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5 octubre, 2017
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Sergio Bernales, siquiatra: lo que ellos quieren

Es uno de los terapeutas más destacados del país y por su consulta han pasado muchas parejas –y pacientes individuales– buscando soluciones, reencantamientos o más amor. En esta entrevista, y bajo su experiencia clínica, el doctor Bernales analiza la mirada de los hombres frente al deseo, el amor, en un rol que está, además, en transición frente a mujeres cada vez más poderosas, pero que siguen haciéndose la clásica pregunta: ¿qué es lo que realmente quiere un hombre?

Por Paula Coddou B. / Fotografía: Alejandro Araya


Paula 1236. Sábado 7 de octubre de 2017.

“La falta de reconocimiento de sus esfuerzos, las descalificaciones, los rechazos en el acercamiento sexual, a veces que ellas no les lleven el amén, que los vigilen o impidan sus pasatiempos. También los desacuerdos por el manejo del dinero, la forma de educar a los hijos, los juegos de poder y los atavíos sobre la conducta que debe tener la mujer”.

Sergio Bernales, siquiatra de la Universidad de Chile, terapeuta familiar y de pareja y uno de los fundadores del Instituto Chileno de Terapia Familiar, enumera algunos de los factores que a su juicio desalientan a los hombres en una relación de pareja. Por su consulta han pasado cientos de estas buscando soluciones en su relación, juntos o por separado, frente a problemas que parecen archiconocidos pero que no son tan obvios en la mirada de este médico y docente. Casado con la sicóloga Sylvia Campos, con quien trabaja puerta con puerta, y cultor de un muy bajo perfil, Bernales aceptó contestar por escrito un cuestionario para conocer su mirada sobre la pareja desde la experiencia clínica de la consulta, y sobre los hombres que, como dice el mito, suelen hablar menos de sus sentimientos. Más en una era de reformulación de los roles tradicionales. “Quiero centrarme en los hombres a los que apuntan los y las lectoras de la revista, y me gustaría que eso quedara claro para evitar generalizaciones que no van a corresponder si hay que referirse a la totalidad de la población”, aclara.

Bajo su experiencia, ¿en qué están desencontrados los hombres hoy con sus parejas?
Algunos elementos de desencuentro los relaciono con las necesidades individuales de acceso a la intimidad. Lo que es para el hombre no lo es para la mujer. Por ejemplo, la intimidad para él puede estar en sentir el cuerpo o la piel de ella de manera placentera. Para ella, la intimidad y el encuentro con él puede estar puesto en experimentar un mismo estado afectivo (alegría, cariño, melancolía, dolor). Sigue prevaleciendo un mayor deseo carnal en el hombre y de ternura y diálogo en la mujer. Esto cambia cuando el hombre se distancia y la mujer se complica y se acerca.

¿Qué factores provocan esa distancia?
Las parejas se desencuentran por muy diversos motivos. Los hombres de clase media y alta se quejan de acuerdo a la edad y a los años de casado. Los más jóvenes resienten por lo general, aunque no lo manifiesten ni sean del todo conscientes, la llegada del primer hijo. Después, la pérdida de libertad y las obligaciones domésticas y de crianza. Otras veces decaen en su sexualidad debido a un trabajo excesivo. Un cierto tipo de desencuentro está en hombres que empiezan a ver a sus mujeres más como madres que como las veían antes de serlo. Permanece en un grupo de hombres el reclamo de la distancia de ella en lo relacionado a la intimidad sexual debido a un menor interés, o a estilos que no se articulan entre lo romántico, la ternura y la proximidad física.

¿Cómo cambia esto según la edad?
Los hombres de mediana edad se quejan de lo mismo de un modo más crónico, y los de mayor edad a veces se alejan y se retraen como parte de una expresión del climaterio masculino. Pero el fantasma de la infidelidad suele rondar a las parejas actuales independiente de la edad. Cuando es de ellos se oculta hasta que los pillan y es más raro que se busque la separación. No así cuando es de ellas, pues suelen abandonar el matrimonio. Cuando hay reconciliación, es mayor la tendencia del hombre a dar vuelta la página.

