Sin aliento

Reportajes y Entrevistas

Sin aliento

Por Texto y fotos: Roberto Farías

Mientras se guardan los carteles electorales, Rodrigo Paz, el siquiatra que medicó al Cisarro, sigue intensamente su campaña personal. Convertido en activista, clama por los niños del Sename y la infancia vulnerada. Lo seguimos durante un mes para entender su lucha y sus motivaciones.

Paula 1135. Sábado 23 de noviembre de 2013.

–¿Este gallo es un siquiatra que a veces sale en la tele, no es cierto? –pregunta un ciclista en Plaza Italia a las nueve de la noche mientras el Doctor Rodrigo Paz vocifera a través de un megáfono: “¡Políticos canallas, insensibles!”. “¡Despierten, país de zombies!”. “En el Sename se maltrata a niños chilenos como los suyos, no a delincuentes”, “¡son niños, por Dios Santo!”.

–Sí, sí, es el siquiatra que atendió al Cisarro –le responde una mujer que sostiene un lienzo. Casi es como su firma.

El doctor Rodrigo Paz (48) es siquiatra de la Universidad Católica  y realizó un posdoctorado en Neurociencias en la University of New Mexico School of Medicine de Estados Unidos. Se hizo conocido cuando en 2009 atendió al Cisarro –el niño delincuente de Peñalolén– en el Hospital Luis Calvo Mackenna, siguiendo una tesis innovadora: “la delincuencia juvenil es un problema de salud pública”, afirmaba Paz entonces y sostiene todavía.

Según él, los problemas conductuales severos en la infancia tienen origen en una desregulación en el cerebro que no les permite tener autoconciencia, moral, comportamiento asociativo y siguen sus impulsos sin medir las consecuencias. “Los niños con mejor situación social son tratados. Los pobres son condenados a su suerte y terminan delinquiendo o en el Sename sin tratamiento”, dice.

Sosteniendo esto, desde 2009 se ha ganado numerosos enemigos. De partida, lo echaron del Hospital Calvo Mackenna y no es bien recibido por los funcionarios de los ministerios de Salud y de Justicia a quienes ha acusado de “corruptos, canallas, insensibles e interesados en sus pegas y no en los niños”.

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Sus tres hijos y su ex mujer van a verlo a Plaza Italia, pues saben que es más probable encontrarlo ahí que en su departamento de Ñuñoa.

En marzo de este año creó su propia corporación, Sofini (Nuestros hijos), junto a la sicóloga infanto-juvenil Iris Morales y 30 profesionales de la salud: abogados, miembros de una organización de derechos humanos, madres de niños del Sename, un pastor Evangélico y estudiantes del Liceo de Aplicación y de la Confederación Suiza.

Y se convirtió en el hombre del megáfono: desde facebook, su canal de youtube y marchando en las calles, machaca día tras día, semana tras semana, por los niños“que continúan siendo vulnerados una y otra vez en hogares de menores y por los Tribunales de Familia”, acusa.

Desde marzo el doctor Paz ha marchado frente a la dirección del Sename, ante la Corte Suprema, el Congreso, ha dejado cartas en La Moneda y ministerios, ha aportillado discursos de autoridades y candidatos y ha organizado velatones en hogares de menores amenazados de cierre. A principios de noviembre se propuso un ayuno voluntario de 40 días con manifestaciones todas las noches en Plaza Italia. Quiso él mismo instalarse en una carpa a dormir las 40 noches, pero Carabineros lo sacó en la primera.

Asegura que ha gastado 30 millones de sus ahorros en carteles, arriendo de buses, batucadas, velas, videos de denuncia y abogados para presentar recursos de protección por hogares y niños que han denunciado traslados y maltratos arbitrarios.

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Algunos de sus amigos creen que está loco. Que se le saltó un fusible. Porque lo suyo parece un desafío moral. Una prédica en el desierto. Él asegura que no busca un cargo en ningún gobierno. Ni ser candidato a nada. Entonces, ¿qué mueve realmente a Paz?

El Sename fue contactado por revista Paula para responder a las acusaciones que le hace Rodrigo Paz y opinar sobre sus propuestas. A través de su departamento de prensa, el organismo respondió que ha decidido no comentar públicamente las declaraciones del doctor Paz.

