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6 noviembre, 2013
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Las jóvenes suicidas de Antofagasta

Tres jóvenes de entre 13 y 15 años se quitaron la vida en los últimos tres meses en Antofagasta. Otro, de 17, lo intentó. La policía investiga si formaban parte de una secta satánica y un grupo ciudadano habilitó un número telefónico para auxiliar a personas desesperadas. ¿Qué pasa en Antofagasta que los jóvenes se quieren morir?

Por Gabriela García / Fotografía: Alejandro Araya / Producción periodística: Catalina Jofré


Paula 1134. Sábado 9 de noviembre de 2013.

En Antofagasta, en las micros del transporte público, hay un autoadhesivo rojo que dice: Socorro Oportuno al Suicida y bajo él hay un número al que se puede llamar las 24 horas. El teléfono existe desde 2011, pero en las últimas semanas está muy solicitado. “Si hace tres años éramos contactados una o dos veces a la semana, últimamente recibimos entre ocho y diez llamados al día”, dice José Miranda, profesor y pastor evangélico que coordina la línea telefónica del Socorro Oportuno al Suicida. “Nuestros 15 voluntarios apenas dan abasto”, agrega.

Esas llamadas, cuenta el pastor, son realizadas por personas de entre 15 y 35 años que dicen sentirse solas, vacías, frustradas. Muchas lloran. Los voluntarios de la línea telefónica los escuchan con atención e intentan persuadirlos de que el suicidio no soluciona nada. Pero últimamente, aseguran, llaman muchos menores de edad.

“Matarse se está volviendo una moda preocupante sobre todo entre los chicos y sentimos que ahí hay que intervenir con más fuerza aún”, dice Miranda.

Antofagasta es la ciudad con el ingreso per cápita más alto del país y la segunda ciudad más cara para vivir. Pero la región también es una de las que tiene las más altas tasas de suicidio en Chile, según datos del Injuv de 2012. Por esto ha hecho noticia últimamente. En los tres meses recientes, tres jóvenes de entre 13 y 15 años terminaron con sus vidas. Y otro, de 17, lo intentó pero se salvó. Hoy, detectives de Antofagasta y Santiago investigan si existe relación entre los últimos tres suicidios de adolescentes y su posible vinculación con una secta que pudo haberlos inducido a autoeliminarse.

El 1 de octubre pasado vecinos advirtieron que Nicolás, de 17 años, se había despedido por facebook. Cuando llegaron a su casa, lo encontraron convulsionando en el piso porque el cordel que se había amarrado al cuello se cortó. En el centro asistencial al que fue derivado con los signos vitales bajos, explicó que había querido matarse porque pertenecía a una secta donde se jugaba ouija, se sacrificaba a animales y se tomaba sangre. Según dijo, de acuerdo a la doctrina aprendida allí, la única forma de desertar del grupo era autoeliminándose porque si no, alguien más lo mataría. Habló de un líder apodado Juan Limón.Nicolás dijo, además, que dos de sus amigas ya se habían suicidado por los mismos motivos. Fue esta declaración la que puso en alerta a la Fiscalía de Antofagasta acerca de una posible relación entre el intento suicida del joven y las muertes de Nayharet Zepeda y Yinia Lee, ambas de 15 años, que se habían ahorcado hace solo semanas. De hecho, la madre de Nayharet, Leny Fuentes, había denunciado que las muertes de ambas niñas, que eran amigas, podían haber sido inducidas ya que se quitaron la vida de manera muy similar: se ahorcaron y antes dibujaron una pirámide con un ojo; una en su rostro, la otra en la puerta de su habitación. Pero hasta la declaración de Nicolás estos hechos no habían sido relacionados.

El suicidio no es delito, tampoco lo es pertenecer a una secta. Por lo tanto, lo que desde los primeros días de octubre se investiga, es si estas jóvenes pudieron haber recibido auxilio material de terceras personas para terminar con sus vidas, lo que sí es un crimen y se condena con penas de hasta cinco años de cárcel. La Fiscalía de Antofagasta y la Brigada de Investigaciones Policiales Especiales de la PDI mandaron a llamar al Grupo de Análisis e Intervención Antisectas (Gaia) a Santiago para dilucidar estas interrogantes.

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Nayharet Zepeda (de pantalones) y Yinia Lee (de vestido y botas) y los intrigantes símbolos que dibujaron al momento de quitarse la vida y que también se replican en otros importantes puntos de la ciudad. Tenían 15 años.

