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16 noviembre, 2017
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Mi primo Pedro Pascal

Antes de ser el protagonista de Narcos o de filmar con Colin Firth, José Pedro Balmaceda Pascal (42) fue un niño al que conocí muy bien porque somos de la misma familia. Un hombre que hoy mira con nostalgia y algo de perplejidad su lugar de origen y su historia y que todavía no se responde qué hubiera pasado si se hubiera quedado acá..

Por Paula Coddou / Fotografía Alejandro Olivares


Paula 1239. Sábado 18 de noviembre de 2017. Edición aniversario 50 años.

El primer recuerdo que tengo de Pedro es en los brazos de mi mamá durante su bautizo, en el jardín de mi casa. Era una guagua llorona y tenía unos enormes ojos negros. Yo tenía 9 años. Estaba nublado. Años más tarde supe que el cura era Gerardo Whelan, el mítico rector del colegio Saint George’s. Los papás de Pedro no estuvieron en su bautizo: mi tío, José Balmaceda, el único hermano hombre de mi mamá, y su mujer Verónica Pascal estaban asilados en la embajada de Venezuela, que quedaba en la calle Bustos, cerca de mi casa. Pepe, como le decíamos a mi tío, quien años más tarde se convertiría en un famoso ginecólogo experto en fertilización, era por entonces un joven médico de 27 años, por esos días buscado por la Dina. Tiempo antes habían escondido a Andrés Pascal Allende, mirista y tío de su mujer. Un día lo llegaron a tomar detenido al Hospital José Joaquín Aguirre y alcanzó a escapar saltando por los techos. Era octubre de 1975.

Como en gran parte de las familias chilenas, en la mía había partidarios de ambos bandos: a favor y en contra de Pinochet. Tratando de ayudar a los papás de Pedro, mi papá llamó a un pariente que ocupaba un alto cargo en el Ejército. “Dile a los chiquillos que se asilen, porque no puedo garantizarles la vida o que a Verónica no le pase nada”, fue su respuesta. Ella tenía 22 años. Entonces comenzó el periplo de mis tíos y con ellos el de mi primo José Pedro Balmaceda Pascal. Pepe y Verónica tuvieron que empezar a vivir a escondidas en distintas casas. Pedro, quien por entonces tenía solo 6 meses, y su hermana Javiera, de 3 años, quedaron a cargo de la hermana mayor de mi mamá, la “tía Juani”.

El segundo recuerdo que tengo de Pedro es cuando acompañé a mis papás, quienes lo llevaban a él y a su hermana en brazos, a pararnos en la vereda frente a la embajada de Venezuela para que sus padres pudieran verlos por la ventana.

Mis tíos salieron de la embajada de Venezuela rumbo al aeropuerto en enero de 1976, Pedro tenía 9 meses y obviamente no se acuerda de nada. Yo solo recuerdo que no me dejaron ir. Pedro no pudo grabar la imagen, que yo no pude ver, de su abuelo Luis Pascal Vigil –abogado muy destacado– cantando el Himno Nacional en el balcón de Pudahuel. Un recuerdo que no es mío pero que adopté, por lindo.

Como la gente de la Cruz Roja Internacional aconsejó a tiempo a nuestra familia, Pedro y su hermana no salieron desde la embajada con sus papás, sino que llegaron directamente al aeropuerto: eso permitió que sus pasaportes no quedaran timbrados con la “L” de “limitados para circular” que estampaban en el de quienes partían exiliados. Por eso, los años que vinieron Pedro y Javiera pudieron venir a Chile sin problemas. Y por eso, el choclón de primos, pudimos compartir largos veranos en Pucón y algunos inviernos en Santiago.

Los Balmaceda Pascal llegaron primero a Aarhus, Dinamarca, en octubre de 1976. Un año después partieron a San Antonio, Texas, donde el papá de Pedro pudo seguir perfeccionándose gracias a una beca de la Fundación Rockefeller. Verónica sacó un PhD en Sicología Infantil.

“Pero Dinamarca es invisible para mí”, me escribe Pedro por email. Hace un tiempo le propuse entrevistarlo a la distancia para viajar un poco por su historia, y aquí estamos, frente al computador, compartiendo recuerdos. “Es invisible para mí, como todo lo que pasó antes. Aunque una vez, después de contarle mi infancia, un doctor me dijo que la separación temporal con mi mamá quedó atrapada en la memoria de mi cuerpo y que podría recordarla a través de los sentidos”.

