Paulina del Río, presidenta de Fundación José Ignacio: “Hablar de suicidio es salvar vidas”

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Paulina del Río, presidenta de Fundación José Ignacio: “Hablar de suicidio es salvar vidas”

Por Macarena Anrique / Fotografía Carola Vargas / Maquillaje Juanjo Sandoval

A propósito de la muerte de Katy Winter, hablamos con esta madre que enfrentó el suicidio de su hijo (de 20 años) en 2005. Si bien el dolor nunca se supera, hoy tiene la fuerza para dirigir una fundación que lleva el nombre de su primogénito para ayudar a quienes están en una situación similar. Recalca que prevenir suicidios es tarea de todos y que la vida la ha llevado por un camino de aprendizaje donde una de sus consignas es hablar sin tabúes ni vergüenza, sí con respeto. En primera persona nos relata cómo ha sido este proceso.

“José Ignacio siempre decía que estaba un poquito feliz y un poquito triste. Era más bien retraído, pero tenía muchísimos amigos. Era buen lector, jugaba fútbol y su sentido del humor era espectacular, muy irónico.
Una vez, cuando tenía como 14 años, encontré que estaba muy aislado, no venían amigos a la casa, no salía. Entonces lo llevé a una siquiatra, que lo encontró medio deprimido y le dio unos remedios. Él dijo que no tenía esa enfermedad, así que no los tomaría. Nunca más quiso ir donde la doctora.

José Ignacio era intenso, todo lo sufría mucho, si lo pateaba una polola, si le iba mal en una prueba… Era un niño un poco maniático, complicado, pero no como para decir que era raro.

En sus últimos años, como los dos éramos noctámbulos, nos quedábamos conversando hasta las tres o cuatro de la mañana. Sentía que dialogaba mucho con mi hijo, pero no, no estábamos hablando de él, de lo que sentía; uno después se da cuenta. Debe haber tenido como 18 años cuando me dijo: ‘Tú no tienes idea lo que yo pienso’.

Al salir del colegio solo postuló a ingeniería comercial en la Universidad de Chile. Quedó y en su primer año le fue bien, siguió haciendo deporte y pololeaba con una niña muy amorosa. La relación se acabó como en noviembre o diciembre de 2004, y eso lo dejó muy mal. Pero ella no tuvo que ver, era él, tenía algo adentro, algo que lo torturaba.
En ese contexto nos fuimos de vacaciones a Ilhabela, en Brasil. Dormía todo el día o nada, no comía. Fue impresionante cómo cambió, adelgazó, era un pellejito y tuve que viajar a Sao Paulo para llevarlo a un doctor.
Llegamos a Chile y le diagnosticaron depresión, comenzaron a darle pastillas, lo vieron un sicólogo y un siquiatra. Era principios de febrero y durante los siguientes cuatro meses no repuntó. Dormía mucho, pasaba gran tiempo en su cama, llorando, oyendo canciones. De repente tenía más ánimo, se levantaba e iba a la universidad. Yo le cocinaba empanaditas de queso, cosas así para que se pusiera contento, pero no hubo caso. A los terapeutas no los pescó mucho tampoco.

Por entonces yo tenía planificado un viaje a Estados Unidos con mi hijo menor, pero con este problema ya no quería viajar. Propuse a José Ignacio que fuéramos los dos a Nueva York, habíamos ido y le había encantado, pero respondió: ‘Mamá, no depende del lugar donde esté lo que a mí me pasa’.

INTUICIÓN

En una oportunidad José Ignacio dijo: ‘Yo me voy a matar’. Lo llevé intuitivamente al médico, y el doctor le bajó el perfil y además mi hijo lo hizo leso, la indicación fue que yo debía hacer el viaje programado porque, si no, él sentiría culpa.

Yo me fui de viaje.

Luego de tres semanas, un día viernes, cerca de la hora de almuerzo, cuando tenía que partir al aeropuerto para volver a Chile, me perdí tremendamente en un tráfico horroroso, pataleaba. Tuve que cambiar el vuelo para el día siguiente y llegué recién el domingo a las siete de la mañana. Estando en Policía Internacional me extrañó ver que ahí estaba mi entonces marido. ‘¿Qué haces aquí?’, le pregunté. Él respondió que José Ignacio había tenido un accidente. Yo no pensé en atropello o en un choque, adiviné lo que había hecho y pregunté si estaba vivo.

