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15 noviembre, 2017
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Segunda parte: las residencias para madres adolescentes

En 2016 Paula publicó el reportaje sobre las Residencias para Madres Adolescentes, un programa que funciona en convenio con el Sename al que llegan jóvenes embarazadas, como Sonia, quien tenía una hija producto de la violación de un familiar. Ese artículo, donde ella denunciaba malos tratos del hogar, terminaba con la huida de Sonia y su hija. Hoy intenta salir adelante para demostrarle al Tribunal que es buena madre y obtener la tuición definitiva de su hija.

Por Carolina Rojas / Fotografía: Rodrigo Chodil


Paula 1239. Sábado 18 de noviembre de 2017. Edición aniversario 50 años.

Sonia (19 años, su nombre y el de la niña fueron cambiados) olvida por un momento la hamburguesa de pollo que tiene entre las manos y sigue por el rabillo del ojo a su hija, que tira una galleta al piso en un mall de Puente Alto.

–Antonia, basta, o nos vamos –le advierte. La pequeña se queda quieta en el acto y le sonríe. Tiene 4 años, viste impecable, un cintillo rosado se le pierde entre los tupidos rulos.

–Upa, upa –le pide a su mamá.

Sonia la toma, la sienta en su falda y le estampa un sonoro beso: “Te amo mucho, hija mía”, le dice.

El camino hasta el reencuentro con ella fue largo e incierto: mensajes en papel por debajo de la puerta en una casa vacía de La Pintana, la confusa información de los vecinos de que la familia se había ido. Un celular que Sonia nunca más contestó. Un día de octubre su hermano menor abrió la puerta y confirmó:

–La Sonia se cambió de casa adonde mi papá, otra vez se peleó con mi mamá, yo le daré su recado –prometió y así fue.

Sonia fue la protagonista del reportaje Residencias para madres adolescentes, publicado en mayo del año pasado. Un Tribunal de Familia determinó su ingreso al hogar Refugio de la Misericordia de Estación Central junto a su hija cuando ella se empinaba sobre los 15. Un año antes fue víctima de violación: la agredió su hermano mayor y quedó embarazada. Según el relato de la joven en el reportaje de Paula del año pasado, Priscilla, su madre, le prometió apoyo a cambio de silencio, asustada de la reacción que su marido podría tener al enterarse de la identidad del violador.

–Tú papá lo va a matar si se entera –le dijo Priscilla. Sonia guardó el secreto.

Al final eso no fue así.

Ella asistía sola a los controles en el consultorio de su comuna y fue ahí –donde por ser menor de edad– su caso pasó a un Tribunal, que determinó su institucionalización a través de un programa del Sename para madres adolescentes. Llegó con su hija de meses al hogar Refugio de la Misericordia.

Para ella fue una experiencia imborrable. Sobre todo por el encierro y la soledad: su mamá fue a visitarla una vez en tres años, su papá tenía problemas con la pasta base, sus hermanas menores estaban en otro hogar del Sename. Se sentía enclaustrada, deprimida y abrumada por la violencia del lugar. Justamente una golpiza de parte de sus compañeras, ante los ojos impávidos de las cuidadoras del hogar, episodio que quedó registrado en un video, fue la evidencia que desencadenó los intentos de evitar la publicación del reportaje sobre las residencias que Paula estaba preparando. Fueron cinco solicitudes judiciales de prohibición de informar, que lograron frenar su divulgación por seis semanas. Finalmente, un fallo de la Corte de Apelaciones revirtió al situación.

Un nuevo comienzo

Sonia planificó su fuga del hogar. Ella no podía saltar el muro de tres metros que cercaba el hogar  con su hija, como lo hacían sus compañeras. Aprovechando un control médico de la niña, le dijo a la cuidadora que necesitaba mudarla en el baño y se arrancó. Bajó las escaleras del Hospital San Juan de Dios a paso rápido. Apenas salió a la calle corrió con Antonia en los brazos. No miró atrás. Se fue con lo puesto. Tomó la micro 230, que va de Estación Mapocho a La Pintana.

Para que no las encontraran, se refugió en la casa del único pololo que ha tenido, el primo de una amiga al que había conocido cuando tenía cuatro meses de embarazo.

–Amor, yo sé lo que pasó con tu hermano, pero nunca te voy a preguntar nada –le dijo, y ella se “enganchó”, recuerda.

La relación se había interrumpido mientras ella estuvo en el hogar, pero él ocasionalmente la visitaba, siempre le llevaba una caja de yogurts y jaleas para la niña.

