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8 septiembre, 2010
orla

Saqué a mis hijos del colegio

La pareja Faunes Precht no matriculó este año a sus hijos en el colegio por una convicción profunda de que aprenderían más y mejor fuera que dentro. Aunque ambos son profesores, tienen miedo de equivocarse, pero piensan que no intentarlo hubiera sido peor. Hoy los dos niños estudian en la casa.

Por Daniela González / Fotografía: Lorenzo Moscia / Ilustración: Sebastián Utreras


A las nueve en punto, Ignacia (13) y Juan Cristóbal (11), deberían estar sentados a la mesa tomando su avena con leche y su pan con mermelada. Como en todas las casa hay una que no ha salido del baño todavía y hay otro que demora 15 minutos en comerse la avena y Andrea Precht (40), la mamá, le dice: que está bueno ya, que se siente y que coma.

–Es que a mí me gusta comer parado–, le responde Juan Cristóbal.
–Es que a ti te gusta estar siempre parado–, le responde su mamá.

Algo así. Como en todas las casas. Acá, sin embargo, en este inicio de mañana no hay mochilas ni uniformes. No hay una libreta de comunicaciones que deba ser firmada. No hay una corbata con el nudo a medio hacer ni atrasos escolares, ni tacos interminables antes de llegar al colegio escuchando la radio.

En lugar de todo eso, a esta casa ubicada en las afueras de Talca llega una joven en bicicleta titulada de Pedagogía, sobándose de un porrazo que tuvo en el camino.

La jornada

Ésta es una mañana de viernes en la casa de los Faunes Precht. Los papás se van a trabajar y los hijos se quedan. Carolina Olivares, la joven de la bicicleta que es la tutora que cada mañana llega a guiarlos en su aprendizaje, anota en una pizarrita la pauta del día: a las 11 de la mañana los niños deben presentar el proyecto del día.

Luego habrá un recreo de 30 minutos, después media hora de lectura libre y, al final, ajedrez o mandala. Ese proyecto es una de las maneras en que estos niños aprenden en la casa, en lugar de cursar octavo y sexto básico, respectivamente.

Hoy, por ejemplo, Ignacia, que está con su notebook en el sofá de la salita donde trabajan, prepara la presentación de su proyecto de Historia. Quiere saber cómo se vivió la Segunda Guerra Mundial y va a inventarse un personaje que vivió en ese tiempo.

Puede ser un judío perseguido o un alemán, no lo sabe, lo está pensando. Y está decidiendo si presenta el proyecto en formato de cómic.

Piensa que sería una buena idea. Juan Cristóbal está metido en el tema de las ciencias. Carolina le insiste que se concentre pero él demuestra que se puede parar en el piso en siete patas: las cinco que tiene su silla con ruedas y sus dos manos, mientras hace unas maniobras medio gimnásticas.

Después se pone serio y dice que quiere construir un molino que funcione con dos energías al mismo tiempo. Una proveniente del sol y otra del aire.

La decisión

A fines del año pasado, Andrea y Víctor Faunes (48) llevaron asus hijos a comer afuera para conversar tranquilos y comunicarles lo que pasaría al año siguiente. Juan Cristóbal e Ignacia trataban de aguar el misterio diciendo “¡Ajá, así que tendremos un hermano!”. Pero la noticia no era ésa.

Fue Víctor el que habló. Partió con esa típica frase de: Tenemos algo importante que contarles y terminó diciéndoles que los sacarían del colegio. Que ahora se educarían en casa. Ignacia abrió los ojos y se quedó callada.

A Juan Cristóbal se le cayeron un par de lágrimas y dijo que no quería. “Nosotros les manifestamos que esto no era algo opcional y que íbamos a probar este año y que, por último, si nos iba mal, después volverían al colegio”, dice Víctor en un tono tranquilo.

Juan Cristóbal se fue a comprar un chocolate e Ignacia pidió permiso para salir a caminar. A Andrea le duele la guata acordarse de esa escena, pero no fue una decisión antojadiza. No fue porque alguien miró feo a uno de sus hijos en el colegio o porque se cansó de un profesor o porque se aburrió de las reuniones de apoderados.

Para Andrea y Víctor la educación es tan importante, que aguantan la lluvia de críticas que les cae con notable tranquilidad. Son profesores, expertos en educación –ambos académicos en universidades–, y llegaron a la conclusión de que el colegio está inspirado en una industria y el aprendizaje está pensado desde la producción, como cuando se construye un auto.

No están en contra del colegio, pero creen profundamente que no es la única opción para educar. Aclaran que no están para recomendar esto a nadie, que ellos están probando y que, de no haberlo hecho, hubieran ido en contra de sus principios.

