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25 enero, 2017
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¿Cómo salvar a la pareja?

El siquiatra Arturo Roizblatt lo tiene claro: la sociedad chilena necesita invertir en educación sentimental para proteger a la pareja de los riesgos que hoy corre: exceso de trabajo, individualismo, pocos horizontes compartidos. También del alcohol y de las drogas.

Por Rita Cox / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Álvaro Renner


Paula 1218. Sábado 28 de enero de 2017.

Lleva más de 30 años observando de cerca a los matrimonios chilenos, las razones por las que se unen, distancian, detestan, reconcilian, vuelven a tener fe y navegan por aguas calmas y tormentosas. El académico del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental Oriente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, el psiquiatra Arturo Roizblatt, ha visto evolucionar el rol de hombres y mujeres en la esfera pública y privada y cómo eso ha ido modificando expectativas y exigencias. Lo único que se mantiene estable, según su diagnóstico, es la urgencia de que el país desarrolle instancias sólidas para ayudar a prevenir la fragilidad de la unión y favorezca las fortalezas y factores de protección de la pareja. Para Roizblatt, en una sociedad volcada al trabajo, el individualismo y la crisis de visión a largo plazo, no basta con la buena voluntad para que una relación llegue “a buen término” y, antes que eso, sea un refugio para sus integrantes y un espacio apropiado de crecimiento para los hijos que tenderán a replicar el modelo y sus vicios en caso de no contar con las herramientas necesarias para romper el molde.

Roizblatt ha realizado estudios colaborativos paralelos en Chile, Alemania, Suecia, Sudáfrica, Estados Unidos, Israel, Canadá y en los Países Bajos que concluyen que las claves de los matrimonios duraderos son, entre otros, el amor, la lealtad y la confianza. “Son los ingredientes que caracterizan la satisfacción de los matrimonios con más de dos décadas de duración”, explica.

¿Por qué viniendo de la psiquiatría, el matrimonio le ha interesado como tema a profundizar?
Porque el beneficio que da pertenecer a una familia con un vínculo seguro y estable es indispensable para la salud mental. La capacidad de hacer vínculo favorece mucho la felicidad y la tranquilidad. Por otro lado, he visto cómo sucede lo contrario: la mayoría de quienes tienen dificultades de adultos, provienen de familias disruptivas, donde hay un déficit del vínculo estable, cercano, sólido, profundo y gratificante. Eso no quiere decir que si uno proviene de ese tipo de familia no se puede ser una persona feliz, tranquila y exitosa en los diversos aspectos de la vida. Se puede, en la medida de que se vean en forma crítica las situaciones de las cuales muchas veces se fue víctima, para así no repetirlas ciegamente.

¿Existe una memoria genética que determine las malas y buenas relaciones?
Las hay y existe una tendencia como de piloto automático a repetirse. Pero insisto, eso es corregible en la forma en que se hace consciente.

¿Qué tan vigente sigue la palabra matrimonio en comparación a la palabra pareja?
Depende de la cultura, ya que existen aquellas donde matrimonio y pareja son homologadas y se les atribuye el mismo nivel de compromiso al vínculo. En los países nórdicos, por ejemplo. En países como Chile, aún no se da esa transición: si las personas conviven y no se casan, es porque efectivamente no pretenden tener un compromiso tan sólido. Está más presente la idea de vivir juntos mientras “nos gustamos y nos provocamos alegría” y si eso termina, se acaba el compromiso.

Qué rudo decir “alegría”, atendiendo a que es un estado tan frágil. Va y viene.
Esa es la gran razón por la cual la gente se está separando hoy. Tiene que ver con que el compromiso carece de una búsqueda de trascendencia de la relación y, a pesar de que la expectativa de vida de las personas se ha extendido, se piensa a corto plazo. Hoy esa mirada se da en muchos aspectos, no solo en el matrimonio.

¿La pareja es considerada como algo parecido a un bien de consumo?
Hay algunos investigadores que dicen que una relación de pareja debiese ser cada dos, cada cinco, cada seis años, con contratos renovables, con el derecho a que se termine el contrato y ahí veamos si seguimos o no juntos. Son bocetos distintos a los de una familia conservadora, tradicional, donde el matrimonio es “para toda la vida”, con un papá y una mamá e hijos viviendo dentro de una casa, esquema, como sabemos, que en Chile es cada vez menos frecuente.

