Puedo ayudar a mi hijo

Reportajes y Entrevistas

Puedo ayudar a mi hijo

Por ximena torres cautivo / fotografías nicolás abalo

Una apenas aprendió a dividir antes de dejar el colegio; otra solo sabe firmar; a una tercera le cuesta juntar las letras y no entiende lo que lee. Buscamos a mamás que no terminaron sus estudios y que, impulsadas por apoyar a sus niños, piensan en volver al colegio e incluso han logrado completar estudios superiores. Son tremendas madres.

“Lo que más me complica es no poder ayudar a la Jackie. Yo junto las letras, pero no leo de corrido y a veces no entiendo lo que ella me pide que le lea y le explique. Ahí me quedo trabada y avergonzada. Eso me duele, mucho más que cuando me rechazan en una pega porque no tengo cuarto medio. No poder ayudar a mi hija es lo que más me achaca”.

La que habla es Marita Balboa (43), mamá de Sarely (20) y de Jackie (10). Oriunda de El Carmen, localidad cercana a Chillán, una entre 7 hermanos, llegó solo hasta sexto básico. “Tenía que caminar mucho para ir a la escuela, salir temprano, andar sola por el campo. Dejé de estudiar y a nadie le importó”.

Luego se emparejó con el papá de Sarely, con el que convivió por 8 años. Fue un contigo pan y cebolla, al que hay que agregar golpes, descalificación e incluso robo. “Me quitaba lo que ganaba cuando me puse a trabajar. Así es que me vine a Santiago y luego me traje a mi hija con la ayuda de mis patrones. Ahora estoy casada con un hombre bueno con el que tuve a Jackie, y lo que sueño es terminar la básica y la media. Eso es lo que hablamos en el taller con las chiquillas”.

Marita se refiere a un curso de gastronomía para padres y apoderados que se convirtió en un espacio para desarrollar habilidades parentales. Funciona en la Escuela San Francisco, ubicada en uno de los sectores más vulnerables de La Pintana.

Teresa Vásquez (50), la tía Tere, profesora, y Andrés Pino (34), inspector de esta escuela de segunda oportunidad de fundación Súmate del Hogar de Cristo, que atiende a 60 niños y jóvenes con gran rezago escolar, revelan que esta instancia es “una trampa”. Teresa lo explica así: “Queríamos vincular a los padres con el proceso escolar de sus hijos y los invitamos a cocinar. En esas clases fueron surgiendo conversaciones muy importantes. Ellas, porque son solo mamás las que asisten, comparten sus experiencias, temores, dudas, problemas, además de aprender de pastelería y amasandería, con lo cual algunas han logrado desarrollar pequeños negocios. Una de las propuestas que nos hicieron el año pasado fue que las ayudáramos a terminar su enseñanza básica. Ese es el pedido de estas mujeres valiosas que quieren completar sus estudios para poder ayudar a sus hijos”.

La exclusión escolar es la cara más fea e invisible de la educación en Chile. Mientras se exige educación superior universal, gratuita y de calidad para todos, existen 222 mil niños y jóvenes de entre 6 y 21 años que están excluidos del sistema escolar, que están fuera de la escuela sin haber completado sus 12 años de escolaridad obligatoria. No han dejado de estudiar por gusto, no han “desertado”, como se dice con liviandad, sino que sus graves problemas familiares, de aprendizaje, de salud física o mental, de consumo de alcohol y de otras drogas, de abandono, de violencia, los han privado de lo que por derecho les corresponde: estudiar.

Dos de cada tres de estos niños y jóvenes provienen de familias ubicadas dentro de los dos quintiles con menores ingresos, donde el 66,6% de los jefes de hogar tiene escolaridad incompleta. Esto genera un espiral de desventajas y reproduce la pobreza y vulnerabilidad de generación en generación. No es casualidad que un 55,6% de las mujeres que se encuentran desescolarizadas en el rango de 12 a 21 años ha tenido hijos.

En la Escuela San Francisco de La Pintana, 18 de los 60 alumnos están en hogares de menores. Y del resto, no todos tienen la fortuna de contar con madres tan comprometidas como Marita y sus compañeras del taller de gastronomía. “Muchos de los padres y apoderados de escuelas como esta no han estudiado y tienen poca valoración de lo que significa hacerlo. Para una señora que no sabe leer y escribir ya es un tremendo logro que su hijo o hija llegue a octavo básico, y se conforma con eso. Además, en sectores tan vulnerables como el nuestro, donde la narcocultura está instalada, la figura del narcotraficante, del delincuente, para muchos jóvenes se vuelve admirable. Hay chicos que estudian y además trabajan de lunes a sábado en la feria y así juntan unos 300 mil pesos en el mes; hay otros que en una noche, en tres portonazos, se hacen un millón de pesos. ¿Quién es el más vivo, el más inteligente, en una primera mirada?”, pregunta Andrés Pino, el inspector.