Piensan que durante años el colegio ha sido como un templo del saber y que los padres fielmente entregan a sus niños. “Pero hoy ya no todos somos creyentes de esa Iglesia. El problema es que el colegio te sigue pidiendo la actitud de un fiel ciego”, dice Andrea.

Con esa fidelidad ciega, la mejor manera de ser apoderado es encontrarle siempre la razón al colegio. Siente que la participación de los padres se limita a organizar bingos y juntar plata para el paseo de curso. Que no se construye una comunidad que recoja la diversidad de las familias. Que porque si opinas mucho, caes automáticamente en la categoría de apoderado conflictivo.

El primer ruido

Estos argumentos los fueron cocinando cada uno según sus experiencias y también como pareja. Se conocieron cuando estudiaban en la Universidad Católica, se casaron hace 15 años y tuvieron a sus dos hijos.

Vivieron en Santiago y a los niños los matricularon “en un colegio católico y progresista”. En pre-kínder Juan Cristóbal tuvo una muy mala experiencia. “Lo mandaron al sicopedagogo, terapeuta ocupacional, sicólogo y neurosiquiatra. Ése fue el primer ruido. Sentimos que era un acto súper violento”, dice.

La decisión lógica fue buscar un colegio distinto. Más alternativo, integrador, de esos a los que se va con ropa de calle. Les fue bien. También les fue bien cuando se fueron a vivir a Talca y los matricularon en un colegio pequeño y personalizado. Pero los ruidos en ningún caso se silenciaron.

En el fondo, para los Faunes Precht hay una molestia mucho más profunda que no pasa por el tipo de colegio. Pasa por un rechazo al sistema educativo actual. Andrea dice que le carga que en los colegios exista esa tendencia a normalizarlo todo y a castigar a lo diferente.

Le molesta la desconfianza en la juventud y que lo que vale, al final, es la obediencia frente a cual o tal reglamento. Piensa que la mayoría de las escuelas chilenas son clasistas y que también se confunde el concepto de ser niño con el de ser alumno. “¿A qué hora juega, explora, ejerce su derecho al ocio, se vincula con sus padres?”, pregunta.

Además, piensa Andrea, el aprendizaje es pobre, porque los alumnos se limitan a chequear datos y a clasificarlos. Porque la lectura es obligatoria y así a nadie le gusta leer y los colegios están más ocupados en calificar que en generar condiciones para la lectura.

Porque las condiciones laborales de los docentes son malas y no tienen tiempo para pensar ni generar estrategias nuevas. Porque es muy común que un año toque una profesora espectacular y al otro un pastel y ya no quiere depender de la suerte.

Así que por todas esas razones, los Faunes Precht se aguantaron las lágrimas de Juan Cristóbal ese día en la comida. Las dos semanas siguientes a la noticia fueron intensas. Hubo muchas preguntas y muchas respuestas.

Lo conversaron hasta el cansancio aunque no había vuelta atrás, independiente de que los padres dudaran infinitamente si habían hecho lo correcto.

“Un día, la Ignacia me dijo refiriéndose al tema: ‘Mamá, yo no entiendo por qué la gente se conforma con lo que hay y no intenta otras cosas’”, recuerda Andrea. Y entonces supo que la decisión no estaba tan mal. Que eso ya era un aprendizaje.

El proceso

Así que empezaron. Andrea comenzó a registrar cada paso de la experiencia en un blog y a hacerse de redes con familias que habían optado por lo mismo en Chile y otros países. El plan no era trasladar el colegio a la casa.

Contrataron a Carolina como una guía, no como una profesora. Los niños trabajan de 9:00 a 13:00 horas y, en la tarde, cada uno decide lo que quiere hacer.

La modalidad de aprendizaje es por proyecto. La salita donde estudian está llena de rastros de sus últimos trabajos: teorías de Darwin, mapas, banderas de otros países y fotos de cuando visitaron la exposición del Ejército chino de Terracota, en Santiago.

Trabajar por proyecto es hacer trabajos sobre un tema que escogen los niños: la composición de las células, la salud en una comuna, los países que han sido sede de mundiales de fútbol, etc.

El trabajo dura entre una y tres semanas, dependiendo de lo que sea necesario para aprender con éxito. En un mismo proyecto se incorporan aprendizajes de distintas áreas: lenguaje, estadísticas, ciencias, matemáticas o inglés, por ejemplo.

Que los niños se eduquen en casa no significa que sus padres estén encima bombardeándoles conocimientos. Pero se hacen cargo activamente, probando métodos de enseñanza bajo el principio de que de todo sirve para aprender: desde las flores que hay en la media hectárea de su patio hasta las profesiones de los papás de sus amigos.

