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15 noviembre, 2017
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Segunda parte: la fiera aymara

En 2007 Paula publicó la historia de Maricel Gutiérrez, la primera mujer aymara que fue becada para ir a hacer un máster al extranjero. Diez años después ella sigue siendo un ejemplo para las niñas del altiplano: fue la primera mujer perteneciente a ese pueblo originario en dirigir la Conadi en la Región de Arica y Parinacota y ahora es la primera mujer de su pueblo que es alcaldesa de Putre..

Por Carla Alonso / Fotografía: Javier Godoy


Paula 1239. Sábado 18 de noviembre de 2017.

Desde sus inicios, para Paula ha sido relevante dar espacio a las historias de mujeres fuertes, capaces de generar cambios en sí mismas y en su entorno. Esta es una historia emblemática de la revista, que ahora revisitamos para contar la segunda parte. 

En una camioneta roja 4×4 que conduce un chofer, Maricel Gutiérrez (44), la alcaldesa de Putre, recorre este lunes de octubre más de 300 kilómetros, a 4.600 metros de altura en el altiplano chileno. Pasa por Surire, de donde son oriundos sus padres, y continúa por Itiza, Achichamalla, Misitune y Pizarata. Visita estancias perdidas donde viven pastores aymaras.

La camioneta se detiene. De un caserío de piedra y adobe emerge una pareja mayor.

–¿Cómo está tío? ¿Cómo está tía? –dice Maricel, bajándose de la camioneta y saludándolos de beso en la mejilla.

Wenceslao Lázaro, de 81 años y Natalia Canaviri, de 84, se acercan a saludarla. De fondo se siente solo el ladrido de los perros y el zumbido del viento. Aunque no son familia de Maricel, ella tiene la costumbre de llamar tíos a los aymaras que son mayores. Y a los de edad mediana también.

–Todavía con un poco de hinchazón –le explica Wenceslao mientras se toca el pecho con la mano curtida por el sol y le cuenta que se golpeó pastoreando llamas.

Maricel lo escucha con atención y observa el gesto del abuelo, que esconde la lesión bajo una camisa y un chaleco de lana sin mangas. Ella lleva un cuaderno de tapa azul y un GPS para georreferenciar estas localidades; con esos datos postula a proyectos para instalarles paneles solares fotovoltaicos. Wenceslao y Natalia ya tienen el suyo y Maricel les pregunta cómo andan las baterías de los paneles; todo lo que dicen lo anota en el cuaderno.

–Cuando vuelva le traeré rica-rica para desinflamar esa lesión –dice al despedirse, subiendo a la camioneta roja.

Shakespeare y alpacas

Hace 10 años, cuando revista Paula entrevistó a Maricel Gutiérrez, ella tenía 34 años y ya sumaba algunos récords: era la primera de su familia que había llegado a la universidad (estudió Pedagogía en Historia y Geografía en la Universidad de Tarapacá y también cursó dos años de Derecho). Y era la primera aymara que había viajado al extranjero becada por la Fundación Ford: estuvo dos años en Madrid, en la Universidad Carlos III, donde hizo un máster en Política en Gestión y Planificación Ambiental.

Nacida en Arica, había pasado sus primeros años en el Valle de Azapa. Pero siempre frecuentó el altiplano: subía durante las vacaciones a ver a su familia en Surire, donde todavía vive su tío Basilio Castro, de 75 años.

–Mis abuelas materna y paterna hablaban solo aymara y pastoreaban; somos descendientes de ganaderos. Mi abuelo materno leía en aymara y español; estaba suscrito a la revista Ercilla –recuerda Maricel, mientras la camioneta avanza, rumbo a Putre por “los campos”, como ella llama a esos terrenos solitarios.

Cuando era niña y la mandaban a hacer labores de casa, en vez de barrer el patio, leía. Como era muy aficionada a la lectura, sus padres le compraban libros, enciclopedias y diccionarios. Cuando estaba en el altiplano, en Surire, y le tocaba cuidar a las llamas o alpacas, siempre llevaba un libro; desde Papelucho hasta  de Shakespeare. Era su forma de entretenerse porque, además, en ese tiempo en el altiplano no había tele ni radio ni señal de celular. Hoy en Surire tampoco hay señal de celular y se escucha radio peruana y boliviana.

