Ser selknam en el siglo XXI

Reportajes y Entrevistas

Ser selknam en el siglo XXI

Por Greta di Girolamo / Fotografía: Constanza Miranda

Aunque se dice que están extintos, ocho familias chilenas agrupadas en la Comunidad Covadonga Ona aseguran que son selknam. Desde 2013 que buscan más descendientes de la etnia y están recopilando antecedentes para exigir que la Ley Indígena sume a los selknam a los nueve pueblos originarios reconocidos en Chile. “Nuestro primer objetivo es sacarnos el estigma de la extinción. Mientras la gente crea eso, resulta difícil avanzar culturalmente”, dice una de las integrantes.

Los selknam están muertos. Lo dicen los libros escolares, lo dice Internet, lo dice la ley. En Chile no queda otra cosa que el recuerdo de este pueblo originario magallánico con cuerpos pintados con puntos y rayas, que fue aniquilado por los colonos europeos de Tierra del Fuego desde finales del siglo XIX. No viven más que en fotos, museos, llaveros, poleras, muñecos, tatuajes, obras de arte.

Eso lo supo Nancy Molina a los 13 años, cuando en séptimo básico entregó un trabajo de pueblos originarios de la zona austral de Chile donde había tenido que escribir, en contra de su voluntad, ‘los selknam están muertos’. Se lo ordenó su mamá, cuando fue a preguntarle por qué decían esto si ella y su familia materna eran selknam.

No pasó mucho tiempo desde ese episodio cuando su abuelo le dijo “ya es hora de que tengas un nombre. Tú eres Hema`ny, naciste en agosto, eres la llegada de la primavera”. Ella estaba jugando con las iniciales de distintos familiares porque quería inventar un seudónimo para firmar las cartas, poemas y cuentos que escribía. Él, atento a su búsqueda, le propuso esa palabra, que más que palabra era ruido. Nancy no entendió mucho a lo que se refería, pero le gustó y lo adoptó. Era uno de esos sonidos y melodías que solía mascullar su abuelo, que a veces se le salían y que nadie entendía.

Su abuelo tenía 75 años, era un hombre callado y muy solitario. “A la gente no le gustaba su compañía. Decían que era feíto, morenito, cochinito”, cuenta Hemany. Sorbeteaba la sopa y prefería comer con las manos que usar cubiertos. Se llamaba Pedro Vargas, Peyuco, pero toda la vida le dijeron “El Ona”, porque, decía la leyenda, era un selknam de Tierra del Fuego. Su origen indígena, aunque incierto, era una vergüenza para la familia, que siempre prefirió mantener en secreto ese lado de la ascendencia y acentuar el origen belga de la abuela. Además, todo el mundo lo decía: los selknam están muertos.

A los 17 años, Hemany decidió investigar el origen de su familia. Leyó libros basados en los estudios sobre indígenas fueguinos del sacerdote Martín Gusinde y de la antropóloga Anne Chapman. Decían que los Selknam eran nómades, que vivían en tiendas cubiertas de piel de guanaco, que los hombres cazaban y las mujeres recolectaban frutos en sus cestas de junco y cocinaban juntas, que existía una ceremonia llamada Hain para el paso a la adultez de los niños, que la tribu se pintaba los cuerpos de rojo, de blanco, de negro, y bailaba y cantaba alrededor del fuego. Encontró cantos. Y en ellos reconoció los ruidos que hacía su abuelo.

También leyó sobre cómo a fines del siglo XIX los colonos europeos invadieron Tierra del Fuego, cazaron selknams por diversión, esclavizaron a los hombres, violaron a las mujeres, los trasladaron a Europa para museos humanos, arrancaron a los niños y los entregaron como ofrendas para el servicio doméstico de las familias europeas colonizadoras. Cómo los curas salesianos y jesuitas se llevaron a algunos indígenas a Isla Dawson para evangelizarlos y supuestamente protegerlos, pero la mayoría murieron enfermos. En todos los libros decía que las dos últimas mujeres onas habían sido Lola Kiepja y Ángela Loj, fallecida en 1974. Y que con sus muertes se acababa el linaje selknam.

