Sobrevivir al Sename

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Sobrevivir al Sename

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Desde los 2 años Andrea Morales (20) vivió en hogares colaboradores del Sename. Ahí, muchas veces, comió pan con hongos, pero tenía una cama y amigas que eran como hermanas. En 2015 le dieron el egreso y ha sido vertiginoso, porque está sola. Pese a ello, terminó cuarto medio con promedio 6,5.

Paula 1243. Sábado 13 de enero de 2018.

Por Carolina Rojas / Fotografía: Alejandro Araya

“Tengo 20 años y toda mi vida viví en residencias de protección. Tenía 2 años de edad cuando quedé institucionalizada por problemas familiares, principalmente por el alcoholismo de mi mamá y un abuso que me pasó dentro de la familia, en una de las visitas. Mi mamá, además, siempre tuvo trastornos sicológicos y mi papá consumía drogas.

En ese tiempo vivía en Quilpué, en una población que se llama Pompeya Sur, cerca de las tomas. Era una casa de madera con flores en el jardín. De esa época, tengo pocos recuerdos bonitos: mi mamá me regaló una cadena de plata con un colgante de bailarina y mi papá me regaló una de sus fotos. Esas dos cosas las llevé conmigo al hogar Santa Ana, el primero en el que estuve, que estaba en Quilpué.

A los 5 años llegué a la Casa de la Providencia de Valparaíso con mi hermana menor. Tuve que cuidarla para que no le pegaran las niñas más grandes, peinarla y vestirla todos los días. Mis papás, al poco tiempo, dejaron de llegar a las visitas los sábados y domingos. Nos dejaron botadas.

Lo que más me quedó marcado dentro de la residencia fue la vulnerabilidad de nosotras, las niñas. A veces, nos daban pan duro con hongos y solo uno para cada una. Comíamos almuerzos repetidos y, para tomar, solo un vaso de agua, nada más. A veces, entre nosotras hacíamos campañas: ‘hacíamos monedas’, y nos comprábamos jugos o salsa de tomates para ponerles a los fideos, que los servían con apenas una pizca de salsa. También nos daban ensalada sin limón y más de una vez tenía bichos, creo que eran mosquitos.

Entremedio de todo eso, pasaban cosas bonitas. Habían distintos grupos de niñas: las piolas, las malas, las buenas para el leseo. Nos poníamos sobrenombres, éramos como hermanas, si hasta había un clóset común para todas. Era bonito juntarse, ellas eran mi familia. Aún hoy hablo con mi amiga María Paz, a quien quiero mucho. Me afectó separarme de ella. Después del cierre de la Casa de la Providencia (en 2015 debido a una denuncia de dos ex funcionarios por maltrato y presuntos abusos sexuales contra algunas niñas) mi amiga se fue con su hermana a una residencia para niñas de Quilpué y la echaron por mal comportamiento, por desordenar a otras niñas, supuestamente. Ahora trabaja y estudia en la universidad, arrienda un departamento con su hermana. Su mamá sigue metida en las drogas. Yo echo de menos a la María Paz.

La gente del Sename nunca se preocupó por nosotras, pero aparecieron para el cierre del hogar. Me acuerdo poco del episodio de los abusos que habían sufrido algunas niñas. El tío Tomate (el supuesto abusador) era un hombre que visitaba el hogar y creo que les hizo algo a algunas de las chiquillas, otras iban a su casa. A mí no me pasó nada. Pero creo que esas cosas pasaban porque estábamos muy solas; si a una niña alguien le decía, ‘ándate conmigo’, era capaz de irse. En el hogar había mucha soledad y muchas niñas llegaban por casos de abuso o violación, bueno yo estaba por un abuso también. Un día le conté a una de las sicólogas lo que me había pasado dentro de mi familia y tuvieron que poner la denuncia. Al final no pasó nada con eso porque ya había pasado mucho tiempo.

Por todas esas cosas, había niñas que se cortaban los brazos o tomaban pastillas. Una vez, cuando yo tenía 16 años tomé un puñado de ibuprofeno y me lo tragué: quedé inconsciente. Estaba con depresión y no aguanté más. Colapsé. Recuerdo que fue una tarde después del colegio. De pronto me sentí muy ahogada, estaba mal. Pensé en que a mis papás no les importaba desde los 5 años y que nunca más me fueron a ver. Mi defecto es que pienso mucho, así que ese día creí que lo mejor era irme. La sicóloga del hogar, la Silvana, me llevó al hospital con mi amiga María Paz y un tío que me tuvo que llevar al hombro.

Pasaron otras cosas tristes. Había una compañera, la Kathy, que siempre se subía al muro para conversar con unos amigos que la iban a ver y le hablaban desde la calle. Ella escalaba la pared que daba a un patio cerca de una parroquia que se quemó. Un día resbaló y se cayó, se azotó la cabeza en el cemento y quedó grave en el hospital. Estuvo meses inconsciente. Se salvó por nuestros rezos: rezábamos todos los días por ella.

