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5 octubre, 2017
orla

Sanar el intestino

En los últimos años, la medicina se ha volcado a estudiar por qué el intestino es el pilar de nuestra buena o mala salud: billones de bacterias –buenas y malas– conviven dentro de él, comiendo lo mismo que nosotros nos llevamos a la boca. Las investigaciones están arrojando resultados alucinantes. ¿Puede la alimentación desencadenar complejas enfermedades inflamatorias o, por el contrario, derechamente sanarlas?

Por Daniela González A. / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Camila Letelier


Paula 1236. Sábado 7 de octubre de 2017.

Fue cuestión de una mañana. Óscar Novoa (68) se encontraba en la parcela de unos amigos y, de un momento a otro, comenzó a sentir un fuerte dolor en la lengua. Pensó que era un afta, algo habitual para él, pero no. Lo que siguió fue fiebre, un edema en la zona y una inflamación de tal magnitud que empezó a obstruir su respiración. Por eso llegó a urgencia y, desde ahí, pasó a la UCI: era la primera vez que este cardiólogo, que atiende infartos y urgencias coronarias, estaba como paciente en la Unidad de Cuidados Intensivos. “Tuve un absceso en la base de la lengua con amenaza de obstrucción laríngea aguda, y una otitis severa como consecuencia”, explica el médico, quien aquel domingo de julio del año pasado quedó hospitalizado –tras estar en la UCI pasó a la UTI– sin poder hablar ni comer por su lengua hinchada. Un equipo entero estudiaba el caso de este médico: inmunólogo, otorrino, infectólogo y expertos en enfermedades respiratorias no sabían el porqué de la inflamación severa. Se descartó un tumor en la lengua o un eventual cuerpo extraño que hubiera provocado tamaña infección. No había respuestas, pero sí la necesidad inmediata de controlar la hinchazón, porque de lo contrario habría que acudir a una traqueotomía o incisión en la tráquea para que pudiera respirar.

Al quinto día, los antibióticos y corticoides por fin lograron bajar la inflamación y Óscar Novoa pudo irse de alta, aunque con una otitis como consecuencia, que requirió la instalación de un pequeño tubo de ventilación para que pudiera oír bien, ya que también era un área inflamada. “Después vino la primavera y, como era habitual en mí, comencé a tener signos progresivos de alergia, rinitis y obstrucción bronquial. Lo manejamos del modo habitual: antihistamínicos, inhaladores de corticoides nasales y broncodilatadores de acuerdo a necesidad”.

Del otro lado del mundo, en Australia, su hijo Matías Novoa (42), un ingeniero que abandonó un puesto gerencial para convertirse en coach nutricional, intentaba convencerlo por teléfono: “Papá, tienes que sanar primero tu intestino, que está inflamado por tu alimentación y los remedios que has debido tomar. Desde ahí mejorará el resto. Hay que quitar de tu dieta alergenos como el gluten, los lácteos y la soya; reparar tus paredes intestinales con caldo de hueso de pollo y fermentados caseros; alimentar a tus bacterias buenas, porque ellas son muy importantes”.

Hasta que llegó el verano y Matías viajó a Chile de vacaciones. Acá logró convencer a su padre. “Uno está acostumbrado a buscar respuestas objetivas y hay mucha fantasía en algunos tratamientos alternativos. Sin embargo, decidí seguir el plan de Matías al pie de la letra. Y la respuesta que tuve fue, para mí, inesperada”, dice el cardiólogo, quien luego de la dieta empezó a sentirse como hacía años no se sentía. Desapareció el reflujo gastroesofágico y la obstrucción nasal que solía despertarlo por las noches. También las aftas que sufría desde niño y los cuadros de sinusitis severa que comenzó a tener a los 40 años. “Y también las rinitis que aparecieron a los 60, por las que varias veces tuve que tomar antibióticos. Cuando fui a ver a mi otorrino de cabecera, después de un mes de dieta, él estaba muy impresionado. ‘¿Qué hiciste?’, me preguntó mientras me hacía una fibroscopía. ‘Aquí ya no hay nada inflamado’, me dijo”.

¿Qué había tenido que ver aquella dieta que le indicó su hijo?

Un intenso dolor en el brazo fue lo que llevó a Matías Novoa a investigar el efecto de la alimentación en la salud. Hoy es coach nutricional.

