Retratos a domicilio en la era de las selfies

Reportajes y Entrevistas

Retratos a domicilio en la era de las selfies

Por JUAN JOSÉ RICHARDS / FOTOS CONSTANZA MIRANDA

Dos pintoras figurativas que no se conocían decidieron empezar un proyecto juntas. La idea es ir a casas de extraños a pintarlos en sus espacios íntimos en un servicio que cuesta sólo cinco mil pesos. ¿El desafío? Que los retratados se dejen representar en una época en que cada persona está a cargo de la imagen que proyecta socialmente. Aquí el llamado es a entregarse a la mirada de otro.

“El retrato es algo eterno”, dice la pintora Magdalena Contreras. “Uno puede hacer personas, escenas y retratos de animales por siempre. Y, sin embargo, yo que desde hace años pinto a cercanos o familiares, empecé a sentir la necesidad de encontrar nuevas caras. Ya había pintado a mi papá treinta veces”, cuenta riéndose. El 2017, en una exposición colectiva, conoció a Aranzazu Moena, también pintora figurativa como ella y le contó esta inquietud.

“Vi una afinidad entre nuestros trabajos y la posibilidad de hacer algo más performático, así que le comenté que quizás podríamos hacer retratos fuera del taller”, recuerda Magdalena. “Estábamos en un cumpleaños cuando la Maya me comentó esta idea. Pensamos qué pasaría si íbamos a hacer los retratos a las casas de las personas. Era raro ir sola a la casa de un extraño, pero de a dos funcionaba”, recuerda Aranzazu. “Encontré entretenido hacer algo que tergiversara al personaje del pintor que pinta por plata”. Así fue como junto a Magdalena, de a poco, le empezaron a dar forma al proyecto A Domicilio Retratos. Planearon cómo llegar a las casas, qué hacer ahí, cuál sería la estética y sobre todo el tono que tendría la idea. “Si hay algo que define esto, es el humor”, dicen.

Pero quizás lo más determinante fue el precio que le adjudicaron a su servicio. Decidieron que sería accesible, así que convinieron en cinco mil pesos por retrato y esto definió la estética del proyecto. Redactaron un convenio de veinticinco cláusulas que les enviarían a los retratados antes de agendar una fecha, en el que se estipula que todos los retratos son individuales, de 30 x 40 centímetros, y que “los sujetos retratados tienen que ser seres humanos. Cualquier petición de retrato de animales, plantas u objetos, será negada”.

El primer cliente fue Nicolás Rojas Inostroza, un periodista con el que Aranzasu tenía un amigo en común. “No era alguien tan cercano y fuimos las dos a su casa. Estábamos nerviosas, pero él entendió muy bien el proyecto. Nos respondió con el mismo tono que tenemos”. Ese tono burocrático del contrato y sus cláusulas lo da Patricio, el secretario ejecutivo de A Domicilio Retratos, quien responde los mails y agenda visitas.

El proyecto funciona así: los interesados escriben a adomicilioretrato@gmail.com, Patricio les responde un mail con el contrato y las posibilidades de fechas, y se agenda una visita. Una vez que acordado eso, durante la visita se hace un boceto rápido a lápiz además de un registro fotográfico. Arazazu y Magdalena eligen el lugar donde harán el retrato, que generalmente es el living. “La foto con la que vamos a trabajar también la elegimos nosotras”, explican.

“Actualmente las personas están acostumbradas a autoeditarse. Cuando se sube una foto a Instagram o a Tinder uno se autorepresenta, elige el ángulo, la expresión, todo”, dicen las pintoras. “Cuando uno retrata a una persona es la mirada de otro frente a ti”. Las dos se van turnando para quién parte el boceto, que luego la otra remata. “Ninguna pintura es 100% obra de una de nosotras, y por eso todas están firmadas por las dos”.

“Nos interesa mucho las personas que nos contactan y en qué momento de su vida deciden retratarse. Hasta ahora nos han llamado muchos más hombres que mujeres”, dicen. En pocos meses, han hecho más de 40 obras. Tras la visita a la casa del retratado, las autoras tienen un plazo máximo de tres semanas para entregar el trabajo, que va acompañado de un certificado de autenticidad.

Entre ida y vuelta, los materiales y el tiempo –sin contar la mano de obra– el costo de cada retrato supera bastante su valor. “No nos importa salir para atrás económicamente, porque lo que nos interesa es el proyecto. Como experiencia es extraordinaria”, dice Aranzazu. “Parte del tema es dejar de lado la solemnidad de comprar una obra de arte. Además, las dos compartimos la idea de que, en general, los precios están súper inflados, por eso acá quisimos hacer todo lo contrario”, dice Magdalena.

En diciembre harán una exposición de la primera parte del proyecto, donde mostrarán los retratos y también harán una residencia. Y dado el espíritu de A Domicilio Retratos, la muestra no será en una galería, sino que en una casa. “Para mí ha sido difícil pasar de pintar conocidos a extraños”, explica Magdalena. “Pero es interesante conocer a estos extraños, en las sesiones hablamos mucho”. “A mí me ha servido para soltarme. Me he tomado libertades y he optado por decisiones más arrebatadas que en mis propias pinturas”, cuenta Aranzazu.

Desde el taller en el barrio barrio Concha y Toro donde terminan sus pinturas, aseguran que hay tres factores que determinan cuándo un retrato está listo. Uno es el tiempo. “Como tenemos que hacer muchos, armamos un calendario y no podemos extendernos”, cuentan. Luego está la semejanza: que la pintura se parezca al retratado. Y, finalmente, que lo que se entrega sea una buena pintura. “No porque cueste cinco mil pesos va a ser un retrato mal pintado”.

En Instagram: @adomicilioretratos.

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