Y su reflexión nos recuerda otra, la del jesuita Pablo Walker, quien se ha hecho conocido por denunciar la fuerza de la narcocultura en muchos territorios conflictivos de las ciudades del país. Él ha dicho en varias ocasiones que hay que ser muy valeroso, muy íntegro, para nacer, crecer, estudiar, trabajar y mantenerse limpio en un barrio tomado por el narco. “Esa es la verdadera valentía”. Y en ella influyen madres como Marita y Beatriz Contreras.

LA BELLA BETTY
“Un día el Leo llegó con unos ejercicios de fracciones y me pidió que le ayudara para la prueba. Yo miré el cuaderno y para mí ¡estaba en chino! En serio, no entendí nada, no pude ayudarle; fue frustrante. Oh, mi hijo sabe más que yo, que había llegado hasta las divisiones no más. Me sentí obsoleta. Egresé de octavo básico en 1991, de un liceo con número al que ahora le pusieron nombre para subirle el pelo. El Nonato Coo, que queda acá cerca”, se ríe Beatriz Contreras (41), madre de Leonardo (23), Miguel Ángel (20) y Catalina (6).
El living de su modesta casa en la población Carol Urzúa, de Puente Alto, es rojo, como las rosas plásticas del florero y el algodón de su polera ceñida. Vive aquí desde que tiene recuerdos, con su mamá y su hermana, mientras su papá se quedó en Cerro Navia. “Ella murió en 2012 y él tiene 92”.

Beatriz dejó de estudiar porque la molestaban. “Me quitaban las colaciones, los útiles. Hoy diría que me hacían bullying, por eso no fui más a clases”. Se puso a trabajar como garzona en Estación Central. Ahí conoció al padre de sus dos hijos mayores con el que no duraron juntos. “Ahí empezó mi vida loca. Dejé de trabajar, me lancé al mundo. Mi mamá cuidaba a los niños, y yo estaba en lo que llaman riesgo social. Era ‘consumista’ de alcohol y de pasta base. Si escucharas cómo hablaba entonces, no me reconocerías. Mi lenguaje era el coa, eso que hablan los cabros de la esquina”.

 

Un día supo del Fosis. “Una amigas me dijeron que daban plata para proyectos. Yo puro quería el fondo para gastarlo, así es que me inscribí. También me invitaron a conocer Infocap, la universidad de los trabajadores. ‘Betty, tú podís surgir, hazlo por tus hijos. Si sigues así, con qué cara les vas a pedir después que vayan por el buen camino’, me aconsejaban. Aunque yo era una de la reja para afuera de esta casa y otra para adentro de la reja. Acá siempre he sido la mamá y los niños me han respetado. Nunca me despreocupé de ellos. Por eso quizás les hice caso a las chiquillas. Al principio fui de mala gana a las clases, pero en un taller de desarrollo personal me empecé a abrir. A desarrollar mi personalidad, a aprender a hablar bien. Así saqué mi oficio de estilista. Después me dije: si logré esto, ¿cómo no voy a ser capaz de sacar cuarto medio? Yo puedo más. Quiero que mis hijos vean en mí un ejemplo de superación”.

¿Cómo lograste salir de las drogas?
Mi esposo actual también era adicto y alcohólico, y al ver cómo se ponía al consumir, empecé a luchar contra la necesidad de drogarme. Al ayudarlo a él, me ayudé a mí misma. Nos casamos, tuvimos a la enana y yo decidí ser más. Lo hice por mis hijos, pero sobre todo por mí, porque sé que sirvo para más.

Ahora Betty está a medio camino de obtener su título de auxiliar de enfermería en el DUOC de Puente Alto. Y sueña en grande. “Me encantaría estudiar medicina”, dice con su voz dulce y su personalidad fuerte. “No es fácil. Me cuesta mucho retener. Me han dicho los siquiatras y neurólogos que cuando uno ha sido ‘consumista’ tanto tiempo, yo lo fui desde los 17 hasta los 32, se te mueren muchas neuronas y se daña la memoria. Yo aprendo más estudiando en grupo que leyendo; ahí entiendo y retengo mejor”.

PATRICIA, LA INGENIERA
“La señora Panchita es linda por fuera y por dentro. Se crió en un hogar de menores y, al salir, se enamoró del primer tipo que le dio cariño. Tienen siete hijos, viven en El Castillo. Él consume drogas, ayuda poco, es maltratador sicológico, pero ella sale adelante, busca apoyo, genera redes. Todo para que sus niños no pasen por lo que vivió ella. Uno de los niños está bajo protección del Sename, nació con una enfermedad compleja y se lo quitaron. Aunque cursó hasta séptimo, la señora Panchita no lee ni escribe, solo sabe firmar”.