¿Qué influencia ha tenido el empoderamiento de la mujer en las relaciones, si es que fuera un factor tan determinante como algunos piensan (y culpan)?
Puede ser que haya parejas donde el éxito de la mujer en el campo laboral tenga efectos en la herida del amor propio del hombre, al ver que le conquistaron un espacio que le era propio, y eso lleve al desencuentro. Sin embargo, creo que eso implica realizar distinciones muy genéricas y polarizadas. En estos tiempos creo más en realizar distinciones respecto a que los roles del hombre y la mujer están reformulándose. Por ejemplo, el de la mujer “fuera de la casa” y el del hombre “dentro de la casa”. Aquí el desencuentro vendría en que esta nueva reformulación está aún en construcción o a mitad de camino y lo que quede de los antiguos roles aún permanece. ¿Qué sentido existencial tiene para mí tal o cuál rol?, ¿siento reciprocidad, reconocimiento o exigencia?, etc. Hoy se ven más parejas en que es el hombre el que está más en casa y la mujer trabajando sin que ello altere las relaciones, como se observaba con más frecuencia hace una década.

¿Ha cambiado la definición de la relación?
Sí. ¿Qué ha empoderado a las mujeres? Un montón de cosas: el trabajo remunerado fuera del hogar; la separación del sexo de la reproducción primero y luego la separación de la reproducción de la sexualidad (el sexo se separa de la reproducción en la etapa histórica del uso del anticonceptivo y hace a las mujeres más libres de quedar embarazadas. La reproducción se separa de la sexualidad en la etapa de la fertilización asistida, cuando el sexo no es necesario para la reproducción. Son dos momentos históricos distintos); la necesidad de compartir las funciones dentro del hogar; la distinta demanda en relación a la proximidad y la difícil aceptación de la diferencia de intereses y estilos; la progresiva autonomía. En el hombre aumenta o bien la inseguridad, la distancia, la posesividad, el desinterés sexual y la búsqueda de novedad hacia otros intereses. Todo eso ha cambiado la configuración de la relación de poder y ha modificado el modo de cuidarse y de cuidar.

Monogamia de culto

¿Qué sigue sosteniendo la monogamia en estos tiempos?
La monogamia sigue siendo de culto en las relaciones de pareja. Una cosa son las declaraciones que uno puede hacer frente a la pregunta y otra es el constatar el efecto traumático de la infidelidad. Desde mi práctica clínica tengo la impresión de que es más fácil perdonar y reparar una infidelidad con compromiso afectivo que una “cana al aire” en la gente más joven. La frase “ojos que no ven corazón que no siente” es difícil de mantener con tanta información que es simple de verificar. Creo que la monogamia la sigue sosteniendo la tradición judeocristiana y la escasez de recursos económicos. Las experiencias de los open marriage y su parentesco con la práctica swinger suelen terminar en divorcios. La monogamia sigue siendo un valor moral más allá de la frecuencia con que se transgrede. Las razones positivas para mantenerla pueden ser muy variadas, pero la principal es que hoy está más avalado socialmente que si se acaba el amor para qué seguir casados en un contexto en que la sociedad se ha puesto menos religiosa en general. Otra cosa es la dificultad de separarse por motivos económicos (ambos disponen de menos recursos) y por la importancia afectiva de los hijos, verdaderos pilares de una normatividad que gana terreno a la hora del cuidado de los hijos, primero, y de los padres cuando son ancianos. Una mala relación con los hijos incide en la soledad del fin de la vida. La monogamia se sostiene entonces desde la promesa que se han dado, la institucionalidad familiar, las creencias religiosas, la adscripción a una moral situada que define el bien entre ellos.

¿Cuáles son hoy los principales estímulos para romperla?
La creciente autonomía mutua, la creencia de que si se acaba el amor se acaba la relación, la arraigada costumbre en el hombre de la separación entre sexualidad y amor que ha contagiado a algunas mujeres, la creciente oferta de la importancia de verse joven y del cuidado del cuerpo, entre otros cambios de la época actual, en especial en las personas más jóvenes, hace aumentar la tendencia a nuevos encuentros como parte de la novedad y de la autoafirmación. A esto hay que agregar el excesivo tiempo dedicado al trabajo, los desplazamientos en una ciudad hostil en materia de circulación, la dura tarea de criar en condiciones adversas, el momento del ciclo de vida en que están, todos ellos factores que muestran una asimetría de oportunidades que algunos hombres más, y mujeres menos, toman para sí y en beneficio propio para satisfacer carencias afectivas o sexuales.

