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7 octubre, 2017
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Romina Ramírez: la candidata trans

Tiene 37 años, es licenciada en Historia y Geografía de la UMCE y es la única transgénero que se jugará un cupo en las elecciones de noviembre registrada en el Servel, donde avalaron llevar su nombre social en la papeleta. Aquí, relata en primera persona el camino que la impulsó a postular a un cargo público como Core por el Partido Ecologista Verde por la circunscripción provincial Santiago II.

Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: Rodrigo Chodil


Paula.cl

“Nací y crecí en las poblaciones El Castillo y Santo Tomás de La Pintana. Mi papá era chofer de micro, mi mamá, dueña de casa y fui el mayor de tres hermanos. Sufrí mucha violencia que no sé si alguna vez pueda perdonar. Cuando tenía 15 años mis padres se separaron. Mi papá se metió en la droga y desde entonces lo he vuelto a ver tres veces. Mi mamá se dedicó a trabajar. Fue un periodo de mucha soledad. Me acostaba y me levantaba con hambre. Mi mamá me pasaba echando de la casa, yo vivía en casas de amigos.

La primera vez que me vestí como mujer tenía 10 años. Mi mamá había ido a comprar pan a la amasandería que estaba a 10 cuadras de mi casa. Fui a su clóset, me vestí con su ropa y me miré al espejo. Sonreí.

Fui a un colegio público que parecía una cárcel. Asumí que me gustaban los hombres cuando tenía 15 años. Sufrí bullying. Me di cuenta que era por mis conductas. Ahí reprimí todo lo que yo era y me volví introvertida, tímida, quería pasar desapercibida, fue una estrategia social. Comencé a tener tartamudez y me orinaba en la cama.

A los 16 me enamoré de un hombre heterosexual con quien mantuve una relación secreta durante 6 años. Estaba enamorada, era con quien podía canalizar toda mi parte femenina. Luego de terminar conmigo comenzó una relación con una mujer. Fue un golpe terrible. No quería reconocerlo, pero me había dejado por una mujer, lo que yo siempre había querido ser. Caí en una depresión profunda.

Siempre quise ir a la universidad. Siempre me gustó estudiar y en la básica sacaba los primeros lugares en notas. A los 22 años entré a estudiar Historia a la UMCE (Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación). Cuando tenía todos mis ramos aprobados y la práctica hecha, congelé, producto de la depresión. El año pasado retomé y aprobé la tesis.

Un amigo me invitó a participar en un concurso de transformistas, en un local en Bellavista, cuando tenía 27 años. En el momento que terminaron de maquillarme y me vi al espejo, me gustó cómo me veía. De Rodrigo, mi nombre legal, ya no quedaba nada. Gané entre 10 participantes.

Ser trans para mí era algo malo. Yo tuve la educación de los 80 y 90. En la población había un estigma, el trans era quien hacía el ridículo en la calle. Delincuencia, prostitución, drogas, alcohol, sida. Lo que yo sabía de un travesti era que era la loca del barrio.

Ser Rodrigo (su nombre legal) era adoptar un personaje. El Rodrigo era fome, se vestía de polerón y buzo. Pero cuando me vestía de mujer sentía que renacía mi personalidad, me sentía cómoda, florecía.

Seguí haciendo transformismo en un local clandestino en Manuel Montt, donde llegaban chicas trans de clóset y chicos. Hacía playback, cantaba e imitaba. Ahí conocí a hombres que querían hablarme y salir conmigo. Me empezaron a tratar como mujer. Me convencí de que quería serlo y  me enfrenté a los paradigmas que tenía de lo trans. Comencé un tratamiento con hormonas.

‘No te van a dar trabajo en ningún lado, vas a terminar en un departamento prostituyéndote’, me dijeron algunos amigos cuando les dije que era trans. Postular a un cargo público también es llevar una bandera de lucha y demostrar que las trans podemos estar en todos esos espacios también.

Trabajé 6 años en un call center. Nos pagaban poco y los perfiles de quienes trabajábamos ahí eran mamás solteras y cabros jóvenes, quienes nunca me discriminaron, a diferencia de dos de mis supervisoras, cuando empecé a dejarme el pelo largo y usar ropa unisex. Me gritaban: ‘Rodrigo’, cuando ya les había dicho que ahora era Romina, o me preguntaban: ‘¿Por qué vienes maquillado?’. Inicié una demanda en la Inspección del Trabajo, fue dos meses antes de que mataran a Daniel Zamudio. La abogada me dijo: ‘Con una demanda de discriminación no vamos a llegar a ningún lado, manda una carta al gerente quejándote, eso es lo máximo que podemos hacer’.

En el gimnasio, dejé el camarín de hombres y regresé tres meses después al camarín de mujeres. Empecé a entrar al baño de mujeres en el trabajo. Cuando mataron a Daniel Zamudio pararon los acosos.

Soy transgénero, no transexual. Tengo implantes mamarios, pero no me interesa hacerme una reasignación de sexo. Mi sexo es masculino y me siento bien con ello, y mi género es femenino. No estoy en un cuerpo equivocado, estoy en un cuerpo correcto, y mi género lo construyo a mi manera, único e irrepetible. Esa es mi identidad.

La arquitectura de la sociedad está preparada para que seas hombre o mujer. Estamos hetero normados. La transición es dura, porque Chile no está preparado para recibir casillas ambiguas.

Mi activismo se gesta en la universidad. Ahí estudié la homosexualidad y el tema trans a través del pasado, a partir de la historia de Grecia y Roma y toda su construcción cultural. Fue algo así como un activismo académico.

En 20 días más me entregan un carnet que dirá Romina, en vez de Rodrigo. En noviembre voy a votar como Romina y quienes voten por mí encontrarán el nombre Romina Ramírez en la papeleta. Mi cartón de título también dirá Romina.

Las mujeres trans tenemos una doble discriminación. La discriminación a las personas de expresión ambigua es encubierta, a través de los gestos, los estereotipos, el lenguaje. El lenguaje crea realidad y lo que no se nombra, no existe.

Me gustaría trabajar como profesora en un colegio. Actualmente preparó a seis alumnos en un preuniversitario popular llamado Pedro Lemebel, donde les enseño sobre educación cívica, democracia y desarrollo y geografía. He intentado postular a colegios municipales. Creo que no me han llamado por ser trans. ‘No nos quememos acá’, deben pensar. También apoyo a los profesores del pedagógico en sus clases de educación sexual y temas trans. Colaboro en el área de Educación de género y derechos humanos de Ceres (Centro de Estudios de la Realidad Social) y estoy cursando un diplomado en Derechos Humanos en la Universidad Católica Silva Henríquez

Quiero representar a las identidades invisibilizadas que merecen también estar en estos espacios. Las personas trans tenemos las competencias como cualquier otra persona para estar en política, educación, salud. Al principio la campaña apuntó a la comunidad trans, pero nos dimos cuenta de que no obtuvimos tanto apoyo. Hoy día estoy enfocada en las personas comunes y corrientes, que son la mayoría de las que representaría si ganara y que se han demostrado abiertos a escucharme. Creo que el tema trans hoy día es más acogido. Los casos de niños han significado una apertura del tema, porque se comenzó a ver desde el desarrollo de los derechos del niño. Los derechos sociales deben ser prioridad y ese es el talón de Aquiles de la derecha”.

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