Pololos en terapia
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Reportajes y Entrevistas

Pololos en terapia

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Las consultas de los psicólogos y terapeutas de pareja han visto un aumento de pololos menores de 22 años que llegan al diván. En vez de rayar corazones en el cuaderno y andar con maripositas en el estómago, ellos enfrentan pequeños infiernos de control y dependencia emocional. ¿Por qué insisten en seguir juntos a toda costa si aún son tan jóvenes y tienen toda una vida para elegir?

Flavia (22) abre la puerta de su casa y parece una niña. Tiene el pelo liso, está vestida con una blusa floreada y lleva los pies descalzos. Se sienta a lo indio, lo que acentúa su aire infantil, y es difícil imaginar que hace dos años haya pasado por un pololeo traumático, que la llevó a terapia de pareja. Con su ex, Daniel (nombre cambiado) fueron amigos de primero a cuarto medio y, cuando estaban terminando el colegio, se pusieron a pololear. Fue la primera relación importante que Flavia tuvo, antes nunca había presentado a un pololo en su casa, solo tuvo un par de amigos con que salió algunas veces. Ella aún recuerda los primeros meses de miel sobre hojuelas: la graduación, lo feliz que estaba ese día y lo linda que se veía con su vestido color burdeos. Tampoco olvida los detalles que él tuvo con ella durante los primeros meses, como la vez en que le llenó la pieza de globos para su cumpleaños. Pero, cuando ya llevaban un año de pololeo, Daniel cambió. “No le gustaba que saliera con mis amigas, me llamaba al celular cada cinco minutos y siempre estaba con ataque de celos. Me esperaba a la salida de las discoteques de Plaza San Enrique, sin aviso, y si se me apagaba la batería del teléfono, cuando lo encendía llegaba a tener noventa llamadas perdidas”, recuerda. Las peleas y los celos fueron en aumento. Si un compañero de la universidad saludaba a Flavia por facebook, Daniel escribía que lo iba a matar. Ella borraba el comentario con mucha vergüenza y él, de inmediato, volvía a postear una amenaza llena de insultos.

Atrapada en medio de la ansiedad y la rabia, subió doce kilos. Ya cuando la situación se volvía insostenible, quiso terminar con su pololo y se lo comunicó a su suegra, quien le dijo que lo pensara y le ofreció pagar una terapia de pareja y, si eso no resultaba, una sicóloga individual para cada uno. Así fue como comenzaron a ir juntos a terapia, una vez por semana, decisión que tampoco comunicó a sus padres, porque “si hubieran sabido lo que pasaba, no habrían dejado entrar más a mi pololo a la casa”, justifica.

“La terapeuta nos enseñó a conversar, porque al principio nos gritábamos. En la terapia aparecieron los celos de él y los motivos de fondo: su papá trabajaba todo el día y siempre se sintió abandonado, por eso era posesivo conmigo. Pasadas varias sesiones la sicóloga nos mandó a terapia por separado”, cuenta Flavia. También les dio algunos consejos prácticos. Para que su pololo no se sintiera inseguro, en vez de decirle que no saldría con él, le recomendó que lo visitara antes por al menos diez minutos y que después saliera con sus amigas.

Tras terminar la terapia, las cosas parecieron arreglarse, pero después de otro año de pololeo, volvieron las descalificaciones y los celos. Solo hoy se atreve a contar un secreto que guardó a su propia familia. “Una vez se trató de matar”, confiesa y continúa la historia. Ella estaba en la casa de una amiga y su pololo la llamó y le pidió que se vieran. Ella se negó y discutieron. De regreso a su casa, él volvió a llamarla. “Me preguntaba que dónde estaba”, cuenta. “Iba llegando a mi casa y vi que un auto prendió las luces. Me había seguido. No me bajé, por miedo a que me forzara a subirme al suyo. Me enojé y le grité que desapareciera de mi vida”. Dos minutos después y dos calles más abajo, su pololo había chocado su auto contra una banca de concreto. “El capó de su auto estaba destruido. Me bajé temblando y me desmayé del impacto. Luego me culpó porque yo le había dicho que ‘desapareciera’”, confiesa.