Mi primo, a lo lejos

El tercer recuerdo que tengo de Pedro es un verano en Pucón. Debe haber sido en 1978. “Pepelo”, como le decíamos, ya no era una guagua sino un niño inquieto, muy rubio, a quien le impactaba tanto la pobreza en Chile que cuando salía a la calle con su acento gringo le preguntaba a cualquier persona: “¿Tú eres pobre?”. Sacaba comida de la despensa y la regalaba. Con mis primos arrendábamos una casa de madera, calurosa, colorinche, con los marcos de las puertas descuadrados. Eran veranos con idas a esas playas de arena negra que quemaba los pies y picnics en Caburgua con cordero al palo. Nos llevaban a misa y Pedro cantaba muy inspirado.

–Aquí es donde los recuerdos se me hacen más vívidos, como sueños– escribe. –Recuerdo tantos detalles: mis primos mayores, niños de mi edad que eran como familia. La playa parecía infinita. También recuerdo correr por los pasillos y escaleras de la casa de la tía Juani buscando a Santa Claus en Navidad.

¿Cómo era dejar a tus papás en Estados Unidos?
Creo que el trauma era volver a Estados Unidos, aunque obviamente quería estar con mis papás. Pero la infancia en Chile, con los Balmaceda y los Pascal, era un sueño, un mundo donde no faltaba nada, pura aventura y cariño.

Ahora que me dice eso, recuerdo esa imagen de Pedro colgado del cuello de nuestra tía Juani, llorando en Pudahuel porque no quería volver. En ese tiempo ir al aeropuerto era un panorama: íbamos en masa a dejarlos a él y a su hermana, que viajaban encargados a las azafatas.

En 1981 fui con mis papás y mis dos hermanas a ver a los Balmaceda Pascal a Texas. Recuerdo un viaje eterno por carretera desde Miami, me acuerdo de la casa de Pedro, en un barrio de clase media, cómoda, linda, arreglada con cariño por su mamá. Recuerdo las lágrimas de mi mamá y la madre de Pedro cuando nos despedimos para regresar a Chile. Todavía no sabíamos cuándo podrían volver. Aunque Pedro nunca volvió del todo.

En diciembre de 1983 Pepe y Verónica pudieron entrar a Chile. Estaba todo el familión apretado en la terraza de Pudahuel, esperándolos. Recuerdo a los Balmaceda Pascal caminando desde la escalera del avión a Policía Internacional. Los recuerdo felices, triunfantes. Pedro tenía 8 años y eligió quedarse en mi casa, enamorado de mi hermana chica.

Nos fuimos todos a Quintero, a la casa de nuestro abuelo Pepe, un gran fumador, tenista, y cinéfilo fanático que nos llevaba al cine del pueblo a ver programas dobles tipo Tora!, tora!, tora! más Los puentes sobre el río Kwai y otras películas viejas. Seguro que a Pedro le tocó ver varias. Desde chico decía que quería ser “director”. Le gustaban las películas de terror y era un gran consumidor de cine, como su papá. “Me acuerdo de ir al cine con los primos y el abuelo a ver cualquier cosa con Clint Eastwood, Sylvester Stallone. Me arrendaban películas VHS para ver solito y contento”, dice.

Una vez recitaste Hamlet en la playa con el abuelo.
No, fue Muerte de un vendedor, de Arthur Miller. Tenía como 14 años. Lo grabé por video y perdí la puta cámara en el viaje de vuelta a Estados Unidos.

Después de ese verano, Pedro empezó a venir más esporádicamente. Ya estaba grande, en el colegio y luego en la universidad. Se habían mudado a Newport Beach, California. A su padre le estaba yendo muy bien. Pero a Pedro, no tanto.

–Creo que la manera en que la familia me soportaba en Chile fue lo opuesto a lo que viví en Newport Beach. Empecé bien en California pero a los 13 años, muy metido en el cine, leyendo obras de teatro, libros, tele, tele, tele, obsesivo con estas cosas, tuve la mala suerte de encontrar a pocos como yo. Era un mundo muy apegado al conservadurismo y sus privilegios donde no calzar era castigado. Había un grupo de cabros de mierda que fueron mis amigos el primer año y se transformaron en mis terrores de ahí en adelante. No disfruto recordando esa época, pero hay conexiones profundas de ese entonces. Amigos de mis papás que son como padres hasta hoy.

Pronto la mamá de Pedro encontró un programa de performance en las artes en un high school de otro distrito. Un colegio más inclusivo en comparación al de Corona del Mar, el barrio donde vivían en Newport. “Mi mamá y mi licencia de conducir fueron mi salvación. Ahí pude desatar sin límites mi apetito por las películas y el teatro”.

