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28 diciembre, 2016
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El sabor a sangre de las cerezas

Las 12 horas de tortura del menor Alan Peña asesinado en Temuco.

El curioso destino unió a los protagonistas. Además de compartir la pobreza y la marginación en dos mediaguas aledañas, los actores del crimen de Alan Peña se conocían. Se encontraron por primera vez hace 8 años cosechando cerezas; y las cerezas, también, originaron esta desgracia, que los podría tener en la cárcel por el resto de sus vidas.

Por Roberto Farías


Paula 1216. Sábado 31 de diciembre de 2016.

–En un momento de esas 12 horas de tortura -dice el fiscal Roberto Garrido durante la imputación de los acusados en el Tribunal Oral en lo Penal de Temuco- Víctor Chanqueo Moya, de 18 años se queda solo con la víctima. (Alan Peña de 13 años) y no le ofrece ayuda, ni alivio para sus heridas.

¿Qué pensaría Víctor? Hoy está en la cárcel de Temuco, junto a los otros dos imputados hombres Pablo Morales y Abraham Bravo, en un módulo con protección como ocurre generalmente en los crímenes de alta connotación para separarlos de los otros presos.

En esas varias horas que estuvo solo con él, entre las 22 del domingo 11 y las 01:00 AM del lunes 12, Pablo Morales fue a hacer dormir a sus dos hijas de 5 años y 6 y medio como un buen padre –y al parecer lo era, como dicen algunos vecinos, un colega y gente que lo conoció– mientras Johana Mora Vilugrón, su pareja y la madre de las niñas, había ido a trabajar por cuatro horas a una fábrica de humitas en calle Claro Solar, cerca del centro.

Víctor Chanqueo se quedó de guardián del secuestrado y torturado. Podría haberlo ayudado. Haberlo desatado al menos. Huir.

Conocía a Alan Peña de la calle. Él mismo lo había llevado a vivir a esa mediagua hacía seis meses. Se conocían desde el 2014 tras su estadía en el triste Centro Alborada del Sename de Temuco donde han muerto ya media docena de niños. Desde los 14 años Víctor tiene una docena de derivaciones a la justicia como menor de edad y tres delitos: robo de vehículos, robo en lugar no habitado y robo con intimidación. En octubre cumplió 18 años.

El escenario del crimen. En la mediagua de la izquierda vivían Johanna y Pablo. En la de la derecha, ocurrió el asesinato. Al medio el patio donde está el árbol de cerezas.

Es ya un pequeño ladrón con cara de niño. Hacía seis meses, luego de que viera a Alan durmiendo tapado con cartones en la calle Andes, le ofreció –como a otros niños y niñas del Sename, que también frecuentaban la mediagua de calle Rayenco– irse a dormir ahí cuando quisiera. Solo la noche anterior al asesinato, habían dormido ahí otros dos niños y una niña.

A Alan debe haberle parecido estupendo irse a vivir a ese cerro. No tanto por tener un colchón en el suelo donde dormir, sino porque estaba a 500 metros de la calle Villama donde, en una maltrecha propiedad de su abuela Anita, vivía su padre Óscar y sus hermanos mellizos de 6 años, C y B.

Alan iba a la casa de Villama pero últimamente solo cuando estaba su padre. Jugaba con sus hermanos y volvía a pernoctar a la calle. Tenía prohibido verlos solo, pues a mediados de 2015, su propia abuela, Carola Miranda, lo denunció a la justicia por intentar abusar sexualmente de uno de los mellizos y amenazar al otro.

Junto a la única puerta de la mediagua, delante de un espejo de medio cuerpo, permaneció Alan atado a una silla de comedor, con bolsas de plástico en las muñecas y cordeles en los pies. Vuelto hacia el interior.

Alan, según su ficha del Tribunal de Familia, tenía una conducta sexual que le venía causando problemas desde la separación de sus padres un año antes. La primera vez que cayó detenido fue en el verano de 2014. En Curacautín atacó y amenazó a una mujer de 40 años en una calle periférica. M.M.O. denunció que Alan se le acercó y se le abalanzó con un arma blanca.

