Proactivo ante la crisis

Reportajes y Entrevistas

Proactivo ante la crisis

Por Lorena Penjean / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Álvaro Renner / Maquillaje: Carmen Bottinelli

Juan Manuel Astorga, conductor de El informante, de TVN, hoy convertido en un referente periodístico que acaba de ganar el Premio Periodismo de Excelencia en la categoría audiovisual, nunca pasó por la universidad. A los 17 años, tras la separación de sus padres y ante la falta de dinero en su casa, salió a buscar pega y terminó cruzándose con el periodista Ricarte Soto, a quien considera su mentor. Hoy tiene 41 y dice estar recuperado y en un muy buen momento tras haber dejado atrás, lejos, una depresión, el sobrepeso y el abuso del alcohol. “Soy proactivo ante la crisis”, dice.

Paula 1147. Sábado 10 de mayo de 2014.

Juan Manuel Astorga, el hombre que hace las preguntas a los protagonistas de la noticia en El informante, tuvo su primer contacto con la prensa cuando a los 17 años, en el verano de 1991, trabajó atendiendo un kiosco en la calle Luis Carrera. Se levantaba a las 5 de la madrugada, iba en bicicleta a buscar los diarios, los colgaba en el kiosco y, mientras vendía cigarros sueltos y Súper 8, leía titulares y noticias. Y, luego reflexionaba: “Estos cuicos no leen nada”. Fue una de sus formas de aportar a su familia, entonces con problemas económicos, pero también hubo otras: fue cartero y vendedor en una tienda del Apumanque. Lo que ganaba se lo entregaba a su mamá, que estaba desempleada y recién separada.

“No trabajaba para mis vacaciones ni para mis gastos. Lo hacía para pagar la luz o para que nos dieran el teléfono. Todo lo que ganaba iba para mi casa porque estábamos muy mal. Una vez un amigo fue a mi casa, abrió el refrigerador y al verlo vacío me preguntó si nos estábamos cambiando. Lo quedé mirando y cuando le dije que no, mi amigo se quedó pasmado”, recuerda.

Después de la separación, su hermana mayor se fue a vivir con su papá, y él y sus hermanos chicos se quedaron con su mamá. Entonces sintió que le tocaba aperrar: “Soy proactivo, no soy de los que se sientan en la catástrofe, se cruzan de brazos ni mucho menos de los que hacen vista gorda. Por eso decidí salir a trabajar y me olvidé de estudiar”, dice. Trabajar desde que estaba en cuarto medio, asegura, forjó su personalidad. “Me enseñó a entenderme con gente adulta y de todas las clases sociales, a defenderme del maltrato, del que te quiere poner el pie encima y otras cosas también. La personalidad se esculpe”, agrega.

Fue en 1991, recién salido del colegio, que en este afán de ganarse la vida llegó a radio Portales; le gustaban las radios AM y, Ricardo Calderón, locutor de la radio, le dio una oportunidad por cansancio, después de que le insistió durante meses que quería trabajar ahí. Fue su comienzo en el periodismo. Escribía libretos y resúmenes de noticias de espectáculos. Comentó, incluso, algunas noticias al aire. Y en esas vueltas lo mandaron a reportear la Teletón y conoció al periodista Ricarte Soto (fallecido en 2013 de cáncer), que venía llegando de Francia y se había hecho cargo de radio Monumental.

“Al día siguiente lo fui a ver y conversamos un rato. Me preguntó cuál era mi especialidad, y yo, patudo, le dije que todo. Se rió a carcajadas, me pasó una noticia sobre una huelga de los trabajadores del carbón en Lota, me mandó a escribir una crónica y después a locutearla. Me dijo que la iba a revisar, que me llamaría. Al otro día la escuché al aire en su programa. Entonces me di por despedido de radio Portales y partí a instalarme a la sala de prensa de Ricarte. Todos me miraban como diciendo ‘¿qué se cree este pendejo?’. Ricarte se mató de la risa y me invitó a tomar un café. Después me hizo un contrato de aprendiz por miserables 20 mil pesos. Ahí empezó todo, con Ricarte. De no haberlo conocido, no sería quien soy hoy día”.

Hoy, Juan Manuel Astorga es el hombre de las transmisiones maratónicas de Televisión Nacional (Fallo de la Haya, traspaso de mando, terremoto de Iquique e incendio de Valparaíso), conductor de El Informante, Vía Pública y 24 horas; periodista de radio Duna, profesor de la Universidad del Desarrollo y columnista de Publimetro.