Hemany se reconocía en cada rostro ona. En el pelo, los pómulos, la forma de los ojos. Empezó a interrogar a su abuelo, pero él jamás confirmó que era selknam. Hasta que un día, presenció una escena que no le dejó dudas. Estaban viendo una película de cowboys en la que un personaje piel roja preparaba una flecha para lanzarla. Peyuco se paró de su silla, indignado, y dijo: “¡Así no se hace! ¡Esa punta está mala!”. “¿Y cómo se hace?”, le preguntó Hemany. Su abuelo empezó a describirle los pasos para lograr una punta de flecha tan exacta que al enterrarse en el cuerpo del animal, este sufriera lo menos posible. “Según él había que correr para alcanzarlo y matarlo de un golpe. Después se le pedía perdón y se le daba las gracias, porque el animal era el alimento”, cuenta hoy Hemany, que es escritora y redactó un cuento con la anécdota.

En 1987, su abuelo murió y ella continuó la búsqueda. Consiguió documentos legales, registros y fotos. Hoy, a sus 51 años, dice que lo que sabe es que su abuelo tenía apenas cuatro años cuando fue arrebatado de los brazos de su madre, probablemente una indígena de pelo negro chuzo, ojos agudos y piel morena, cubierta solamente por una espesa piel de guanaco, que gritó desesperada mientras la separaban de su hijo. Desde ese día, el niño no volvió a pisar Tierra del Fuego. Los curas misioneros habrían cubierto su cuerpo desnudo con ropas occidentales y su nombre de indio, que nunca nadie supo, fue reemplazado por el de Pedro Vargas. Hemany dice que se lo llevaron a Chiloé, luego a Isla Huar, después a Puerto Montt. No tiene claridad del recorrido exacto, pero sí que al final se lo regalaron a una familia belga que tenía una vulcanización. Ahí fue cuando se enamoró de los motores y de la niña a la cual servía; Ana Poblete, una europea de tez blanca, pelo rubio y ojos azules. El amor imposible se mantuvo oculto, hasta que un día, dicen las malas lenguas, raptó a la niña y se la llevó lejos de su hogar. Se casaron, tuvieron hijos y vivieron juntos en Valdivia, donde Peyuco trabajó de chofer de buses, hasta que ella murió. Ese día El Ona lloró y lloró, abrazado al manzano del jardín.

 

La pelea por existir

La Ley indígena de 1993 reconoce como etnias indígenas vivas de Chile a la Mapuche, Aimara, Rapa Nui, Atacameña, Quechua, Collas, Diaguita, Kawashkar o Alacalufe y Yámana o Yagán.  Al ser reconocidas por el Estado, estas comunidades tienen derechos relacionados a la protección, fomento y representación mediante la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (Conadi). Además, en 2008, Chile se suscribió al Convenio N° 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), cuyo artículo seis obliga a los países firmantes a consultar a los pueblos originarios “cada vez que se prevean medidas legislativas o administrativas susceptibles de afectarlos directamente”. A lo anterior se suman beneficios como becas de estudio y subsidio de tierras. Al no formar parte de forma oficial de los pueblos originarios, los selknam no tienen ninguno de los derechos descritos.

