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5 agosto, 2006
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Aborto express

Embarazadas y con la ideas de abortar, mujeres chilenas se meten a Internet y encuentran todo lo que quieren saber: cómo funciona, cómo se usa y dónde se consigue el Misotrol, un medicamento que provoca una hemorragia y vacía el útero. La solución es más rápida, a la mano y más segura que un aborto quirúrgico, pero es un aborto con las consecuencias de siempre.

Por Marcela Recabarren/ Fotografía: Carolina Vargas


Isabel (20) se metió a internet, como hace cada vez que necesita información con urgencia. Entró a Google y tipeó “aborto” en la barra de búsqueda. Los datos que buscaba aparecieron en la pantalla. “Fue este año, en marzo. Era mi primer día de clases en la universidad, en Sicología, la carrera que siempre había querido, y esa misma mañana me había enterado de que estaba esperando guagua. Tenía un mes y medio de embarazo. Mi futuro se estaba viniendo abajo”, dice ahora.

En foros y páginas de internet, Isabel leyó que existía un medicamento llamado Misotrol, que está diseñado para combatir úlceras gástricas, pero si una embarazada lo usa en los dos primeros meses de gestación le provoca un sangrado vaginal que termina en aborto. Se vende en farmacias con receta médica retenida. Un frasco con 28 pastillas cuesta 35 mil pesos. Pero en internet Isabel encontró decenas de avisos de gente que ofrecía el medicamento ilegalmente. Cuatro pastillas –la dosis para producir un aborto– costaban entre 20 y 60 mil pesos en el mercado negro on line.

“Nunca había hecho algo ilegal. Vengo de una familia súper decente. Mis papás son católicos y van a misa los domingo. Mi viejo, que es bien estricto, siempre me ha dicho: ‘Si quedas embarazada te vas de la casa, no cuentes conmigo’. Soy la mayor de tres hermanos, la única mujer, la que da el ejemplo. Yo siempre había estado ciento por ciento en contra del aborto. Pensaba que si la gente había sido irresponsable tenía que asumir. Pero yo no había sido irresponsable. Llevaba cuatro años con mi pololo, que estudia Ingeniería, nos cuidábamos con pastillas anticonceptivas y más encima con condón, por si acaso.

Pero un día el condón se rompió y quedé embarazada. No fue mi culpa. Pensé: ‘¿Qué hago?’. La única solución que se me vino a la cabeza fue abortar. Prefería mil veces morirme haciéndome un aborto que contarles a mis papás que estaba embarazada. Tampoco le conté a mi pololo, porque no me iba a dejar interrumpir el embarazo. Seguimos juntos y no sé si algún día le voy a poder
contar lo que hice”, dice Isabel.

Tal como antes había falsificado certificados médicos para faltar a alguna prueba en la universidad, falsificó una receta para comprar Misotrol en una farmacia: “Me pareció menos turbio que contactar a un vendedor por internet”, explica Isabel. Una amiga le prestó la plata y la acompañó a comprar. “Cuando le pasé la receta al vendedor yo estaba tan nerviosa que me tiritaban las manos. No me pidió el carné de identidad, sólo me preguntó para quién era el remedio. ‘No tengo idea. Mi mamá me lo encargó’, le contesté. Me miró con desconfianza, pero guardó la receta en un cajón y me vendió el frasco”, dice Isabel.

Ese mismo día se fue a dormir a la casa de su amiga, que vive sola en un departamento, se recostó en una cama, se introdujo cuatro pastillas en el cuello uterino y esperó. “No pensaba si lo que hacía estaba bien o mal, si me iba a morir o no. Lo único que pensaba en ese momento era en abortar”, dice.

