¿De quién es la frustración?

Reportajes y Entrevistas

¿De quién es la frustración?

Por Rita Cox / Ilustración Gertrudis Shaw

Esta es la segunda vez que escribo sobre maternidad/crianza y lo hago con más pudor que antes. En ningún caso quiero siquiera asomarme como una suerte de “gurú” del tema. Carezco de las credenciales para pretender algo así, y tampoco me interesa. Mi único capital son las dudas. Desde ahí es que hoy he querido compartir lo que ha sido este año cargado de las palabras “frustración” y “vanidad”.

Tengo una hija de 12 años a la que le “llegó” de un día para otro la adolescencia, con todos esos conflictos, entre ellos, y por primera vez, una baja en sus notas del colegio. Eso ha significado verla triste, preocupada, tal vez con una baja en su autoestima, frustrada. Sin entender mucho el origen de esta baja, junto a su papá hicimos lo que se supone se hace en estos casos si el bolsillo da: ponerle a disposición clases particulares de reforzamiento y despejar dudas respecto de cualquier problema de aprendizaje. Y, lo más complicado, hacer todos los esfuerzos posibles e imposibles por elaborar un discurso “motivador-exigente-NoCastrador”. En ese proceso, que ya lleva meses, he visto a mi hija luchar. No se me ocurre otra palabra. Luchar contra el “descrédito social” que significa para cualquier persona que le vaya mal; luchar contra la tentación de dejarse arrastrar por la autoflagelación; luchar contra la lata que le debe significar llegar del colegio, tras una eterna jornada, a estudiar junto a un profesor particular; luchar contra la frustración de que los viernes en la tarde ya no son para salir donde las amigas, sino para estudiar. Y luchar contra la frustración de que a pesar de todo eso, las buenas notas son esquivas porque, como le dije esta mañana estilo “gurú” (con ella debo serlo un poco), “las pirámides no se construyeron en un día”.

Está siendo dificilísimo ser testigo de su preocupación que, en el fondo, es dolor. Sus primeros dolores. Es bien obvio lo que voy a decir, pero aunque sea un dolor acotado, ningún padre está algo preparado para ver a su hijo sufrir. En ese escenario del día a día es que se me ha aparecido mi historia con ella. Dejando fuera la reflexión obvia sobre la cultura de lo inmediato y lo desechable en que nos movemos, y que imagino limita el umbral de aguante ante la decepción, me he preguntado mil veces de qué manera he sido yo la principal artífice de sus mecanismos de resistencia frente a la frustración. ¿Tendrá algo que ver con que jamás la dejé llorar cuando era guagua, porque una mínima amenaza de llanto me desesperaba? ¿Tendrá que ver que hasta hace muy poco nunca supe decir “no” y si lograba uno, este se derrumbaba con facilidad? ¿No será que por no darme la lata de tomar el camino largo, el “sí” constante a mí me facilitó las cosas, pero a ella la perjudicó en su proceso de caer y  sobreponerse?”. No tengo respuestas a ninguna de estas preguntas que, debo aclarar, no se asoman en forma de culpa, sino como material para leerla a ella desde la formación que yo misma le he dado y tratar de corregir y elegir qué camino tomar, sabiendo que me volveré a equivocar y a acertar, dado que así es esto.

Sí he concluido que ha sido mi propio terror a la frustración, el caos que me provoca, lo que se ha antepuesto en la relación que ella ha establecido con sus propias derrotas. Estoy viendo que nunca antes le di espacio para que dialogara con algo que es parte fundamental de la vida y, es más, motor de épicos momentos: encontrar soluciones, salir del hoyo, resolver el problema, aprender algo nuevo de uno mismo, implementarlo como fortaleza y herida de guerra determinante en la biografía y el punto de vista.

En estos meses también han aparecido todas esas verdades mías de madre súper “pro” que, por supuesto, se han desmantelado una a una.  “Las notas me dan lo mismo, lo que me importa es que lo pase bien en el colegio” ha sido siempre mi típica frase para el bronce y, de verdad que privilegio verla con una sonrisa en la cara cuando entra a la sala de clases. El problema es que desde que ha bajado sus notas, llegar al colegio no ha sido tan fácil para ella. Y claro, en mi ecuación, me salté completamente sus expectativas y autoexigencias. A la vez, han aflorado los “chuta, pero si lo único que ella tiene que hacer es estudiar”, “cómo una hija mía no va a tener puros 7”, “cómo es posible, si no le falta nada”. Esos pensamientos tan legítimos como tramposos me han llevado a retroceder a cuando debuté en las postulaciones a los colegios para que ella ingresara a pre-kinder. Estaba segura de que sería un trámite sencillo. Hasta que me llamaron para darme los resultados de la primera opción. “No quedó”. Lloré un día completo. Era la primera vez que en un lugar no “querían” a mi hija. La frustración destruyó en segundos mi racionalidad respecto de entender las variables en juego en el mercado de los colegios particulares en Chile. Es muy probable que fuéramos sus padres los nada aptos. Pero la notificación fue un puñal directo contra mi ego, mi vanidad construida entonces, ahora y espero que no siempre, sobre la base de una idealización mezquina y vanidosa de mi hija como una persona destinada siempre a la cima del “éxito”, porque su “éxito” es el mío. Si a ella le va bien, es por ella, pero también por lo fabulosa que soy yo, mis fórmulas, mi hábitat.

Pero, una vez más, y perdonen el cliché, ella me está enseñando. Estos meses difíciles han sido también hermosísimos. Salir de la zona de las certezas ególatras ha sido bueno. Sentir que me estoy reeducando en mi forma de exigirle, me parece un milagro solo posible gracias al amor. Verla dar la pelea ha abierto espacios de intimidad y de humor nuevos. Verla dar la pelea es verla crecer en dirección a transformarse en una mujer grande.

Rita Cox es periodista y mamá de una niña de 12 años.

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