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5 octubre, 2017
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Power Morel

Cecilia Morel tiene el poder. Los parlamentarios la querían de candidata. Sebastián Piñera la escogió como telonera en el lanzamiento de su campaña. Ya no camina unos pasos atrás del ex Presidente, ahora él la espera. Las autoras de la biografía no autorizada del mandatario analizan la figura de su mujer –a quien han entrevistado en varias oportunidades– y buscan las claves que explican cómo pasó a ser la figura más popular del piñerismo.

Texto: Loreto Daza y Bernardita del Solar / Ilustración: Paloma Moreno


Paula 1236. Sábado 7 de octubre de 2017.

No siempre fue así.

Poco queda de la “Chica” Morel que no se hacía notar. Imposible. Ella es probablemente la única “figura política” que ha logrado tener una popularidad casi comparable a la de los mejores tiempos de Michelle Bachelet. Tras el rescate de los mineros, en octubre de 2010, sus niveles de aprobación se empinaron a las nubes. Tanto, que ni los propios asesores de su marido podían creerlo. Siete de cada diez chilenos aplaudían su gestión, según Adimark. Casi un año después, en agosto de 2011, en pleno auge de los movimientos sociales y cuando el apoyo al gobierno se derrumbaba, y el malestar social se tomaba las calles, el suyo se mantenía casi intacto. Su aprobación nunca bajó del 50 por ciento.

Conversamos con Cecilia Morel en tres oportunidades. Dos veces en 2010, para la primera edición de nuestro libro Piñera: Biografía no autorizada y luego en 2017, para la edición actualizada. Entonces buscábamos comprender la mente y el alma de su marido. Pero en el camino logramos perfilarla a ella.

Para ahondar en su vida hablamos también con algunos de sus asesores más cercanos, ex ministros y amigos. Todos prefirieron hacerlo en off the record.

Después de cada encuentro con Cecilia Morel nos quedamos con la sensación de haber visto solo un ángulo de su personalidad: el lado amable y sencillo, como el de cualquier persona común y corriente.

Todo resulta demasiado natural a su alrededor. Tanto así que, en un principio, despierta algo de recelo. Es como si no tuviera aquella cualidad tan humana de marcar distancia cuando se ostenta una posición de poder. Por su casa no pasea un perro de raza fina sino un quiltro, “el Cholito”, feo y con un parche en la cabeza porque tuvieron que operarlo. Su postre favorito es la leche asada. Le encanta ir de compras a un mall y que ojalá no la reconozcan.

Pero eso no es fácil. Es la esposa del empresario dueño de la séptima mayor fortuna del país y de uno de los políticos más influyentes de las tres últimas décadas. Según Forbes, Piñera ocupa el lugar 745 entre los billonarios del planeta. Su marido fue el primer Presidente de derecha en 50 años. Pero Cecilia está lejos de ser el prototipo de mujer del mundo de ricos y famosos, o la señora tradicional del empresario de la elite chilena. No pertenece a ningún movimiento religioso. Tampoco le atrae participar en la socialité santiaguina. Nos confesó que cuando su marido ingresó a la política, en los años 90, no se sentía cómoda en el mundo de las mujeres de derecha. Probablemente porque sus raíces, al igual que las de Sebastián Piñera, están en la Democracia Cristiana. Y en aquel país profundamente dividido entre los partidarios y detractores de Pinochet, ella votó por el No. “Yo pertenecía a otro grupo, otra sensibilidad”, recordaba al repasar aquellos años.

Y hablaba sin filtro de su marido.

Entonces, nos contó sobre la primera vez que salió con Sebastián Piñera. Él la invitó a una fiesta en Malloco a la casa de su amigo Carlos Alberto Délano. Al llegar –relató– se bajaron del auto y no le abrió la puerta pese a que se estilaba hacer en esos años. Él partió caminando adelante raudo y la dejó atrás.

