Ricardo Cona, diseñador: “Yo era un gay muy machista y prejuicioso”

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Ricardo Cona, diseñador: “Yo era un gay muy machista y prejuicioso”

Por Alejandra Villalobos / Fotografías Carlos Burboa / Maquillaje Tyare Dreyer

Mapuche, homosexual, hijo de carabinero y sobreviviente de cáncer. A sus 42 años, el diseñador de modas Ricardo Vergara Cona no piensa mucho en el futuro y se concentra más en sus proyectos actuales. Tampoco le afectan demasiado las críticas y se siente responsable de mantener viva la cultura de su pueblo. Asegura que hay manos prodigiosas en la alta costura nacional, pero dice que viven prácticamente “por amor al arte”.

Su primer apellido no es Cona, es Vergara. No sabe hablar mapudungun y tampoco se crió bajo las costumbres del pueblo mapuche, pero cuando estudió diseño de vestuario decidió tomar el apellido de su madre -tal como se hacía antes de la conquista española- no por una “cuestión de marca, ni porque suena más cool”, como precisa, sino porque mientras avanzaba en su proceso creativo se acercó a sus raíces.

Oriundo de Lautaro, localidad cercana a Temuco, pasó toda su infancia y juventud en un barrio militar -en plena dictadura- porque su casa estaba frente al regimiento. “Me sentía un poco como el niño del pijamas a rayas. Yo no lo pasaba muy bien siendo gay y mapuche en este barrio militarizado, me sentía muy extraño, fuera de lugar, pero creo que finalmente me sirvió, porque pasé tanto tiempo encerrado en mi casa que me puse más creativo ”, cuenta.

¿Sufriste bullying?
Sí, todos me hacían bullying. Además tenía el rollo de que una de mis hermanas era muy masculina, y yo era superdelicado, tranquilo, no me quería ensuciar jugando porque me vestían de blanco. Igual eso me ayudó a agudizar mi sentido de la observación, porque por mucho tiempo no me atreví a salir a la calle y miraba mucho por la ventana, me fui acostumbrando a estar solo y a dibujar.

Aunque tuvo una infancia difícil, a sus veinte vino su renacer. Llegó a Santiago para estudiar diseño gráfico, y si bien solo duró un año le ayudó a liberarse. “Justo se estaba abriendo el mundo gay, se empezó a naturalizar mucho más, porque incluso para mí antes el gay era o travesti o peluquero, pero cuando llegué a Santiago se me abrió el mundo, y si bien me fue mal en la carrera -tuve que volver a Lautaro a trabajar con mi viejo- me cambió la mentalidad. Fui parte de esa generación que visibilizó el mundo gay”, cuenta.
A los 29 años decidió volver a estudiar. “Le prometí a mi papá que me iba a esforzar, que ya no era cabro chico, y logré convencerlo de que me apoyara para inscribirme en gastronomía”.

¿Y por qué no diseño de vestuario?
Porque tenía muchos prejuicios. Como ‘maricón de pueblo’, para mí los diseñadores de vestuario eran lo peor. Yo era un gay muy machista y prejuicioso, terrible. Pero todo cambió cuando vi a un productor de modas superserio y varonil, dibujando un boceto de moda; lo encontré increíble. Desde ese momento se me cayeron los prejuicios y me obsesioné dibujando.
Postuló a una beca indígena y por tercera vez convenció a su papá de que lo apoyara para estudiar diseño de vestuario. Esta vez la condición era clara: tenía que ser el mejor. Y lo logró, terminó con excelencia académica.

Otra oportunidad

Dos años tardó Ricardo en crear su primera colección de ocho vestidos de alta costura, a la que no le puso nombre. Llevaba todo ese tiempo trabajando en ella en Lautaro, y no sabía muy bien cómo seguir avanzando. Subió fotos de detalles a Facebook, hasta que un día, en 2014, recibió una invitación para participar de un pequeño desfile. El 2015 vino la invitación al Santiago Fashion Week, donde presentó su segunda colección inspirada en el pueblo mapuche, pero su gran oportunidad vino meses después, cuando el fallecido productor Pablo Gálvez lo llamó para ofrecerle vestir una noche a Carola de Moras en el Festival de Viña. Ricardo aceptó feliz a pesar de estar recién operado de una hernia en la cadera. Veinte días después le diagnosticaron cáncer. “Fue terrible. Era enero del 2016, tenía que entregar sí o sí el vestido, y el cáncer que me dio -linfoma de Hodgkin- era muy doloroso. Fue una época bien dura”, recuerda. A pesar de todo, su determinación era tan grande que convenció a su familia y al equipo médico para que antes de internarse en el Hospital del Salvador pasara por su taller para dejar todo coordinado para terminar los detalles del vestido. Cuando Carola de Moras lo lució, Ricardo estaba en la sala común del hospital con otros pacientes viéndolo en un pequeño televisor. Todos aplaudieron y su teléfono no paró de sonar. “Recibí mucho cariño”, cuenta.

Cuatro meses lo atacó el cáncer y finalmente, gracias el tratamiento, logró remitirlo. Cuando volvió a las pistas lo hizo renovado; tanta era su felicidad por esta segunda oportunidad que en un mes hizo una colección que presentó en Concepción y luego en Torres del Paine. “Todo se fue rearmando de a poco”, dice sentado en su departamento-taller en Providencia, donde recibe a sus clientas y novias.

¿Cómo te tomaste las críticas al vestido que lució la conductora y comediante Maly Jorquiera en el Festival de Viña?
Bien, lo que pasa es que yo trato de que los vestidos representen a mis clientas, y claro, se rieron de la flor del vestido de Mali diciendo que parecía de goma eva, que era infantil, pero es que con ella el proceso de creación fue así, puro juego y risas, y ella quedó feliz, que es lo que me importa.

¿Cómo ves la alta costura en nuestro país?
Creo que hay manos prodigiosas como las de Claudio Mansilla, y que hay muchos diseñadores buenos como Matías Hernán, Paulo Méndez y varios otros. Existimos, pero en una industria inexistente. Es muy difícil porque no tenemos el apoyo de nadie y lamentablemente en Chile no se valoran mucho la moda local, los desfiles, las creaciones. Vivimos un poco por amor al arte, y si no tienes una familia o una red que te apoye es muy difícil surgir. Hoy día me siento como Tarzán, saltando de una liana, esperando que llegue la otra para no caer.

Mantener viva la cultura

Aunque creció alejado de las costumbres mapuches, Ricardo se abandera con la cultura del pueblo que lleva en la sangre. “Quiero ayudar a revalorizar su estética, su arte. La gente cree que todos los mapuches están metidos en el conflicto, pero no es así, son sectores; somos muchos los que queremos seguir manteniendo viva la cultura y yo me pongo la camiseta por eso”, dice.
Hoy no solo es hijo ilustre de Lautaro, sino que además el seremi de Educación lo nombró Embajador de la Educación Pública por sus aportes a la cultura mapuche. “Ahora hago talleres a señoras en Lautaro, y me llena el alma. Además, este año me sumé a una cooperativa llamada Kümelka con otros cuatro artistas mapuches con los que estamos preparando una muestra llamada Tue Tue. La vamos a presentar para el We Tripantu (año nuevo mapuche), que se celebra el 21 de junio, primero en Lautaro y después en Santiago. Tenemos hartos proyectos en mente”.

¿Y algún sueño por cumplir?
Tengo metas a largo plazo, pero sueño con mis proyectos actuales; después de tener cáncer, trato de vivir el día a día.

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