Saber cocinar

Reportajes y Entrevistas

Saber cocinar

Por Alejandra Apablaza / Collage: Silvia Caracuel

Con el mantel manchado de vino de otros domingos. Sin apuros, porque ya la hora del almuerzo se confundió con la del té. Qué importa, hay tiempo, y la sobremesa da como para seguir sentados. Partimos cocinando tarde y nuestras recetas eran trabajosas. Lo pasamos bien cortando las verduras, lavando las lechugas y conversando en la cocina. Más almuerzos como estos, todos los domingos.

Sé cocinar desde los 10 años. Soy la segunda de cinco hermanos y los domingos el arroz era mío. Lo sigue siendo porque me encanta, con un poquito de ajo y unas zanahorias en cubitos. Cuando me fui a estudiar a Valparaíso, a los 18 años, me sentí afortunada de este saber. Cocinar me dio independencia y me hizo sentir adulta. La cocina era un territorio conocido y feliz. Lo sigue siendo y cada vez más. En un cuaderno llevo anotadas las recetas de mi mamá y mi abuela, la que en mis ajetreados días universitarios llegaba con lentejas cremosas a tocarnos el timbre a mi hermana y a mi. La cocina es amor. No puedo entenderlo de otra manera. Lo heredé así. Mi mamá hacía mis tortas de cumpleaños y yo, como sea, trato de que mis hijos tengan ese recuerdo también. Aunque muchas veces la mala organización se lleve todo mi tiempo.

Dicen que el arroz me queda rico, pero eso es porque llevo años de ensayo y error. Porque nadie cocina bien de un día para otro, cocinar es un arte y como todo arte también requiere tiempo de aprendizaje. Mi primer arroz debe de haber sido asqueroso, probablemente sin sal y muy pegoteado. Tal vez el veinteavo fue un poco mejor. Tuve tiempo para ensayar, partí temprano. Me educaron en el trabajo y el rigor. Y si bien alguna vez alegué, ahora lo agradezco.

Hago muchas de las colaciones que mis hijos llevan al colegio: galletones de avena con chips de cacao o brownies de harina de almendras que aprendí en un taller de cocina natural, en donde conocí a unas buenas amigas virtuales que cada cierto tiempo veo en vivo. Envuelvo los galletones en tela encerada y les pego un sticker (mis hijos los coleccionan). Cocinando colaciones me ahorro varios envoltorios.

También sé lo que como: cuánta sal, cuánta azúcar, cuánto aceite y de qué calidad. Y de dónde viene cada ingrediente. Así me evito los colorantes y los preservantes. Mientras cocino tengo dos tachos de residuos orgánicos: uno para el hoyo del compost y otro para las gallinas. Economía circular, nada se pierde.

Actualmente cocino todos los días y me equivoco menos. Ya casi no me acuerdo que hubo un primer día de quemar arroces, de que el queque no subiera, o de darle a los perros el guiso salado y que ni ellos quisieran comérselo. Era necesario el aprendizaje: cocinar para comer y comer para sobrevivir. Algo básico en la vida.

 

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