Finalmente, el pololeo terminó hace cuatro meses: “Creo que no me sentía capaz de vivir mi vida sin él, parecíamos un matrimonio chico”, dice. “¿Sabes? Me sentí culpable muchas veces, peleábamos y me quedaba a dormir en su casa, a su lado, fue heavy, ¿pero qué podía pensar? Yo no me daba cuenta que él era solo el primer pololo importante”.

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Una tendencia 

Los especialistas consultados por Paula señalaron que aproximadamente un tercio de las parejas que llegan hasta las terapias son jóvenes. La sicóloga Marcela Rivera dice que desde que abrió su consulta, hace cinco años, llegan más parejas de pololos entre 18 y 25 años, que de casados. “Tras la explosión sexual que hubo hace un par de años en las fiestas y programas de televisión y la libertad sexual de algunas tribus urbanas, hoy hay un movimiento contrario que se relaciona con la moralidad, pero no desde lo religioso, sino desde el cuidado personal. En general, los pololos que acuden a terapia son buenos alumnos en el colegio, luego en la universidad. Tienen un ánimo de triunfar, están conscientes de los problemas de relación que vivieron sus padres y desean permanecer con una pareja única”, explica. En efecto: los pololos que van a terapia sienten que terminar la relación es un fracaso y ven el pololeo como algo muy serio y definitivo, aunque para algunos sea su primera relación y vengan recién saliendo del colegio.

Coincide con este diagnóstico Leonardo Villarroel, presidente del Colegio de Sicólogos, quien comentó a Paula que, en un chequeo con algunos colegas, ha sido una sorpresa el aumento de pololos que asisten a terapia de pareja. “Son jóvenes que vienen con una carga de su propia experiencia familiar y, cuando advierten que su relación va presentando problemas, se plantean la necesidad de pedir ayuda”.

La sicóloga Paula Corbalán, del Centro de Terapia del Comportamiento, explica que el principal motivo de consulta es la violencia, que puede llegar a los golpes. Las peleas son por el tiempo que la pareja dedica al otro, por quién asume qué roles y, sobre todo, por celos, que se potencian en espacios de contacto con otros jóvenes, como facebook. Aunque es innegable que existen conductas violentas entre pololos (ver recuadro sobre Dating violence) también los terapeutas creen que la sobreexposición de la violencia íntima o familiar en los medios de comunicación ha generado alarma en los jóvenes. “Recurren al sicólogo ante el mínimo gesto de agresividad. A veces son peleas normales de pololos, pero ellos se muestran demasiado hipersensibles”, opina Rivera.

Pero ¿por qué los terapeutas tratan a pololos como si fueran matrimonios? ¿No sería lógico que ,a esa edad, si no se llevan bien simplemente terminaran? “Nuestro objetivo son las relaciones humanas”, justifica la sicóloga Marcela Rivera. “Si los consultantes son jóvenes o adultos, pololos o casados, heterosexuales o no, es irrelevante. Lo importante es entender que la forma en que las personas se relacionan es aprendida desde la infancia y transmitida generacionalmente y, como todo aprendizaje, es modificable. La ventaja del trabajo con jóvenes es que, por lo general, están mejor dispuestos al nuevo aprendizaje; son más receptivos, por lo que si acuden a consulta es un beneficio para sus vidas”. ¿Y por qué, si un sicólogo se da cuenta de que ese pololeo no tiene futuro, sigue haciéndole terapia? “Los sicólogos no somos jueces ni sacerdotes”, continúa la especialista. “No nos pagan por juzgar si su relación debe seguir o no y éticamente sería un error dar un veredicto en tal sentido. Los consultantes deben tomar sus propias decisiones y hacerse responsables de sus actos. Como terapeutas, nuestro deber es mostrar aspectos relevantes para su respectiva reflexión y revelar posibles caminos para aquello que los aqueja”.

