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6 agosto, 2011
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El boom de las editoriales independientes

El boom de las editoriales independientes. Los libros que te estabas perdiendo.

Por Daniela González / Fotografía: Rodrigo Chodil / Producción: Daniel Pacheco


Hay un pequeño libro amarillo que no pesa más que una caja de té, de cuya portada sobresale la silueta negra de un hombre cayendo hacia algún lado y que en 101 páginas desata la narrativa lírica del poeta Rodrigo Olavarría. Se llama Alameda tras las rejas, es el primer libro del autor, se publicó a fines del año pasado y –fuera de los circuitos tradicionales o de los rankings de los más vendidos– está dando que hablar. Se trata de una especie de diario de vida o cuaderno de notas de un escritor que comenta de literatura, de alcohol, de amargura y de su ex mujer. Críticos literarios como Patricia Espinosa han dicho que es un libro excepcional.

Escritores como Alejandro Zambra han dicho que es un texto asombroso. Cuesta cinco mil pesos. Apenas hay 300 ejemplares distribuidos en siete librerías de Santiago que fueron editados por el sello independiente La Calabaza del Diablo, el mismo que en su sitio web www.lacalabazadeldiablo.com, resalta: “nos hemos destacado por publicar narradores que no están en los circuitos masivos: desde
escritores con sus primeros libros hasta escritores que ya tienen un recorrido y, por así decirlo, una obra”.

La editorial La Calabaza del Diablo lleva 13 años de vida y fue uno de los primeros pasos de un fenómeno que en los tres últimos años se ha intensificado con fuerza. Hoy, hay cerca de 50 editoriales independientes en Chile: Sangría, Tácitas, Das Kapital, Hueders, Lolita, Mandrágora, Lanzallamas, Simplemente, Quilombo o Los Libros del Perro Negro, por nombrar unas pocas. Del total, más de la mitad se reúne en la Furia del Libro, una feria que ya prepara para diciembre su cuarta versión y que también está tomando potencia: la primera vez que la hicieron fue en 2008, en un pequeño espacio del barrio Lastarria y recibió 900 personas en tres días. El año pasado se hizo en el GAM y recibió casi 9.000. “El nombre Furia del Libro responde a la trágica situación del libro”, dice Galo Ghigliotto, uno de los organizadores. “Nos da rabia vivir en un país que se cree desarrollado, pero tiene un 19% de impuesto al libro”, agrega Ghigliotto, quien además es editor del sello independiente Cuneta, junto a su socio Arturo Aguilera.

Las editoriales independientes funcionan con poca plata y mucha pasión. De hecho, no obtienen utilidades. Las más afortunadas se conforman con no perder dinero. Algunas consiguen financiamiento de fondos de cultura; otras, de su propio bolsillo. El sello editorial Metales Pesados (de la librería homónima) que partió en 2004, por ejemplo, se demoró seis años en ser capaz de mantenerse autónomamente. “Se puede sobrevivir de una editorial independiente siempre y cuando se vaya formando un catálogo más amplio”, dice Sergio Parra, el editor de este sello que ya tiene 38 títulos. La editorial Cuneta –creada hace tres años– tiene 14. “Para nosotros el libro no es un negocio. La editorial comparte el espíritu del artista más que del productor, que es crear: mantener la creación por encima de la producción”, dice Ghigliotto.

Pasión por el libro

¿Qué hace que estos editores se embarquen en estos proyectos que no son ningún negocio? Puro amor a la literatura. Es el deseo de editar los libros que a ellos les gustan y que los grandes sellos no publican. “De pronto te das cuenta de que puedes hacerlo y lo haces. No cuesta tanto y te da placer hacerlo”, dice Marcela Fuentealba, de la editorial Hueders. “Hacemos los libros que siempre quisimos leer”, dice el eslogan de Lanzallamas. Esas también fueron las razones del periodista y escritor Francisco Mouat que, junto a su mujer y una de sus hijas, fundó Lolita Editores el año pasado. No gana ni un peso y tuvo que recurrir a un club de lectores para financiar una parte, pero ya lleva cinco títulos publicados y más de 10 proyectos en camino. “No se trata de afirmar categóricamente que todo lo que editan los grandes sellos no es literatura, pero en la agenda de los grandes sellos o los más tradicionales, está la idea de un catálogo que les dé plata, que rentabilice sus proyectos del punto de vista económico y no hay una mirada
literaria”, afirma Mouat.

Los dueños de Cuneta tampoco viven de los libros, sino de una agencia donde hacen documentales, publicidad y textos por encargo. Galo es un agrónomo enamorado de los libros que hoy se especializa en un magíster en Literatura, y Arturo es un diseñador que se deleita con los libros como objeto estético. Eso es lo que los lleva a trabajar todos los días para sacar un nuevo libro a la luz.

Andrea Palet, editora del sello Los Libros que Leo que debutó hace seis meses, dice que las razones personales para crear una editorial chica son las mismas por las que se crearon muchas editoriales en el pasado y que siempre serán válidas. “El amor por los libros, el deseo de tener el control de lo que se publica, la idea de que uno puede contribuir a fertilizar el suelo, la pretensión –legítima pero modesta– de que a través de un catálogo tenemos algo que decir, la locura de estar dispuesto a apostar tu plata, que nunca es mucha, en una aventura de pronóstico más que reservado”.