Bacterias con hambre
Las indicaciones que el coach de salud Matías Novoa (www.kinucoaching.com) le dio a su padre no eran antojadizas. Provenían de un largo estudio que él inició por una historia personal. Cuando Matías tenía 39 –aunque era deportista y vegetariano– se sentía en extremo cansado, se hinchaba con facilidad y tenía más grasa abdominal de la que le hubiera gustado. Pero un extraño y enorme dolor en su antebrazo izquierdo fue lo que de verdad lo alertó: no podía siquiera tomar en brazos a su hijo de entonces un año, ni apoyarse en ninguna superficie. Los exámenes arrojaron un elevado nivel de proteína C reactiva, sustancia producida por el hígado que aumenta cuando hay un estado inflamatorio generalizado, en todo el cuerpo. Mientras descartaban artritis y otras enfermedades autoinmunes, Matías encontró mucha información sobre la conexión de procesos inflamatorios crónicos con una dieta alta en azúcar y carbohidratos refinados, como la harina blanca. Y decidió experimentar: dejó el azúcar, sacó prácticamente todos los productos procesados, y reemplazó pastas y arroz por sus versiones integrales. Tres meses después ya no le dolía el brazo, sus indicadores volvieron a la normalidad, había bajado de peso y se sentía como si tuviera 20. Decidió estudiar en el Institute for Integrative Nutrition, de Nueva York, una de las escuelas de nutrición más grandes del mundo, y entendió por qué un intestino dañado era la causa de una serie de enfermedades inflamatorias y cómo este se podía sanar con un plan alimentario y preparados caseros como un caldo de hueso de pollo hervido por más de 24 horas (ver recuadro).

“El azúcar –tanto la blanca que está en la mesa, como la presente en granos, cereales y legumbres–, así como una dieta pobre en fibra y con mucho carbohidrato en general, puede destruir un intestino. Comer de esa manera lo que hace es matar de hambre a las bacterias buenas que necesitamos tener adentro, y al mismo tiempo alimenta a hongos, los que ganan terreno en el intestino. Este conjunto de microorganismos, los buenos y malos, se conoce como microbiota y la medicina se está volcando a estudiarla, porque ha visto lo determinante que es para la salud”, comenta Matías.

En efecto, la radical influencia de la alimentación en enfermedades disímiles –alergias, patologías autoinmunes, esclerosis múltiple, Alzheimer, Parkinson, espectro autista u obesidad, entre varias otras– ya no se vincula solamente al terreno de la salud complementaria. Una serie de estudios están apareciendo en reputadas revistas académicas que vinculan a la microbiota con estas patologías mencionadas; y una serie de entidades formales se están reuniendo para aunar criterios y compartir avances científicos. En marzo de este año, por ejemplo, la Sociedad Europea de Neurogastroenterología y Motilidad, la Sociedad Europea de Gastroenterología Pediátrica, Hepatología y Nutrición y la Asociación Americana de Gastroenterología, organizaron en París la sexta Cumbre Mundial sobre Microbiota Intestinal para la Salud. Allí concluyeron que la microbiota intestinal moldeará el futuro de la práctica médica.

En 2008 ya se comenzó a trabajar en el tema en dos proyectos de envergadura, ambos para establecer las conexiones entre microbiota y enfermedades humanas: el MetaHIT, financiado por la Comisión Europea, y el Proyecto Microbioma Humano, del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos. “Estamos entrando en una nueva etapa: el mayor conocimiento de la microbiota y los factores que la modifican puede cambiar radicalmente el enfoque de la medicina”, dice el inmunólogo Rodrigo Hurtado, especialista chileno radicado hace más de 50 años en Washington DC. “Se ve a la microbiota como un supra órgano capaz de enfermar o sanar. Lo que se plantea es que la inflamación intestinal es la causa de gran parte de estas patologías en personas genéticamente predispuestas. Fuera del daño a la salud, son de un costo inmenso en los presupuestos de los países”, comenta.

¿Por qué el intestino?
Wikipedia lo define así: situado en la cavidad abdominal, el intestino es la parte tubular del aparato digestivo que va desde el estómago hasta el ano. En humanos se divide en dos segmentos: delgado –que mide entre 5 y 11 metros– y grueso –que mide entre 1 y 1,5 metros–. Para entender la importancia del intestino –dice Loreto Hagar, médico y coach de salud y nutrición integrativa– hay que familiarizarse con el concepto de intestino permeable. “En la pared intestinal hay una membrana mucosa compuesta de células llamadas enterocitos, que se encargan, entre otras cosas, de absorber los nutrientes y de mantener una barrera. Estas células se van regenerando cada 3 a 5 días. Pero cuando nos alimentamos mal, descansamos poco y estamos estresados, los enterocitos ya no se regeneran de manera óptima, se deshidratan y ceden las uniones estrechas que los unen, generándose espacios”.