¿Te vas resignando a la muerte de Ricarte?
La palabra resignación es muy engañosa pues supone acostumbramiento, y frente a eso, no creo que me resigne porque no hay día en que no me acuerde de él. Y no, no hay resignación posible, por el contrario, la mayoría de las veces digo “cáncer de mierda, ¿por qué te lo llevaste?”. Por otro lado, intento buscar paz recordando la suerte que tuve de conocerlo y ser su amigo. Ricarte fue mi garantía, mi vaca sagrada. ¿Recuerdas cuando matan a Terminator y se reincorpora con los ojos rojos y sigue funcionando y no se muere nunca porque tiene energía alterna? Bueno, Ricarte era mi energía alterna y, cuando todo fallaba, cuando el mundo se me venía abajo, ahí estaba él.

¿Cómo te formó como periodista?
Recuerdo que me llevó a un clóset donde había miles de revistas Análisis, Apsi, Cauce y Ercilla, y me dijo que las recortara y las categorizara. Le pregunté “¿bajo qué criterio?” y me respondió: “el que tú quieras”. Pensé que me estaba tomando el pelo pero con el tiempo entendí que me hizo leer durante tres meses para que me pusiera al día con la actualidad y la historia reciente de Chile, y también para que pensara, conectara hechos, para que decidiera si un artículo de Allamand iba en el dossier de la derecha o en el de la dictadura. Después me pidió que empezara a hacer pequeños reportajes de cultura para el noticiero los días viernes, y así partí. Al cabo de un año me cambió el contrato, y a los cuatro años era el subdirector del departamento de prensa.

Fue como tu universidad.
La mejor universidad del mundo.

¿Nunca te dieron ganas de estudiar?
No, no tuve nunca el impulso de tener el título, lo que sí me hubiera gustado es vivir la experiencia de estar en la universidad, con amigos y el carrete. Siempre miro a mis alumnos como con nostalgia y pienso “pucha que lo pasan bien”.

Sin tener título universitario te ganas todos los premios periodísticos, como el reciente Premio Periodismo de Excelencia de la Universidad Alberto Hurtado.
Una vez me contaron que cuando me nominaron a un premio, alguien levantó la mano y dijo “pero él no es periodista”. Y se generó un debate que me parece súper interesante porque yo creo que en esto uno tiene que ser súper ecuánime: siempre es bueno que yo les recuerde a todos que no estudié Periodismo y que hay gente que, con mucho esfuerzo y deudas tremendas de por medio, que sí lo hizo. Dicho esto, que no haya estudiado no significa que no me considere periodista; la salvedad es que no soy universitario y no tengo derecho a secreto profesional, lo que me da lo mismo porque si me tengo que ir preso por proteger a mi fuente, me voy preso nomás.


“Soy disciplinado. Si no leo todos los días los diarios, si no ordeno mi agenda como lo hago, si no dejo preparada la ropa para toda la semana, si no planifico mis comidas y dejo muchas cosas al azar, corro el riesgo de fracasar y no quiero que me pase. Porque hoy soy un tipo recuperado y feliz”.

UNA MENTE BRILLANTE

Hablamos de la muerte de Ricarte, de tu mal periodo familiar que te impidió estudiar. ¿Eres de los que creen que uno no vuelve del infierno con las manos vacías, pero que si pudieran escoger, jamás habrían pasado por ahí?
No es que sea masoquista, pero para mí incluso los peores momentos de mi vida han sido aprendizajes. Por ejemplo, cuando yo tuve depresión hace unos años lo pasé francamente mal, y la gente que me quiere también. Ahora, si me preguntan si hubiera preferido no tenerla, en abstracto obviamente no, pero si me preguntas si gracias a la depresión soy el tipo que soy ahora, la respuesta es sí. Es gracias a la depresión, y no a pesar de ella, que me di cuenta de lo que me importaba y lo que no, pude separar a los que eran mis amigos y los que no, las cosas que realmente tienen un sentido y las que no.

¿Cómo se llega a ese aprendizaje?
Confrontándome con lo peor de mí mismo. Es como esa gente que odia ciertas partes de su cuerpo. El tema es cómo te acostumbras a vivir con ellas. Bueno, yo me acostumbré a vivir con mis penas, dolores y angustias. Algunos los resolví, otros nudos los desaté. Es como el personaje de la película Una mente brillante que tiene arrinconados sus fantasmas. Como él, siempre veo a mis fantasmas, pero logré apartarlos del día a día.

