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27 diciembre, 2017
orla

Post cáncer

Un año se cumple desde que Bernardita Torres (34), diseñadora y dueña de la marca Qüina, supo que tenía cáncer en una pechuga. Sus planes de vivir a concho en Nueva York se desplomaron y su pulso personal cambió para siempre. Aquí marca el antes y el después de sí misma. .


Por Rita Cox / Fotografía Alejandro Araya

Paula 1242. Sábado 30 de diciembre de 2017.

“Toda la vida había soñado con vivir en Nueva York y después de tres años en Boston, donde mi marido hizo un MBA en el MIT y un Master en Harvard, llegó esa posibilidad por su trabajo. Eso coincidió con que estábamos felices con nuestra libertad y autonomía, muy distinta a la dinámica familiar achoclonada típicamente chilena”.

“El 99% de mi vida era Qüina. Me la pasaba entre Estados Unidos y Chile, poco conectada conmigo, sin darme ni si quiera cuenta del día a día. Apurada siempre, estresada siempre, si dejaba de contestar un mail me sentía en falta. Si no era eso, era otra cosa. Después del cáncer me di cuenta de que la verdadera enfermedad es estar metida en esa droga masoquista de exigirse todo el tiempo”.

“Fue el 25 de diciembre de 2016. Estábamos los dos solos con Matías, mi marido, en nuestro departamento en Nueva York. Me iba a meter a la ducha y vi que tenía un pezón contraído, como congelado. Entré a la ducha, me toqué las pechugas y en una me encontré, muy profundamente, una pelota. Supe de inmediato que no era un quiste, que era algo malo. Ahí comenzó la maratón: mamografía, ecotomografía mamaria, biopsia. A las 7 de la tarde del 6 de enero sonó el teléfono, contesté, y me dijeron: “Unfortunately is cancer”. Dejé de escuchar. Mi hermana, quien había llegado a verme, me cuenta que yo tiritaba y que sentada me movía hacia delante y hacia atrás. El corazón me latía a mil. No entendía nada. Tuve que pedirle a la doctora que me llamara más tarde, cuando llegara mi marido. Luego vino otra maratón. Elegir médico tratante en un país que no es el mío, sin referencias. Me atendí con la cirujana y oncóloga Alexandra Heerdt, con quien conseguí de milagro hora. La primera consulta fue un día a las 6 de la mañana. Me hizo una lumpectomía y no una mastectomía, que es más radical. Pero yo estaba dispuesta a todo. No era tema. Mi tumor era triple positivo. Tratable y a la vez uno de los más agresivos”.

“Una vez que elegí a mi doctora le dije a mi familia: ‘Si quieren se pasean por todas las consultas médicas con mis exámenes, pero ya tomé una decisión’. No abrí la puerta a escuchar otras opiniones, ni dudar, ni juntarme con nadie que antes hubiese pasado por lo mismo, aunque mucha gente fue muy cariñosa y me mandaba mails y libros. No había tiempo y mi manera de enfrentar el tratamiento y sanarme fue minimizar el afuera. Estuve ocho meses sin contestar el WhatsApp”.

“No derramé ni una lágrima hasta que un día, donde un proveedor de telas, revisando colores, sentí un nivel de una angustia que no sabía que existía. Comencé a llorar y a llorar hasta con hipo. Exploté. Caminaba y lloraba. Llamé a mi marido y le dije: ‘Ándate a la casa, te necesito’. Días antes, a él y a mi hermana les había dicho: ‘Todavía no he llorado, esto que estoy viviendo es heavy, pero lo voy a vivir a mi manera: sacando adelante la colección de Qüina. Si no está colgada en la tienda el 1 de abril, para mí va a ser un fracaso terrible’. Así de loca estaba. No era capaz de detenerme ni siquiera a causa de un cáncer”.

