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29 noviembre, 2017
orla

El salto de Ángel Torrez

A los 12 años partió bailando en la calle en Bolivia y ganó concursos imitando los pasos de Tony Manero. Hoy es el productor del musical Fiebre de sábado por la noche que emula esa cinta y que está terminando con éxito su temporada en el Teatro Municipal de Las Condes. De cómo un niño que quedó huérfano a los 10 años ha conquistado sus sueños trata este relato en primera persona..

Por Carla Alonso / Fotografía Rodrigo Chodil / Producción Camila Letelier


Paula 1240. Sábado 2 de diciembre de 2017. Especial Navidad.

“Tengo 50 años. Soy bailarín, coreógrafo y empresario de la producción de espectáculos. Nací en Coroico, un pueblo en el norte de La Paz, donde está la parte tropical. Es una zona de plátanos, naranjas, cacao. A los 3 años perdí a mi mamá y a los 10, cuando vivía en La Paz, a mi papá. De ahí me crié solo.

Me fui de La Paz porque me producía demasiada pena quedarme ahí. Un padrino me dijo que me fuera a Cochabamba a trabajar con un conocido de él. Me fui. Empecé a trabajar con este señor como junior, en su empresa de repartición de bebidas. Dormía en los camiones y me levantaba en la mañana. Tenía 12 años.

En ese tiempo bailaba en la calle. Estaba de moda el breakdance y, con otros chicos, poníamos un cuadrado de plástico y ahí hacíamos las piruetas, los giros. Nos poníamos en la Plaza de Armas de Cochabamba y nos daban plata. Era una cosa innata, no tenía estudios de danza. Veía los videos y quería hacer lo mismo.

Un maestro de danza contemporánea me vio bailar en un programa de televisión al que me invitaron; era una especie de Cuánto vale el show en Cochabamba. Ese coreógrafo era Walter Albarracín y me propuso ser parte del cuerpo de baile de un espectáculo de danza contemporánea. Él era coreógrafo también de un café concert, el Tra-la-lá Show, y me hizo hacer un número de Michael Jackson solo; ese número al público le encantaba y salí en las revistas, en los diarios. Me calificaron como ‘Un ángel de oro negro’; eso decía el diario, lo tengo guardado.

Walter me empezó a meter en ese mundo: bailaba un número y una coreografía de un musical como All that jazz, Cabaret, Chorus line, Hello dolly. Me presionaba, me  decía: ‘Puedes ser más’. Llegué a tener la sensación de que me tenía mala, me exigía más que a los otros. Un día le dije: ‘¿Por qué conmigo? ¿Por qué no retas a otros?’. Y él me respondió: ‘Porque tú tienes las condiciones para ser bueno’.

Cuando estaba bailando en el Tra-la-lá Show, trataron de meterme en las drogas, porque ahí se acercaba mucha gente. Mi papá cuando estaba vivo siempre me dijo que no me metiera en drogas; eso se me quedó grabado. Tuve la suerte de tener compañeros que me cuidaban mucho. Uno de ellos fue Alberto, a quien le decían ‘el negro’; nunca más se separó de mí, era como un hermano. Me ayudó a no meterme en nada de esto.

Bailar es mi pasión. Cuando empecé bailaba todo el día y gracias al baile olvidé todas las penas que tenía. Bailaba y no me daba cuenta de cómo pasaban los días. Y así me metí a estudiar ballet y fui aprendiendo técnicas de afro, jazz, contemporáneo. Un día una bailarina chilena, Lorena García, quien vivía en Bolivia con su marido, me dijo: ‘¿Por qué no te vas a Chile? Allá te iría increíble porque a la gente le gusta la televisión’. Mi idea era irme a Bélgica, a la compañía de Maurice Béjart, porque estaba metido en el contemporáneo. Lorena me dijo: ‘Vamos unas vacaciones a Chile. Si te gusta, te quedas. Si no te gusta, vuelves’. Llegué en 1987 y me quedé. Al año siguiente de mi llegada bailé en el Festival de Viña.