Pese a muchos discursos en contra de esto, muchas mujeres le siguen dando gran importancia al físico en el hecho de mantener a la pareja. ¿Eso ha cambiado? ¿Qué pasa con ese factor en matrimonios largos y longevos?
Me parece que es el hombre el que mira más lo físico y es algo que obliga dolorosamente a la mujer, en especial después de la maternidad y con el paso del tiempo en el proceso de envejecer. Lo mismo ocurre con el envejecimiento en el que el hombre sigue manteniendo más oportunidades desde la seducción y la posibilidad económica (billetera mata galán). No es infrecuente ver segundos o terceros matrimonios de hombres mayores con mujeres más jóvenes. El efecto Macron es escaso en este país en los sectores acomodados, no así en sectores populares en la que la figura de la madre sigue significando cuidado (más allá de la combinación con una “sucursal”, como se ha dicho en la jerga popular).

Me gustaría que habláramos de algunos mitos sobre el sexo que usted tenga identificados. ¿Hay una sobredimensión de la relación sexual de pareja hoy?
Hoy son menos los hombres fogosos, más las mujeres que se quejan de eso. Hoy hay más consumo de antidepresivos que inhiben el deseo sexual en uno o ambos. La presencia de hijos dando vueltas por ahí suele inhibir el deseo de algunas mujeres, lo mismo cuando el hombre “materniza” a la señora después de haber tenido hijos. La fogosidad es alta antes del nacimiento de los hijos, en los primeros momentos y va decreciendo con el tiempo. No son tantas las parejas que se acuerdan y cumplen con tener un espacio exclusivo para ellos y salgan a cultivar el amor. Es más frecuente la salida con otras parejas de amigos comunes, con amigos o amigas por separado, o la dedicación al trabajo y a las funciones de crianza. En la vida corriente de los matrimonios hay menos frecuencia de vida sexual de lo que se admite o hay conflictos en ella por la diferencia marcada del deseo entre ambos. Y, a diferencia de lo que se suele reconocer o creer, no es el hombre el que presiona habitualmente. Se podría señalar que cuando eso ocurre la dificultad es con la aparición del deseo en términos de frecuencia. Si los hombres son los que presionan, lo hacen a diario, pero si ellos no lo hacen, al cabo de más de una semana son ellas las que se preocupan, ya sea porque se insegurizan o porque es la frecuencia con que aparece el deseo en ellas por lo general (quizás desde la biología).

Mitos propiamente tal se pueden mencionar varios: el hombre debe hacer gozar a su mujer, se acompleja si tiene un pene pequeño, no siempre valora que la mujer tome la iniciativa a pesar de quejarse de ello a veces. La sexualidad no debe programarse y hay que dejarla a la espontaneidad. La mujer a veces cree que si no tiene relaciones sexuales con el hombre, este se meterá con otra. Y un sinnúmero de mitos sobre las fantasías que hay, que están o no permitidas.

¿Qué sucede con los hombres en ese aspecto con mujeres empoderadas?
El tema de la iniciativa suele estar presente en las parejas y, al contrario de lo que se piensa, tomar la iniciativa es lo preferido por ambos a pesar de las quejas de lo contrario. Los miembros de una pareja reclaman cuando el otro toma poco la iniciativa, pero cuando lo hace se buscan excusas para no satisfacerla.