–Mi mamá y mi papá siempre dijeron que teníamos que estudiar y yo les hacía caso. Desde los 5 años tenía claro que iba a ir a la universidad.

En 2001 vio un aviso en el diario La Estrella de Arica para postular a una beca de estudios en el extranjero; era requisito que fueran personas que hicieran un trabajo social o vinieran de una población minoritaria. Alentada por su madre, fue y llenó el formulario con letra manuscrita. Ganó la beca y partió a Madrid. Eso cambió su mirada. “Salí por primera vez de mis tierras y fui a ver cómo era el mundo. Adquirí herramientas pero conservé mi identidad. Aprendí que todos somos distintos, en orígenes o culturalmente, pero podemos aportar cuando queremos trabajar y servir”.

Cuando salió el artículo en revista Paula, ella había regresado de España a su comunidad, trabajaba como profesora en el Liceo C-3 de Putre y había asumido como directora de Desarrollo Comunitario del municipio, puesto en la que fue nombrada por el alcalde, lo que implicaba que tenía un contacto diario con los pobladores del altiplano. Ahí se ganó el apodo de “Maricel de la gente” porque les ayudaba a resolver sus asuntos: se encargaba de postular sus subsidios, las pensiones, y organizar los talleres recreativos y deportivos. También llevaba los insumos ancestrales a las ceremonias.

Haciendo esas tareas fue adquiriendo poder: subrogaba al alcalde Francisco Humire (UDI) cuando no estaba en Putre. Y, de a poco, fue demostrando que una mujer indígena era capaz de organizar, dirigir, supervisar. Hoy dice:

–En ese tiempo todo era potencialidad. Me costó reconocerme en el título que ustedes le pusieron al artículo: La Fiera Aymara; no me veía ahí. Hoy, si me preguntas, está totalmente asumido –afirma y se ríe.

“No se preocupe, mamita”

Putre está ubicado a 3.500 metros de altura. Llueve solo en verano y el resto del año la aridez pone los pelos de punta. En la noche el frío obliga a calentarse los pies con Mentisán, un ungüento boliviano. Maricel, hoy de 44 años, acumula latas de esa pomada en la pieza que comparte con su amiga Verónica Vicencio, quien también es su jefa de gabinete, en el Hostal La Paloma. Vive ahí desde que asumió como alcaldesa, en 2016, porque no ha tenido tiempo de arreglar la casa municipal que le corresponde por su cargo.

Fue elegida en octubre de 2016 con 48,2% de los votos. Postuló al cargo como independiente. El lema de su campaña fue “Cercanía e identidad”; todavía hay algunos calendarios de campaña con su foto en los caseríos del altiplano donde se la ve de medio lado, sonriendo, con un vestido azul y un mantón de vicuña café que usa en ocasiones especiales. Así batió un nuevo récord: se convirtió en la primera mujer en ocupar el sillón de alcalde en Putre y la primera alcaldesa aymara de la Región de Arica y Parinacota.

Antes fue concejal de Putre, por la UDI, entre 2008 y 2012. En 2010 y coincidiendo con la fecha en que se celebra el Año Nuevo Aymara (el 21 de junio) aterrizó como directora de la Conadi de Arica y Parinacota, siendo también la primera mujer en ese cargo, en el que estuvo hasta abril de 2014.

Fue en ese cargo que le tocó vivir un momento difícil, en agosto de 2011, cuando un grupo de dirigentes aymaras pidió su renuncia: alegaron la demora en la constitución de la Mesa ADI (Área de Desarrollo Indígena), en la que participan los dirigentes y preside el intendente, y se abordan temas de inversión. Para ello redactaron una declaración pública.

–Sin mediar alguna conversación o advertencia de disgusto, apareció esta publicación. La mesa
se demoró porque, para formarla, se requiere una licitación y se declaró desierta en un comienzo
–explica Maricel.

Un mes después, para el Día Internacional de la Mujer Indígena, bajaron varias mujeres de los pueblos, principalmente de Camarones y General Lagos, y le hicieron como un acto reivindicatorio.

