Duro de matar

Reportajes y Entrevistas

Duro de matar

Por Sofía Aldea / Fotografía: Carolina Vargas / Producción: Paulina Wiegand / Maquillaje: Pati Calfio

Todo el mundo está hablando de Rafael Garay, el economista que en radio y TV consigue explicar a la gente por dónde invertir su plata o cómo lucran las universidades. Pero no es solo su expertizaje –tiene un doctorado de la Universidad de Lleida, España– ni su encanto comunicacional lo que destaca de él, sino la amalgama de su personalidad. Garay es también director del Museo de Artes Visuales (Mavi), campeón de artes marciales y antes sorteó una infancia dura y pobre en Concepción.

A las 5:30 de la mañana el economista Rafael Garay (35) se viste con tenida deportiva y sale a correr por una hora y media. Vuelve a su casa, en Recoleta, se cambia de ropa y parte rumbo a Huechuraba. El destino: la radio Conquistador donde, a las 8:15, sale al aire de lunes a viernes como conductor del programa Buenos días mercado y, junto a Libardo Buitrago, aterriza temas de contingencia económica, explica las alzas y bajas de los mercados y da consejos financieros a sus auditores. A la hora de almuerzo practica box por una hora. Después se va al barrio Lastarria, donde ejerce la gerencia general del Museo de Artes Visuales. Y, cuando termina la jornada laboral, retoma el entrenamiento: cuatro horas de karate.

Desde hace 25 años practica esta disciplina –es cinturón negro– que le ha permitido competir en dos mundiales en Japón y Tailandia. Este año, en un campeonato en Rusia, salió octavo del mundo. Fue encargado de Comunicaciones de la Universidad del Desarrollo y de la Universidad Central.

Hoy, es un rostro de la televisión abierta como panelista del programa Mentiras verdaderas, de La Red. En la pantalla enfrentó los costos de ser una figura pública cuando en un móvil en vivo no pudo hilar sus ideas. Lo acusaron de estar borracho y las redes sociales se plagaron con chistes sobre el tema, llegando a ser el chisme más comentado del día en twitter. Pero Rafael Garay salió en defensa propia con la fuerza y el temple del cinturón negro que es. Respondió, uno a uno, más de tres mil tweets que lo atacaban y luego explicó públicamente que su estado se debía a una accidental sobredosis con ibuprofeno. “Nunca perdí el sentido del humor y salí completamente fortalecido”, concluye. Rafael Garay se crió en Concepción y creció sin padre: el matrimonio se separó cuando él tenía 8 años y no volvió a ver a su papá hasta avanzada su adolescencia. Su infancia, que recuerda solitaria, transcurrió vagando entre la casa de su mamá, su tío y su abuela. Luego, la quiebra económica de su padre dejó a la familia en la ruina: “No tenía ni para pagar la micro”, cuenta. “Durante seis años comí todos los días, almuerzo y comida, lo mismo: tallarines.

Eran unos que tenían callampas. Malos, malos”. Aún así, pudo estudiar Ingeniería Comercial en la Universidad del Desarrollo, donde obtuvo una beca casi total con la condición de nunca reprobar un ramo. “No tenía ni calculadora, ni plata para libros ni para fotocopias. Así es que, obligado a hacer cálculos mentales y a aprenderme los textos de memoria. Pero la recuerdo como una buena etapa, estoy agradecido”, dice. El resultado habla por sí mismo: egresó como el mejor de su generación. Luego hizo un doctorado en Economía en España y, desde entonces, ha tenido una carrera exitosa. “Podría vivir en La Dehesa, pero me siento cómodo en Patronato”, asegura. “Si pertenezco o no a la elite, me importa un huevo”.

Pura resiliencia

¿De qué forma tu experiencia biográfica marca tu vida actual?
Tengo fuerza para caer y pararme. Para reconocer mis errores y seguir adelante. También creo que me ha hecho más confrontacional con la autoridad porque siempre estoy buscando decir algo que le pueda servir a la gente. Trato de meter el dedo en la llaga para que ordenemos las cosas que no funcionan, porque yo viví cosas que no funcionaban. La mía no es la parada típica del que ha tenido todo y le baja la conciencia social por sentido de culpa de ser afortunado.

Lo tuyo viene de la calle.
Totalmente. No fui afortunado, pero tampoco tan desgraciado. Me acuerdo de una época de la adolescencia donde mis amigos eran todos de la población La Candelaria (algo así como La Legua de Concepción). Con ellos aprendí mucho, porque te acogen como en una tribu, y aún son mis amigos. Cuando digo que a los ministros les falta calle, estoy diciendo exactamente eso: que hablan de lo que ven en televisión, pero no lo han vivido. Vivirlo hace la diferencia.