Una de las razones por la cual los selknam no son reconocidos por la ley chilena tiene que ver con los escritos dejados por Anne Chapman, quien hablaba de los últimos selknam, haciendo referencia a quienes eran de padre y madre ona. “El purismo, la línea clásica de la antropología, pauteaba que dejando las costumbres, dejando el idioma, no teniendo un tronco familiar indígena, las personas dejaban de ser indígenas. Pero no es así, las culturas son dinámicas. Además, si han dejado el idioma y las costumbres es porque la sociedad ha tenido una política de desaparición de los indígenas”, explica el antropólogo Pedro Campos, quien guió uno de los talleres de la Corporación Selknam y participó activamente del proceso de reconocimiento del pueblo diaguita, que logró incorporarse en la Ley indígena en 2006. Asegura que es la Conadi quien debería preocuparse y otorgar recursos para levantar antecedentes de pueblos indígenas de Chile, no las comunidades, y que en el proceso de reconocimiento lo más importante es contar con voluntad política.

La misma línea argumentativa sigue Keyuk Yanten, un joven de 26 años que se identifica como selknam y único hablante del idioma en Chile. “Hablar de raza pura fue una de las estrategias para validar ante la Unesco que somos un pueblo extinto. Nos ponen a nosotros como una lección de actualidad, para que no se repita algo así en la historia. ¡Pero nosotros somos un pueblo vivo, con derechos!”, dice. “Ha habido una falta de voluntad política para reconocernos”.

Keyuk Yanten y Hemany Molina se conocieron en 2013 por Facebook. Ese día, él le dijo a ella que “Hemany”, el nombre que le había puesto su abuelo, era selknam y significa temporada de huevos, que es la forma de decir que llegó la primavera. Keyuk llevaba ocho años indagando en su historia familiar, luego de descubrir el significado del sobrenombre de su abuelo, al que también le decían “El Ona”. Tres personas marcarían su búsqueda. Una es su tío abuelo, Ramón Gómez, quien le enseñó algunas palabras en idioma selknam, que Keyuk pudo comprobar más adelante gracias a un diccionario escrito por un misionero a principios del siglo XX. Otra es Eugenio Tekol, uno de los primeros chilenos en exigir a la Conadi que se le reconociera su identidad selknam. La última es Cristina Calderón, una mujer con la que se reunió en Puerto Williams, que afirma ser yagán y que el padre de sus hijos es selknam.

“A la abuela Cristina le molestaba mucho que le dijeran que era la última yagán. Ella decía que una persona no por ser mestiza es menos parte de un pueblo. Yo sí puedo ser selknam en este siglo. Hay gente que osa poner en duda tu identidad, cuando la autoidentificación es un derecho humano fundamental. Con los ataques y la discriminación que recibí cuando empecé a decir que yo era selknam, me di cuenta de que necesitábamos unirnos y tener una postura política”, explica Keyuk. Fue por eso que, junto a Hemany, formó la Comunidad Covadonga Ona y juntos trazaron dos metas prioritarias: reunir a los descendientes del pueblo selknam, que pueden estar desparramados por Chile e incluso por Europa, y lograr ser reconocidos como una cultura viva. “Mientras la gente crea que estamos extintos, resulta difícil desarrollarnos y avanzar culturalmente. Nuestro primer objetivo es sacarnos el estigma de la extinción. En este país no puedes ser indígena si la Conadi no te da permiso. Es ridículo”, dice Hemany.

Al no tener reconocimiento legal, para poder participar de instancias de promoción cultural y discusión, en 2015 la comunidad obtuvo una personalidad jurídica con la fundación de la “Corporación del pueblo Selknam en Chile por el rescate, valoración e identidad cultural”, en la que trabajan personas de la Comunidad Covadonga Ona y otras que apoyan la causa. Documentos a los que Paula tuvo acceso dan cuenta de invitaciones y participación de miembros de la corporación en diversas instancias de instituciones como en el ministerio de la Mujer y Equidad de Género, ministerio de Desarrollo Social, Seremi de Salud y Seremi de Educación. También de Consultas indígenas, donde pueden participar de las discusiones, pero no tienen derecho a voto. “No tenemos posibilidad de tomar decisiones, somos como un adorno”, dice Hemany Molina.