“¿Yo me provoqué el cáncer? No. Me lo dijeron los doctores y es lo que se concluye de los estudios genéticos. No es que estuviera haciendo mal las cosas o tuviera pena. Me tocó. Ya es suficiente digerir que tienes cáncer como para, además, andar culpándote, injustamente, de que fuiste tú misma quien lo provocó. En ese discurso no entro. Si hoy estoy sana y sigo siendo la mujer alegre y firme que soy es por la pasión que tengo por mi trabajo”.

“(A mi marido y a mi hermana les dije) lo que estoy viviendo es heavy, pero lo voy a vivir a mi manera: sacando adelante la colección de Qüina. Si no está colgada en la tienda el 1 de abril, para mí eso va a ser un fracaso terrible’. Así de loca estaba. No era capaz de detenerme ni siquiera a causa de un cáncer”.

“Fui radical con el pelo. En la tercera quimio me advirtieron ‘se va a caer’ y antes de que pasara me lo fui cortando de a poco. Un día una amiga llegó a la casa y me pasó la máquina, pero quedé con unos centímetros. Aún así, si me agarraba un mechón, me quedaba con pelo en la mano. Entonces mi marido me ayudó a pelarme por completo. No fue rollo. Sí las cejas y las pestañas. Se me cayeron y lloré”.

“El cáncer me obligó a dejar de hacer y solo a estar. La quimioterapia me dejaba tirada. Yo, hiperkinética, que si tenía amigdalitis partía a la clínica para inyectarme y estar ‘lista ya’, no tenía fuerzas ni para abrir el computador. Mi mamá, quien me cuidó, me decía: ‘Berni, salgamos a caminar aunque sea a la esquina’. Y yo, que toda la vida quise vivir en Nueva York, estuve ocho meses sin poder salir de la casa”.

“Nunca escuché a mi marido decir ‘La Berni está enferma’. Hemos estado los dos digiriendo los diagnósticos, viendo juntos el luto y él, que es bueno para estudiar, estuvo a cargo de investigar sobre la enfermedad y los tratamientos. Esto ha sido de los dos”.

“Tuve que hacerme un tratamiento de fertilidad y congelar óvulos. La doctora fue muy clara en explicarme que a mi edad era muy probable que después de la quimio dejara de producir óvulos. Hasta entonces no había pensado siquiera en tener hijos. En un par de semanas se me apareció la vida, la muerte, la maternidad, tuve que tomar determinaciones médicas, inyectarme hormonas en la casa. Todo de una intensidad brutal”.

“No quise que el cáncer se apoderara en un 100% de mí. En ese sentido el sistema gringo de salud me fue muy cómodo. Te indican hacer una vida normal o lo más normal posible. Después de la anestesia y la cirugía, abrí los ojos y en un par de horas estaba arriba de un Uber camino a la casa”.

“Fumé marihuana durante la quimio. Saqué mi carnet para uso terapéutico y me ayudó para comer, porque pasaban tres o cuatro días en que mi mamá se acercaba con un arroz blanco, sentía el olor y no lo resistía. También me ayudó a calmar la cabeza. Para dormir, tomé pastillas de cannabis. La meditación mindfulness fue otra aliada”.

“Andar con cara de enferma, con cara de cáncer, con la piel entre verde y amarilla, me conectó con las personas. En la calle, en una ciudad como NY donde el contacto visual no existe, la gente me saludaba de una manera diferente. Eso te remueve, te conecta contigo, con el otro, te abre nuevas posibilidades de interacción”.

“Es difícil, pero qué ganas de que fuese una exigencia del ser humano obligarse a no ser siempre la misma persona. Esta experiencia la veo como una bendición, soy de las pocas personas que tienen la oportunidad de volver a nacer en la misma vida. No se puede seguir siendo la misma persona después de un año tan difícil, no se puede ser la misma persona en todo tipo de ámbito: en el trabajo, en tu relación como pareja, en tu relación como hija; o sea, uno tiene que dejar que las circunstancias, que las experiencias, que todo te atraviese de alguna manera. Uno no puede vivir la vida en silencio. Es una de las esperanzas que te deja un año así.

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