Y, junto con esta vida callejera, empezaste a hacer artes marciales desde muy chico.
Era muy débil físicamente, tenía problemas respiratorios y mi papá me llevó porque no toleraba mi debilidad física. Por eso partí, y me enamoré en el camino. Y no solamente del karate. He practicado todas las disciplinas de combate que existen y he viajado para competir y aprender. Además, doy clases dos veces a la semana. Ahora que voy a Japón haré clases todos los días a un grupo de cien cinturón negro.

¿Qué fuerza te da el karate, más allá de lo físico?
Lo que te da es actitud. Cierto equilibrio, cierta quietud de espíritu, para que cuando todo se está cayendo a pedazos, puedas salir. Para que cuando estés negociando en situaciones desventajosas, tengas seguridad. Para que si en algún momento tienes un conflicto ético en un trabajo, tengas la quietud para renunciar. O para poder decir con dureza a alguien lo que se merece y tratar con cariño a quien necesita apoyo. Todo eso se forja en el entrenamiento, con la disciplina o con las conversaciones con mi maestro.

¿Y has tenido que poner estas cosas en práctica?
Cuando me pasó este famoso incidente de los antiinflamatorios, llamé a mi maestro a Japón para preguntarle qué veía él. Y, sin saber nada, porque es un caballero de casi 70 años que ha venido dos veces a Chile, me dijo: “Mira, yo no sé lo que pasó y probablemente no lo voy a entender nunca, pero te digo una sola cosa: si te caes siete veces, te paras ocho”. Y con eso se acabó.

A Chile le falta risa

¿Cómo, viniendo de un mundo tan diferente, te metiste en la elite de los economistas y te transformaste en un líder de opinión?
Fue una casualidad. Yo era vicerrector de Comunicaciones de la Universidad Central. Y, por un azar, fui el único que proyectó bien una cifra y me llamaron de Chilevisión para una entrevista en vivo con la Maca Pizarro. Ahí vino una vorágine de consultas porque, técnicamente, lo que yo estaba diciendo era correcto. Es mi capacidad técnica lo que me ha puesto en cierto nivel, no mi persona. La persona no es la importante. Lo importante es el contenido que puedes entregar para que la gente tome mejores decisiones. Cuando tú le explicas a la gente masivamente cómo se comparan los créditos, y la gente baja su nivel de deuda mensual, le mejoraste la calidad de vida.

Apareces seguido en televisión, tienes un programa de radio, ¿cuál es la importancia que les das a los medios?
Lo que me atrae es la potencialidad de tener un espacio donde, si lo aprovecho bien, puedo hacer una diferencia. Hacer un clic en la conciencia de la gente.

También te comunicas mucho por twitter.
Mucho. Lo que me gusta de las redes sociales es la horizontalidad. Juan Pérez me escribe y me dice: “Oye Rafa, ¿qué opinas de esto?”. Y yo le digo “Opino esto”, y punto. No hay jerarquía y no tiene por qué haberla. Ahora, como en todo, en twitter también hay terroristas. Esos tipos que se llaman “guerrero de fuego” o “derecha tuitera” o “izquierda tuitera”. Uno no sabe quiénes son, pero disparan y disparan. Y, cuando los invitas a dar su nombre, desaparecen.

¿Y qué crees que le falta a Chile en este minuto?
A Chile le falta risa. La actitud de reírse genera una empatía y eso hace que baje el nivel de agresividad. Es importante que nos tendamos la mano, nos miremos a los ojos, nos tratemos con afecto. Y no se trata de que sea un gallo blando, porque no lo soy, de hecho soy bastante duro, pero cuando uno hace las cosas con afecto, ayuda a pararse al que se cayó. Cuando uno entiende que se puede equivocar terriblemente es el mejor acto, porque cuando aprendes a perdonarte, aprendes a valorar a los demás.

La última pregunta. ¿Qué significa el tatuaje que tienes en el brazo?
Mira, nadie sabe que tengo este tatuaje.

¿Puedo contarlo?
Si quieres… Que esté tatuado no es algo muy bien visto en los negocios. Eso me saca más de la norma como economista. Pero es un signo oriental que significa algo bien especial, y te lo voy a resumir: es una leyenda japonesa. Cuenta que en el año 1500 hubo un incendio en un templo budista. Los monjes trataron de apagarlo con agua pero, como era de madera, todo ardía. Entonces se fueron a la playa y se pusieron a rezar. Y la leyenda dice que desde el mar emergieron tres remolinos: agua, viento y lluvia, y apagaron el fuego. Entonces, ¿cuál es la enseñanza? Que hay una fuerza que a veces no sabemos que la tenemos, que surge en un momento y que nos ayuda. Y el tatuaje me recuerda eso todos los días.

¿Nadie sabe que tienes un tatuaje?
No. Vestido como caballero no se nota.

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