–¡Quédate callada!, –le dijo Alan Peña, se lee en las primeras páginas de su expediente, cuando solo tenía 11 años–. ¡Quédate callada mierda y no te va a pasar nada! La guió hacia los matorrales.

Al seguir caminando, ella logró zafarse, empujarlo y arrancar. Corrió hacia el sector de la línea del tren y entre vecinos y Carabineros, lo detuvieron horas después. Se abrió para Alan Peña la primera hoja de su expediente 1307-2014. Lo internaron en el Sename, donde un profesional, C.F., sugiere por primera vez que podría padecer de Asperger y que debía recibir atención especializada.

Víctor Chanqueo de seguro sabía de ese episodio en Curacautín y quizá el de su hermanito. Entre los niños de la calle todo se sabe. Mientras Alan estaba cautivo y torturado. ¿Le habrá hablado? ¿Le preguntó algo esa noche?

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La mediagua, de 5 por 3 metros que arrendó por 50 mil pesos, y de cuyas mensualidades solo pagó una, no tiene divisiones internas. Solo tiene dos sillones enfrentados ante una mesa de centro, un viejo mueble sobre el que hay un televisor y una cocina de 4 platos. Al otro lado, una cómoda de 4 cajones, un catre y dos colchones. El baño es una caseta de ladrillos en el exterior.

Junto a la única puerta de la mediagua, delante de un espejo de medio cuerpo, permaneció Alan atado a una silla de comedor, con bolsas de plástico en las muñecas y cordeles en los pies. Vuelto hacia el interior.

A esa hora, entre las 22 y las 01:00, Alan Peña ya tenía el tabique de la nariz fracturado y se había desangrado bastante con los golpes de puño que le habría dado Pablo Morales, según el fiscal Roberto Garrido. Tenía la cara deshecha, como dijo su abuelo Óscar Peña cuando lo reconoció en el SML. Una mancha de sangre empezaba a crecer bajo la silla. A su espalda, que imagino curvada, el espejo. Al costado, la puerta semiabierta hacia el frontis de tierra. Afuera, un brasero en el que habían carreteado la noche anterior él con otros seis menores. Hacia el cerro, las copas de agua potable del sector alto de Temuco y, a lo lejos, el resplandor de las luces del centro.

¿Víctor habrá prendido la vieja tele a perillas para entretenerse mientras Pablo Morales hacía dormir a sus hijas? Sí tomaron café durante la noche. También declaró Víctor que fumaron un pito. Mientras su amigo de la calle, del Sename, del comercio ambulante, permanecía atado en la silla, desangrándose, seguramente amordazado, porque la pareja de ancianos que viven inmediatamente debajo de la mediagua, dicen que no oyeron nada en toda la noche del domingo al lunes. “Ni ruidos extraños, ni golpes, ni gritos”.

Veo la última selfie de Víctor Chanqueo, el pequeño ladrón, publicada el 17 de diciembre en su Facebook, echado en el pasto del terreno contiguo. Con su casaca y su cadena. Mirando hacia el cielo.

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Johana Mora Vilugrón conoció a Pablo Morales Correa a los 19 años en la cosecha de cerezas. Intentó irse a Santiago a buscar un destino mejor para ella y su hijo E., hoy de 11 años. Se detuvo a trabajar de temporera en Las Loicas, en la empresa Viveros de Rancagua, donde llegan cientos de temporeros de todo Chile. Pablo tenía 24 años y quería, a su vez, dejar su pasado en Renca. De los tres hijos de su madre Gladys, era el más loco, el más callejero.

Se emparejaron y se fueron a Temuco a vivir de allegados en la casa de la madre de Johana, Vicky Vilugrón, en la población Lin-Lin. Las medias hermanas de ella, Eva y Viviana, una cajera de supermercado y la otra técnico de párvulos, le dijeron: “¿Pero cómo te fuiste a emparejar con un gallo así?”. Por su voz ronca, lo encontraban picante, choro, “que se las sabía todas”. Prejuicio, en todo caso, que en el sur se tiene de casi todo santiaguino. Pero, con el tiempo, le reconocieron la virtud de ser esforzado y preocupado. No era flaite, ni era mal parecido. Solo que no duraba en los trabajos ni era muy emprendedor.