Cuando vine a Chile, pensé que no tenía nada que perder Al llegar tomé clases en el Banch (Ballet Nacional Chileno), y audicioné en la compañía de la Karen Connolly. Como ella era la directora del ballet de Canal 13, me invitó a bailar y me llevó a Martes 13 y Sábado Gigante.

Sí me sentí discriminado cuando llegué a Chile. Hace 25 años no había gente de color aquí. Recuerdo muchas veces que la gente ha dicho: ‘Me gusta esta gallo, su simpatía, pero me encantaría que no fuera de color’. A mí me da lo mismo.

Siempre estuve muy involucrado con los musicales. Cuando llegué a la televisión chilena, al programa Éxito y Martes 13, siempre se hacían extractos de musicales de Disney, como La Cenicienta, de Cabaret y de Chicago. Karen Connolly siempre hacía musicales y con ella hice parte de la obra Los Miserables. De ahí el bicho de hacer un musical.

El sueño de crear y producir yo un musical lo tengo hace mucho tiempo. Fiebre de sábado por la noche lo vi por tercera vez, hace 12 años, en Milán, Italia. Trabajaba en Canal 13, en Venga conmigo, y viajé de vacaciones y a ver musicales. Al verlo, me convencí. Me sentía reflejado por la música, el color, veía que la gente bailaba y disfrutaba. Pensé: ‘Cuando haga este musical, lo voy a hacer con la pista de baile’. Porque lo característico de esa pieza es ver a Tony Manero bailando sobre la pista de baile.

Vi la película Fiebre de sábado por la noche hace más de 30 años, estando en Bolivia. Yo quería bailar, hacer los mismos pasos de John Travolta. Hay uno característico donde el tipo va doblando las rodillas… tenía 15 años, iba al colegio en Cochabamba y concurso de baile al que iba, imitaba ese paso y siempre ganaba. Viví con esa música. Por eso cuando vi ese musical dije: ‘Este es, esto es lo que bailaba y escuchaba yo’.

El año pasado me operaron de la cadera por una lesión, por artrosis, y dije: ‘Necesito arrancar otra parte mía’. Si bien sigo haciendo mis clases y trabajo como animador en eventos, en los musicales es donde muestro todo. Mostrarle a la gente que puedo hacer un musical exactamente al mismo nivel de los que están en Broadway y con gente chilena.

Por hacer Fiebre de sábado por la noche lo arriesgué todo. Es una inversión altísima; hacerlo cuesta 220 millones de pesos. Puse recursos propios y pedí un préstamo a un banco. Es el musical más grande y más caro que se ha hecho en Chile. He recibido los mejores comentarios de los críticos, periodistas y actores. Es uno de los más exitosos que se han hecho.

Me gustaría llevarlo a un escenario masivo, como el Movistar Arena, y que puedan ir a verlo 10 mil personas; ese es mi nuevo sueño: que la gente pueda ver el musical y después se pueda quedar a una fiesta de los 70, convertir esto en una tremenda fiesta.

Ahora pienso: la pasión por hacer las cosas me ha llevado a lo que soy hoy. Es poner energía en lo que quieres lograr. Cuando le pones todas las ganas, sabes que las cosas se hacen realidad. En Bolivia veía el Festival de Viña y decía: ‘Algún día voy a bailar ahí’. Y bailé muchas veces y fui coreógrafo en ese festival. Lo mismo con la escuela de danza que acabo de inaugurar: soñaba con ella. Y ahí está la escuela en Las Condes: quiero que la gente venga a este lugar, baile y se alegre.

Tengo todo, pero lo más importante es que hoy me siento feliz de haber formado mi propia familia con María José Serrano, mi señora, y mis hijas Emilia y Alicia Torrez.

Me encantaría publicar un libro sobre mi vida, siento que podría aportar, mostrarle a la gente que se puede salir adelante. La vida no está asegurada, siempre puede cambiar y hay que estar mentalmente preparado para eso”.

 

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