y tuve que estar dos meses en cama durante mi embarazo. Dos meses maravillosos. Todo el mundo me decía: “¿cómo no te aburres?, ¿cómo no te pones ansiosa”. Fue todo lo contrario. Entonces, claro, la meditación contribuye, sin duda, porque el ejercicio de la meditación es dejar de llevar la mente a otro lado y traerla al cuerpo. Eso te sitúa y templa.

¿Qué significa para usted el “perdón” y la “compasión”?
Son fundamentales para poder seguir funcionando. Perdón y compasión hay que cultivarlos, aunque parezca imposible.

¿Puede considerar el perdón y la compasión para los presos de Punta Peuco que están en sus últimos días de vida?
El perdón y la compasión son decisiones personales, tanto de quien los solicita como de quien lo entrega. Pero también es necesario el arrepentimiento sincero y dar a conocer la verdad y eso no lo hemos visto por parte de quienes están condenados por la justicia por violaciones a derechos humanos y crímenes de lesa humanidad.

Paula Narvaez no pierde la calma 2

Sin techo de cristal

La Presidenta Bachelet, ¿es su jefa, su amiga, un espejo?
Bachelet es la Presidenta. No me puedo comparar con la Presidenta de la República.

Pero fuera de La Moneda trabajaron juntas en ONU Mujer. Imagino que establecieron lazos desde allí.
Sí, pero siempre le dije “Presidenta”. No se me ocurriría decirle de otra manera, ni en el espacio público ni privado. Soy muy formal para eso y si bien he tenido la posibilidad de compartir con ella en distintos espacios laborales y otros un poquito más personales, siempre he sentido que estoy frente a una figura que ocupa una institución y yo creo en el valor de las instituciones, de la República. Entonces cuido eso en mi vínculo con ella. Le tengo una profunda admiración y reconocimiento por lo que ha hecho.

¿Qué la ha cautivado de ella?
Tiene una sabiduría y una templanza inigualables. A pesar de todas las dificultades, en estos casi cuatro años que llevamos, no ha dejado de venir a trabajar ni un solo día. Ni uno. Es una mujer de una fuerza interna extraordinaria.

¿Ha compartido con ella lo que le sucedió a su padre?
Hemos tenido espacio de conversación, donde claro, uno tiene mayor intimidad, privacidad para contarse historias familiares. Sé que ella sabe que yo tengo un profundo cariño por mi padre, pero tampoco hemos entrado en muchos detalles.

La periodista Beatriz Sánchez, eventual candidata presidencial, dijo: “me hace mucha ilusión un país donde cualquiera puede llegar a ser Presidente”. ¿Cree usted que cualquiera tiene la competencia para dirigir La Moneda?
No, yo no creo que cualquier persona puede ser Presidente de la República. Se requiere trayectoria, formación, conocimiento de lo público. Gobernar es un tema muy complejo y con esto no estoy diciendo algo retórico, estoy diciendo algo en el sentido más profundo del tema: es muy complejo gobernar en tiempos como los que vivimos, en un país que cada vez más ha ganado el derecho en ser más deliberante, un país que tiene múltiples exigencias, porque hemos logrado llegar a donde hemos llegado; eso requiere habilidades para construir consensos y eso requiere de mucha, pero mucha sapiencia y capacidad.

Se relaciona el poder con un carácter mesiánico o narciso. ¿Le parece que sea así?
Creo que uno tiene un poquito de soberbia, uno cree que tiene la capacidad de transformar las cosas y probablemente en eso también haya características muy vanidosas. No lo niego para nada, no tengo una visión naif, sino una más humana. Pero también lo cruzo inmediatamente con el ejercicio del poder en las mujeres, porque esas características son probablemente de un análisis histórico de los hombres ejerciendo el poder. Las mujeres venimos ejerciendo el poder desde un espacio distinto. Nuestra condición de mujeres nos hace ser conscientes de la discriminación y de las dificultades. Entonces cuando llegas al poder lo ejerces desde otro lado, no necesariamente responde a la característica tradicional de poder en lo político.

¿Se ha sentido discriminada por ser mujer?
Por supuesto, muchas veces.

¿Cómo y cuándo?
En la política hay ejemplos comunes. Das una opinión, luego viene una ronda de preguntas y la opinión que diste la da un hombre y recién ahí se legitima. O, ¿qué es lo que se evalúa de ti si eres mujer? Cómo te ves, si te viene o no la ropa, si te queda mal ese color, si te pintaste o no los labios, si estás chascona o peinada. Eso es discriminación y sexismo. Luego está que tienes que mostrar y demostrar que sabes y tienes habilidades. Siempre es una sorpresa: “ah mira, tú cachái de eso”, “sí, claro, cacho de eso”. Y la sospecha en la que estamos siempre las mujeres por la posición que tomamos. Si decides postergar la maternidad aparece el “oh, ¿por qué postergó la maternidad?, ¡qué raro! Algo tiene”. Si no postergas la maternidad, pero te dedicas al espacio público. escuchas “esos niños están abandonados” o “¿qué haces con tus niños?”.

¿Se ha sentido discriminada por haber estudiado en una universidad privada?
Son muchísimos los jóvenes que estudiaron y estudian en una universidad privada. No es una realidad ajena a las familias de nuestro país, de todos los sectores sociales. Y hay muchos que nos hemos formado en universidades privadas teniendo una clara orientación hacia el servicio público. Esto tiene que ver con las historias, valores y opciones de vida de cada uno.

Esta semana solo el sábado lo tuvo libre. Para estar en La Moneda y tener dos niñas chicas, imagino que tener una pareja que realmente sea un par es fundamental.
No solo para estar en La Moneda. Él tiene que ser un partner independiente del contexto laboral mío o no habría la posibilidad de tener pareja. Pero, además, sí organizamos la familia para cuidarnos entre todos, que es lo que siento que las familias deben hacer. Nuestra principal preocupación es proteger a nuestras hijas, ser solidarios y compañeros. Nosotros somos compañeros, nos acompañamos.

Ha dicho que va paso a paso. ¿A qué obedece ese ritmo?
Soy una persona que planifica, sobre todo aquello que es definitorio en la vida.

¿Cuál es su “techo de cristal”?
La verdad es que no lo sé, porque quizás lo estoy viviendo. Espero que las mujeres no tengan techo de cristal.

¿Le gustaría ser Presidenta?
No lo he pensado jamás.

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