Provinciano hasta la médula

Reportajes y Entrevistas

Provinciano hasta la médula

Por Rita Cox / Fotografía: Rodrigo Chodil / Producción: Álvaro Renner

El periodista y comentarista deportivo Fernando Solabarrieta (44) llegó a los 17 años a Santiago, donde se tituló, conoció a su mujer, Ivette Vergara, ha criado a sus tres hijos y ha hecho su destacada carrera en radio y televisión. Sin embargo, dice, no se acostumbra a vivir lejos de su ciudad, Puerto Natales, y asegura que en la capital tiene los días contados.

Paula 1180, Especial Aniversario. Sábado 15 de agosto de 2015.

“Llevo 27 años en Santiago, pero soy natalino y provinciano hasta la médula. Me pierdo en las calles, jamás me voy a acostumbrar a las largas distancias ni al ruido. Todavía soy más confiado de lo que debería, algo que es de allá, donde todos nos conocemos. Cada vez que voy y regreso a Santiago lo hago con mucha pena. Mi último día siempre está lleno de ritos: voy al cementerio a ver a mis abuelos y visito el muelle viejo, donde me quedo un buen rato para mirar la belleza del paisaje y recordar cuando era niño y jugaba allí. Desde hace unos días esa es la imagen de mi perfil en whatsapp”.

¿Qué me marcó de Natales? Todo. Mis raíces están allí, mis padres, mi infancia, mis amigos, mi colegio humilde en el que convivía con el hijo del alcalde y con el hijo del pescador”.

“Allá todos nos tratamos con sobrenombres. Está el ‘Cuesco’, el ‘Tarugo’ y el ‘Apaga la Vela’. Yo sigo siendo ‘Chequel’, no sé por qué, y el ‘Penélope’, porque era el más clarito del curso”.

“Mi primer contacto con el periodismo fue a los 7 años, cuando trabajaba vendiendo los diarios del día anterior, que eran los que llegaban. Un día un tío que estaba en Santiago llegó con una caja con los diarios del mismo día. Eran las siete de la tarde y los vendí todos en 15 minutos. Dejé la escoba”.

“Cuando chico, para mí Santiago era como Nueva York. La locura máxima, la ciudad donde pasaban las cosas. Crecí con las noticias de TVN que llegaban con un día o más de desfase, lo mismo con el resto de la programación que llegaba con hasta dos semanas de demora respecto de lo que se transmitía en Santiago. Para qué hablar del cine. Una vez los curas de mi colegio, que habían habilitado una pantalla grande, pusieron el Hombre Araña y quedó la embarrada. En Santiago se había estrenado un año antes”.

“A los 13 años, como muchos otros niños de Natales, tuve que dejar mi casa para irme a Punta Arenas a hacer la enseñanza media. Nunca voy a olvidar el momento en que me despedí de mi padre. Es lo que vivimos muchos natalinos, como si se tratase de un camino trazado. Debes partir para seguir estudiando y el camino natural después es Santiago, si es que logras triunfar”.

“De pueblerino me trataban en Punta Arenas, pero fue una experiencia menos ruda que la llegada a Santiago, a los 17 años”.

“De mocasines y calcetines blancos entré a la Universidad Gabriela Mistral. No entendía nada. Había venido de vacaciones un par de veces ‘al norte’ junto a mi familia, pero nunca había estado solo. Me vestía distinto, hablaba distinto y mis compañeros se mataban de la risa. Vivía en una pensión. No es que me hayan discriminado, pero yo mismo me acomplejé con todas las diferencias. Nunca había visto tantas chicas lindas juntas, pero no me atrevía a invitar a ninguna. Todos tenían auto y yo caminaba o andaba en micro. Es más, me ahorraba los $100 de la locomoción para poder comerme un lomito a fin de mes. Pasé mucha hambre siendo estudiante”.

“Nunca más fui el alumno brillante que había sido en Natales, donde salí con promedio 6,8. Si en Punta Arenas bajé las notas por desordenado, en Santiago fui un estudiante promedio en los ramos teóricos debido a las diferencias de vida con mis compañeros. Muchos viajaban afuera de Chile al menos una vez al año y la mayoría había visto y escuchado cosas que yo no. La distancia con ellos era infinita”.

“Con mi mujer, Ivette Vergara, nos casamos en Puerto Natales en 2001, porque ese es mi lugar en el mundo. Nos casamos en el liceo politécnico y llegaron casi 600 personas, 200 más de las que invitamos. Nadie pudo comer mucho, pero la fiesta estuvo fantástica, con Tito Francia, Yolito y el Negro Saíd. Inolvidable para todos”.

“Me da rabia que los santiaguinos se apoderen de la chilenidad. En Natales hablamos distinto y, por la cercanía con la frontera argentina, jugamos truco, tomamos mate y cuando chicos escuchábamos la radio de onda corta con programación argentina y música como la samba argentina. Pero somos chilenos”.

“Más temprano que tarde volveré a Puerto Natales. Hace unos meses pensaba que eso sucedería en unos diez años más, pero desde que murió mi abuela materna, quiero que eso ocurra mucho antes. Deseo reencontrarme con el Natales que dejé, el que está en mi mente, donde están las personas que quiero. Debo volver antes que ellos partan”.

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