Al igual que Metales Pesados, Los Libros que Leo nació de una librería (Qué Leo). Se trata de una tendencia que partió en Buenos Aires con Eterna Cadencia, librería que también tiene su propio sello. Mientras que en España las editoriales independientes también prenden como pasto seco. Javier Aparicio, crítico literario del diario El País y director del magíster en Edición de la Universidad Pompeu Fabra, dice que son un aporte al ecosistema editorial.

“Los grandes grupos funcionan como dinosaurios y por muy ágiles que sean, dejan muchos huecos. Estas microeditoriales cubren esos huecos, recuperan libros, géneros que están perdidos o autores
que tuvieron su fama y su gloria pero que ya no interesan. Les dan una segunda vida”.

Los editores independientes publican a autores que, de otro modo, no hubieran sido publicados. Como por ejemplo a Marcelo Matthey: un ingeniero hidráulico que a fines de los 80 autoeditó dos pequeños libros sobre sus vivencias cotidianas. Textos apenas conocidos, que parecían no tener mucho de literarios, porque hablaban de vacaciones familiares. Textos que se perdieron en el tiempo y que recuperó Los Libros que Leo bajo el nombre de Sobre cosas que me han pasado. “Me interpreta absolutamente el texto de contraportada del libro, que habla de la inquietud que producen estos textos tan neutros, esa sensación de tranquilidad doméstica que te dan ganas de llorar”, confiesa Andrea Palet.

Una tajadita

Descubrir nuevos autores es otro gusto que las microeditoriales pueden darse. La Calabaza del Diablo es tal vez la que más se ha jugado por ello. En 2009 publicaron Camanchaca, novela de un autor entonces desconocido, Diego Zúñiga que, en ese tiempo, tenía 21 años. El libro fue muy aplaudido por la crítica, por escritores y editores independientes, entre ellos Juan Manuel Vial, Pablo Torche, Sergio Parra y Andrea Palet, por nombrar algunos. Y aún así, de Camanchaca se han vendido apenas algo más que 200 ejemplares.

Porque las editoriales independientes apenas le hacen mella al mercado editorial. Partiendo porque las primeras imprimen entre 200 y 500 ejemplares, mientras que las segundas sacan entre 2.000 y 3.000 al mercado chileno. Es esa la realidad de la industria editorial en Chile; las microeditoriales se llevan apenas una tajadita de la torta. Pero aún así son necesarias, dice Pablo Dittborn, editor de Random House
Mondadori, porque traen lectores y hacen que escritores salgan al público. A Dittborn, en todo caso, sí le molesta el mito de que las editoriales grandes no publican autores que no hayan escrito antes. “Eso es absolutamente falso. Si es bueno el texto, lo publicamos. ¡A Marcelo Lillo el primero en publicarlo fue Random House en España! Lo que importa es la calidad. Hemos editado a siete de los últimos premios Nobel. Orhan Pamuk está editado por nosotros. Y, claro, es cierto, yo tengo que dar rentabilidad”.

La editorial Los Libros que Leo, recientemente fundada, ha sido muy activa en la publicación de textos de buen nivel literario que no son de circulación masiva. Uno de los últimos libros que editaron fue Ocio, del talentoso escritor argentino Fabián Casas, que este año será jurado del Concurso de Cuentos Paula. En la foto: Piedad Rivadeneira, diseñadora; Gabriela Precht, encargada de prensa y Juan Carlos Fau, dueño de la librería Qué Leo. Ellos, junto a la editora Andrea Palet, conforman la editorial Los Libros Que Leo, que funciona hace seis meses.

Imperdibles de las microeditorales:

Luz rabiosa, Rafael Rubio,
Camino del Ciego, $ 7.900.
Raúl Zurita ha dicho que esta es una de las obras chilenas donde el tema de la muerte está trabajado con más fuerza.

Volveré y seré la misma, Francisco Garamona, La Calabaza del Diablo, $ 7.600.
Compilación de narraciones de seis escritoras argentinas contemporáneas: Dalia Rosetti y Fernanda Laguna, entre otras.

Leseras, Leonardo Sanhueza, Tácitas, $ 7.000.
Versiones chilenizadas de los poemas del escritor latino Cayo Valerio Catulo (84-54 a.C.),

Al compás de la rueda, Juan Ignacio Colil, Das Kapital, $ 6.500.
Colección de 17 cuentos. Camilo Marks ha dicho que Suspicious Minds y El Gran Salto son relatos que destacan por su originalidad y gracia.

Yo era una mujer casada, César Aira, Editorial Cuneta, $ 5.000.
Una mujer vejada por su marido narra magistralmente sus vivencias y epifanías.

Todos confesos, Marcelo Mendoza, Editorial Mandrágora, $ 13.000.
Selección de entrevistas con sobrevivientes notables del siglo XX, como Patricio Aylwin o Carlos González Cruchaga.

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