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16 noviembre, 2017
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Segunda parte: abre los ojos

Carola Barría (37), la educadora de párvulos a quien su pareja en un ataque de celos le sacó sus ojos en 2013, dio su testimonio a revista Paula en 2014: un relato donde mostraba su gran entereza. Tres años después, se mueve con soltura en la oscuridad y ha ido logrando las metas que entonces se propuso: está trabajando y vive sola con dos de sus hijos. .

Por Pilar Navarrete / Fotografía: Alejandro Araya


Paula 1239. Sábado 18 de noviembre de 2017. Edición aniversario 50 años.

Desde sus inicios, para Paula ha sido relevante dar espacio a las historias de mujeres fuertes, capaces de generar cambios en sí mismas y en su entorno. Esta es una historia emblemática de la revista, que ahora revisitamos para contar la segunda parte. 

Carola Barría (37) se asoma sonriente por la puerta de su casa en el sector sur de Punta Arenas. Son las 4 de la tarde de un jueves de octubre y hace un par de horas llegó del trabajo. “Pasen por acá”, dice, desde el canto de la puerta. Lleva unos pantalones negros, un suéter blanco con cuello y mangas de colores, los labios pintados en rosa oscuro. Acomoda con delicadeza su pelo castaño con algunos visos rubios.

Dando pasos por segundos titubeantes, entra a su casa y estira el brazo, intentando palpar algo en el aire, hasta que encuentra el respaldo del sofá. En el living hay pocos muebles –un sillón pequeño, una alfombra, un estante donde está la tele– que no pueden cambiarse de lugar; es una regla que sus niños respetan para que ella pueda ubicarse. Aunque vive aquí desde 2015 junto a sus dos hijos mayores, de 16 y 6 años (el menor, de 4 años, vive con los abuelos maternos), y se la sabe de memoria, Carola nunca ha visto su casa.

Cuando finalmente se acomoda en el sofá, se ríe espontáneamente. Es risueña. El sentido del humor, de hecho, ha sido una herramienta para salir adelante en los momentos duros de estos años desafiantes. “Me ha ayudado a ver las cosas de otro modo”, dice. “Es que bueno, si ya no puedo cambiar nada. No porque esté todo el día enojada voy a volver a ver. Entonces no me queda otra que tomarme las cosas con humor”.

Un año de plazo

En uno de los casos más brutales de violencia contra la mujer que han ocurrido en Chile, el 8 de septiembre de 2013 Carola fue atacada por su ex pareja Juan Ruiz Varas, padre biológico del menor de sus hijos y quien reconoció legalmente al segundo. En un arrebato de celos y en presencia de la guagua de ambos de 5 meses, le sacó los ojos y, luego, tras un infernal recorrido en auto por Punta Arenas –donde, por creer que eran amantes de su ex mujer, le quitó la vida a un hombre y dejó parapléjico a otro de un disparo–, la abandonó en la calle. Desorientada por el shock y ya sin ver, Carola no pudo llegar al hospital. Con su guagua en brazos, pasó esa fría noche patagónica a la intemperie, hasta que a la mañana siguiente, una mujer que caminaba por el sector, escuchó sus gritos agónicos y dio aviso al hospital.

Días después, se enteraría de que Ruiz Varas había muerto de un disparo mientras huía de Carabineros. Que la policía aún buscaba sus ojos y que el ataque la había dejado ciega para siempre.

En marzo de 2014, seis meses después, Carola dio por primera vez su testimonio a Paula. Instalada en la casa de sus papás, contó cómo tras las primeras semanas sumida en la rabia y la desesperación, había tomado una decisión: fuera como fuera saldría adelante. En ese momento ya había alcanzado su primera meta: titularse como educadora de párvulos con nota 7,0 solo tres semanas después del alta médica. Preparar la defensa, asegura hoy, fue su primer salvavidas. “Empecé a trabajar ahí mismo en el hospital con mis compañeras, cuando iban de visita o incluso por teléfono. Eso me mantenía pensando en otro tema. Hoy miro atrás y me doy cuenta de que fue clave tener esa meta personal”, dice.

Cuatro años han pasado desde entonces. En ellos, Carola ha alcanzado buena parte de los objetivos que se ha trazado. Ninguno ha sido obra del azar: ha trabajado duro, dice, y se ha puesto plazos. “Lo primero era defender la tesis. Luego, tomarme un año para ingresar a la Agrupación de Amigos de los Ciegos  (Agaci) y aprender herramientas para obtener autonomía. Me di un año nomás de permiso para quedarme en la casa, rehabilitándome, aprendiendo computación y a movilizarme. En 2015 me impuse volver al trabajo sin ser un estorbo”, detalla.