Para ser reconocidos legalmente, necesitan reunir una serie de antecedentes que prueben que son selknam, algo prácticamente imposible de hacer según Nelson Aguilera, ex director regional de la Conadi de Magallanes. “Tenemos un vacío de 1950 a 2018 en que no tenemos ningún registro o antecedente cierto, serio o suficientemente consistente que nos permita presumir que hay población de origen selknam en territorio chileno. En la medida en que el pueblo selknam es desestructurado de forma violenta, su manifestación desaparece del territorio chileno definitivamente en 1930. De ahí en más, si hay descendientes vivos, son una manifestación genética. Eso puede ser identitario, pero no cultural. Lo que existe son un par de personas que han afirmado una condición étnica, pero esa afirmación carece de solidez y consistencia histórica”, asegura.

Aguilera explica que existen distintos factores y técnicas antropológicas para corroborar que un pueblo indígena existe: el nombre y apellido, cruce de datos genealógicos, lugar de origen, consistencia de relatos y concordancia de esos relatos con hechos históricos acreditados. Todo eso es lo que está intentando reunir la corporación para luego contactarse con uno o más parlamentarios e ingresar un proyecto de ley, ojalá el próximo año, para incluir al pueblo selknam en la Ley indígena. También están barajando la opción de hacerse pruebas de ADN, pero el costo es demasiado alto. Todo el proceso de búsqueda está siendo registrado por el documentalista Pablo Pinto, quien prepara un documental al respecto.

Hasta el momento, el único proyecto de ley relacionado al pueblo selknam que ha ingresado al Congreso es una moción de 2007 presentada por los senadores socialistas Pedro Muñoz y Ricardo Núñez a través de la cual se pretendía reconocer el genocidio ocurrido con las etnias Selknam (Onas) y Aonikenk (Tehuelches) y realizar dos memoriales. Durante su discusión en la comisión de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología, los en ese momento senadores Andrés Chadwick (UDI) y Mariano Ruiz-Esquide (DC) propusieron reemplazar el término “genocidio” por “extinción”, “dadas las consecuencias que se podrían generar para el Estado chileno el reconocimiento de un acto de esta envergadura por medio de una ley”, según se lee en el documento. Actualmente el proyecto duerme en el Congreso.

 

Las ocho familias

En la mesa hay frutillas, manzanas, plátanos, mate y unas hojuelas de cochayuyo que los asistentes se meten a la boca de vez en cuando y mastican con vehemencia. Es una de las reuniones que sostiene una vez al mes la Comunidad Covadonga Ona, cuyo nombre es en homenaje a una niña selknam arrancada de Tierra del Fuego a los 9 años, que sirvió a una familia alemana y fue asesinada a los 21, cuando fue sorprendida pasando información a otros indígenas para salvarlos.

La comunidad está compuesta por aproximadamente 200 personas pertenecientes a ocho familias que se reconocen como descendientes selknam. La mayoría de los integrantes no tenía idea de que habían otras familias en las mismas circunstancias, pero cuando se conocieron no les cupo duda: se encontraron parecidos físicamente, todos tenían abuelos o bisabuelos adoptados, compartían ciertas costumbres como sentarse en el suelo, usar hierbas para curarse, celebrar el paso a la adultez de niños y niñas, no nombrar a los muertos ni generar un vínculo con el cuerpo de un familiar cuando muere, la fascinación por el mar, e incluso los mismos cantos y la misma técnica para fabricar muñecas de junquillo.

Con patrocinio de la Universidad Silva Henríquez y del entonces Consejo de Cultura y las Artes, entre 2016 y 2017 el grupo asistió a dos talleres dictados por la corporación. Uno de reconstrucción de historias orales familiares a cargo de la antropóloga Constanza Tocornal y otro de genealogía, a cargo del antropólogo Pedro Campos.