Hugo León, vocero de la Fiscalía de Antofagasta, explica:

“La madre de Nayharet contó que su hija se había dibujado en la cara el mismo símbolo que Yinia rayó en la puerta. Un ojo  que los amigos de la niña que llegaron a su funeral interpretaron como ‘el ojo que todo lo ve’. Según le dijeron a la madre habría una secta satánica que pudo haber influido sobre las niñas en su decisión de suicidarse. Aunque aún no estamos en condiciones de afirmar que esto sea así, sí sabemos preliminarmente, por las declaraciones de los amigos de las víctimas, que estos tenían en común el haberse conocido en el Portal Galicia, una galería del centro. Participaban de un culto que incluía a personajes del animé, satanás y otros elementos. Hay mucha superstición en sus testimonios. Según lo que cuentan se sentían amedrentados por adultos del grupo que les decían que si desertaban tendrían que pagar con sus vidas, ya que de otro modo los espíritus los irían a buscar haciéndoles la vida imposible. Por otro lado, los jóvenes creían que si morían iban a resucitar y serían todopoderosos. Hay que comprobar todo esto, pero es probable que las chicas que se suicidaron lo hayan hecho porque creyeron que muertas serían libres y obtendrían una vida mejor”.

Más allá de si las jóvenes que se quitaron la vida tuvieron o no participación en esta supuesta secta, hay antecedentes dolorosos y comunes en las biografías de ambas jóvenes que las pudieron llevar hasta ahí.

LA PENA DE YIYI
Hasta hace dos años, nada parecía indicar que Yinia Lee, de 15 años, se quitaría la vida. En la fotografía que su familia le tomó cuando, con 13 años, se graduó de octavo básico en el Instituto Superior de Comercio, la joven colorina aparece sonriendo en el umbral de la puerta de su casa. Usaba un vestido  morado, el color de su mono animado favorito: Pinkie Pie.

Le decían Yiyi y tenía talento para dibujar. Sus cuadernos escolares de ese tiempo están llenos de dibujos de Pinkie Pie, la pony alegre y traviesa que siempre anda de fiesta. Además, hablaba muy bien inglés, cantaba bien y tocaba batería, guitarra y piano; este último instrumento lo tocaba en una iglesia mormona donde asistía con sus abuelos todos los domingos.

“Pero un día de 2011 le dijo a mi mamá que sus amigos del colegio y de la iglesia la molestaban por gorda y colorina y que ya no quería ser más la niña dulce de antes”, recuerda su hermano mayor, Bryan (19).

Yiyi pasó de ser fanática del pony morado a escuchar el rock alternativo de Tronic o de Paramore, hasta derivar en el metal que ponía en sus audífonos a todo volumen. Se declaró atea y empezó a comprarse poleras negras en el Portal Galicia.

También tuvo cambios radicales de humor. “Comenzó a encerrarse en su pieza, siempre estaba conectada al computador. Además, se vestía con poleras de manga larga, aunque hiciera mucho calor. Un día que venía saliendo de la ducha le vi los brazos: se había hecho pequeños cortes con una gillette”, cuenta su madre, Yinia Fritis.

Su madre avisó de esto al colegio donde le dijeron que no era la primera niña que se provocaba lesiones, así que los iban a tratar a todos. Yiyi comenzó a ser atendida por la sicóloga en práctica del colegio. Pero no parecía mejorar su ánimo. Ese verano, en el cajón de su pieza, su hermano Bryan encontró el dibujo de una chica vestida de negro con sangre alrededor y con un cuchillo que hasta hoy le para los pelos. Además, como sus piezas eran contiguas, su hermano recuerda que a veces la escuchaba llorar.

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Cuando su hermano Bryan le preguntó a Yiyi porqué lloraba en las noches, ella le dijo que su padre abusaba de ella. La causa se archivó por falta de pruebas. En la foto, observa la bandeja del computador de su hermana, debajo de la cual encontró un nuevo ojo misterioso.

“Cuando la iba a ver me decía que tenía pena pero que no sabía explicar por qué. Hasta que al final me lo contó. Me dijo que nuestro papá abusaba de ella. Al otro día, la noticia explotó también en el colegio”, cuenta Bryan.

La madre supo que Yiyi era víctima de abuso sexual en 2012 cuando autoridades del colegio le dijeron que estaban obligados, por ley, a denunciar a la justicia los hechos relatados por la joven. “Fue como caer en caída libre. Jamás vi una señal extraña de parte de su papá, nada. Salvo que a veces retara a los niños de forma agresiva, sentía que teníamos una buena relación todos. Con dolor, recuerdo que llegué a la casa y le hice las maletas. No había otra manera, me separé después de 18 años”, relata.