La tía Beatriz, de la Escuela San Francisco de La Pintana, se emociona cuando habla de Francisca Pacheco (39), mamá de Jean (19), Brayan (17), Cristián (16), David (14), Anaís (12), Elías (8) e Israel (4).

Efectivamente es linda. Tiene los ojos verdes, como todos sus niños. Habla bien de su marido, con el que se casó por la Iglesia, a instancias del colegio donde está uno de sus hijos menores. Cuatro son alumnos de la escuela San Francisco, donde cursan dos años en uno. Jean, que ahora hace el servicio militar; Cristián, un estudiante activo y destacado, y Brayan y Anaís, quienes asisten a quinto y sexto juntos, aunque tiene entre ellos 5 años de diferencia y él lee mucho menos que su hermana menor. “Estoy orgullosa de mis hijos; es harto lo que han logrado. La meta es que consigan nivelarse y terminar cuarto medio. Yo quisiera sacar el octavo, tener más conocimientos. Y en una de esas hacer hasta cuarto medio para no ser mirada en menos; surgir”, dice, esperanzada, la señora Panchita.

Cuando era estudiante, el chileno Ricardo Espinoza (36), doctor en Economía que se desempeña como analista de políticas educativas comparadas en la OCDE, fue profesor voluntario de la fundación CreceChile, que ofrece nivelación de estudios y talleres de alfabetización gratuitos a adultos de comunas vulnerables de Santiago. Ahí lo que más lo conmovió fue el logro de mujeres analfabetas, sin educación, que lograban hacer y completar sus estudios básicos o medios motivadas por la necesidad de apoyar a sus hijos en sus trabajos escolares. Nos acordamos de él cuando en un seminario sobre escuelas de reingreso nos dijo: “A muchos de esos alumnos los movía el querer darles un ejemplo a sus hijos. Inculcarles la perseverancia y que la vida te da segundas oportunidades. Otros se avergonzaban de no poder ayudar a sus hijos con las tareas de la escuela. Esos casos te ayudan a pensar no solo en el valor económico de la educación, sino en su valor más intrínseco, en los cambios que produce la educación en las personas y en sus familias”.

Como “una guerrera” se define Patricia Asís (53). Trabaja desde hace 13 años en un jardín infantil, al final de avenida Santa Rosa, como manipuladora de alimentos. Sus esfuerzos por recuperar una trayectoria educativa trunca por problemas económicos en los años de la UP y llegar cada vez más lejos, validan su autodefinición de guerrera. “Dejé de estudiar en 1971 para ayudar a mi mamá. En 1993 me casé con el padre de mis tres hijos mayores -Carolina (31), Mario (30) y Jorge (27)- y al año siguiente me separé. Años después, fruto de una breve reconciliación, nació Matías, que tiene 13 y es una bendición”.

 

Ha sacado sola adelante a sus hijos, con escasa ayuda del padre. “Fue escuchando la radio Pudahuel que con una amiga nos enteramos de que en Infocap hacían nivelación de estudios para adultos en cursos de dos años en uno”. Ambas se inscribieron y, en 2015, se graduaron de cuarto medio. “Siempre he tenido muy buena memoria, lo que es una gran ventaja. A mis hijos les ayudé en las tareas, pero también me ayudaba a mí, porque me desafiaba aprendiendo con ellos, por eso los mayores me alentaron a sacar el cuarto medio y estaban muy orgullosos cuando lo logré”.

Patricia dio la PSU y obtuvo estupendos puntajes, lo que le permitió ganar la beca Nuevo Milenio. Así se tituló de técnico en prevención de riesgos, carrera que le tomó dos años y que ahora, con dos años y medio más de estudios, la convertirá en ingeniera en la especialidad. Impresionan su ñeque y claridad. “Ahora ayudo a mi hijo menor con muchas más herramientas y puedo hablar de igual a igual con los jefes, aportando. No ha sido fácil todo esto. Estuve a punto de echarme introducción a las matemáticas, pero los profes valoran mucho mi esfuerzo y me dieron la oportunidad de volver a dar el examen. Entendieron que la presión me nubló”.

Más impresionan los logros de Patricia cuando nos enteramos de la grave enfermedad de su hija mayor, la que no le ha impedido seguir estudiando, esforzándose, manteniendo sus metas. “Porque los hijos son lo primero, pero también una y su desarrollo; ayudarlos a ellos pasa por ayudarse a una misma”.

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