Reencuentros y química

Reportajes y Entrevistas

Reencuentros y química

Por Francisca Jaeger / Ilustración Gertrudis Shaw

Cuando conocí a James, pensé que nunca más lo iba a ver. Era de esos típicos ‘amores de verano’ que uno sabe que no tienen pies ni cabeza. Nos conocimos en Bolivia. Yo chilena, él australiano. Me acuerdo que ese día estaba cansadísima y con mi mejor amiga, la Esperanza, veníamos llegando de la clínica porque a ella le había picado algo en la selva. Nos sentamos en la barra de nuestro hostal, porque nos dábamos más del hambre, y se acercaron dos hombres. Uno de ellos era James. Lo vi y sentí un flechazo. Nos invitaron a jugar cartas y a tomar unas cervezas. Y desde el principio hubo mucha química. No podía creer que justo lo había conocido cuando me quedaban solo dos días en La Paz, así que decidí aprovecharlos al máximo.

La mañana siguiente hicimos planes juntos. Fuimos a un tour y en la tarde nos subimos a un teleférico para ver la ciudad al atardecer. Era todo muy extraño, porque sentíamos que nos conocíamos de toda la vida. Es muy difícil explicar esa sensación; como si hubiésemos sido dos personas que en el pasado habían estado juntas y se volvían a encontrar. Esa misma noche salimos a bailar y nos dimos nuestro primer beso. Horas después, nos fuimos a acostar al hostal. No pasó nada. Eso fue lo más increíble. Nos quedamos toda la noche abrazados escuchando Coldplay, que por coincidencia era nuestro grupo favorito.

Al otro día fue nuestra despedida. Obviamente estaba muriéndome de depresión, pero también me sentía ridícula porque lo había conocido recién. Intercambiamos nuestros números y quedamos en que si alguno viajaba al país del otro, tenía que escribirle.

Pasaron los años y cada uno hizo su vida. Y James quedó en el olvido. Para mí era como el recuerdo de alguien increíble que había conocido, pero que jamás iba a volver a ver. Aunque tengo que reconocer que me costó asumirlo. Estuve pegada al principio, sobre todo cuando hablábamos por whatsapp. Pero eso con el tiempo mis sentimientps fueron disminuyendo, hasta que no conversamos más.

Cinco años después, la Esperanza se fue a vivir a Australia por la Visa Work and Holiday. Me decía todo el tiempo que la fuera a ver, pero para mí era imposible. Estaba trabajando y no tenía planeado tomarme vacaciones. Hasta que un día me levanté y dije ‘me voy’. Compré el pasaje en octubre para viajar en febrero. Estuve durante días pensando si escribirle a James o no. Sabía que se había juntado con mi amiga y le había preguntado por mí, pero me daba nervio hacerlo. Pero después de pensarlo me armé de valor y lo hice. No tenía nada que perder. Le conté que iba a viajar y le pregunté si le interesaba que nos juntáramos a tomar un café. Él se motivó de inmediato. Me dijo incluso que si quería podía alojarme en Sydney, su ciudad. Acepté, y le propuse que nos fuéramos juntos a Tasmania. Sé que quizás fui muy embalada, pero tenía la corazonada de que había que hacerlo. Así retomamos el contacto hasta que llegué.

Me acuerdo como si fuese ayer cuando nos encontramos en el aeropuerto. Lo vi y sentí que el tiempo no había pasado, que esa persona que había conocido por solo dos días hacía años en Bolivia era alguien muy especial. Recordé todas esas emociones. Hasta sentí que se me había olvidado hablar inglés. No sabía qué decirle. Ambos estábamos muy nerviosos, y se nos notaba. Parecíamos dos niños de 15 años.

El viaje fue increíble, fluyó todo de manera perfecta. La química estaba intacta, pero fue súper pausado, no es que nos hayamos visto y al tiro estuviésemos juntos. Con el paso de las semanas ya era demasiado notorio que queríamos estarlo. Me acuerdo que me mostró la bitácora que había llevado a Bolivia y ahí estaba yo. Había escrito de mí el día que nos conocimos. Volver a vernos fue como un paréntesis en nuestras vidas. Nos pudimos conocer un montón y aprender mucho el uno del otro.

El día que nos despedimos lo recuerdo como uno de los más tristes. Los dos llorábamos a mares en el metro. Era algo que sabíamos que iba a pasar, y lo peor de todo era pensar que quizás iban a pasar nuevamente años, o toda la vida, sin saber del otro.

Llegué a Chile destrozada. Lo único que quería era volver a verlo, pero habíamos decidido no tener una relación a la distancia. Sin embargo, a las dos semanas, me llamó por teléfono para decirme que por favor volviera a Australia, que él me pagaba la mitad del pasaje. En junio de este año regresé por un mes. Pero esta vez, cambiamos de idea y acordamos intentar que lo nuestro funcione aunque estemos separados.

Francisca Jaeger tiene 26 años y es periodista.

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