Agrega que, en la gran mayoría de los casos, luego de algunas sesiones , los pololos se separan. “Pero el aprendizaje que adquieren, de sí mismos y de sus formas de relacionarse, es mucho más importante que la decisión específica de mantener o no la relación en la que estaban cuando consultaron, porque ayuda en el futuro a entablar relaciones más sanas y con claridad de qué es lo que se quiere. Aprenden a poner límites, a sopesar entre las expectativas de cada uno, a considerar a la pareja como un ser legítimo con plenos derechos y facultades y a crear consensos no basados en sumisión o renuncia a las necesidades personales, como suele darse en relaciones violentas o disfuncionales. La terapia les evita  caer en círculos viciosos, cosa que suele suceder cuando no se tratan estos problemas, pues las personas tienden a repetir y reproducir sus formas aprendidas de relacionarse y al reestructurar ese aprendizaje se logra cortar ese circuito de repeticiones”.

La pareja de mi vida

Felipe (20) y Fernanda (18), se conocieron por un grupo de amigos en común en la comuna de Ñuñoa. Llevan pololeando un año y cuatro meses. Ella usa arito en la nariz, tomate desprolijo y es menuda. Él es un trigueño alto con cara de niño, lleva un polerón color calipso. Ella confiesa que a veces se enoja porque su pololo toma mucho en los carretes. “Juegan a ‘la cascada’, que quiere decir que uno toma sin parar y el resto debe seguirlo”, cuenta. Cuando eso pasa, a ella le dan ganas de irse corriendo de la fiesta y no verlo nunca más. Él se defiende, explicando que lo hace cuando está nervioso, que entró a estudiar Ingeniería en Minas y sabe que estos carretes serán los últimos. “Es que estoy bajo mucha presión”, justifica.

Pasan juntos los siete días de la semana y para hacerles frente a las discusiones que comenzaron a aumentar, decidieron tomar una terapia de parejas desde hace dos meses. En las sesiones, Felipe dice que ella es muy irónica, y que cuando él explota queda como el malo de la película. “Los dos somos muy hirientes y celosos, y tenemos el mismo grupo de amigos donde están nuestros ex. Además, ella dice que cuando tomo copete cambio, que le da susto porque las peleas son más heavy”. Fernanda replica: “Yo también soy celosa. Siempre se le acercan las niñas o las ex pololas y las peleas en su mayoría son por esas cosas”. Dice que no quiere repetir la historia de sus padres y por eso decidieron buscar ayuda. “Nos llamamos todo el día, somos muy dependientes, quizás porque ambos somos los hermanos menores de nuestras familias”.

Cada uno paga los veinte mil pesos de las consultas con la plata de sus mesadas, y asisten los días sábado a las once de la mañana. En ocho sesiones, la terapeuta les ha enseñado a que deben separar tiempo para estar solos, aunque les cueste. Hoy hablan de sus sueños y, por sobre todo, tienen la voluntad de cambiar. “Voy a tratar de no tomar, si ella no se siente segura en los carrete está mal”, dice Felipe.

Cualquiera pensaría que para un par de pololos jóvenes que tienen problemas, es mucho más fácil separarse y buscar otra pareja, que gastar tiempo, energía y plata en una terapia. Pero ellos no ven su pololeo como un aprendizaje o como un capítulo en la búsqueda de la pareja definitiva: están decididos a casarse y hasta hablan de tener hijos. “He tenido muchas pololas, pololeo desde los 13 años y creo que ya probé suficiente. Lo único que quiero es terminar luego ‘la U’ para irme a vivir con la Feña, y después casarme. Estoy muy enamorado de ella, no quiero perderla, por eso mismo tomamos la terapia. Ella es la mina de mi vida, no quiero buscar más, ni engañarla”, dice Felipe convencido.

 

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