¿Cuáles son los factores verdaderos de los desencuentros entonces?
Si vamos al fundamento diría que es el incumplimiento de la articulación entre dos fuerzas antagónicas y necesarias. El deseo de proximidad con el otro, y el deseo de diferenciarse del otro. La práctica del vivir el amor con la pareja supone erradicar dos aspectos que suelen estar arraigados: la idea de fusión y la idea de incondicionalidad. Son ideas que se sostienen en la creencia que no aparecerá nunca “el tercero”, llámese hijo, trabajo, pasatiempos, amigos, etc. Si a lo anterior se le agrega que a veces no coincide el deseo de uno de estar con el otro justo en el momento en que el otro está con “el tercero” (tercero es igual a mundo externo a ellos, no a otro concreto aunque pudiera serlo), la desavenencia aparece y se enjuicia.

¿Realmente hay una nueva masculinidad que opera distinta en una crisis de pareja?
A veces. Es el caso del hombre que ha aceptado dejarse influir por la señora; que se ha tornado más sensible a la sobrecarga de la mujer (en el caso de tener trabajo afuera y adentro o cuando el que está a cargo de la casa está muy sobrecargado con la crianza); que ha adquirido un cierto gusto por la vida en familia y las tareas que conlleva; que conserva el interés y el deseo por la señora; que cree en la institucionalidad alimentada por un sentido de la vida en términos de familia, sistema de creencia, religión, etc. Otras veces permanece la visión clásica en que el hombre prefiere ser atendido y cumplir las funciones de la proveeduría. De todas maneras, hoy hay un discurso que se acepta más entre muchos hombres en términos de lo políticamente correcto en su renuncia a los vestigios patriarcales, que habría que mirar con atención a la hora de la práctica.

¿Cuánto ha afectado a la pareja la transición a otro rol?
Lo corriente es que los años de crianza sean muy difíciles, atoren a la pareja y los obligue a una dedicación exclusiva agravada por el cansancio de los trabajos externos. Si logran complementarse, una vez que los hijos crecen, la combinación de buenos momentos familiares, cierto alivio económico y las ganas de retomar la vida de pareja dándole un tiempo concreto de dedicación, hace que la vida vuelva al cauce inicial. Por supuesto que están todas las vicisitudes ya señaladas, que hacen de la vida de pareja actual una aventura cada vez más incierta en términos de duración para toda la vida. Las cifras de divorcio así lo indican. No ha sido fácil unir la aceleración de la vida actual, la sobrecarga de tareas a cumplir y las tentaciones del entorno que ofrecen salidas fáciles de esparcimiento sin el otro.

Los “tics” en el amor

Bajo su experiencia clínica, ¿qué desalienta más a los hombres frente a sus mujeres?
La falta de reconocimiento de sus esfuerzos, las descalificaciones, los rechazos en el acercamiento sexual, a veces que ellas no le lleven el amén, que los vigilen o impidan sus pasatiempos. Habría que agregar lo temático en desacuerdos por el manejo del dinero, la forma de educar a los hijos, los juegos de poder y los atavíos sobre la conducta que debe tener la mujer.

Es un hecho que nos estamos separando más. ¿Se podrían identificar los factores?
Creo que ya lo he descrito. Solo agregar que el promedio de vida hoy es más largo y no es lo mismo durar 20 años casados que 60 en un medio de tensiones crecientes hacia la pareja, pues antes había más protección de la institucionalidad familiar, más familia extensa, más ayuda social, más espiritualidad, más protección en salud, educación, vivienda y otras variables. Hoy pareciera ilusoriamente que hay más recursos. Sin embargo, la familia está más sola para vérselas con todo lo anterior. Los horarios de trabajo son más largos, la crianza se delega desde más pequeños (a pesar de los avances en lo relativo al post- natal). A esto hay que agregar la idea de un mayor individualismo en la práctica que hace que hombres y mujeres busquen más su realización personal. Otro factor es la validación del amor como sostén de la relación –vivido como “Eros” y como “Agape”, es decir como pasión y entrega al otro–, un factor de alta volatilidad, pues cuando se acaba, las personas suelen validar que sin sentirlo no vale la pena sacrificarse. Hay tantas parejas separadas hoy en día en que ya los hijos de matrimonios separados no tienen ese estigma que antaño los rotulaba y segregaba. Hay, además, un aumento de los primeros hijos que nacen fuera del matrimonio, es más, son mayoría y eso es algo que normaliza otro tipo de relaciones sin necesidad de vivir en pareja.

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