Entre 2010 y 2011 Johana y Pablo tuvieron dos hijas muy seguidas. En esos mismos años Pablo Morales cayó preso por consumo de drogas. Falta leve. Luego, por microtráfico. Firmó 61 días y nunca más registra delitos.

Se dedicaba al comercio ambulante de CD’s piratas. De herramientas. De pescado. Ropa usada. O cachureos en las colas de las ferias. Fue maestro pintor en la empresa Novotex durante seis meses y trabajó también como albañil en la remodelación de los departamentos sociales de calle Javiera Carrera, muy cerca de la mediagua donde vivían. Si andaba sucio era porque trabajaba, no por descuidado.

Un colega suyo dice que la pareja era buena. Tenían buena comunicación. No peleaban. A veces, como gran lujo, salían a pasear y a comerse un helado.

Hace poco más de un año, dejaron la casa de la madre de Johana y se fueron a vivir a la mediagua de calle Rayenco con sus dos hijas. Dejaron a E., el hijo mayor de Johana, en la casa de la abuela.

“El único pecado de ellos”, dice Viviana, la hermana de Johana Mora, “es que eran pobres. No surgían”. Desde la mediagua saca pilchas para llevarle a la cárcel de un desorden descomunal que quedó del allanamiento. Dos refrigeradores, uno malo que sirve de despensa y el otro congela a medias. Solo hay una cama y un colchón en el piso. Bajo un minúsculo comedor, Pablo guardaba sus herramientas de albañil. Afuera, lavadoras y televisores malos que él recolectaba de la basura y comerciaba en las ferias. Un sillón desvencijado, sobre el que descansan los dos gatos de las hijas.

Viviana no conocía la casa de su hermana. Cree que ella sentía vergüenza.

“Años antes Johana era más orgullosa”, dice una persona que la conoció trabajando de reponedora en tiendas Paris en el mall del centro de Temuco. En esa época era delgada, se teñía. Pero la pobreza también afecta el ánimo y el alma, pienso. “Últimamente la vi más gorda, descuidada, más mal genio”, dice.

Desde 2015, cuando se fueron a vivir a la mediagua de calle Rayenco, Johana dejó tiendas Paris y trabajó de asesora del hogar por días, cocinera y hace poco, por las noches, en una fábrica de humitas pelando choclos. Se turnaban con Pablo para cuidar a las niñas. Él trabajando de día y ella de noche.

“No eran malos padres”, dice la directora de la escuela El Roble donde iban las dos niñas “siempre bien vestidas. Faltaban muy poco. Tenían buena alimentación, sus útiles, sus disfraces, ella iba a las reuniones puntualmente. Alguna vez también fue Pablo”.

La mañana del lunes 12 de diciembre, las niñas tenían que ir al colegio a tomarse la foto de fin de año. El furgón las pasó a buscar, pero “don Juanito”, el conductor, solo se encontró con Carabineros por todas partes y uno que le dijo: –¿Y usted, a dónde va?

El destino es curioso. Johana conocía a Alan de oídas desde un poco antes. Cuando ella dejaba de trabajar en tiendas Paris, Alan Peña, atacó a una reponedora de 18 años.

Entre 2010 y 2011 Johana y Pablo tuvieron dos hijas muy seguidas. En esos mismos años Pablo Morales cayó preso por consumo de drogas. Falta leve. Luego, por microtráfico. Firmó 61 días y nunca más registra delitos.

El 11 de octubre de 2016, Y. LL. A. denunció que “yendo al pasillo de los baños –un área restringida– se me acercó (Alan Peña) y me preguntó algo que no entendí. Entonces me tapó la boca y me dijo ‘quédate callada y no digas nada’. Me agarró fuerte por la cintura y me tocó la zona de la vagina por sobre la ropa”. Otros trabajadores se dieron cuenta y los guardias lograron reducirlo y esperar a Carabineros que se lo llevaron detenido. Otra página que se adjuntó a su historial.