La última vez que hablé con mi hijo fue dos días antes, lo llamé por teléfono y me contestó superpesado. Recuerdo que le dije: ‘No me gusta tu voz, José Ignacio, ¿cómo estás?’. ‘¿Qué te metes?’, contestó. Le insistí: ‘¿Has ido al doctor? ¿Qué te dijo?’, ‘Que tengo que ir cada tres semanas, así que no me molestes más’, respondió.

Yo creo que él ya lo había decidido, porque al día siguiente de esa conversación fue a un asado con los amigos y estuvo muy contento. También fue a almorzar con su abuela, cosa que no hacía nunca. Después supe todo eso, reconstruimos todo lo que él había hecho antes de morir: esa mañana fue a la universidad, a la primera clase, se vino para la casa y estuvo en el computador; como al mediodía pescó su auto, compró algunas cosas y se fue a un lugar de La Dehesa donde había un cerrito y muy pocas casas… unos maestros lo vieron ahí. Calculamos que a las dos de la tarde apagó el celular y a esa misma hora fue que a mí me dio esta pataleta en Estados Unidos, cuando me perdí rumbo al aeropuerto. Creo que él debe haber tenido mucho miedo en ese momento, la cosa del cordón umbilical es increíble.

Como a las nueve de la noche de ese día, en Estados Unidos, logré tranquilizarme. Calculo que a esa hora él ya debe haberlo hecho. Los maestros se fueron a la seis y lo divisaron bien. Su padre lo buscó y como a las cinco de la mañana del sábado fue a Carabineros para poner una denuncia por presunta desgracia. Fueron los mismos maestros que lo vieron la tarde anterior quienes lo encontraron cerca de las diez de la mañana del sábado; quebraron el vidrio del auto y llamaron a los carabineros.

ACOMPAÑAR

Tuve la posibilidad de ver a José Ignacio en el Instituto Médico Legal la misma mañana del domingo en que llegué a Chile. Ahí lo abracé por última vez.

Tardé tres meses en entender que no iba a volver a verlo. Ahí es el infierno, más abajo. Me fui hacia dentro, la sensación era la de no tener dónde pisar, no sabía cómo llegar a un mañana.

Recibí apoyo, pero menos del que hubiera querido porque la gente sabe poco qué hacer. Además yo había estado deprimida y, al parecer, se entendía que no tenía armas, solo me daban pastillas. Después de algunos años un siquiatra me ayudó a dejar remedios, confió en mí. Eso fue el primer escalón de mi sanación.

También me contactaron con un grupo de mamás que habían perdido hijos y fue fundamental para sentir que yo no era extraña, ellas tampoco habían estado ahí, no habían podido hacer algo por sus hijos.

Fui a retiros, respiraciones hindúes, reiki, yoga, sicólogo, siquiatra, todo lo que podía hacer lo hacía, así que nunca voy a saber qué fue lo que me ayudó en esa etapa, pero creo que fue el conjunto.

A los dos años empecé a investigar, debía entender las cosas para mejorar. Encontré que había blogs donde los niños compartían métodos y escribí: ‘Mi hijo se suicidó, no tuvo a nadie que lo escuchara, si quieres hablar con alguien, estoy aquí’.

Me empezaron a llegar cuatro o cinco correos a la semana, de distintos países. Me decían que no tenían a quién contar sus cosas o mensajes como: ‘Eres la última persona a la que voy a decir algo en mi vida porque me voy a matar y quiero que alguien lo sepa’. Al principio me ponía histérica, después aprendí a calmarme y contestaba: ‘Gracias por haberme hablado, me imagino que para pensar en suicidarte lo debes estar pasando muy mal, tienes que haber acumulado muchos dolores en tu vida’. Entonces, ya el segundo mail era largo, con toda la historia de su vida. Surgía confianza y me decían: ‘Tú no me juzgas, no te escandalizas’.