También nos había contado sobre su primera Navidad en Boston, cuando su marido estudiaba en Estados Unidos. Él viajó a Chile a pasar las fiestas de fin de año. Ella no podía subirse a un avión por su embarazo ya de siete meses de su primer hijo y cuando le recriminó que se quedaría sola, él con su espíritu pragmático, le dijo: “Celebraremos la Pascua después cuando vuelva”. Y voló.

Pero no se veía ofendida ni dolida cuando nos contó cómo lidiaba cuando Piñera les comentaba a sus amigos riéndose que “la Cecilia dice que no entiende por qué la llamaron del banco avisándole que estaba sobregirada, si todavía le quedan cheques en la chequera” o cuando decía que “había escrito una tesis en que la hipótesis no coincidía con las conclusiones”.

Por muchos años ella hablaba casi con ingenuidad. Sin mayores cálculos políticos. Siempre disponible a la hora de respaldar y dar tribuna a su marido desde una segunda fila. Años en que se fue construyendo su identidad con un estilo cercano y espontáneo, que sería después, al llegar a La Moneda, especialmente apreciado por la gente y que le daría a ella el valor político que tiene hoy. El valor en el mundo del poder.

Los inicios del camino propio

No le gustaba la política, pero no le quedó otra que apoyar los planes de Piñera. Cecilia Morel tenía entonces 33 años, cuatro hijos (Magdalena de 17, Cecilia de 14, Sebastián de 12 y Cristóbal de 10) y un marido senador, en aquel Chile de los años 90 en que se celebraba el retorno a la democracia y Sebastián Piñera se estaba forjando su camino en Renovación Nacional. Fueron tiempos de soledad. Tenía un marido ausente. Como senador permanecía o viajaba a Valparaíso casi todas las semanas y cuando estaba en Santiago trabajaba hasta altas horas de la noche. También fue un padre ausente para sus hijos.

En 1995 Cecilia sufrió uno de los mayores golpes en su vida. Una profunda depresión causó la muerte de su hermano regalón, Cristián Morel. Él tenía 31 años.

Pero en ese periodo es que ella comienza a trazar su propio camino, independiente de su marido. Primero recuperó su espacio profesional tras haber estudiado Orientación Familiar en el Instituto Carlos Casanueva. Trabajó en lo que más le gusta, con jóvenes drogadictos en Renca y después montó la Fundación Mujer Emprende para apoyar a mujeres en condiciones vulnerables.

Cansada de atender a los numerosos invitados que llegaban a las reuniones políticas que se hacían en su casa, de esperar que Piñera llegase a comer, cuando cumplió 50 años, en 2004, decidió –sin consultarle a nadie– tomarse un tiempo para ella, lo que se prestó para muchos rumores de que estaban alejados. Se instaló en París en un departamento con su amiga Adriana Astorga y su hermana mayor. Se inscribió en La Sorbonne.

Disfrutó de tener una agenda libre. Le encantaba ir al almacén de la esquina a comprar el pan. Sebastián, en cambio, la llamaba todos los días para contarle del desorden que había en casa, de la falta que hacía. Hasta que un día partió a buscarla.

Fue una constatación temprana de la dependencia emocional que el ex Presidente tenía de su señora, la que se desplegó con todo esplendor en los años de La Moneda. Pero ya desde entonces, Cecilia aprendió a defender su espacio y a poner límites a la inagotable energía de su marido. Lo sigue haciendo aunque al candidato Piñera le disgusta hasta hoy cuando ella le dice que no lo va a acompañar a alguna actividad pública.

Eso de poner límites es una de las cosas que más le cuesta a Cecilia Morel en los diferentes ámbitos de su vida. En esos años le costaba no ser devorada por la frenética agenda de Piñera y defendía los espacios de la familia. Tanto, que en 2005, cuando él le avisó unos días antes de que empezaran sus vacaciones que iba a ser candidato a Presidente, ella no transó. Le respondió que ya las tenían planificadas. Partió sola al sur con sus cuatro hijos.