Como la idea es certificar los estudios, los niños rendirán exámenes libres, así que lo que se les enseña en la casa se circunscribe a los contenidos que exige el Ministerio de Educación para este trámite.

La legislación, de hecho, no pone ningún problema para estas iniciativas. Cecilia Iñiguez, coordinadora de la Unidad de Normativa del Mineduc dice que la Constitución garantiza la libertad de enseñanza y el derecho preferente de los padres de elegir el establecimiento educacional al que asistirán sus hijos.

Aunque no hay cifras de rendimiento de exámenes libres a nivel nacional, sólo en la Región Metropolitana este año se han inscrito 9.004 personas para hacerlos.

“En Chile existen las dos posibilidades y cada cual elige la que prefiera. Ambas tienen respaldo legal”, comenta la experta, que
añade una opinión: “El problema que podría tener no mandar a los niños al sistema escolar regular es que carecerán de la parte social: compartir con niños de tu edad, hacerte amigos, aprender a tratar con otros que tienen experiencias diferentes, trabajar en equipo, aprender a ganar y a perder”.

La socialización. Ésa es la mayor crítica que han recibido los Faunes Precht. “Una cosa es socialización y otra es escolarización”, responde Andrea. Y una no tiene por qué incluir a la otra. La idea es que sus hijos tengan amigos y adquieran todas las habilidades sociales que de ello proviene. Por eso Ignacia va a un taller de Teatro y siempre sale con su enorme grupo de amigos.

Es la organizadora de carretes, dice su madre. Juan Cristóbal –que es más chico y cuesta más que se movilice solo– está metido en scout, clases de tenis y en talleres que tienen lugar en el conservatorio de música.

Otra crítica que reciben es la de que ellos actúan como si quisieran tener el control de todo. Pero para estos padres el control y la rigidez están dentro del colegio y sacarlos de ahí fue una manera precisamente de soltarse.

Los miedos

Andrea y Víctor están abiertos a que puedan estar equivocados. También tienen miedo y dicen que tienen que desescolarizarse como papás. Sacarse el molde. Saben que nada es la panacea, ni siquiera la educación en casa.

Víctor, que es más práctico, dice que teme que este modo de enseñar no dé resultado. Andrea teme que sus hijos se lo recriminen cuando grandes. La pareja ha encontrado un modo de contención en la búsqueda de redes. De otras familias que estén en situaciones familiares.

Con esa intención, los Faunes Precht encontraron una plataforma virtual llamada Homeschool Chile (www.homeschoolchile.ning.com) que reúne a familias que educan en casa. Andrea calcula que son unas 60 en Chile y están comenzando a reunirse para intercambiar sus experiencias.

Hace poco vinieron a una de estas citas en Santiago y Andrea detectó que los motivos para desescolarizarse no son los mismos para todos. Hay razones políticas, religiosas, académicas o de malas vivencias.

“Había adolescentes que siempre se educaron en casa y que hablaban muy positivamente de su actual forma de aprender. Y eso me dio mucha paz”, comenta Andrea. Le dio paz, porque saber que existen otros intentos como el de ella, que han tenido resultados exitosos, es un calmante en momentos en que se desborda pensando que está haciéndolo todo mal.

En la casa de los Faunes hoy sirven cazuela de vacuno de almuerzo. Los niños comen sin ningún drama, se ríen y hablan al mismo tiempo, como en todos lados. Ignacia, por ejemplo, está contando que a ella le gusta la educación en la casa.

Que ya no tiene que aprenderse los detalles de un libro, sino que puede leer con gusto. Que si se interesa por un tema ahora puede crear un proyecto en lugar de contestar una guía. Sus amigos le dicen que esto es bacán y ella se ve feliz.

Juan Cristóbal cucharea el caldo de su plato y se pone más suspicaz. Consulta cuál es la diferencia entre la educación en el colegio y la educación en la casa.

Andrea le pregunta qué piensa él al respecto. Entonces Juan Cristóbal elabora la siguiente respuesta: “Es que la educación no es aprender materias y ese tipo de cosas sino lo que te sirve en tu vida.

El colegio te prepara para el trabajo pero, en cambio, aprender te prepara para la vida”. Después de unos segundos pensando, dice que él cree que, en todo caso, en la casa están avanzando más lento que en el colegio.

Andrea, con total orgullo, dice que esto que ha dicho su hijo es, para ellos como padres, un paso fundamental. “Es una reflexión acerca de su propio aprendizaje. Su aprendizaje ya no es un tema de notas ni de control de nadie. Ahora él quiere avanzar por él mismo”. Y entonces su inseguridad por haberlos desescolarizado se desvanece un poco.

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