¿Cómo superaste la depresión?
Al principio partí con siquiatra y me llenó de pastillas. Al cabo de un año me di cuenta que lo único que estaba haciendo era doparme y patear el problema indefinidamente. Podría haber estado así por años. Me cambié a un sicólogo que me consiguió mi hermana. Un tipo increíble, que no me cobró porque sabía que no tenía plata. Con él logré abrirme y, después de algunas semanas, tomé la decisión de dejar las pastillas. Sabía que iba a ser doloroso y lo fue.

En cuarto medio se puso a trabajar: atendió un kiosco, fue cartero y vendedor en una tienda del Apumanque. Todo lo que ganaba se lo entregaba a su mamá, que estaba desempleada y recién separada. “En mi casa estábamos muy mal. No trabajaba para mis vacaciones ni para mis gastos. Lo hacía para pagar la luz o para que nos dieran el teléfono”.

¿Por qué tanto?
Porque la pena afloró con todo. Lloré un montón, pero mi determinación era topar fondo y no seguir flotando a punta de remedios indefinidamente. Cuando ya estaba en el suelo, derrotado, ahogado por la pena, fue cuando empecé a mirar hacia arriba y decir “allá tengo que llegar”. Y bueno, de a poquito empecé a dar los pasos, chicos todos, pero pasos al fin de cuentas. Después de un año la pena se había ido, la energía había vuelto y lo que me quedó fue el recuerdo siempre presente del daño que me hicieron terceros, para saber bien cómo elegir a los tuyos, y del que yo mismo me había hecho, para tener clarito qué cosas nunca más tenía que repetir.

Una vez dijiste que te cuidabas porque como no ibas a tener hijos no querías darles la lata a tus sobrinos cuando viejo. ¿Cómo te imaginas la vejez?
Claro, como no voy a tener hijos, tengo que cuidarme porque no quiero ser una carga para nadie. Con los hijos es distinto, los hijos deben cuidar a sus padres, es lo que corresponde…

¿Te resignaste a la idea de no ser padre?
Antes me hubiese encantado tener hijos, pero ahora ya no. Los homosexuales no podemos adoptar en Chile, probablemente un hombre soltero no tiene tantas dificultades para hacerlo pero si dices que eres gay, el prejuicio no tarda en llegar. Y no creo que dé esa pelea. Tampoco tengo la plata para pagar otro tipo de tratamientos como un vientre de alquiler a lo Ricky Martin, ni he pensado en decirle a una amiga.

¿Pero has sentido instinto paternal?
El instinto paternal no existe, es un gusto adquirido, como el whisky o el sushi, con todo respeto con los padres que me deben estar odiando en este momento. Los padres aman a sus hijos, lo sé, pero el instinto paternal no existe en la especie animal: los padres no cuidan a sus cachorros, de hecho hasta se los pueden comer. Claro que tuve ganas por mucho tiempo de tener un hijo pero ya no, además no les traspasaría ese cacho a mi pareja.

¿Qué cosas crees que tienen que pasar en Chile para que la homosexualidad no sea tema?
Una vez alguien me dijo: “Lo bueno es que eres gay pero no se te nota”. Me pareció tan ofensivo. O sea, ¿si se me notara sería un problema? Si la sociedad no evoluciona en niveles de tolerancia y aceptación estamos fritos, porque esto es pan para hoy y hambre para mañana. Y los grados de falta de aceptación pueden recaer sobre una persona por ser homosexual, por su condición física, por su condición social. Entonces, tú crees que a ti nunca te va a pasar, hasta que viene alguien que se cree superior a ti y te discrimina, y recién ahí te das cuenta que la discriminación es muy cruel. Y basta con ver la televisión para darse cuenta de lo que digo. Esto hay que tomarlo en serio, a mí no me parece divertido, no creo que uno pueda reírse de todo.

¿No?
No, los problemas no se banalizan, se enfrentan, se resuelven y después de eso nos reímos. Aquí está la carreta delante de los bueyes, porque todavía nos reímos de los pacos, de los mapuches, de las cara de nana, de los homosexuales, ni hablar si el homosexual es mapuche. Primero resolvamos nuestra diversidad, ahí nos reímos todos juntos.

¿Vives con tu pareja?
No todavía, pero no tendría ningún problema en vivir con él. Hemos convivido juntos en vacaciones y esas cosas, y nunca peleamos, nos llevamos muy bien.