Con el paso del tiempo Pedro se fue convirtiendo en un adolescente divertido, provocador, con carácter. Decía que era “flojo”, pero entró a estudiar Teatro a NYU en 1993 y le encantó.

Lo empecé a ver menos. Cuando venía a Chile salía con sus amigos, yo ya estaba casada y teniendo hijos.

¿Encontrabas que nuestro modo de vivir era muy aburrido?
Aburrido, no. Pero abrumador respecto de las decisiones permanentes de la vida. Yo no tenía la estructura católica, y sentía que ahí no había espacio para un tipo joven como yo. Como que de pronto, de un viaje mío a otro, tenían vidas que incluían matrimonios y niños, y complacer las visitas del primo gringo ya no era una opción para todos ustedes. Tuve que hacer un duelo, porque me sentí celoso de su falta de atención.

¿Nos encuentras muy conservadores?
Sí, pero es una contradicción importante para mí. Vengo de la perspectiva de que nadie puede decidir cómo otro debe vivir su vida. Y bueno, en nuestra familia hay reglas sociales que son muy firmes. Yo pienso que una persona tiene el derecho a vivir su vida conservadora o salvajemente siempre que no impacte negativamente a nadie o trate de avergonzar a otros por su estilo de vida. No toco mucho estos temas con nuestra familia por miedo a escuchar su perspectiva, pero lo que sí sé es que si alguna vez necesitara ayuda podría pedirle a cualquier miembro de nuestra familia con el nombre Balmaceda, y la obtendría.

En 1995, los padres de Pedro volvieron a vivir a Chile con sus dos hijos menores, Nicolás y Lucas, quienes habían nacido en California. Javiera también se vino por un par de años. Pedro se quedó en Estados Unidos.

–Fue un periodo de mucho miedo– dice. –Crecí con mi familia en Estados Unidos y de un día para otro ya no había hogar para volver. De repente la idea del nido seguro había desaparecido. Fue impactante porque los años anteriores daba por sentada la vida privilegiada que teníamos en California. Nunca pensé que esta podría cambiar tan repentinamente como les pasó a mis padres cuando se convirtieron en exiliados. Todo se sentía frágil. Además, sabía que el matrimonio de mis padres estaba mal y que la tensión de esas circunstancias difícilmente iba a terminar. La vida de mi madre se sentía en peligro y la línea entre necesitarla, estar allá para ella y finalizar mis estudios y seguir una carrera era un conflicto horrible. Sabía que mi mamá quería que yo siguiera en lo mío, nunca hubiese querido que lo sacrificara.

¿Resentiste mucho el fracaso matrimonial de tus papás?
Para mí fue el tiempo más duro. No he podido, y no sé si algún día podré, conciliar completamente cómo mis padres se separaron y la tragedia que vino después de esa separación. Las circunstancias de la muerte de mi madre hicieron muy duro para nosotros mantener su recuerdo como la persona que era. Es que duele tanto… A veces me siento angustiado y trato de enfrentarlo de la mejor manera posible, porque sé que a mi madre no le gustaría que yo lo hiciera de otra manera.

Pedro perdió a su madre cuando tenía 24 años.

–Es difícil decir lo que más recuerdo de ella. Tú la conociste, así que te es fácil entender que ella fue el amor de mi vida. Pienso en ella todos los días. Como no rezo, no puedo decir que tengo una práctica para sentirla cerca, pero vivo para ella aunque se haya ido, y eso me hace sentido.

¿Crees en eso de que el dolor nos hace más fuerte o te parece un cliché espantoso?
No creo que sea un terrible cliché sino una profunda realidad. De alguna forma, perder a la persona más importante de tu vida, descubrir que algo así es posible y que lo que más temes en la vida puede ocurrir, es un momento identificable y permanente. Hay un antes y un después tras su muerte. Creo, eso sí, que la vejez no hubiera sido para mi madre, no hubiese calzado con ella. Por supuesto, nadie quiere llegar a viejo, pero otros pueden manejarlo de mejor manera. No me hubiese gustado ver a mi mamá batallando con eso, pero, al mismo tiempo, desearía tenerla todos los días aún conmigo.

De Alexander a Pedro

Puede haber sido el verano de 2012. Pedro le dijo a nuestra tía Juani: “Tengo 37 años y todavía no logro lo que quiero. Y es lo único que sé hacer”. Hacía tiempo ya, después de la muerte de su mamá en el verano de 2000, que Pedro se había cambiado el nombre. De Pedro Balmaceda a Pedro Pascal. Llevaba años de búsqueda, años de casting donde por llamarse Pedro Balmaceda en los estudios esperaban encontrarse con un fenotipo latino o del clásico mexicano. Solo había logrado apariciones secundarias en algunas series.