La joven pasó por todos los peritajes judiciales pero la causa fue archivada por falta de pruebas. Pero nunca volvió a ser la misma y su madre empezó a temer por ella. A veces, la escuchaba dar vueltas en su habitación. No podía dormir. Sollozaba.

Este año la llevó a una siquiatra particular que diagnosticó que Yiyi tenía un trastorno de personalidad limítrofe con brote sicótico. Escuchaba voces. Le recetaron antidepresivos.

La madre relata que su hija no repuntó con los remedios. “Había que forzarla a tomarlos, los escondía debajo de la lengua sin tragárselos”, cuenta su tía Sandra Fritis. Seguía encerrándose en su pieza. Las amigas ya no iban a la casa. Rara vez salía, salvo para ir y volver al liceo. Por eso, la madre se alegró cuando en julio de 2013 le dijo que iría a visitar a una amiga. Pero no regresó. Desapareció tres días. Hizo una denuncia a Carabineros por presunta desgracia. La madre la encontró vagando por la calle deshidratada, sucia y con un golpe en la cabeza.

“Cuando le pregunté qué le había pasado me dijo que no se acordaba y se me desmayó en mis brazos. Estuvo castigada varios días, pero estaba tan triste que la llevé al concierto de Tronic para el que habíamos comprado entradas semanas antes. Ahí conocí a algunas de sus amigas del Portal Galicia”, cuenta.

Un mes después, el 20 de agosto a las 21 horas, su hermano Bryan la encontró colgando de las vigas de su habitación. Usó el cordón del mouse.

Antes, se había tijereteado el pelo, maquillado los ojos negros como un mapache y parecía que había llorado porque la pintura se esparcía por sus mejillas. Vestía jeans rajados, polera negra y zapatillas de caña alta y había dibujado una pirámide con un ojo en la puerta de su habitación. “Estaba irreconocible”, dice Bryan.

EL WHATSAPP DE NAYA
Un mes y siete días después de la muerte de Yiyi, se suicidó Nayharet Zepeda. Tenía 15 años y le decían Naya. Era una joven a la que le encantaba usar lentes de marco grande y sin vidrio, bailar k-pop y comer galletas coreanas. Iba regularmente al Portal Galicia después de clases a reunirse con sus amigos otakus y metaleros. Yiyi, de hecho, era una más de su grupo. Solían caminar juntas por el centro y también por la Avenida Brasil y el Mall Plaza Antofagasta durante la tarde antes de irse a la casa.

Leny Fuentes, la madre de Naya, recuerda que su hija quedó en shock cuando le contaron que Yiyi se había suicidado. “Lloraba y gritaba preguntando: ¿por qué lo hizo?, ¿por qué?”, dice. Entonces la madre no tenía cómo sospechar que un mes  después su hija haría lo mismo.

Naya venía, sin embargo, dando señales importantes de que no estaba bien. En 2010, al igual que Yiyi, denunció que había sufrido un abuso sexual por parte de la pareja de su madre que vivía con ella y sus tres hermanos.

Nayharet Zepeda había hecho dos denuncias por abuso sexual, que fueron desestimadas. Le diagnosticaron UNA depresión. “Le dije que esperáramos terminar el año y que nos iríamos a La Serena a hacer una nueva vida”, cuenta su madre. No les alcanzó el tiempo. Nayharet se ahorcó el 27 de septiembre.

“Fuimos a juicio en 2011 pero no sirvió de nada porque su padrastro fue absuelto. Desde entonces mi hija sentía que no había justicia para ella. Nosotros somos una familia con creencias evangélicas pero ella empezó a decir que Dios no existía. Pasó por una terapia reparatoria con sicólogos y siquiatras pero tuvo una experiencia parecida de abuso un tiempo después, en 2012, con un amigo de su papá. Hicimos la denuncia, pero tampoco pasó nada. Naya volvió a deprimirse”, cuenta su madre.

Naya nunca faltaba al colegio. El director del Liceo Mario Bahamonde, Boris García, la recuerda como “una chica tranquila, siempre con una sonrisa a flor de piel”. Por eso cuando en agosto los profesores la vieron cabecear en clases, como si estuviera dopada, intuyeron que pasaba algo raro y llamaron a su madre para que la fuera a buscar.

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Madre de Nayharet Zepeda.

“Al llevarla a la casa descubrí que se había tomado una tira de clonazepam y la interné una semana en el Hospital Regional donde le hicieron un lavado de estómago. Al salir, la Naya dijo que no quería volver a ser la niña de antes porque eso le iba a acarrear sufrimiento pero no alcancé a dimensionar a lo que se refería”, dice la madre.