Solo en 2009, ella y la familia se involucraron en el nuevo intento presidencial. “Siempre fui de buscar mi espacio, como que no me gusta que me organicen el día y me digan vamos a hacer A,B, C y D. Me sale como una rebeldía casi instantánea”, ha dicho.

Ya se estaba forjando la mujer que se empinaría en las encuestas sin que se lo propusiera. El día que salió de La Moneda, en marzo de 2014, Cecilia Morel tenía un 66 por ciento de aprobación, casi el doble del apoyo de su marido. Ya era algo inédito medir la aprobación de la primera dama, pero con ella se hizo.

Pese al éxito político que tuvo, nunca sintió la sensación de abstinencia de poder cuando terminó el gobierno. Añoraba volver a tener tiempo para su familia y sus amigas.

Se despidió emocionada de los trabajadores de La Moneda. Sin embargo, todos sus cercanos tenían certeza de que Cecilia Morel estaba ansiosa por retomar su vida privada.

El poder de Cecilia

La volvimos a ver este año, en 2017. Su marido está en plena campaña presidencial y lidera todas las encuestas. Ella ahora está entusiasmada con la posibilidad de volver a La Moneda y trabajar, dice, por el adulto mayor, aunque un cercano dice que costó convencerla. Estaba muy afectada de que sus hijos fueran citados a tribunales y sentía que la campaña sería muy agresiva.

Una vez más, nos encontramos con su lado amable. Pregunta y se muestra interesada en el interlocutor, muestra sin tapujos su vulnerabilidad. Su forma de relacionarse es a través de las emociones.

Conserva su sentido del humor. Incluso las Piñericosas le causan una profunda gracia. Se ve más segura. Consciente del efecto de sus palabras, ha aprendido a ser un poco más cauta al responder las preguntas.

Sus asesores nos confidenciaron que estando en La Moneda revisaba mil veces los discursos. Que siempre ha sido muy perfeccionista. Pero ya no va a todas las actividades que le piden. Se hace espacio para ir a gimnasia. Ella decide adónde, cuándo y a qué va. En estos últimos meses de campaña viajará a regiones y dará unas pocas entrevistas. Nada más.

Atrás quedaron los días en que aceptaba toda invitación preocupada de herir sensibilidades. Como cuando recién llegó a La Moneda. Responsable y autoexigente, Morel no filtraba los compromisos.

–“¿Por qué no va la Cecilia?”, preguntaba insistentemente el Presidente cuando decidía no acompañarlo.

El primero en exigir que estuviera en todas era su marido. También los ministros, conscientes de su popularidad, pedían que asistiera a los actos de protocolo.

Pero en esta incapacidad de decir que no se forjó el poder de entonces y que está cosechando ahora.

También se fue haciendo necesaria.

Tanto que, incluso sus asesores y el ministro del Interior barajaron durante la crisis del gas en Magallanes, en enero de 2011, la idea de que Cecilia viajara a Aysén para calmar los ánimos de los manifestantes. Poco después también se decidió enviarla a Ventanas, donde el 23 de marzo de ese mismo año se vivió un episodio de intoxicación de 30 niños y nueve profesores de la Escuela La Greda en Puchuncaví, afectados por una nube química que había salido de una chimenea de Codelco. La propuesta, la idea era replicar el ambiente que hubo en plena crisis de la mina San José con los 33 mineros. Allí ella se reunía a solas a conversar con las mujeres de los mineros y lograba crear un ambiente de intimidad y contención que ayudaba a bajar los niveles de angustia. Ella dormía donde pudiera. Nunca pidió un tratamiento especial. Algo similar había pasado antes, en sus recorridos por las ciudades y lugares que habían sufrido más con el terremoto y tsunami de 2010.

Hasta que el cuerpo le pasó la cuenta. Una influenza la mantuvo fuera de las pistas por casi un mes.