¿No tienes ese rollo de que necesitas tu espacio?
Me gusta estar solo. Soy bien Roberto Carlos, tengo muchos amigos y salgo harto, pero trato de darme espacios de soledad. Feliz me quedo en mi casa echado, viendo tele, con un McDonald’s. Soy súper amigo de mí mismo.

¿En qué sentido?
Dialogo conmigo. Me converso, me digo: “Oye, ¿y si cocinamos o vemos alguna serie o ponemos música?”, ese tipo de diálogos. ¿Es muy freak lo que estoy diciendo?

Un poco.
Como sea, lo paso increíble conmigo. Además, ando en pelota todo el día.

¿Por qué?
Tengo una necesidad de sacarme la ropa, me gusta andar desnudo, duermo sin ropa. Me gusta estar así.

¿Y de repente te tomas una piscola solo?
Ya no tomo solo. Tomé solo mucho tiempo, hasta el punto de irme gateando a mi cama, y ese fue el comienzo de mi depresión.

¿Ahora no te dan ganas con el tremendo bar que tienes en tu casa?
El bar, además de ser el rincón de reunión con mis amigos, es el recordatorio de una etapa de mi vida.

¿Cómo fue esa etapa?
Era súper bueno para tomar, pero era triste, tan triste que cuando salía a trabajar en la mañana, mi única esperanza era llegar en la noche para ponerme a tomar. Era una rutina: tomar una hielera, poner una botella de pisco con una bebida, y después me iba a una salita que tenía a tomar escuchando música. A veces terminaba llorando. Ahora me cuido y tomo solamente alguna piscola el fin de semana con amigos. Nunca solo. Lo mismo con la comida. Yo llegué a pesar 100 kilos. Hoy, pese a que tengo montones de chocolates, no me como ninguno.

O sea tienes harta voluntad.
Soy disciplinado. Si no leo todos los días los diarios, si no reviso la actualidad, si no ordeno mi agenda como lo hago, si no dejo preparada la ropa para toda la semana, si no planifico mis comidas y lo que voy a tener en el refrigerador y dejo muchas cosas al azar, corro el riesgo de fracasar y no quiero que me pase porque hoy soy un tipo que anda saltando en una pata feliz de la vida, porque estoy recuperado y logré tener mucho más de lo que pensé algún día. Me respeto, me cuido, controlo mis horas de sueño, no dejo que la gente me pase a llevar como lo hizo alguna vez, pongo límites. Ya sé dónde están mis defectos y los administro.

PONER LA CARA

¿Te picas en las entrevistas que haces?
Muchísimo, y tengo que controlarme porque me pico harto.

No se te nota.
Lo que voy a decir va a parecer respuesta de manual, y juro por mis sobrinos que es la verdad: cuando me siento en El informante o en Vía pública o en el noticiero o en la radio, siempre pienso que yo estoy representando a todo un equipo, que no es mi programa, que este no es mi noticiero y que esta no es mi entrevista, que soy la cara que refleja lo que el canal quiere transmitir. Por lo tanto, si yo me pico, desperdicio una tremenda oportunidad en la entrevista. Una vez yo le hice una entrevista a Golborne y Kike Mujica, director de prensa del canal, me dijo: “te picaste y tú no eres ese tipo de entrevistador, la gente te valora porque eres exactamente lo contrario, porque generas diálogo, porque eres ameno y aprietas cuando tienes que hacerlo”.

¿Y cómo responden las audiencias?
Yo nunca pregunto el rating y nunca me lo dicen, aunque estemos reventándola o estemos en el suelo, nunca, porque siempre puede condicionar la conversación. No se trata de generar más show. Este programa tiene otro fin, obviamente que queremos que lo vean, pero queremos generar influencia porque somos la cara visible del horario prime de la televisión pública de Chile. Si estuviera hecho para marcar rating podríamos hacer la cumbre del humor, preguntar cómo se inventan sus chistes. Si hago ese ejercicio te aseguro que marco harto más rating, llevo al mejor humorista y lo disfrazo de entrevista periodística, pero yo nunca me hago trampa en el solitario.

¿Qué implica poner la cara en un programa como El informante?
La pega no es tan simple como sentarse con una lista de preguntas y un sono pronter para que alguien te sople. Si fuera así, la haría cualquiera, y yo en eso no tengo falsa modestia: esto no lo hace cualquiera.

¿Cómo llegas al tono indicado?
Por ejemplo, el otro día fui a Magallanes a entrevistar a Gabriel Boric y cuando me dijeron que faltaba musicalizarla yo dije que no, que mi entrevista no va con música, este es El informante, no es un programa de Viñuela, esto no es la nota humana con Gabriel Boric, no es un videoclip.