“Era súper conocido en el Mall del Centro por recorrer el patio de comidas ofreciendo sus calendarios”, dice un guardia del mall, “pero después no lo dejamos ingresar más”.

Intentó volver varias veces al patio de comidas, donde vendía sus calendarios a 100 pesos. Pero se cansó de las expulsiones. Se radicó en los paraderos de calle Manuel Rodríguez. Ahí conectó con Víctor Chanqueo.

Dos meses después de ese ataque, el Tribunal de Familia ordenó al Sename derivar a Alan Peña al programa Pas-Pewmayén, un programa especial de una fundación privada, para niños abusadores sexuales. Se suponía que él pernoctaba en Alborada, pero la verdad es que se fugaba. Una y dos veces. Incluso fue detenido por vagancia en calle Andes con Alemania junto a otros 4 menores. Sename no denunció la última fuga, el 30 de noviembre “por un error administrativo”, dice en el prontuario del niño.

En Pas-Pewmayén no quisieron dar información, pero en el propio Sename no figura ninguna atención sicológica a Alan Peña, solo papeleo. ¿Se le diagnosticó o no? ¿Era un potencial violador?

Víctor Chanqueo.

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Hace seis meses llegaron todos los actores al escenario. La mediagua donde Pablo y Johana y sus dos hijas vivían, estaba separada de la mediagua de Víctor Chanqueo, donde pernoctaban Alan y otros niños del Sename, por un terreno con árboles frutales y una casa verde que ocupa ocasionalmente una pareja joven. A solo 18 metros de distancia.

Como la mediagua de Pablo y Johana no tiene patio, porque casi cuelga del cerro, sus hijas solían entrar al sitio intermedio a jugar en los árboles de duraznos y comer cerezas.

Nadie los vio nunca juntos. Lo más probable es que se conocieran porque se topaban en la vereda, o en las calles del centro. Pablo vendiendo CDs piratas y pescado. Alan dejando calendarios por monedas y Víctor haciendo pequeños robos. Pablo, en su celular, tenía el número de Víctor. No a la inversa.

El día domingo 11 de diciembre parecía un día como tantos otros.

Johana había trabajado la noche anterior en las humitas y Pablo vendiendo cachureos en la feria en la mañana. Se fueron a dormir una siesta y las niñas, aburridas seguramente, saltaron al terreno intermedio a treparse al árbol de cerezas como un gigante que las recibía en sus brazos.

En Temuco se dan unas cerezas negras, pequeñas y deliciosas, muy dulces, que dejan en la boca, las manos y la ropa manchas que parecen vino o sangre.

Casi a las seis de la tarde se desataron las bestias del infierno. Un vecino NN vio a una de las niñas maltrecha, sucia y llorando, tapándose un ojo enrojecido, corriendo despavorida desde el terreno de las cerezas.

Según las primeras declaraciones de los implicados, ése vecino la llevó hasta la mediagua de Pablo Morales, quien despertando le preguntó qué le pasaba y ella alcanzó a decirle: “Fue el Alan. Fue el Alan”. Johana le subió el short manchado con jugo de cerezas y le vio los genitales enrojecidos (la niña había trepado al árbol). Ambos fueron al sitio de la mediagua contigua donde estaba Alan Peña. Solo.

Según la investigación, la golpiza habría comenzado a eso de las 19:00 horas. Luego supuestamente lo ataron, ya que cuando Abraham Bravo, compañero de trabajo de Johana, la pasó a buscar alrededor de esa hora para ir a la fábrica de humitas, Pablo le habría dicho: “tengo al hueón amarrado en la otra casa”, según consta en la primera declaración de Bravo a Carabineros.

Víctor Chanqueo Moya llegó a su mediagua a las 21 horas y se topó con la escena. Alan en el living, atado a la silla de comedor, con la cara ya molida a puñetes. Según la fiscalía, no lo defendió. Tampoco intentó poner paños fríos a la situación. Chanqueo ha negado haberle pegado a Alan. Lo mismo Bravo. Pero Morales ha dicho que todos lo golpearon. Es el único confeso.