REMEDIO PARA NIÑOS DELINCUENTES
El día que comenzó el ayuno partió atendiendo en su consulta. después fue a un matinal de la TV a hablar de Loquín, el inseparable amigo del Cisarro que cayó preso esa semana por asaltar dos casas. Colaboró con el Ministerio Público como perito forense. Al mediodía, posteó por facebook. Volvió a atender toda la tarde. Y por la noche estaba de nuevo megáfono en mano en Plaza Italia. Al día siguiente partió dando una entrevista en la radio Usach. En 36 horas solo tomó agua y coca-cola light.

Sus tres hijos y su ex mujer van a verlo a Plaza Italia, pues saben que este año es más probable encontrarlo ahí que en su departamento de Ñuñoa. “Cuando recupere mi vida personal nos veremos más, de nuevo”, le dice a su hija de 8 años en Plaza Italia en una conmovedora manifestación de niños haciéndose los muertos.

–Yo sabía, cuando atendí al Cisarro, que me iba a cambiar la vida–, dice afónico el doctor Paz luego de aportillar por cuatro horas con su megáfono a los honorables en el Parlamento el 14 de octubre. “En realidad, a ambos nos cambió la vida”.

El año 2006 en una casona del Departamento de Bienestar del patio del Hospital Calvo Mackenna creó la Unidad de Siquiatría de Corta Estadía (entiéndase urgencia) para Niños. Fue la primera en Chile en su tipo.

“Es lo mejor que he hecho en mi vida”, dice el doctor Paz. Con media docena de enfermeras diagnosticó y atendió numerosos niños que llegaban con serios problemas conductuales. Se aventuró por primera vez en usar la farmacología moderna antes que la terapia conductual. Y logró tan buenos resultados que en agosto de 2009 derivaron ahí a Cristóbal, el Cisarro, luego de una pataleta incontrolable en un hogar del Sename. El niño de Peñalolén tenía entonces 10 años y venía con un prontuario de 40 detenciones por hurtos, asaltos, robos con violencia, agresiones y numerosas fugas de los centros del Sename. Tenía en jaque al sistema.

El doctor Paz lo internó en su unidad y le diagnosticó: “síndrome de desregulación emocional severa”. Lo medicó con clozapina y risperidona, una droga para tratar la esquizofrenia y la otra para regular el comportamiento.

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En tres meses lo tranquilizó.

–Apareció Cristóbal –como le gusta llamarlo–. Podía entender el daño que provocaba. ¡Tenía sentimientos de culpa! ¡Claro que sí! ¡Quería cambiar!

Lo corrobora un profesional de Sename que pide resguardar su identidad. Y que estuvo junto a Cristóbal en el año y medio que  permaneció en tratamiento con el doctor Paz: “Cristóbal nos terminó ayudando con los niños discapacitados al frente del hospital. Lo pedían, lo llamaban. Porque era muy paternal y cariñoso”.

Cristóbal pasó un año bien. Retomó el quinto básico. Aprendió a jugar ajedrez y era querido por sus tutores del Sename. Fue trasladado de Santiago a Playa Ancha para sumergirlo en el anonimato. Pero sorpresivamente a mediados de 2010 se fugó y volvió a delinquir.

“¡Por recortar recursos, le cortaron los medicamentos”, asegura el doctor Paz. La fuente del Sename ratifica que también fue recortada la visita semanal del profesional del Servicio. Después se redujo a una visita mensual y luego ya nadie supervisaba su tratamiento.

–Una mezquindad–, dice el doctor Paz.

Desde el Calvo Mackenna acusó al Ministerio de Salud de ser responsable de la futura delincuencia en Chile por “mezquinar unos cuantos pesos” en los tratamientos siquiátricos a niños como Cristóbal. Al doctor Osvaldo Artaza, director del Hospital Calvo Mackenna le tocó darle el sobre azul. Paz sabía que irse en contra de sus jefes le iba a costar el cargo. No era primera vez.