Le prometió que la esperaría.

Después de un par de semanas, la joven le tocó la puerta a Priscilla, quien la recibió a vivir con ella de vuelta. La joven dice que intentaron partir de cero y que ella, ávida por reconstruirse, lo primero que hizo fue buscar trabajo. Hizo aseo en una empresa y también en una fábrica de cecinas. Ganaba 350 mil pesos al mes. Su mamá cuidaba de Antonia a regañadientes.

En el intertanto, Sonia había cumplido la mayoría de edad, así es que ya no podían obligarla a volver al hogar. Cree, además, que, tras el reportaje, se apuró su egreso. Pero su hija Antonia aún estaba bajo la tutela del Sename. Entonces Katherine, su antigua vecina de la población El Castillo, le tendió la mano. La conocía desde pequeña porque Sonia prácticamente creció junto a su hija Daniela, quien tenía la misma edad. Katherine obtuvo la tuición temporal de la niña. Ella siempre ayudó a Sonia. La recibía en su casa cada vez que su mamá la echaba y la joven, a cambio, le cuidaba a los hijos: dos gemelos de 3 años y un niño de 7. Por esa cercanía, fue la misma Katherine quien interpuso la denuncia por violación ante Carabineros, que quedó estampada en la Fiscalía Sur en octubre de 2014.

En abril del año pasado, Sonia retomó sus estudios en un colegio vespertino. Su educación se había estancado en octavo básico. Terminar el colegio siempre ha sido su gran sueño, sabe que necesita estudiar para poder darle a su hija un futuro y todas las cosas que ella no tuvo.

Sin embargo, al poco tiempo, su vida se volvió a poner cuesta arriba de nuevo. El pololeo se terminó.

–Era celoso, un día me pegó y se acabó. Yo he sufrido mucho para aguantar algo así. No me voy a casar nunca. Los hombres son un dolor de cabeza –comenta mientras su larga trenza cae sobre sus hombros y se come el último bocado de la hamburguesa.

La relación con su mamá tampoco repuntó. “Me obligaba a hacer aseo y la comida cuando yo llegaba de trabajar, agotada. En julio, además, tuve que dejar el colegio, ya que ella me dijo que no tenía por qué cuidar a mi hija. No quería nomás, ¿qué podía hacer yo? Ella no está ni ahí conmigo, eso me da pena. Antes yo era su partner pero todo cambió cuando nació mi hija, después de lo que pasó con mi hermano…”.

–¿Te sientes más segura lejos de tu hermano?

–(Sonia mira hacia el piso, como buscando rehuir el tema). Nunca más lo vi. Mi mamá lo echó de la casa hace dos años. Él se murió para mí, es un vagabundo  –confiesa.

En agosto se fue a vivir con su papá y con Paola, su nueva pareja. Dice que él ya no toma ni consume pasta base, que se ha rehabilitado.

“Antonia aprendió a caminar recién cuando tenía 1 año y 8 meses, por pura falta de estímulo, por el encierro. Pasábamos horas en la pieza, ella mirando dibujos animados en mi celular. O durmiendo. Una en un hogar no le importa a nadie, nadie te escucha, eres una piedra”.

Contra viento y marea

En la entrada de la población El Castillo una muralla reza “La Pintana es del Colo” y el cacique característico aparece acribillando a un chuncho. En el acceso del minúsculo pasaje las vecinas restriegan ropa en el cemento y extienden sus tendederos para aprovechar los rayos de sol de octubre. Son pasadas las cuatro de la tarde y un grupo de niños persigue a un heladero. Otros juegan con pistolas, completamente indiferentes a las balaceras reales que suceden a diario en el sector.

La casa de Eduardo, el papá de Sonia, colinda por el norte con un sitio eriazo que con el tiempo quedó convertido en un basural. Es un conjunto de piezas agregadas hechas de internit y maderas. Paola, que es albañil, construyó el hogar a pulso.

Luna, un poodle negro, ladra para anunciar la llegada de los visitantes.

Un párrafo de la Biblia se lee en el pasillo de entrada: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres y la luz de las tinieblas resplandece, pero las tinieblas no la comprendieron”.

Sonia entra con una bolsa de frutas en la mano, viene llegando de la feria, donde trabaja ahora. Su hija Antonia corre a saludarla, la abraza y se concentra en pelar una mandarina, el jugo se escurre por su polera rosada. Se limpia con la mano y desaparece detrás de la cortina de la entrada. Se va a jugar con Gabriela, la hija de Paola.