Gracias a los talleres, Marcela Comte descubrió que las muñequitas de paja que su mamá le fabricó toda la vida eran una tradición selknam, y Tamara Córdova entendió por qué su abuela adoptiva le tenía prohibido ir a Tierra del Fuego, despertando las sospechas de  que su madre no había sido abandonada, sino arrebatada de los brazos de su abuela indígena. También los hermanos Héctor y José Vásquez han hecho descubrimientos importantes. Llegaron a la corporación hace tres meses, luego de asistir a una de sus charlas. Gracias al encuentro, dieron con un censo de indígenas fueguinos de la misión salesiana en Isla Dawson de 1899, donde aparece el nombre de su abuelo y la madre de su abuelo. Comprendieron la obsesión que tenía con las estrellas, que fuera él quien les hiciera con cuero la ropa y los zapatos, que los médicos hubieran comentado su singular estructura ósea cuando lo internaron por tuberculosis. “Él nunca lo dijo por miedo; quien decía de niño que era selknam podía ser aniquilado por los estancieros o las autoridades de esos años. Pero encontramos su nombre y el de su madre. Esa es la prueba más fehaciente para poder decir que somos descendientes”, dice Héctor.

En 2016, durante una semana, cuatro integrantes de la comunidad viajaron a Tierra del Fuego para conocer y levantar más información. “Siempre fui muy inadaptada, pero cuando pisé por primera vez Tierra del Fuego, dejé de tener esa sensación de que no soy de ninguna parte. Es una cuestión genética, estamos todos desarraigados”, dice Hemany. En Río Grande, Argentina, la comitiva se reunió con María Eulalia Maldonado y Bernardino Pantoja, dos selknam nacidos en Chile y radicados allá. Aunque en Argentina tampoco se reconoce legalmente  a este pueblo, sí se protege a la comunidad indígena Rafela Ishton, compuesta por cerca de 500 personas que se identifican como onas, entre ellos Maldonado y Pantoja.

Aquí, al otro lado de la cordillera, los selknam solo viven en un imaginario colectivo. Existen obras de danza, música, conversatorios, estudios y pinturas que invocan su nombre basándose en los libros, pero casi nunca contactándose antes con los descendientes. “Hablan de nosotros, pero nunca con nuestra presencia. Hemos sido un recurso turístico. Toman nuestra historia desde un punto de vista romántico y denuncian lo que sufrió nuestro pueblo. Pero cuando aparecemos, nos invalidan porque desbaratamos el imaginario de que están sacando la voz por un pueblo muerto”, explica Keyuk Yanten. Uno de los episodios que más les ha dolido es la divulgación que hizo Anne Chapman de los cantos chamánicos de Lola Kiepja, una de las últimas mujeres selknam de padre y madre ona. “Chapman se apropió de algo que no le correspondía. Son cantos con una carga simbólica que sólo pueden cantar ciertas personas en algunas circunstancias. Ahora esos cantos andan por aquí y por allá, han sacado hasta reguetones. Es una falta de respeto”, dice Hemany Molina.

En Punta Arenas, las calles del centro están plagadas de suvenires vinculados a la etnia: llaveros con personajes que llevan cuerpos pintados, fotografías, cuadros, afiches y hasta tatuajes. En la Plaza de Armas de la misma ciudad, hay un busto de José Menéndez, uno de los participantes en las matanzas los selknam.

En Santiago, Hemany Molina es una de las exponentes en el Día Internacional de la Mujer Indígena que conmemora el Museo de Arte Precolombino. “A pesar de todo lo que se dice, los descendientes del pueblo Selknam existimos. Por nuestras venas corre sangre selknam y a través de nuestra sangre nuestros ancestros gritan que están vivos”, dice Hemany, quien recibe los aplausos del público, entre ellos los integrantes de la Comunidad Covadonga Ona. Está envuelta en una piel de animal, con sus hombros descubiertos. En el cuello un collar de conchitas y en el pelo una pluma. Su cara, de pómulos marcados y ojos azules rasgados, está pintada con rayas y puntos blancos. Los mismos que aparecen en los libros de historia.

Seguir leyendo