Naya se empezó a vestir de negro y a escuchar a Iron Maiden. Un día le pidió a su madre que la retirara del colegio porque se había peleado con una compañera. La sicóloga que la atendía le diagnosticó un cuadro depresivo severo.

Le recetaron antidepresivos.

“Al verla así, decidí dejar de trabajar los sábados para estar más tiempo con ella y con mis otros tres hijos. Tenía claro que mi trabajo era absorbente pero seguía enchufada en la rutina de la casa a la pega”, dice Leny, quien trabaja como encuestadora para la municipalidad. “Le dije que esperáramos terminar el año y que nos iríamos a La Serena a hacer una nueva vida”.

Pero no les alcanzó el tiempo.

El viernes 27 de septiembre, después de clases, Naya se fue a su casa con unas amigas. Ese día tenía la fiesta de una prima. Se había comprado un vestido negro con fucsia y sus amigas la ayudarían a maquillarse. A las 16:30, mientras estaba con ellas, escribió en el whatsapp: “Voy a morir”. Sus amigas se fueron como a las 17:30. Sola en su habitación, Naya se dibujó una cruz invertida en el mentón y una pirámide con un ojo en la frente, similar a la que Yiyi pintó en la puerta. Luego, agarró un alargador y lo anudó al soquete de la lámpara del techo. A las 20 horas escribió en el whatsapp: “Ya morí”. A las 20:15 su hermano menor, de 11 años, la encontró muerta en su pieza, ahorcada con el alargador.

LA SOLEDAD DE LOS NIÑOS
Como la mayoría de las grandes ciudades chilenas, Antofagasta es desigual y la línea del tren marca el límite. Por un lado están las playas, los edificios modernos, el mall. Por otro, los cerros, donde se ubican las poblaciones. Las del lado norte son las más pobres. Antofagasta es, además, una ciudad de fuertes contrastes. Si un trabajador del ambiente minero gana un millón de pesos promedio, un profesor recién egresado que trabaja en un colegio público, como es el caso de los que trabajan en los liceos de Naya, Yiyi y Nicolás, no recibe más de 400 mil pesos. Un arriendo en el sector más pobre en este lado norte no baja de los 300 mil.

Yiyi Lee, de 15 años, se suicidó en agosto. Pero dos años antes, empezó a cambiar. “Se encerraba en su pieza, estaba siempre conectada al computador y se hacía cortes en los brazos”, dice su madre, Yinia Fritis.

Ahí vivían Yiyi, Nayharet y también V.G, una adolescente de 13 años que se quitó la vida dos días antes de Nayharet, después de pelear con su madrastra; su madre había muerto hace dos años.  La muerte de V.G. no está siendo investigada judicialmente, pues no ha sido vinculada a la supuesta secta.

“En el sector norte el 50% de los hogares son monoparentales; los padres trabajan en la minería, o se han ido, lo que hace que las mujeres tengan que trabajar largas horas. Los niños pasan solos”, dice Luis González, director del Instituto Superior de Comercio, el colegio donde estudiaba Yiyi.

“Viven conectados al computador, expuestos a una sobredosis de información que no saben administrar. El sucidio aparece como una opción más”, reflexiona el pastor José Miranda, coordinador del grupo de Socorro Oportuno al Suicida.

“Todos hablan de la secta pero para mí si los niños están tomando estas decisiones es porque estamos construyendo una sociedad enferma. Aquí hay niñas que han quedado embarazadas de sus propios padres, niños que son consumidores de droga, que tienen depresiones severas y que llegan a la casa y están solos. En el liceo tenemos apenas un sicólogo para 1.500 niños y no damos abasto”, acusa González.

Desde que Yiyi falleció, en el liceo donde estudiaba prestan ayuda sicológica a su grupo de amigas y a su hermano Bryan. Pero al poco tiempo se dieron cuenta de que no era suficiente. De los 60 casos que atiende el sicólogo, 12 han tenido ideas suicidas y 8 ya lo han intentado.

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Yinia Fritis, madre Yiyi Lee.

 

Alejandro Araya I.
Un cuaderno de Yiyi: “Now I want to dead”, escribió. Hizo dibujos de ella disparándose, cayendo por un abismo y su propia tumba. “La muerte es mi felicidad”, anotó. La familia encontró decenas de cuadernos con mensajes de despedida y alusión a la muerte. En varios de repite el ojo misterioso.

 

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