Es en la empatía, en su capacidad de conectarse con la gente, donde está su principal fortaleza, pero también puede ser su flanco débil. “Es tan adaptable que a veces tiende a ceder mucho, para dejar contento a todos. Pero eso no arregla los problemas”, interpreta uno de sus colaboradores.

Navega bien en las aguas tranquilas. Es naturalmente conciliadora. Por eso se demora en tomar decisiones duras, como desvincular a alguno de sus colaboradores. Durante el primer año en La Moneda, cuando su equipo estaba teniendo problemas de coordinación, decidió despedir a una de las integrantes del equipo. Le costó mucho decírselo. Pasó un mes y lo seguía postergando. Ella está consciente de su dificultad para tomar este tipo de determinaciones.

Al lado del Presidente

Cecilia Morel conservó un ambiente informal estando en La Moneda. No le gustaba que la llamaran primera dama. Se quejaba del tiempo que perdía en maquillarse para las funciones públicas. Pero siempre se dio tiempo para celebrar en el comedor de sus dependencias los cumpleaños de todos sus colaboradores, incluidos los mozos, choferes y estafetas. También les traía regalos de sus viajes al exterior.

Sin agenda pauteada, en la mayoría de las ocasiones sigue su sentido común, y le va muy bien. Mejor que a su marido. Cuando está en campaña, abraza, pregunta y se ríe espontáneamente. Lanza una carcajada que le sale desde el estómago. De esas contagiosas. Automáticamente el ambiente alrededor de ella se distiende. “Sus diálogos y sus preguntas no son triviales, siempre va al fondo. Es una persona que se relaciona con el otro desde la profundidad”, explica una de sus asesoras.

Y si antes el Presidente la escuchaba poco en asuntos de la política, hoy eso también cambió. Para el Piñeragate, en agosto de 1992, Cecilia solo contuvo emocionalmente a su marido que en pocas horas vio esfumarse su proyecto de llegar a La Moneda. Una década más tarde su opinión era más incisiva: “Sebastián, si quieres hacer una campaña tienes que inyectar fondos”, le advertía a su marido para la campaña de 2005, cuando él se negaba a invertir porque sabía que no iba a ganar. Ella sabía que sus alegatos eran en vano. Él no la escuchaba. Aún.

Hoy, cuando es evidente su popularidad, él está consciente de que ella tiene una intuición política que vale la pena escuchar. Ella lo corrige desde los detalles más chicos, como “no te tires la camisa para el lado” y también en cosas más relevantes.

Cada vez que el Presidente ha sido duro con alguien y ella se lo advierte, Piñera hace un esfuerzo por ser mucho más cercano la próxima vez. O si ella le cuenta que una persona está con problemas, inmediatamente después, él la llama. “Sebastián no critiques tanto al gobierno”, le dice.

El hombre que años atrás le decía “sintetiza” cuando Cecilia se dispersaba en la conversación, ahora no solo la escucha, sino que, además, necesita saber dónde está o qué está haciendo. Todos sus asesores coinciden en que Sebastián Piñera hoy depende mucho más de ella. Ese fue uno de los cambios importantes que se gestó en su relación durante los años en La Moneda.

Por primera vez compartieron un proyecto profesional. A ella, dicen sus cercanos, “le gustó ser primera dama”. Se dio cuenta de todo lo que podía hacer para mejorar la vida de la gente pero, además, porque, sin duda, sus habilidades se vieron validadas. Quizás por eso al candidato Piñera 2017 le costó menos convencerla de embarcarse en esta nueva aventura.

En mayo, Cecilia Morel se sumó al Comité Ejecutivo de la campaña 2017 en el que participan los ex ministros Andrés Chadwick y Cecilia Pérez y hoy está junto a Piñera en todos los afiches. Porque no hay duda de que ella es determinante en la vida del ex Presidente. Y le sobra lo que a él le falta. Es ahí donde radica su principal fuente de poder.

La Chica Morel hoy es una Chica Poderosa.

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