HABLAR LIBERA, ESCRIBIR TAMBIÉN

Después que murió José Ignacio lo hice mucho (escribir), lo insultaba a veces, después lo borraba. En la casa nos dimos permiso explícito para hacer el duelo como se nos diera la gana. El que quería garabatearlo estaba en su derecho, el que quería llorar o hacer fiesta, también. Sus hermanos -de 17 y 11 años- supieron sin tabúes lo que había hecho, no se les escondió nada.

Está tan enraizado en la cultura no hablar del suicidio, mencionarlo despacito, inventar que la persona murió de otra cosa.

Es importante saber, por ejemplo, que por cada suicidio consumado hay alrededor de 20 o 25 intentos, cifra muy difícil de seguir porque en clínicas y hospitales el hecho se registra con otros nombres.

Parece que seguimos pensando que hay algo vergonzoso en el suicidio. Hablar es salvar vidas. Preguntar ‘¿has pensando en matarte?’ Y saber qué hacer cuando nos dicen que sí. Por ejemplo, consultar un médico, buscar ayuda, armar un equipo; por ejemplo, con la tía que tiene mucha cercanía con el chiquillo, con el hermano mayor, con el profesor.

Si queremos disminuir las tasas de suicidio todos tenemos que aprender, saber del tema. La teoría que más me hace sentido es que la persona que se suicida es alguien que quiere poner fin a su dolor. Yo sé que José Ignacio hubiera querido seguir viviendo si hubiese visto una manera de vivir feliz o tranquilo.

TODOS PODEMOS AYUDAR

Hice dos diplomados en sicología, conocí mucha gente que se movía en ese ámbito y comenzó a armarse así la idea de la Fundación José Ignacio. Lo que hacemos es abrir la mirada. Muchas veces somos como un trampolín hacia un sicólogo o una terapia.

Hoy estoy completamente dedicada a esta labor. Mi trabajo es atender a la gente. Estudié en Estados Unidos un curso de intervención en crisis suicida y me formé como entrenadora de facilitadores comunitarios, gente que aprende habilidades básicas de prevención de suicidio. Todos podemos ayudar. Tiene que haber una red, acordémonos de lo que es ser comunidad; el otro es importante, no vivo sin el otro, el otro no vive sin mí.

Por muchos años trabajé con grupos de papás que habían perdido hijos. Los grupos son muy lindos porque como facilitador miro a quien está ‘destruido’ y me doy cuenta de todo lo que he logrado; el otro me ve y dice ‘puedo llegar a estar así’. Hoy necesito voluntarios que puedan compartir su experiencia con la perspectiva que da el tiempo.

CAUSAS Y GATILLANTES

El suicidio no ocurre por algo que alguien hizo o dejó de hacer. Repetir curso o que me patee el pololo pueden ser gatillantes, ejemplos de la gota que rebasa un vaso, nada más. Es necesario mencionarlo.

Es una conjunción de factores la que puede llevar al suicidio. Además de características personales hay posibles causas externas, como la presión por el rendimiento académico o el aspecto físico. Una cantidad fundamental de jóvenes que llegan a la Fundación ha sufrido abuso, sexual, sicológico o emocional sistemático. La población LGBT también está en riesgo. ¿Si combatimos el bullying van a desaparecer los suicidios? Es superimportante atacarlo, pero es solo otro de los factores, aunque por un hecho puntual puede ser, además, un gatillante.

Los medios de comunicación deben aportar. Según las pautas de la OMS no hay que mencionar métodos, el suicidio no es un tema a destacar porque existe el efecto contagio o Werther, novela de Goethe donde el protagonista se suicida y tras cuya publicación se produjo una ola de suicidios en Europa. Hay que decir que el suicida no es valiente ni cobarde, sufre; que la depresión es una enfermedad tratable, que se puede buscar ayuda.

El tema de Katy Winter a mí me dejó mal, también la buscaron y no la encontraban. Se revive siempre la experiencia cuando se conocen casos así. Lo mismo si me cruzo por ahí con un flaco crespito como José Ignacio. Mi tema con él no sana, solo se aprende a vivir con eso. Es inevitable que se me llenen los ojos de lágrimas al contar su historia, pero eso no ha impedido que yo tenga una vida personal productiva. Vivo en paz y estoy feliz con lo que hago”.

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