Una hora después de ponerse las pastillas le empezó un dolor en el útero. “Era como estar indispuesta, pero mil veces peor. Me dieron vómitos, diarrea, empecé a sangrar tanto que me aterré. Había leído en internet que el embrión era tan chico que no se iba a ver, porque yo sólo tenía dos meses de embarazo, pero me salían coágulos y yo pensaba: ‘¿Eso será la guagua?’. Estaba empapada de transpiración, gritaba de dolor, la guata se me contraía, estaba a punto de desmayarme. Mi amiga me llevaba al baño a vomitar y después me decía: ‘Vamos, acuéstate’.

Pero yo no era capaz de moverme ni de responderle. No podía ni pensar. Ella me acarreaba en brazos a la cama. Después de dos horas con dolores terribles me acosté en posición fetal y me quedé dormida. Así fue cómo aborté”, recuerda Isabel.

El mercado negro

“Las niñas embarazadas me llaman tan desesperadas por comprar Misotrol que ni siquiera me regatean. Este negocio es grito y plata”, explica Carolina, 28 años, estudiante de Pedagogía, vendedora clandestina del medicamento. “Con las pastillas que vendo pago el arriendo, las cuentas, el supermercado y la bencina del auto”, Dani, 23 años, egresada de Diseño.

“Las niñas me ubican por internet y les doy mi celular para que me llamen. Sólo les vendo Misotrol si tienen hasta un mes de embarazo, porque me da miedo que la guagua esté más grande, que se mueran al abortar y la policía llegue hasta mí”, Belén, 32 años, quien no terminó la universidad porque quedó embarazada y tuvo a su hijo.

En Paula entramos a Google y tipeamos “vendo Misotrol”. Hicimos la búsqueda sólo en páginas de Chile y decenas de avisos aparecieron en pantalla. La mayoría estaba en foros universitarios. Vendedores de todo el país ofrecían dosis de cuatro pastillas y respondían cualquier duda a través del mail. Les escribimos a 26 personas. “Hola, ¿te queda Misotrol?”, preguntamos. Ocho vendedores contestaron en ocho días. Tenían las pastillas. Nos daban un número de celular para acordar el sitio y la hora de la transacción. Proponían juntarnos en plazas o estaciones de Metro. Pero en lugar de comprarles el medicamento, les pedimos una entrevista. Cuatro aceptaron. Una de ellas fue Dani, la egresada de Diseño que financia sus gastos con la venta de Misotrol.

“Yo usé Misotrol para abortar cuando tenía 17 años. Estaba en segundo medio. Lo único que se me pasaba por la cabeza era que si mamá sabía me iba a echar de la casa. Soy hija única y siempre me ha dicho que la desilusión más grande que le puedo dar es quedar embarazada. Quería terminar mi carrera, y con guagua no iba a poder hacerlo”, dice Dani. “Mi pololo había escuchado que existían unas pastillas para abortar y habló con un amigo químico farmacéutico. Él nos vendió cuatro pastillas de Misotrol a la mala, sin receta médica. Ese mismo día las usé. Volví a hablar con el químico un año después, cuando se embarazó una amiga. Esa vez me vendió el frasco entero. Me costó 30 lucas. Después mi pololo y yo empezamos a vender las pastillas que sobraron para recuperar la plata.

Las primeras se las vendimos a conocidos. La venta se fue masificando cuando pusimos un aviso en internet. Como nos resultó fácil, seguimos. Ahora vendo un frasco entero a la semana y ya llevo dos años en esto. Mi proveedor sigue siendo el químico farmacéutico. Yo creo que me va tan bien porque vendo barato, a veinte lucas la dosis. Me llaman de todo Chile. De regiones me mandan la plata con un giro postal y yo les envío las pastillas por Chilexpress, en el frasco original o en los tubos negros de los rollos de fotos. Siento que ayudo a la gente. Siempre me agradecen cuando les paso las pastillas. Me dicen: ‘Pucha, te pasaste, me salvaste la vida’. Nunca he tenido un problema”, dice Dani. Sabe que lo que hace es ilegal, pero no tiene idea a qué pena se expone con su negocio.