El hogar es muy humilde, pero se ve serenidad y alegría a pesar de que Paola sufre de histiocitosis, una enfermedad rara e invalidante, que a ratos le quita el aliento y le provoca dolores de huesos. Ella estuvo un tiempo en la cárcel, porque fue “mechera” pero se reformó, dice, y es una mujer muy afectuosa. Quiere a Sonia como a su hija y le ayuda a criar a Antonia. La espera con la mesa puesta para el té todos los días, le ordena la pieza y le lava la ropa. “Si tú fueras mi hija, jamás habrías ido a parar a un hogar del Sename”, le dijo el día que llegó a vivir con ellos.

Sonia se siente más protegida, hace muchos años que no vivía en familia.

Eduardo, su papá, trabaja cambiando plumillas de los autos y limpiando parabrisas en el centro de Santiago, reúne entre 8 y 10 mil pesos al día y, en la misma esquina, Gabriel, el hijo de Paola, lo acompaña haciendo malabarismo. Cada uno aporta con lo que puede para los gastos y entre todos hacen casi 400 mil pesos por mes. El espacio y la plata son escasos, pero no la buena onda entre ellos. “El otro día, por ejemplo, nos subimos todos a la cama matrimonial y vimos a Los Atletas de la Risa, lo pasamos súper bien –cuenta Sonia. Ahora estamos organizándonos para hacer una once, porque mi papá y la Paola están de cumpleaños este mes”.

El día de Sonia comienza a las 6:30 de la mañana. Baña a su hija, la viste y toman desayuno juntas antes de que el furgón pase a buscar a la niña para llevarla al colegio, a prekínder. No paga nada por su educación, lo que le quita un peso de encima. El colegio lo encontró a través de internet, llamó por teléfono y a los días quedó matriculada.

El resto del día, sigue en la feria, donde trabaja como ayudante en un carrito de churrascos, hasta las 4. Vuelve a la casa justo cuando regresa Antonia del colegio y hace las tareas con ella. Ahora le está enseñando los colores. Gana 15 mil pesos diarios y saca cuentas todo el tiempo, si tuviera un carro propio podría llegar a los 60 mil al día, pagarle a alguien para que cuide a su hija e independizarse.

En abril consiguió su principal conquista: la custodia de su hija. “Ese día, la jueza me dijo: ‘Usted ya está grande y puede cuidar sola a su hija, no tiene por qué dejar que otros pidan la custodia. Ya puede hacerse cargo de ella’”.

La tuición es revisada cada seis meses en una audiencia, y Sonia cree que pronto podría ser definitiva. Para ello debe acreditar que Antonia está yendo al colegio y que sus controles de salud están al día. “Ya han pasado 7 meses y no me han llamado a audiencia. Así es que estoy súper esperanzada. Voy a estar mucho más feliz cuando mi vida no tenga nada que ver con tribunales”.

–¿Cuál es tu sueño ahora?

–Tener una casa, aunque sea una choza, para estar con la Antonia sin miedo, dejar de saltar de casa en casa. Poder ahorrar un poquito para una libreta, un subsidio. Ahora todo lo que gano es para la niña.

Para ella, dice, la independencia es muy importante. Cree que es algo que desarrolló en sus años internada en hogares. “Piensa que la Antonia aprendió a caminar recién cuando tenía 1 año y 8 meses, por pura falta de estímulo, por el encierro. Pasábamos horas en la pieza, ella mirando dibujos animados en mi celular. O durmiendo. Una en un hogar no le importa a nadie, nadie te escucha, eres una piedra”.

Ahora, quizá por primera vez, ve el futuro con más optimismo. Se ha propuesto terminar el colegio y, algún día, estudiar Enfermería. O Veterinaria. Quiere hacer todo rápido, ganar el tiempo que perdió. Siente que su juventud se extinguió en la residencia para madres adolescentes.

“Cuando yo era más chica estuve un tiempo en el Cread Galvarino (el hogar donde murió Lissette). Ahí me portaba mal, como las niñas que salen en la tele,  les pegaba a las tías… Pero en la residencia donde estuve con la Antonia cambié. Porque allí, si hacías algo malo, te amenazaban con quitarte a tus hijos. Y eso no. Porque si hay algo que me ha salvado es el amor a mi hija”.

Lee Las residencias para madres adolescentes, reportaje publicado en 2016, aquí.

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