Esas decisiones las tomó antes de reencontrarse con sus hijos dos meses después del ataque. Al más pequeño, cuyos ojos celestes fue lo último que vio antes de quedar a oscuras, no lo tomaba en brazos desde ese día. “Al cargarlo de nuevo recibí a una guagua gorda, grande. Le tocaba el pelo y no lo reconocía. Dije: ‘¿Con qué lo están alimentando?’”, recuerda. “Me sentí incómoda con eso”.

El paso siguiente fue volver a la casa de sus papás y sumarse a las reuniones de la Agrupación de Amigos de los Ciegos. Allí entendió que su desafío era prepararse para explorar el mundo de otra manera. En una de esas reuniones conoció a un grupo de mujeres. “Me dijeron: ‘Nosotras combinamos nuestra ropa y nos maquillamos. No por ser ciega, el resto no te ve’”. Así, comenzó a maquillarse un poquito. A seleccionar ropa para salir. “No es que saliera de punta en blanco, pero entendí que podía seguir siendo femenina, arreglarme y andar bonita”, dice.

Carola dice que el sentido del humor le ha ayudado a enfrentar la ceguera. Suele hacer bromas de esto con sus compañeros de trabajo en el Liceo María Behety, de Punta Arenas.

En Agaci también se convenció de que podría volver a tener una vida autónoma. Su primera tarea fue aprenderse de memoria el teclado del computador y las combinaciones de teclas que le permiten usar el software para no videntes que le va diciendo en voz alta dónde está el editor de textos o el navegador de internet y, además, le lee en voz alta su email. Es la misma lógica que tiene su celular y por eso Carola envía y recibe mensajes escritos por Whatsapp sin problemas.

Ya reconectada con el mundo a través de la tecnología, la siguiente etapa fue aprender a orientarse en el espacio. Un instructor le enseñó a subir y bajar escaleras y a utilizar el bastón para no videntes. En espacios cerrados logró dominarlo con facilidad. Pero, cuando tuvo que salir a practicar a la calle, desplazarse se volvió más difícil. “Todavía me cuesta, porque con el ruido me desoriento, entonces me angustio y me desespero cuando siento que estoy haciendo el loco”, dice.

Ese primer año, mientras en Agaci aprendía a desenvolverse con autonomía, puertas adentro enfrentaba el desafío de que su familia confiara en su capacidad de moverse sola y, también, de recobrar su rol de mamá. Ambas cosas le costaron infinitas peleas. “Yo quería volver a hacer mis cosas. Tenía que hacerlo, si esa iba a ser mi vida. Pero no me dejaban dar dos pasos sin alguien detrás. Me sentía prisionera”, confiesa. En torno a sus hijos, cada vez empezó a discutir más fuerte con su mamá. “No me dejaba tomar decisiones con ellos. Eso me frustraba, me hacía sentir mal y yo explotaba de la peor forma”.

Con ayuda de una sicóloga y una siquiatra, fue buscando abrir caminos para recobrar ambas cosas, al mismo tiempo entendiendo que los temores de su familia eran naturales. Ese proceso la llevó a comprar su casa y a fines de 2014 comenzar a planificar su nueva independencia, ahora sola con sus hijos. Pero el cambio no estuvo exento de inconvenientes. “En la casa de mis papás todos decían que mi hijo mayor, que tenía 12 años, iba a ser el nuevo hombre de la casa. Yo les decía que no, que él era mi hijo y quien tenía que hacerse cargo de él era yo y no al revés”, dice. Pero días antes del cambio, la sicóloga de su hijo la llamó para decirle que Alan no quería irse con ella. “Tenía miedo de que yo lo fuera a tratar como mi empleado. Tuve que conversar con él, decirle que no iba a ser así, que él iba a ser otro hijo más”. Así llegaron a un acuerdo. Hoy, Alan tiene 16 años. Es él quien va a pagar las cuentas y hace la compra del supermercado. “Pero en el resto de las cosas es tan hijo como los demás”, dice Carola. Al poco tiempo viviendo con sus tres hijos, aceptó que su mamá se hiciera cargo del más pequeño. “Como con el segundo tienen casi la misma edad, son muy revoltosos y se potencian. El del medio es un torbellino. Y el chiquitito es llorón, si no le das algo, se encierra y hace show. Así que con los dos juntos no me la puedo. De a uno nomás. Pero mi intención es que, quizás en un año más, él vuelva a vivir conmigo”.