Los traficantes de Misotrol no cometen un delito, sino una falta al Código Sanitario por vender medicamentos fuera de una farmacia. Si un juez los encuentra culpables puede sancionarlos con multas que van desde los 3 mil hasta los 31 millones de pesos. En los últimos dos años, la Brigada del Cibercrimen de la Policía ha investigado cinco casos de venta de Misotrol. “Generalmente el vendedor
y el comprador se contactan por mail. Nosotros establecemos la dirección de dónde salieron los correos electrónicos y damos con la persona que los envió”, dice Bárbara León, subinspectora de la brigada. “Pero sólo actuamos cuando hay una denuncia”, agrega.

Las sanciones se limitan a multas, porque la venta de este medicamento no está necesariamente asociada a un aborto. Misotrol es el nombre de fantasía del misoprostol, una prostaglandina sintética que fue diseñada originalmente para combatir las úlceras gástricas producidas por el uso de ciertos antiinflamatorios. “Han salido medicamentos más efectivos y con menos efectos secundarios, por lo que el Misotrol se receta cada vez menos para estas úlceras”, dice el doctor Edmundo Hofmann, gastroenterólogo de la Clínica Alemana de Temuco. Justamente, uno de los efectos secundarios del medicamento es que puede producir abortos en embarazos tempranos. Por eso, por iniciativa del laboratorio fabricante, se vende con receta retenida. Y sólo está disponible en una de las tres grandes cadenas de farmacias del país.

Actualmente, el uso del Misotrol es más común en obstetricia. “Se emplea con mujeres que sufren un aborto retenido; es decir, cuando el embrión o el feto ha muerto. Este medicamento provoca contracciones que vacían el útero”, dice Andrea Schilling, ginecobstetra de la Clínica Alemana de Santiago. “También es útil para inducir partos vaginales en guaguas de término, porque
ablanda y dilata el cuello uterino”, agrega.

La doctora también está consciente del otro uso del Misotrol. En la Unidad de Atención Integral de la Adolescencia de la Clínica Alemana, donde atiende a pacientes escolares y universitarias, ha recibido a estudiantes que llegan embarazadas y con la idea de provocarse un aborto con este medicamento. “Vienen con la investigación hecha. En internet han averiguado cómo se usa,
cuánto cuesta, qué efectos produce y dónde encontrarlo. Están desesperadas, cargan con toda la culpa solas, pero el aborto no es el fracaso de esa mujer. Es el fracaso de su familia, su pareja y hasta del gobierno, que no le ofrece resguardo económico ni le garantiza la no discriminación por ser madre. Si estas mujeres se sintieran acogidas, no pensarían en abortar”, dice.

En las páginas web donde se habla del Misotrol hay mucha información, pero no toda es correcta. Lo que está comprobado médicamente es que es peligroso usarlo para abortar después de la octava semana de gestación, porque puede producir un aborto incompleto o la guagua puede sobrevivir y nacer con malformaciones. Pero si se usa en los dos primeros meses de embarazo, lo que hace el medicamento es imitar un aborto espontáneo. Con el Misotrol el riesgo de que se produzcan infecciones, perforaciones del útero o hemorragias que terminen en infertilidad o en muerte de la paciente es mucho menor que en un aborto quirúrgico, sobre todo si éste es clandestino.

Pero una sobredosis de Misotrol es mortal. En 1998 el médico Eduardo Israel, ginecólogo del Hospital Base de Valdivia, publicó el caso de una mujer de 28 años, casada, embarazada de cinco semanas, que se introdujo el medicamento vaginalmente para abortar. El artículo, publicado en la Revista Chilena de Ginecología y Obstetricia, relata que la mujer llegó en coma a la Urgencia y murió de un paro cardiorrespiratorio en la UCI del hospital. “La paciente se había introducido en la vagina 56 pastillas, equivalente a dos frascos enteros de Misotrol. Sufrió una intoxicación por uso masivo del medicamento”, dice el médico.