“Compartir deberes en el hogar, si ambos trabajan fuera de la casa, genera complicidad y la noción de ser equipo. Eso provoca satisfacción para ambos”.

Descrito lo anterior, ¿han cambiado las razones por las que dos personas deciden casarse?
Sí. El tema religioso es mucho menos importante, lo mismo que lo legal y la imagen social. En Sudamérica, salvo en determinados grupos, hay poca sanción frente a una pareja que decide convivir y no casarse. Por otro lado, hay bastante aprehensión en un grupo de jóvenes que ven que la mayoría de los matrimonios que ellos observan, no llegan a buen término, entonces tienen miedo a casarse y prefieren probar. Hay varios estudios que arrojan que el pronóstico a largo plazo de las personas que conviven es peor que el de las parejas que se casan, pues justamente el nivel de compromiso, de vínculo, en los primeros es menor que el de los segundos.

La convivencia como algo no definitivo, ¿tendería a insegurizar a los miembros de la pareja?
Claro, inseguriza a aquellos que no han percibido que en la definición del mecanismo que han elegido para estar en pareja está esa inestabilidad, ese vínculo frágil. Ocurre también que las parejas jóvenes que conviven están viviendo más la autonomía y la independencia y dedican pocas horas a la relación de pareja, sin darse cuenta de que eso tiene un riesgo. En la actualidad hay parejas que se turnan para salir cada uno por su cuenta: un sábado se queda uno con los niños y él o ella va a la discotheque y el siguiente sábado al revés.

¿Qué significa que un matrimonio llegue a buen término? ¿Es equivalente a un “hasta que la muerte nos separe”?
Se dice que hay que regar la plantita, pero en el pasado si no se regaba, la plantita se mantenía viva igual independiente de la calidad. La generación actual vio que sus padres y abuelos no se separaban y podían tener un matrimonio mediocre, pero llegaban al final de la vida juntos. Hoy se le exige calidad al matrimonio: la pareja tiene que ser responsable, amorosa, tener una buena sexualidad, ser proveedora, saber acoger y apoyar. Hoy sí se hace de verdad necesaria la frase de que si no se riega, la planta se seca.

Entre el trabajo, los hijos, los tiempos de traslados, el celular metido en la pieza y caer rendido al final de la noche, ¿cómo se hace para “regar la plantita”?
Uno puede cuestionarse si de verdad está dispuesto a asignarle valor al matrimonio o no, porque la teoría universal dice que sí: desde el Estado hasta el individuo. Pero cuando uno ve la práctica y el tiempo que se le asigna, siempre sale la frase “no tengo tiempo”. Esa falta de tiempo se debe a que no es prioridad. Sobre el matrimonio pueden estar el deporte, las amistades, el celular, el trabajo, el computador, los estudios. La pregunta, entonces, es qué tanto estoy dispuesto a poner al otro como prioridad, porque a esta relación le doy un valor trascendente.

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Arturo Roizblatt lleva más de 30 años observando de cerca a los matrimonios chilenos y las razones por las que se unen y se distancian.

¿Qué les pasa a esos integrantes de la pareja que se ven afectados por esa falta de tiempo que reciben?
Los “tú no me escuchas”, “tú no me acoges”, “tú no me acompañas”, el “llego a casa y nadie me recibe” se transforman a la larga en una suerte de depresión matrimonial. La pareja se deprime. “Nadie me recibe”, pero tampoco soy “recibible”, porque también he descuidado. Eso hoy lo sufren hombres y mujeres por igual. La tarea sería preguntarse ¿qué puedo hacer para mejorar la relación?, más que victimizarse encontrando que toda la responsabilidad es de la otra persona.

La terapeuta belga Esther Perel dice que el secreto del deseo en una relación larga, en que convivan amor y erotismo, es que los miembros de la pareja tengan un espacio de individualidad y que desde ahí ambos puedan contemplarse y reencontrarse.
Comparto plenamente la necesidad de que cada uno tenga su metro cuadrado. El punto es que hoy las personas están teniendo metros cuadrados tan grandes, hectáreas, que la zona común es mínima. El tiempo juntos es indispensable para que haya intimidad.

