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27 julio, 2017
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Revivir literariamente a un desaparecido

Miguel Lafferte es antropólogo, tiene 35 años y es un escritor autodidacta al que hay que ponerle atención. Hijo de padres miristas, en su segunda novela, Monte Maravilla, narra con gran destreza y como un relato de aventuras, la historia de un abogado que decide seguirle la pista a una víctima de la dictadura que está persiguiendo a su victimario.

Por Pilar Navarrete / Fotografía: Rodrigo Chodil


Paula 1231. Sábado 29 de julio de 2017.

“Yo estaba allí cuando sucedió. Se suponía que el tipo estaba muerto. Estaba desaparecido desde 1976; figuraba en el Memorial de los Detenidos Desaparecidos del Cementerio General. Pero regresó. Regresó para encarar a sus asesinos”. Así comienza Monte Maravilla (Random House), la segunda novela de Miguel Lafferte. Antes, en su primera novela Máquinas de Escribir (Lom) ya había contado una historia detectivesca de la CNI pero a través de las máquinas que ocupaban sus agentes para redactar informes. Ambos libros están tan bien documentados que es difícil distinguir qué es real y qué es ficción.

Miguel Lafferte nació en Recoleta, en 1981. La primera parte de su infancia transcurrió en dictadura. Su abuelo fue militante del PC, su abuela y sus padres del MIR. “Como mis papás militaban en un partido político prohibido, nos cambiábamos mucho de casa. Al final de la dictadura, nos asentamos un poco y ahí empecé a leer vorazmente libros de aventuras: El mundo perdido de Arthur Conan Doyle, Los viajes de Simbad. En esa época veía mucha tele y me gustaba escribir cuentos: me basaba en las sinopsis de Terminator 2 o Alien y les armaba mi propio final”.

Por sus lecturas de adolescente se proyectaba como un aventurero o un viajero. Por eso, dice, entró a estudiar Antropología en la Universidad de Chile, para terminar siendo arqueólogo. Pero en la universidad, la carrera lo desilusionó por monótona. Igual terminó Antropología. Hoy trabaja haciendo clases en la Universidad Alberto Hurtado. “Entonces me puse a escribir de manera seria. Hice un trato conmigo mismo. Dije: ‘si todos los grandes escritores se han demorado 3 o 5 años en escribir sus grandes novelas y yo estudié 5 años una carrera que me va a permitir vivir, no va a ser malo que dedique, en paralelo a mi trabajo, unos 5 años en escribir algo’”.

Poca gente se atreve a escribir historias de aventuras sobre el periodo de la dictadura. ¿Por qué elegiste ese tema?
Escribir sobre la dictadura fue un método para optimizar el eterno e interminable proceso de aprender a escribir novelas bajo la premisa conocida de “escribe sobre lo que sabes”. Entonces, en vez de ponerme a escribir de ferrocarriles, tenía eso a mano. Como tengo familiares que estuvieron involucrados en la oposición a la dictadura y sufrieron con ella –mi abuelo fue exonerado y mis papás se conocieron como exiliados en Alemania–, tenía ese bagaje y pensé que podía ser útil.

Tus padres eran del MIR. ¿Cómo marcó eso tu infancia?
Mi infancia transcurrió en dictadura y yo era consciente  de lo que pasaba, pero desde un punto de vista infantil. Por eso muchas de las cosas que a otras personas les parecían negativas, a mí como niño me parecieron un poco más entretenidas.

¿Cómo qué?
Supongo que el relato de que había un villano, gente mala, y una lucha contra eso. Ese relato épico era entretenido, como La Guerra de las Galaxias: los rebeldes, la resistencia.

Entonces echaste mano a todo eso para escribir Monte Maravilla.
Sí. Pero mi ánimo de escribir novelas es bien honesto en el sentido de que a mí me gustan las novelas. Me gustan las cosas que salen del sombrero y que son fabulosas y ficticias. Las historias bien construidas. Entonces, claro. Hay una separación ahí. Ese origen es parte de mi historia pero también hay un intento por básicamente escribir el tipo de novela que a mí me gustaría leer: una novela entretenida.

Para construir al protagonista de Monte Maravilla, un abogado de poca monta, Lafferte se inspiró en la observación que hacía de los abogados que abundan en las bibliotecas públicas, de las que se declara usuario intensivo “porque mis hábitos de lectura no son compatibles con mis ingresos”, dice.

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