La decisión

“Estaba en primer año de universidad y quedé embarazada. Entonces me acordé de que había escuchado que existían unas pastillas para abortar. Como que se sabe. Es cultura general”, Andrea, 19 años. “Pensé que no podía tener esa guagua. Me metí a internet y contacté a una vendedora. Una semana después le mandé la plata y ella me envió las pastillas por encomienda”, Valentina, 19 años,
estudiante de Párvulos. “No tengo ningún contacto, ningún doctor amigo, y me conseguí el Misotrol de todas maneras. Lo hice sola. Es increíble lo fácil que fue”, Isabel, 20 años, estudiante de Sicología. Antonia, estudiante de Teatro de 21 años, supo que estaba embarazada el 17 de agosto del año pasado. Siete días después abortó su guagua. Hasta el último minuto dudó en hacerlo. “¿Estás segura?”, le preguntó su pololo, José Tomás, estudiante de Ingeniería de 21 años, con las cuatro pastillas de Misotrol en la mano.

Antonia pensaba en la ecografía que se había hecho para confirmar su embarazo de seis semanas y en los latidos del corazón del embrión. Pero también pensaba que si tenía la guagua sus papás no le iban a seguir pagando la carrera. Recostada en la cama de José Tomás, los dos solos en la casa de él, ella le dijo: “Dale, ya estamos en esto”. A las 12 de la noche su pololo le puso las pastillas bien adentro, tal como habían leído en internet que había que hacerlo.

Sabían que pronto vendrían los dolores y la hemorragia. Antonia los esperó abrigada con una manta. A las dos de la mañana lloraba de dolor y le rogaba a José Tomás que la llevara a una clínica. Pero al final se aguantó. “Habíamos leído en internet que sólo había que ir a una urgencia si a uno le daba fiebre alta, no podía respirar o vomitaba sin parar. Nada de eso me estaba pasando, así es que José Tomás mantuvo la calma y no me llevó a la clínica. En la Urgencia podrían haber visto los restos de las pastillas y tal vez me hubieran llevado detenida por aborto. En ese minuto estaba aterrada por la hemorragia. Tuve que sentarme en el baño porque botaba y botaba sangre. Después se detuvo un poco y me tendí en la cama. Me puse tres toallitas nocturnas que me tenía que cambiar cada hora”, cuenta.

A las seis de la mañana los dolores disminuyeron y se quedó dormida. Despertó a la una de la tarde. Estaba aliviada. “Una semana después empecé a sentir una rabia inmensa contra José Tomás. Después me di cuenta de que estaba proyectando en él la rabia que sentía contra mí misma por haber abortado. Pasé meses arrepentidísima, pero si retrocediera en el tiempo lo haría de nuevo. Con
una guagua tenía demasiado que perder”, dice Antonia. Ella y José Tomás andan con la ecografía de su guagua en la billetera. El Misotrol les funcionó. Eso sucede en la mayoría de los casos. Pero hay excepciones.

Isidora, estudiante de Relaciones Públicas de 23 años, se consiguió las pastillas de Misotrol y decidió usarlas. Las tuvo en sus manos dos días después de saber que estaba embarazada de un pololo con el que había terminado. Se fue a alojar a la casa de una amiga y se puso la dosis. Vinieron los vómitos, la diarrea y el dolor, pero no sangró. Al día siguiente se hizo una ecografía para saber qué había pasado. El aborto no había resultado.

El embrión estaba intacto. El médico detectó que Isidora tenía una peritonitis –no relacionada con el uso de Misotrol– y debía operarse de urgencia. Ella no quería, porque le daba miedo que sus padres se enteraran de que estaba embarazada, pero el médico le dijo que corría el riesgo de morir de septicemia.

“Colapsé. No soporté el secreto. Fui a mi casa y le conté todo a mi mamá: que estaba embarazada, que había tratado de abortar, que tenía peritonitis y tenía que operarme al tiro”, dice Isidora. “Lloramos las dos, abrazadas. Después me llevó a la clínica. Mientras me preparaban para entrar a pabellón, llamó a mi papá por teléfono y le contó. Lo que más me aterraba de estar embarazada era la reacción de mis papás y ese momento ya estaba pasando. Cuando salí del pabellón mi papá habló conmigo. Me preguntó por qué había tratado de abortar, que eso era mucho peor que quedar embarazada.