En términos muy simples, añade Hagar (www.revolucionutricional.cl), aquellas proteínas mal digeridas y químicos que consumimos en los alimentos pasan del intestino a la sangre, porque la pared intestinal se ha vuelto permeable. Una vez en la sangre, el sistema inmunológico no reconoce estos elementos: genera anticuerpos, se activa la cascada inflamatoria, y aparece la enfermedad.

Catalina Valdés, chef y también coach de salud integrativa, lo explica así: el torrente sanguíneo es como si fueran autopistas. Estas tienen una central, con cámara, que chequea que todas las vías estén despejadas. Cuando ven un camión en pana o un choque, intervienen y envían emisarios. “Tenemos algo muy parecido en nuestro sistema inmune. Él nos monitorea y cuando ve un extraño en el torrente sanguíneo, un pedazo de proteína suelto, por ejemplo, se enciende la inflamación que es el mecanismo por el cual opera el sistema inmune”. Para revertir este mecanismo, añade Valdés (Facebook: catacocina.cl), tenemos que sellar esas paredes intestinales a través de caldos de hueso, probióticos que colonicen de bacterias buenas el intestino y alimentos que no lo dañen, como los vegetales, frutos secos, aceites de coco, semillas o seudocereales como la quínoa.

 

Un segundo cerebro
El último tiempo ha sido sufrido para Valeria Cortés (33, ingeniera industrial). “Cuando hace tres meses mi hijo Melchor tenía un año y medio, lo noté retraído”, cuenta. Las únicas tres palabras que había aprendido ya no las decía, así que lo llevó a una fonoaudióloga, quien le hizo una evaluación lapidaria: “Tu hijo no mira, no sonríe, no interactúa, no reconoce sonidos de animales, no imita. Llévalo a un otorrino, quizás es sordo”. Pero los exámenes auditivos dieron resultados 100% normales. Entonces, dos neurólogas de distintas clínicas lo diagnosticaron con trastorno de espectro autista. Valeria lloró una semana completa, mientras obsesivamente revisaba todos los videos que durante el año y medio de su hijo había grabado. Hasta el año, Melchor aparecía riéndose a carcajadas y jugando. Y Valeria se dio cuenta de que el cambio coincidió cuando comenzó a darle leche de vaca y pan. Empezó a estudiar el tema y quitó gluten y lácteos de la dieta de su hijo. “Al mes y medio de volver a la dieta sin gluten ni lácteos, Melchor empezó a tener cambios cognitivos muy importantes. Jugaba con nosotros, nos buscaba. Después de 3 meses de dietas, terapias y cambios ambientales, volví a llevarlo a un nuevo neurólogo, quien descartó rotundamente el trastorno de espectro autista. Ahora sabemos que fueron diagnósticos errados, pero de que la dieta cambió su conducta, la cambió”.

La influencia de la alimentación en la salud neurológica es un tema polémico. En esta área, es reconocida la historia de Natasha Campbell-McBride (www.doctor-natasha.com), una neuróloga y neurocirujana rusa radicada en Inglaterra, cuyo hijo años fue diagnosticado con autismo. Su profusa investigación la llevó a la dieta como responsable, y hoy su hijo de 24 años tiene un desarrollo normal. Campbell-McBride fue pionera en el tema y creó el concepto Síndrome del Intestino y la Psicología (Gaps, por sus siglas en inglés), que vincula la permeabilidad intestinal con patologías como autismo, dislexia, depresión, trastornos de aprendizaje e incluso esquizofrenia. En los siete libros que ha escrito en los últimos 15 años, plantea un protocolo de tratamiento de varios pasos, que en términos generales excluye alimentos procesados, gluten, lácteos y soya, entre otros, y se basa en vegetales fermentados –cuyas bacterias muy beneficiosas para la desintoxicación del intestino–, además de caldo de hueso y grasas saludables, como palta, coco, huevo.

“Cuando leí el trabajo de Natasha Campbell, aluciné. Ella habla de la similitud que hay entre cerebro y estómago: en ambos hay neuronas y neurotransmisores, y se conecta directamente por el nervio vago. Al intestino le llaman el segundo cerebro”, señala la chef Catalina Valdés.

La conexión entre intestino y cerebro es también una temática de amplio estudio en la actualidad. Incluso, se está hablando de que enfermedades como la depresión podrían sanarse ingiriendo bacterias buenas, que el catedrático irlandés Ted Dinan acuñó en 2013 como sicobióticos: un tipo de probióticos que potencialmente podrían combatir trastornos y enfermedades mentales. Aunque aún es un área en estudio, lo cierto es que por algo el 90% de nuestro material genético proviene de nuestra microbiota. Como ha dicho la doctora Campbell-McBride: “Simplemente somos una concha… Somos el hábitat de esta masa de microbios que se encuentra dentro de nosotros. Los ignoramos bajo nuestro propio riesgo”.