En 1998, siendo siquiatra titular del Hospital Siquiátrico José Horwitz Barak, denunció en los medios al Poder Judicial por mantener en los hospitles a reos peligrosos con problemas siquiátricos (algunos, dice, derechamente fingidos) junto con enfermos sin antecedentes penales, violando los derechos de los pacientes. Después de dos años de bombo consiguió que los ministerios de Salud y Justicia se hicieran cargo y construyeran en los hospitales espacios separados para reos siquiátricos. Pero en 2000 lo despidieron. Se fue a estudiar Neurociencias en Estados Unidos, donde se especializó en investigación de las nuevas drogas para el comportamiento humano.

Cuando regresó a Chile en 2007 quiso poner en práctica lo aprendido. Creó la Unidad del Calvo Mackenna y ahí se quedó hasta  2010 cuando lo despidieron. Pero no cesó en sus críticas al Minsal. Después le quitaron las horas que hacía en un Centro de Salud Familiar (CESFAM) de La Reina y hace seis meses las que hacía en el Sanatorio El Peral.

Hoy solo trabaja como médico en su consulta privada; como perito siquiátrico del Ministerio Público y como activista profesional desde la presidencia de Sofini.

CONOCIERON A PAZ UN DÍA
Después de escuchar al doctor Paz vociferar en muchísimas marchas, parece que realmente algo fuera de control le indujera a esta lucha sin cuartel, que para los indiferentes chilenos de hoy resulta inexplicable.

Un garzón de Las Terrazas en Plaza Italia, donde almuerza siempre, se sorprendió una vez al ver cómo el doctor agarró a un borracho que insultaba a los mozos peruanos:

“Viendo que nadie intervenía”, dice el mozo, “se paró y fue adonde el curado y le gritó:

–¡Cómo se le ocurre molestar a estas personas! Usted no puede ni hablar y perdió el sentido del ridículo. Y ni piense en pegarme (el curado se intentaba parar) porque ahora a su cerebro no le funciona no sé qué cosa y si lo empujo se va a caer. El hombre quedó rezongando y luego lo sacaron”.

Una profesional de la salud que lo conoció en su trifulca por los reos en el Hospital Siquiátrico, lo recuerda muy vehemente: “¡Contradecirlo, ni pensarlo! Explotaba, pero no de enojo, sino de certeza. Porque ya le había dado la vuelta a todo el asunto. Aunque se le pasaba altiro” dice.

El doctor Osvaldo Artaza lo conoció desde su puesto de director en el Calvo Mackenna. Hoy, desde México, donde es asesor de la Organización Panamericana de la Salud, dice sobre Paz: “Es una persona honesta, transparente y comprometida con su causa a un nivel que cuesta a veces comprender y que sobrepasa con creces lo que pudiéramos entender como ‘normal’, ‘habitual’ u ‘ordinario’ de ver en el involucramiento de un profesional con lo que realiza. Lo respeto y aprecio”.

Las enfermeras y médicos de la Unidad de Siquiatría de ese hospital, que después de que despidieron a Paz se reabrió y hoy se está implementando en cinco hospitales, tienen prohibido hablar. Sin embargo, de la docena que trabajó esos tres años con él, dos tercios fueron contratados por clínicas privadas por la experiencia adquirida en esa unidad.

Su causa tiene muchos detractores. En las redes sociales una dirigente de una ONG de infancia lo tilda de loco dictatorial porque no se abre a caminos paralelos ni negociación alguna.

“¡Es como un talibán de la infancia!”, dice. “Entre sus seguidores no acepta contradicciones, dudas, acuerdos, ni mesas negociadoras y, si te vas contra él, te lanza la caballería, te insulta”.

Otra ex colaboradora de su Corporación Sofini, Giannina Basso, quien  además trató con él a su hijo, lo trata “de megalómano que solo busca prensa y pantalla”.

Pero un profesional que colaboró de cerca con él, dice: “¡No le presto ropa a Paz! ¡Le presto todo el ropero! ¡Nos cambió el paradigma a los profesionales del Sename!”.

PULGA EN EL OÍDO
–¡En marzo fue el acabose! –dice el doctor Paz refiriéndose a cuando se divulgó el informe de la jueza de Familia Mónica Jeldres que reveló un sinnúmero de abusos sexuales y todo tipo de maltratos cometidos en los hogares y residencias del Sename tras encuestar a 400 niños en todo Chile. Y que, pese a ser conocido durante un semestre por jueces y ministros de la Corte Suprema, solo fue difundido masivamente a través de Ciper. Luego vinieron las comisiones del Parlamento (dos y ninguna ha emitido un resultado); una investigación de la Fiscalía y nuevas denuncias de más abusos sexuales en hogares en Arica, Talca y Concepción.