Aunque menos mal te arrepentiste, en algún momento te pusiste Alexander. ¿Por qué?
Ese fue un periodo desesperado y directamente relacionado con haber perdido a mi madre. Estaba desesperado por trabajar, por llenar mis días con algo más que sufrir. Para eliminar la confusión que tenían los directores de castings con este tipo llamado Pedro con rasgos de europeo o caucásico, cambié mi primer nombre a Alexander y tomé el apellido de mi mamá, Pascal. Eso solo duró un año, hasta que fui capaz de encontrar un trabajo y ser seleccionado para un clásico teatral de Ibsen. Pero ya era muy tarde para que la gente me identificara como “Alex”. Además, mi mamá me puso Pedro. Así que la decisión fue llamarme Pedro Pascal, un nombre que calza conmigo más que cualquier otro.

Poco después de eso vino Brothers and Sisters, otros pequeños papeles y luego más importantes en The Good Wife, La Ley y el Orden, The Mentalist, hasta que llegó Game of Thrones, Narcos en 2015 y ahora, filmar Muralla china con Matt Damon y William Dafoe –el año pasado fuimos todos sus primos juntos a verla– y después Kingsman 2 con Colin Firth, Julianne Moore, Jeff Bridges, Halle Berry y Channing Tatum.

¿Te has emocionado alguna vez actuando con actores tan potentes?
Me he emocionado con todos.

Con la fama han venido las nuevas juntas de los primos con Pedro Pascal. Todos queremos verlo, sacarnos fotos, le pedimos saludos-cacho para las amigas, nos inflamos al decir que es nuestro primo. Que Peña, el protagonista de Narcos y el tipo más sexy del mundo, es mi primo-hermano. Él se ríe y nos llama con humor “sinvergüenzas” porque ahora nos acordamos de él. De hecho, así se llama nuestro chat de primos en Whastapp.

Pero también está el pudor de molestarlo. Saber que está ocupado. Que mientras le mando estas preguntas está filmando en Boston con Denzel Washington. Y sentir que siempre falta tiempo para hablar con él en calma, un espacio para preguntarle cosas como las que se me ocurren ahora:

El exilio cambió tu vida. ¿Imaginas haber crecido en Chile?
No sé, porque no he pensado mucho sobre eso. Me han hecho esta pregunta toda la vida y nunca he sido capaz de llegar a una respuesta. Quizás mi vida hubiera sido más completa y sólida. A lo que estoy acostumbrado es a que el pasado vaya desapareciendo como si hubiese sido vivido por otra persona, en otro tiempo.

¿Echas de menos algo de cuando eras Pedro Balmaceda?
¿Sabes? Hay muy poca diferencia entre Pedro Balmaceda y Pedro Pascal. Como es todo parte de José Pedro Balmaceda Pascal, me siento la misma persona. Pero con problemas en la espalda y más plata.

¿Te gustaría formar una familia?
¿Ser papá? No sé. No tengo puta idea. Me encanta ser tío. Puede que solo termine ahí. Pero cualquier cosa es posible.

Marialy Rivas dijo algo muy lindo de ti en Sábado: que cuando interpretas un personaje haces como si ese personaje trajera toda una historia anterior, mucho más grande de lo que están contando. Y es verdad: cargas una historia más grande que lo que cuentas de ella.
No sé, prima. Me confunde mucho tratar de organizar el pasado y ver qué resulta. Me ayuda entender los dolores o ser agradecido de lo que tengo. A veces siento que soy un fraude, viviendo entre esperar fama y atención y completamente avergonzado por estos deseos. En referencia a lo que dijo Marialy, creo que se refiere a que pongo toda mi confusión, alegría y pena, ambivalencia, hostilidad, rabia, amor, lujuria, avaricia, compasión, ignorancia, conocimiento ya sea para indicar un mapa con el dedo en Narcos, lanzar una flecha en Game of Thrones, en dar latigazos en Kingsman. ¡Qué chulo! Pero creo que mi experiencia en teatro me enseñó eso.

¿Te gustaría algún día que tu vida fuera un guión?
No way.

¿Todavía quieres ser “director”, como decías cuando chico?
¡Sí! Esa será mi manera de ser padre. Padre de una producción.

¿Soñar con un Oscar es el sueño de todo actor, aunque no lo confiese?
Confieso que posiblemente… sí.

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