Testimonio: Así limpié mi intestino
Por Daniela González A.

Heme aquí, en la cocina. En el quemador del lado, mi marido tuesta unas hallullas que comerá con mantequilla. Se me hace agua la boca. En mi quemador, hay un sartén con almendras que remojé toda la noche con sal y un poco de vinagre de sidra de manzana, y que luego mezclaré con aceite de coco, miel sin procesar, maravillas y berries. No quisiera dejar mi marraqueta con queso de cada mañana, pero tengo que hacerlo. Es mi meta personal y también la de mi coach, Matías Novoa (www.kinu.com.au), un chileno radicado en Australia experto en nutrición integrativa que me guiará. A ver si logro desintoxicarme del azúcar, recuperar mi energía y bajar un par de kilos.

En nuestra primera cita por FaceTime, le digo que no quiero eliminar tantas cosas de mi dieta. “¿Quién dijo que hay que eliminar?”, me responde. “Se trata de reemplazar. Puedes comer pan, pero hecho de quínoa. Puedes comer cosas dulces, como bolitas de coco bañadas en chocolate, hechas por ti. Pero tenemos que limpiar tu intestino y necesito pedirte que dejes el gluten, el azúcar y los alimentos procesados. ¿Puedes?”. Me armo de valor y lo hago. Quienes me han visto a mitad de tarde comiendo quequitos o galletas, saben que no es algo fácil para mí.

Mi alimentación se basa en grasas buenas –aceite de oliva, de coco, huevos, palta–, frutos secos, quínoa, frutas en moderación (berries ilimitados), muchísimas verduras (brócoli y espinaca al menos una vez al día) y carnes de animales de libre pastoreo, sin antibióticos. No tranzo los lácteos, pero los consumo poco y de excelente calidad. En cinco días no solo me llama la atención que una blusa me queda más holgada, sino que ando más tranquila, con más calma. Hasta el sexto día. Ese sábado, llevo a mi hija a un cumpleaños y me como todos los marshmallows que encuentro. En el mesón de golosinas están todos los niños fascinados y yo, infiltrada. Me da risa y pena. Al día siguiente, le cuento a Matías con vergüenza. Me dice que, guardando las proporciones, es lo mismo que le pasaría a un alcohólico que intenta rehabilitarse y le ponen al frente un pisco sour. Me siento una adicta al azúcar y me calma entenderlo. Por eso, el lunes, con mucha dignidad vuelvo a empezar.

Llega el 18. Llevo limpia de gluten casi 15 días, pero cómo no voy a probar una empanada, una no más. Le pego una mascada y al ratito siento un asco que solo puedo asociar a eso. Al otro día, lo intento de nuevo: voy por tres mordidas. Esta vez, del puro asco las vomito. Mi cuerpo está rechazando al gluten, concluyo. Damos por cerrado el experimento con Matías y yo sigo con mi estilo saludable. En un mes he bajado casi 3 kilos, tengo mi piel más lozana, me siento calmada y mi marido se ha sumado al desafío. El desayuno, ahora, es pan de quínoa para todos.

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Caldo de hueso, el nuevo elixir
Al premiado chef neoyorquino Marco Canora lo tildan de responsable por el boom de caldo de hueso en Nueva York. Hace tres años abrió Brodo, una tienda donde vende este brebaje hecho con la más alta factura. Los huesos provienen de animales que comen pasto, hierbas y especias orgánicas frescas, y se hierven por 18 horas, hasta desintegrarse. En Chile, los vende la chef Catalina Valdés (catacocina@hotmail.com), quien los fabrica para también tomar ella.

Como explica Valdés, la larga cocción del hueso hace que se desintegre y quede en el caldo el colágeno, la glutamina y la glicina, elementos que sellan las paredes intestinales. “Por algo tomamos caldo de pollo cuando estamos enfermos del estómago o resfriados, o en un matrimonio a las 6 de la mañana. Existe en infinitas culturas, desde las asiáticas hasta las europeas o latinas. Por intuición, sabemos que es reponedor”, comenta.

En casa es fácil de hacer: se pone a cocer en una olla los huesos de pollo o vacuno –idealmente animales de libre pastoreo, sin antibióticos– por 24 horas. La cocción no tiene por qué ser continua, puede ser en tandas. Luego, se cuela, se enfría y se puede congelar. Ideal tomar un vaso todos los días. También se puede adicionar a otras preparaciones.

¿Cómo se relaciona el intestino con el cerebro?

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