–¡Y a nadie parecía importarle!, –dice Paz en tono acusador.

Después de mucho hurgar en qué hacer por esos niños decidió que no le quedaba más opción que salir a la calle, como había hecho en los 80 cuando fue dirigente del Mapu en la Feuc.

Ante las denuncias y lo que califica como “impunidad”, en marzo de este año se compró un megáfono e imprimió lienzos y carteles. Abrió un canal de youtube y una página de facebook. Con otras organizaciones contra el abuso a la infancia organizó una primera marcha de las bacinicas frente a la Corte Suprema.

“Por favor no le hagan más daño a los niños de Chile, hagan sus necesidades acá”, decía un lienzo. Después hizo una marcha de ataúdes frente al Sename. Después marchó al Congreso, a La Moneda, a los ministerios. Cada semana, una marcha. Ahora planteó un ayuno rotativo de 40 días con 40 personas en Plaza Italia.

No para. No cede.

–¿Qué hace una familia cuando tiene un niño disruptivo? –dice Paz.  Si tiene dinero lo medican, se terapian todos. Si es pobre, como ocurre con el 70% de los niños chilenos, se contiene como puede y, si no, delinque y cae al Sename. ¡Donde no le darán ningún tratamiento y lo maltratarán hasta convertirlo en un peor ser humano!

84 mil niños pasaron por Sename en 2012 según el INE. 32 mil por abuso y maltrato en sus familias. Otros 9 mil por inhabilidad de sus padres. Y el resto, por otras causas, hasta por deserción escolar.

Solo 13 mil de ellos, están involucrados en delincuencia juvenil.

15 mil niños residen permanentemente en el Sename en hogares y residencias licitadas. En promedio por 4 años, porque simplemente no tienen familia que se haga cargo.

–El Estado gasta en cada uno de ellos 185.000 pesos mensuales para su alimentación, vestimenta, educación y tratamientos médicos “especializados”, –alega Paz–. ¡Mientras que en un reo de la cárcel pública el Estado gasta en promedio 585.000 mensuales!

El Doctor Paz está convencido de que la delincuencia juvenil es un problema de salud pública. “Si un niño con buena situación social presenta problemas conductuales, es tratado rápidamente, Pero los pobres son condenados a su suerte”, dice.

¿Qué pretende Paz? Él dice que quiere borrar al Sename del mapa y empezar de cero una institucionalidad nueva que, según sus cálculos, costaría 600 millones de dólares anuales para costear 750 médicos y siquiatras; hogares dignos y profesionales de planta.

Hace poco Bachelet lo escuchó en las escaleras de la Corte Suprema, después de estar aportillándole su discurso con una batucada y gritos. Un poco angustiada se comprometió a conseguir los 600 millones donde sea. Esa vez vi quebrarse a Paz. Se abrazó a su segunda, Iris Morales y no pudo contener las lágrimas.

–No hay que cantar victoria– decía después por megáfono y a una periodista de la BBC–. ¡Hasta que no lo vea concretado vamos a ser una pulga en el oído del gobierno que sea, del color que sea!

La cantidad de gente que logra arrastrar a su causa es variable. Un día lo acompañan 30 personas, otro 5. La sicóloga Iris Morales se desmoraliza a veces por la poca gente: “Cualquier movimiento por el reciclaje convoca a más personas” dice.

Paz le sube el ánimo: “si fuera fácil, no lo haríamos. No estaríamos acá”.

“No fue el Cisarro el que me cambió la vida”, reflexiona , “son todos esos niños que he visto. No podría dormir tranquilo si no hago algo por ellos, a-ho-ra. No mañana. Una vez que te acercas, ese dolor quema”. Y recuerda: “en virtud de las leyes de protección de la infancia los niños del Sename no pueden protestar, no pueden marchar por sus derechos, ni pueden hablar, ni hacer denuncias. ¡No tienen voz!”.

Él se arrogó ese cargo, hablar por ellos.

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