–Podían haber pedido mi renuncia 5, 10 o 20 varones, pero ahí llegaron 600, 700 mujeres aymaras a apoyarme, con sus banderas y simbología. Me emocioné. Ahí estaban todas diciéndome: “Lo estás haciendo bien, que no te importe lo que otros digan”.

Cuando terminó el periodo de su cargo, en abril de 2014, paró, por primera vez en 10 años. Fue un momento bisagra en que hizo check list de su propia vida: tenía 39 años, su vida personal había quedado en pausa porque todos esos años había estado volcada a estudiar, a trabajar, a aportar a su comunidad.

–Un día desperté y no había formado una familia. No me había casado, no me había enamorado, porque enamorarse es una palabra grande.

En ese momento se dio cuenta de que su vida era distinta a la de las demás mujeres aymaras.

–A mis padres les preocupa que no tenga una vida tradicional porque piensan que uno se va a quedar sola. Pero mi mamá, que es mi fan número uno, no es sobreprotectora. Me dio tantas herramientas. Yo le digo: “No se preocupe, mamita”.

Ese 2014 la gente de Putre quería que ella volviera a trabajar con miras a ser elegida alcaldesa. Pero Maricel, luego de hacer un diplomado en Gestión Cultural, partió a Santiago, mientras pensaba en su propia vida y dilucidaba su destino hacia adelante. Tardó meses en aceptar la invitación de su amiga Verónica Vicencio, quien vivía en la capital. “Trabajó haciendo encuestas. Ahí conoció la migración, salió, disfrutó y se reencontró con su hermana mayor. Fue como una sanación”, cuenta Verónica. Fue también un tiempo de mucha reflexión, de muchas preguntas.

–Necesitaba recuperar la paz y la fe. Y responderme a mí misma si quería ser alcalde y para qué, si mi vocación era realmente el servicio público.

Este calendario de campaña, con el retrato de Maricel, cuelga en los caseríos del altiplano. Fue elegida alcaldesa en octubre de 2016, con 48,2% de los votos.

La alcaldesa

Martes 10 de octubre. Durante la madrugada la tierra tembló: hubo un sismo de 6,6 y a las 10 de la mañana Maricel visita caseríos en la zona del Lago Chungará, al oeste del epicentro. Comprueba personalmente cómo están los abuelos y sus casas de adobe. Esta vez carga consigo hierbas medicinales aymaras, agua, jugo embotellado y pan, los que reparte. Sube y baja de la camioneta roja que conduce su fiel chofer, Enrique Pérez, quien trabaja con ella desde 2006, cuando era directora de Desarrollo Comunitario.

–La han criticado por trabajólica, pero es muy entregada a la comunidad –dice Enrique, quien se preocupa de recordarle que coma y descanse.

Unas horas después, Maricel encabeza una reunión con el Comité de Emergencia con las autoridades locales. Interviene con firmeza y propone que a los dirigentes de las comunidades indígenas de la zona se les entreguen celulares, para que puedan comunicarse en caso de emergencia, como un sismo. Algunos asistentes asienten con la cabeza. También propone coordinar un plan de emergencia entre las comunas de la región. En la reunión del comité hay 14 personas y solo dos son mujeres; una es Maricel.

Sobre lo que ha aprendido en estos 10 años, Maricel dirá después:

–Creo que hoy me siento menos culpable de las cosas. He aprendido que no les puedo agradar a todos y a sobrellevar eso. Ya no es una carga que me detiene, sino algo que llevo en mi mochila con los recuerdos y es energía que me permite seguir adelante. Uno tiene que avanzar.

Maricel quiere seguir creciendo. Le gustaría hacer un doctorado en el futuro, porque asegura que estudiar le ha permitido enfrentar desafíos y conocer personas. Y esa actitud es la que fomenta en sus sobrinos, especialmente en las niñas de su familia. En octubre, por ejemplo, acompañó personalmente a la capital a su sobrina de 17 años que postuló a la Fach.

Pero ahora está enfocada en su labor de alcaldesa.

–Me gustaría ser reelegida. Estoy trabajando para los ocho años. En lo personal, no descarto formar una familia, pero no quiero ponerle un plazo. Si se da, se da. Si no, seré feliz igual.

Lee La fiera aymara, reportaje publicado en 2007, aquí.

 

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