Salir de una relación violenta

Reportajes y Entrevistas

Salir de una relación violenta

Por Samantha Morales / Ilustración Gertrudis Shaw

La primera vez que vi a Felipe sentí que fue amor a primera vista. Él era el hombre ideal con el que siempre soñé. Alto, ojos verdes, fuerte. Se trató de un flechazo físico, por lo que en un principio no me importó si era buena o mala persona. Y sin conocerlo profundamente, me embarqué en una relación que terminó casi costándome la vida.

Felipe arrastraba historias bastantes escandalosas con sus ex parejas, quienes, según él, estaban locas. Era muy normal escucharlo refiriéndose a ellas con desprecio, tema que no consideré como una mala señal al comienzo. Y cuando alguien me hacía algún comentario de su pasado, yo lo defendía. Cuando llevábamos recién tres meses juntos, cometí el error de irme a vivir con él a la casa de su mamá. Ahí las cosas cambiaron radicalmente. Felipe se puso muy controlador y celoso. Estaba pendiente de cada uno de mis movimientos, incluso del de mis ojos. Si hacía contacto visual con otro hombre en la calle, se enojaba. Tampoco tenía control de sus palabras, y era capaz de decirme las cosas más hirientes del mundo. En ese periodo, yo no tenía una buena relación con mi mamá y como no tengo papá biológico, me llamaba ‘guacha’. Se preocupaba de aclararme que estaba sola y que no tenía a nadie más que a él. También se burlaba de mi físico. Me decía que era gorda, que le daba asco o que no tenía arreglo. Y cuando intentaba defenderme, me escupía en la cara.

Poco a poco fui cerrándome y alejándome de mis seres queridos. Felipe me lavó la cabeza diciéndome que a nadie le importaba. Que él era la única persona que me quería. Además, sabía que si les comentaba a mis amigas lo que me estaba pasando me iban a obligar a dejarlo, pero no quería. Aunque suene incomprensible, estaba enamorada de él. Al principio trataron de advertirme, pero me negué a escucharlas. Mi familia también supo desde el comienzo que él no era para mí. A todos les molestaba sus conductas conmigo, sin embargo, yo las tenía totalmente normalizadas.

Las agresiones físicas se fueron dando paulatinamente. Al comienzo eran empujones contra la pared cuando discutíamos, que me dejaban totalmente en shock y sin saber cómo reaccionar. Aunque parezca insólito, incluso las primeras veces me provocaron risa nerviosa. Con el tiempo se fue atreviendo a hacerme más cosas. Tengo muchos borrones de ese periodo, pero nunca voy a olvidar el más fuerte. Fue una noche en la que peleábamos en el pasillo por culpa de sus celos. Me empujó reiteradas veces contra la pared, y en una de esas, me pegué en la cabeza con la punta de una puerta. Mi ceja se inflamó y él se puso a reír. Me tiró al suelo, agarró mi brazo hacia atrás y tiró con todas sus fuerzas. Sonó el hueso y se me dislocó el hombro. La verdad es que ni siquiera lo sentí, mis sentimientos estaban apagados. Felipe se puso a llorar desconsoladamente. Agarró mi brazo, hizo un movimiento y lo volvió a encajar. Me pidió perdón y los roles se intercambiaron. Él pasó a ser la víctima y yo la que me disculpaba por provocarlo. Quedé con la zona inmóvil durante unos días, pero el dolor duró meses. Y cuando alguien me preguntaba por qué estaba adolorida, respondía que me había lastimado cargando una caja.

Las peleas eran aún peores cuando su mamá no estaba. Él me echaba de la casa a cualquier hora, aunque fuesen las cuatro de la mañana. Como no quería que nadie se enterara, tomaba una micro y me bajaba en alguna bomba de bencina a esperar que me llamara para regresar. Podía pasar horas esperando. Para contrarrestar cada maltrato, al día siguiente, dejaba un regalo bajo mi almohada. Ese gesto me aferraba a la ilusión de que podía cambiar, y que realmente estaba arrepentido. Siempre pensé que cada golpe iba a ser el último. Algunas veces, si no lo perdonaba, me amenazaba con que se iba a suicidar. Simulaba todo el acto para que me asustara. Incluso una vez esperó a que bajara a la logia para encontrármelo con una cuerda en el cuello.

A los seis meses de relación quedé embarazada, pero sus agresiones no disminuyeron. Él dejó de verme como su pareja y pasé a ser una especie de incubadora. Se quejaba constantemente de los cambios de mi cuerpo. Me encerré en la pieza y no salí por mucho tiempo. Esos nueve meses fueron un infierno. Felipe me empujaba todo el tiempo, me agarraba del cuello y me tiraba al suelo. Sabía usar la fuerza justa para que me doliera, pero sin dejar marcas. No le importaba mi estado pese a que estuviese esperando a nuestro hijo. Recuerdo, entre tantas de nuestras discusiones, la primera que me hizo darme cuenta que esto no tenía final. Estábamos en la cama peleando y me tiró un vaso de agua en la cara porque me di vuelta, ya que no quería seguir con el tema. No me atreví a hacer nada, ni siquiera a secarme, y lloré en la misma posición hasta quedarme dormida. Al día siguiente, desperté con otitis. Eso le dio una satisfacción enorme. Lo que le gustaba a él era ejercer poder sobre mí. Luego de ese episodio, me empecé a defender más. Solo con gritos, obviamente, ya que nunca me atreví a ponerle una mano encima. Sabía que podía responderme con lo mismo. El problema fue que me puse muy agresiva con todo el mundo. Si alguien me decía algo, le discutía sin razón.