El otro día entrevistaste a Nicolás Eyzaguirre, ministro de Educación, ¿quedaste conforme con esa entrevista?
No. Creo que el ministro no me respondió cosas básicas de sobre cuánto va a costar la reforma o si el subsidio va a la oferta o a la demanda.

¿Te diste cuenta en el minuto o después de que no te estaba contestando?
En el minuto me di cuenta que él no tenía respuestas. Y no se trata de que yo haga periodismo de titular de diario, no, no soy de los que preguntan siete veces: “ah, usted no sabe cuánto le va a costar la reforma, pero dígame, dígame, diga que no sabe”. No, y cuando al ministro le pregunté por segunda vez me dije, ya listo.

Se criticó mucho la cobertura del terremoto y del incendio en Valparaíso, entre otras cosas, por ser alarmista, ¿Qué opinas?
Sí, puede ser, pero gracias a lo alarmista que hemos sido es que la gente del norte estaba lo suficientemente espirituada como para que al primer remezón realmente fuerte salieran todos arrancando. Afortunadamente tuvimos solo seis muertos en circunstancias de que pudo ser peor.

Pero estás consciente de algunos vicios del periodismo que caen en el sensacionalismo y abusan del dolor de la gente.
Por supuesto. No estoy de acuerdo con las categorizaciones sentimentales, piadosas o de marginalidad. Uno tiene que ser particularmente cuidadoso porque la emocionalidad no se puede aflorar tan impunemente. Yo creo que la gente espera que uno la acompañe, que le aclare las cosas, que le informe cómo funciona el albergue, quién está a cargo, cómo se puede ayudar. Creo que es bueno reflejar el drama porque sensibiliza, y la sensibilización moviliza, pero hay que dosificar.

“Una vez me dijeron: ‘Lo bueno es que no se te nota que eres gay’. Me pareció muy ofensivo. Si no evolucionamos en niveles de tolerancia, estamos fritos”.

¿Qué es lo que hay que dosificar?
El periodismo está súper basureado, pero perdón, la ayuda se ha canalizado a través de la prensa. Han sido los matinales, los programas de la tarde y de la noche los que supuestamente se han colgado de la catástrofe para tener más rating pero también es que gracias a ellos se ha juntado toda la ayuda que se ha juntado. Fue gracias a la transmisión de los canales de televisión que la gente se vino a enterar de que hay 42 cerros en Valparaíso de los cuales la mayoría no son como los vemos en las postales. Fue gracias a la prensa que la gente se enteró que no tenían agua, que los camiones de bomberos apenas suben por esas pequeñas calles, de la cantidad de pobreza escondida, etc.
¿Quién dijo esas cosas? ¿La autoridad de turno? ¿La ONEMI? No, esas cosas las contamos nosotros.

¿Qué temas te tienen tomado hoy?
He leído mucho de reforma tributaria. También Ucrania para entender bien todo el proceso de cómo funcionan las otras ciudades aparte de Crimea. Pero hay cuatro noticias que me reafirman que esta no es la sociedad en la que quiero vivir: lo del sacerdote Joannon, que arrebató hijos a sus madres porque eran solteras; que los que más ganan no quieran pagar más impuestos; que los parlamentarios no se dignen a discutir si su sueldo es el que merecen y lo del hijo de Carlos Larraín y la sensación de que acá se puede comprar justicia y de que hay ciudadanos de primera y segunda categoría.

¿Qué te provoca lo sucedido con Carlos Larraín?
Si alguien se ha sorprendido porque los cuicos le pagan a la gente para que sus hijos no vayan a la cárcel, es que no conoce cómo, lamentablemente, funciona Chile. A mí lo que me intriga es la cifra. Mi deber como periodista es cuestionarme si fueron 10 millones. Si alguien esperaba que Carlos Larraín le dijera a su hijo “párate de la mesa y ándate a la cárcel”, es que de verdad no sabe cómo funciona la vida. Mi cuestionamiento central tiene que ver con el tipo de sociedad que tenemos en la que todos hemos avalado situaciones como esta.

¿Harías algo parecido por tus sobrinos?
No sé. Depende de si están arrepentidos o no, si fue un accidente o no, si hizo todo lo posible por ayudar al accidentado o no. Con esta frase mi hermana no me va a hablar más.

¿Ricarte lo hubiese hecho por ti?
De todas maneras.

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