Estaba enojado, pero me dijo que él y mi mamá me iban a apoyar. Aunque son súper conservadores, su reacción no fue tan terrible como imaginaba”. A la semana siguiente Isidora fue con su mamá a hacerse otra ecografía. “Le conté al doctor que la guagua no había sido planeada y él me dijo que si quería abortar lo más seguro era que usara Misotrol, pero que me lo tenía que conseguir por mi cuenta. Me lo dijo delante de mi mamá. Al salir de la consulta, ella me pidió que por favor no volviera a pensar en abortar, que la guagua era bienvenida en la casa. Ahora mi hijo tiene seis meses y se
llama Matías”, dice Isidora.

El día después

“Hace nueve semanas me hice un aborto con Misotrol. Me pareció una solución rápida, segura y a la mano, pero igual me siento culpable”, Romina, 20 años, estudiante universitaria.
“Antes de venderles las pastillas les pregunto si están seguras, si lo hacen por decisión propia o porque las presiona el pololo. Les digo que me llamen otro día, después de haberlo pensado bien”, Lucía, 19 años, estudiante universitaria.

Lucía sólo apaga el celular cuando tiene prueba en la universidad. El resto del tiempo lo contesta siempre, aunque esté en clases, aunque sea de noche. “Si no, pierdo compradores”, dice. Empezó el negocio hace tres meses y ha vendido 14 dosis de Misotrol. Se lo consigue con un amigo enfermero.

“Me llaman unas cinco personas a la semana para preguntarme por las pastillas. Son universitarias que tienen entre 18 y 25 años. Nos juntamos en estaciones de Metro. Les pregunto cómo andan vestidas para ubicarlas. Las miro de lejos y si no veo carabineros y todo me parece normal, me acerco a ellas. Se ven como avergonzadas. Andan con mochila y noto que tienen miedo de que las estafen, porque se sabe que hay gente que vende pastillas falsas. Yo trato de darles confianza, de hacer que se sientan comprendidas. Me dan pena. Las entiendo demasiado bien. Yo usé Misotrol hace ocho meses”.

Lucía había egresado del colegio y estaba a punto de matricularse en la universidad cuando quedó embarazada de su pololo. “Tenía la vida armada y justo me pasó esto. Con mi pololo pensamos en un aborto quirúrgico, pero es más peligroso, más caro, más invasivo y más traumático que las pastillas. Corre riesgo tu fertilidad y tu vida. Además, no conocíamos a ningún médico que pudiera hacerlo. Investigamos más del Misotrol y nos pareció una opción más segura. Mi pololo contactó por internet a un tipo que vendía las pastillas y se juntaron en el Metro. Yo no fui, porque estaba en shock. Sentía apego por el embrión, pero decidí abortar porque no me atrevía a contar en mi casa y quería entrar a la universidad. Tenía cinco semanas de embarazo cuando me puse las pastillas.

Eran las dos de la tarde y estábamos en la casa de mi pololo, no había nadie más. Desde las cuatro hasta las ocho viví un infierno. Con la hemorragia sentía que la guagua se estaba desprendiendo de mí. Mi pololo me consolaba, pero no podía hacer mucho. Como mujer, estás sola en esto”, dice. Al día siguiente, ya en su casa, se encerró en la pieza y lloró durante horas. “Pienso que era lo único que podía hacer. Pero me pesa. Me da vueltas en la cabeza, pienso de qué sexo era la guagua, cómo hubiera sido su cara. Siempre les cuento mi experiencia a las niñas que me contactan para comprar Misotrol, para que sepan en qué se están metiendo. La mitad de ellas me pide las pastillas de todas maneras. La otra mitad no me vuelve a llamar”.

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