Valentía por fuera, miedo por dentro

En febrero de 2015 Carola se reintegró a su trabajo en el Liceo María Behety, no como educadora de párvulos como lo había soñado, sino que en el mismo cargo que ocupaba antes: en el Programa de Integración Educacional, donde junto a otros 12 profesores apoya a alumnos con problemas de aprendizaje. “Al principio fue frustrante”, dice. “Yo trabajo con alumnos que ven. Entonces decía: ‘¿Cómo voy a enseñarles matemáticas? ¿Cómo vamos a repasar una lectura?’. Tuve que inventarme una técnica y eso fue que ellos se adaptaran a mí. Si tenían un control de lectura les decía ‘Léeme el cuento entero y respondemos las preguntas’. Cuando son ejercicios de matemáticas, me leen las instrucciones, yo tomo una hoja y les digo: ‘Mira mi cuaderno. Pero míralo. ¿Lo estás mirando?’. ‘Sí, sí’, me dicen. ‘Tienes que copiarlo y resolverlo así’. Ellos saben que los números tienen que ir en orden hacia abajo, aunque a mí se me van para cualquier parte”. Volver al trabajo le dio un nuevo impulso. “Sentirte útil es algo muy importante. Darte cuenta de que igual puedes hacer las cosas que hacías, bajo condiciones distintas. El reconocimiento implícito de los chicos cuando te dicen ‘tía, aprendí’, me hace sentir valorada”. Pero ganarse la cercanía de ellos no ha sido fácil. “Al principio me evitaban porque no se sentían cómodos. No sabían cómo amoldarse a mí. Me daba cuenta porque se iban con otras tías. Yo les decía: ‘ven para acá, yo te puedo explicar’. Superar esa barrera dependió en buena parte de mí”.

En estos años Carola ha logrado desenvolverse con tanto dominio, que algunos alumnos se sorprenden cuando se enteran de que es ciega. Ha participado en varias jornadas de sensibilización, algunas sobre temas de género donde repara en comentarios de algunas adolescentes. “Muchas cuentan que el pololo no las deja vestirse como ellas quieren, que les prohíben amistades, que les exigen la clave del mail”. Esas historias la hacen recordar la suya, donde, dice, no hubo golpes. Sí celos enfermizos que derivaron en violencia sicológica. “El gran problema es que si no hay golpes los chicos no lo ven como violencia. Pero sí es. Y quizás la más difícil de sanar. Yo no hay día donde no recuerde las vigilancias, las obsesiones, los malos tratos. Yo, que era fuerte y resuelta, no sabía cómo salir de eso. Sentía que no tenía a quién pedirle ayuda”.

Cuando le toca ir a charlas y explicar por qué quedó ciega, Carola omite la parte trágica de la historia; solo dice que fue por un accidente. Pero cuando mujeres mayores la reconocen, suelen acercarse para decirle que admiran su valentía y resiliencia. “No me agrada ni desagrada, pero no me siento una heroína como me hace ver la gente”, comenta. Sabe que, como se ve fuerte por fuera, pocos se imaginan los miedos que acarrea por dentro. El más grande es el futuro con sus dos hijos más chicos. “Me da vértigo no saber cómo lo voy a hacer. Cómo van a reaccionar cuando les cuente la historia de su papá”. Sus hijos menores no saben que fue él quien le arrancó los ojos.

El hijo del medio, que tiene 6 años, sabe que su mamá está ciega. El de 4 no: aún le muestra cosas. A veces los dos le preguntan a la abuela por qué el doctor le puso ojos de juguetes a su mamá. “El más chiquitito es muy inteligente y me dice: ‘Ah, ¿me vas a contar cuando yo sea grande y lo pueda entender?’. Al del medio creo que, si le cuento, a la semana se le va a olvidar”, dice Carola. “Pero sé que tengo que hablarlo con ellos. Y que no puedo esperar mucho, porque fue un caso muy mediático. Es cosa de que googleen para encontrar todo lo que pasó. Y sería la peor manera de que conozcan la verdad”.

Lee el testimonio de Carola Barría publicado en marzo del 2014, aquí.

 

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