Víctor Chanqueo y Alan se conocían desde 2014 tras su estadía en el Centro Alborada del Sename de Temuco donde han muerto ya seis niños. Desde los 14 años Víctor tiene una docena de derivaciones a la justicia.

Ya en su trabajo Johana había comentado que habían violado a su hija y que habían atrapado al cabro, “pero que no iba a hacer una denuncia porque a los menores de edad no les pasa nada en la justicia”.

A las 02:00 AM la patrona mandó a Johana para su casa y le pagó toda la semana. Le pidió a su compañero Abraham Bravo, que la fuera a dejar en su vehículo.

Johana Mora y Pablo Morales. Ella lo conoció cuando tenía 19 años. Hoy ambos están detenidos por la muerte de Alan Peña.

Abraham Bravo, de 43 años, no registra detenciones. Solo es otro comerciante ambulante del centro. Cuando llegaron a la mediagua –al parecer– habría presenciado y colaborado en las últimas torturas. Alguna prensa dice que hasta hubo golpes de martillo, pero no informan quién lo sostiene, ni de dónde salió la herramienta. Según fuentes de la investigación, Johana al llegar le habría cortado profundamente la mejilla a Alan dos veces con un cuchillo de cocina. Después de dejarlo desangrarse por lo menos durante dos horas –lo que se deduce por el tamaño de la mancha que dejó en el piso y las ropas de cama— Johana lo habría asfixiado con una bolsa de género reciclable de una multitienda. El niño cayó al suelo hacia la derecha, porque tenía sucia la ropa de ese lado.

Lo dieron por muerto. Pero a los cinco minutos Alan Peña recobró la conciencia pataleando en el suelo.

Pablo Morales lo levantó, lo sacó de la silla y lo colocó contra un colchón en el suelo –el mismo en que dormía Alan– y lo habría vuelto a asfixiar, esta vez con una sucia almohada, según las mismas fuentes.

Abraham Bravo volvió al trabajo casi dos horas después, ya despuntando las cuatro de la mañana.

–¿Por qué demoraste tanto? –le habría preguntado su patrona– ¿Y qué pasó con el menor y la violación y todo ese rollo? Él le habría respondido: –No se preocupe, eso ya era, ya.

A las 6 de la mañana la dueña de la fábrica de humitas llamó a Carabineros. A las 7 pasaron a buscar a Abraham Bravo para que los guiara. En el trayecto de 15 minutos, él les dio los primeros avances de lo que iban a encontrar.

Afuera de la mediagua estaba la silla del comedor con una notoria mancha de sangre en una esquina. Salió a recibirlos Pablo, Carabineros le preguntaron por el niño y al negarlo, entraron a la mediagua a revisar, revólver en mano. Víctor permaneció sentado en el sillón al fondo del cuartucho. El cuerpo de Alan estaba debajo del catre envuelto en una frazada. Levantaron un viejo y sucio choapino frente al espejo y ahí estaba la mancha oscura, negra, como de jugo de cerezas, pero de sangre.

En el verdadero basural de la mesa de centro, un polvo blanco esparcido parecía cocaína, pero no era. Cuchillos y tenedores tirados de cualquier modo ¡Un par de tazones con café reciente! Afuera ya había salido el sol hacía rato y Víctor Chenqueo Moya, el amigo de Alan del odioso Sename, su compañero de infortunio, no se movió del sillón del fondo. Permaneció cabizbajo, mirando al suelo, hasta que Carabineros lo tomaron y se lo llevaron.

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El SML descartó la violación de la niña. Otro tipo de abuso se investigará aparte. Cuatro abogados públicos defenderán a los imputados. Juan Pablo Alday, un defensor especialista en la causa mapuche, defenderá a Víctor Chanqueo por su origen.

El primer sábado de visitas, un grupo de mujeres aguardan en el exterior de la cárcel para ver a Johana. Varios hombres a Pablo Morales y otros a Abraham Bravo. Nadie visita a Víctor Chanqueo.

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