Después del parto, sus burlas continuaron. Como estaba dando papa, mis pechos habían aumentado su tamaño, y a él le gustaba compararme con su ex. Me decía que ella siempre las tenía así de grandes. Cuando dejé de hacerlo, reclamaba porque se habían desinflado. Comentaba que tenía cuerpo de abuela y miraba con asco mis estrías. Como estaba en modo ‘supervivencia’, nunca me enojaba con él. Pero pasé a sentirme como un perro. Aunque me pegara, lo seguía queriendo.

El primer paso para salir de una relación así, es darse cuenta y asumir que estás involucrada en un entorno violento, pero después viene lo más difícil, que es saber cómo escapar de ahí. Busqué en internet consejos, pero, aunque me cueste admitirlo, sentía que los otros casos eran peores que los míos, quizás para defender a Felipe y hacerme creer a mí misma que lo que estaba viviendo no era tan grave. No me atrevía a dejarlo por un tema de dependencia emocional. Sentía que si me alejaba no lograría nada en la vida. Irónicamente, fue él quien tomó la decisión de terminar. En ese momento me quise morir, pero ahora lo agradezco con toda mi alma.

Un día, y de la nada, decidió echarme de su casa porque no quería estar más conmigo. Destruida, me fui a vivir a Viña donde mis abuelos. Se había roto mi proyecto. Estaba en los huesos y casi sin pelo. No perdimos el contacto, sin embargo, con el paso de los meses comencé a sentirme mejor sin su presencia. Creía que se venían cosas positivas, pero inconscientemente me imaginaba superando juntos esta etapa. A los seis meses fue mi cumpleaños y me escribió un mensaje súper largo. Al final del texto me contaba que iba a ser papá. Se me vino el mundo abajo, pero me prometió que nunca me había sido infiel. Una semana después, nació su hijo. Felipe me inventó que era prematuro, para que las fechas no calzaran. Cuando me enteré que era mentira, me hundí. Lo más absurdo fue que me dolió más saber que había estado con otra, que el hecho de sus agresiones conmigo. No quería nada con el mundo y empecé a tomar mucho alcohol. Iba a fiestas electrónicas y me preocupada de drogarme hasta terminar borrada. Así estuve durante algunos meses, hasta que un día toqué fondo. En un minuto estaba en una fiesta, y en otro, abrí mis ojos y la pista de baile se había transformado en un hospital. Tenía un tubo en la nariz y otro en la boca, y me estaban haciendo una limpieza de estómago. Me corrían las lágrimas. La doctora que me estaba atendiendo me miró y me dijo: ‘nadie vale la pena que te hagas esto’. Esa frase hizo que me prometiera a mí misma hacer lo posible para dejar a Felipe atrás.

Me puse como meta volver a Santiago, ya que acá habían muchas más oportunidades para mi emprendimiento de ropa. Estaba tan desesperada, que acepté la ayuda de Felipe para arrendar un departamento. Como soy independiente, necesitaba a alguien que acreditara el pago. Estaba a su nombre, pero yo lo pagaba. Poco a poco, fue acercándose a mí. Me hablaba mal de su pareja, me decía que estaba loca, que quería estar conmigo. Yo era muy indiferente y eso lo atraía. Me encantaría decir que corté de raíz la relación, pero no fue así. Lamentablemente, le fue infiel a su nueva pareja conmigo, y eso hizo que me diera cuenta del poco cariño que me tenía a mí misma. Una parte de mí me decía que no volviera, pero la otra decía que él era el hombre de mi vida. Aún existía esa dependencia amorosa. Era como una droga. Lamentablemente uno puede tener recaídas. Y volví a tocar fondo.

Ahí fue cuando vino el desafío más importante: sanarme y construir mi autoestima. Una relación tortuosa te deja demonios, y lo peor es que son demonios no te sueltan hasta mucho tiempo después. Es un proceso, que en mi caso fue un periodo de dos años. Mi foco estaba en conocerme y saber qué me hacía mal y qué era lo que me hacía bien. Empecé a crear círculos de contacto y a retomar mis amistades. Sabía que crear redes era la única forma de distraerme. También decidí alejar a toda persona que pudiese ser negativa. Y así, lentamente, empecé a salir adelante. En esa época me di cuenta de que terminé sumergida en este drama porque siempre me faltó afecto. Mi mamá vivió lejos durante mucho tiempo, mi papá nunca existió, y mis abuelos me adoptaron. Nunca me sentí parte de algo, perteneciente a algún lugar. Y yo sentía, no sé por qué, que Felipe me entregaba eso. Su personalidad sobreprotectora (que ahora me doy cuenta era enfermiza y no respondía al real significado), me llevó a apegarme mucho a él, aferrándome a la idea de que, en algún minuto, las cosas iban a mejorar. Hoy me quiero más. Me siento una mujer muy fuerte, con muchas ganas de crecer y aprender. Me encantaría volver a estudiar para especializarme en marketing. Y sé que lo puedo lograr. Logré, con mucho trabajo, creer en mi misma y saber que soy capaz.

Comparto lo que viví porque pienso que, quizás, mi experiencia puede ayudar a otras mujeres que están pasando actualmente por algo similar. A ellas les digo: no será fácil levantarse, pero se puede. Y si bien va a haber sufrimiento, es uno incomparable a los golpes y menosprecios. Las relaciones tóxicas pueden provocar heridas en el alma tan grandes que te acompañarán durante toda la vida, pero también salir de ellas es una oportunidad de sanar un vacío y reencontrarse con uno misma. Es muy probable que cuando te sientas lista y vuelvas a brillar, como siempre debió ser, esa persona regrese, ya que ‘el asesino siempre vuelve al lugar del crimen’. Lo importante es saber decir que no y recordar todo lo que costó volver a empezar.

 

Samantha Morales tiene 30 años y tiene un técnico en publicidad.

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