El matrimonio o la pareja estable suponen un montón de cosas serias y aburridas, muy distintas a la seducción que unió a esas dos personas en un principio.
Claro, es que esa es una visión un poco idealizada del matrimonio, como de días de miel y de sol solamente. El matrimonio es como las estaciones del año: hay días en que hay verano y otros en que hay invierno, y hay gente que es capaz de darse cuenta de que se puede fomentar la llegada del verano o del invierno. Hay otras personas que no lo ven así y que no están dispuestas a luchar o sacrificarse por ello, porque justamente no le asignan valor suficiente a la calidad de la relación. Hoy la esperanza de vida es de 100 años, es decir una pareja podría estar junta 70. Tú les dices eso a los jóvenes y se ríen, pero lo cierto es que es necesario ver cuál es el proyecto de ellos del matrimonio, cuál es la visión del mundo que tienen, y en qué cosas coinciden y en qué cosas no.

Usted ha sido enfático en insistir en la importancia de una educación sentimental que entregue herramientas a la pareja.
Así es, porque existe una contradicción. Todos los lenguajes públicos hablan de la importancia de la familia, pero las probabilidades de que una pareja que está en crisis se someta a terapia, son muy escasas. El Estado dice una cosa, pero eso no se traduce en la realidad. Si observamos, por ejemplo, que hay dinero por norma del Estado para que las autoridades públicas de cierto nivel viajen en clase business y reciban grandes viáticos, entonces hay prioridades en los recursos que no contemplan la protección a la pareja que podría ser asistida por ese mismo dinero en una terapia. A nivel educacional es difícil encontrar colegios que hagan talleres de pololeo y den herramientas de cómo se pueden desarrollar relaciones saludables, ya sea como parejas, como padres o como familia, cualquiera sea su conformación. La educación para relaciones de pareja y paternidad saludable son parte de las tareas pendientes si queremos construir una sociedad mejor.

La terapia de pareja como escenario es media aterradora. Parece una instancia de dolor con un desenlace o positivo o fatal.
Claro, es como ir a sacarse un escáner para ver si se tiene o no un tumor cerebral. Si no te lo haces, no lo ves, pero si te lo haces y encuentras una lesión, a veces puede mejorar con alguna intervención quirúrgica que implicará dolor.

De acuerdo a algunos estudios que usted ha realizado, por lo general los hombres manifiestan estar más satisfechos que las mujeres en el matrimonio. ¿Cómo se explica eso?
Porque en general piden menos, pero eso está cambiando. El hombre hoy pide más, especialmente más expresión de afecto. Ese hombre se encuentra con una mujer distinta que su madre, que solía estar esperando al marido después de un día de labores de casa y no se dan cuenta de que tienen señoras que trabajan, muchas veces, igual que él: que salen temprano y llegan tarde muy cansadas y que generalmente, incluso, asumen más deberes en la casa que ellos. No obstante, hay muchos matrimonios que hoy han alcanzado un nivel de emparejamiento de eso y hay hombres que son capaces de ver que esa mujer no es como aquella madre o abuelita que lo esperaba para ponerle las pantuflas. Ocurre también que ellos, en general, son más negadores, se consideran más autosuficientes, escuchan menos y consultan menos.

“Todos los lenguajes públicos hablan de la importancia de la familia, pero las probabilidades de que una pareja que está en crisis se someta a terapia, son muy escasas. El Estado dice una cosa, pero eso no se traduce en la realidad”.

¿Qué significa para una mujer y la dinámica del matrimonio un hombre que en lo doméstico actúa como un igual y no como alguien que “ayuda”?
Genera mejores condiciones para ambos. El compartir deberes en el hogar, si ambos trabajan fuera de la casa, puede disminuir la queja habitual “yo estoy en la cama y mi señora llega dos horas después”. Genera complicidad y la noción de ser equipo. Eso provoca satisfacción para ambos.

La religión es, según usted, un factor protector del matrimonio.
Que la pareja tenga una visión valórica y espiritual común, pensada en una visión de vida con un sentido de trascendencia, será un factor de protección.

El alcohol, ¿está siendo un problema en la pareja?
Sí, tanto en los hombres como en las mujeres, porque hay cada vez más adultos jóvenes que post adolescencia continúan abusando del alcohol u otras drogas como la marihuana. Es disfuncional tener una pareja que en cada evento social termina ebria o con la que debas luchar para que no maneje para regresar a la casa. Eso se traduce en una discusión y tensión cada vez que hay un asado, el almuerzo de domingo, la reunión con amigos, la Navidad, las salidas de fin de semana. Este es un tema que se tiende a ocultar y negar y cuando uno de los miembros de la pareja se queja, es porque ya existe un problema de alcohol u otra droga que se debe tratar.

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