Una vez me tocó recibir a una niña. Tenía 14 años y llegó al hogar porque la habían violado su hermano y su tío. Le tuve que mostrar todos los pabellones del hogar y mostrarle dónde iba a dormir. Yo la veía como amiga y ella, con el tiempo, me empezó a ver con otros ojos. Era como un niño: tenía el pelo largo y un día se lo cortó. Las tías inventaron que ella abusaba de las niñas más chicas pero era mentira, la discriminaron porque era lesbiana y la querían echar. Había tías muy homofóbicas.

Otra cosa difícil era que a veces las niñas más chicas se iban en adopción y separaban hermanas. Una amiga, la Kimberly, llegó al hogar con su hermana chica que tenía 9 años y un día le encontraron padres adoptivos. Con el tiempo, la Kimberly también se fue del hogar. Un día me la topé en el liceo, pero ya no era la misma. Estaba metida en las drogas. Había engordado con la medicación y estaba sucia. Fue triste verla así porque cuando éramos chicas, ella me decía: “Voy a ser alguien en la vida, Andrea”. Ahora su deseo era volver a ver a su hermanita.  Había averiguado que vivía con una familia de Valparaíso, pero no podía encontrarla. Eso la estaba volviendo loca.

***

En marzo de 2015 se ordenó el cierre de la Providencia, seis meses después dejó de existir. Para mí fue un cambio chocante. Me enfermé; soy muy sensible y sufro de ansiedad. Llegar a un hogar nuevo, hizo que me sintiera muy sola. Lloré los primeros días.

Recuerdo el día que nos informaron el cierre del hogar la Casa de la Providencia, fue después de las acusaciones de dos sicólogas de la casa que denunciaron los abusos a unas niñas. Llegué del liceo en la tarde, afuera estaba la televisión. Adentro, mis compañeras estaban enojadas porque se les había informado que se cerraría el hogar. Nos enteramos por la televisión. Fui una de la primeras que se tuvo que ir, porque era una de las más antiguas. La asistente social me dijo un día: ‘Te tengo una noticia buena y una mala: la buena es que puedes elegir el hogar al que te quieres ir; la mala, es que te vas la próxima semana’. Quedé en blanco.

Fue triste la despedida, me hicieron una once con torta y mi amiga María Paz me dedicó unas palabras. Lloramos abrazadas. Al otro día me fui en la mañana al nuevo hogar, el Teresa Cortés Brown, y todas me ayudaron a llevar mis cosas hasta la puerta. La sicóloga con la asistente social me fueron a dejar al nuevo hogar. Estaba nerviosa. Era un lugar mejor, pero encontré raras a las niñas: todas tomaban pastillas. Eran ansiosas, había una que se descompensaba y le pegaba a la tía. Mi hermana también se fue conmigo a esa residencia, a ella le dieron el egreso el año pasado.

***

A los 18 años me fui de ese hogar, era diciembre de 2015. Salir a la calle, a la vida, fue lo peor. Afuera, tuve que pasar por muchas cosas y no me quedó otra que ser fuerte. Al egresar me dieron ataques de pánico: no me gustaba que la gente me mirara, todavía me cuesta andar en micro. En ese tiempo, la única casa que tenía donde llegar era la de mi mamá, pero ella tenía una nueva pareja. Me fui con ella igual, me tenía que matricular en un liceo, ir al consultorio y no tenía plata para nada. Le pedí a mi mamá y se peleó conmigo; me dijo que no tenía por qué ayudarme y empezó el maltrato de nuevo. Estaba sola.

Para poder comprar mis cosas, trabajé cuidando a una señora ciega y a un señor con Alzheimer; me pagaban 50 mil pesos semanales y esa plata me alcanzaba para la locomoción, para ir al liceo y para mis artículos personales. Un día me enojé con mi mamá porque mi hermana chica salía del hogar los fines de semana y cuando llegaba a visitarla, mi mamá se ponía a tomar con sus familiares. Tomaban tanto que había peleas en la casa y yo tenía que separarla. Me dolía que mi hermana viera todo eso. Si no estaba peleando, mi mamá desaparecía todo el fin de semana y llegaba el lunes como si nada. Conté todo eso en el hogar y ella se enteró: me enfrentó, me pegó y me echó de la casa. Quedé en la calle. ‘Ya no me interesa que yo no te importe, pero al menos preocúpate de mi hermana’, le dije antes de irme. Después de eso, a mi mamá le quitaron mi tutela.

Me citaron en el hogar y me preguntaron si quería volver y les dije que no, que ahí estaba en una burbuja, tenía que aprender a vivir como fuera. Me fui con mi papá. Su pareja no me quería, pero también me esforcé. Necesitaba ir al colegio, para pasar a cuarto medio como técnico en párvulos, estar tranquila.

El 24 de febrero de 2016 tenía que entrar a clases, al final peleamos con la polola de mi papá y no me dio comida por dos días, me tiró mi ropa a la calle y me tuve que ir. Estuve un rato, después estuve con una tía de la residencia en Quilpué, me quedé ocho meses con esa familia, pero la ansiedad aumentaba. Me empecé a sentir incómoda, yo soy muy para adentro y ellos creían que yo siempre andaba enojada. Me aislé aún más en mi pieza y ellos se lo tomaron mal. Empecé a colapsar, vi las malas caras; sentí que molestaba en la casa. Me echaron en noviembre y en diciembre volví con mi papá.

La ansiedad empezó de nuevo: me sudaban las manos, me ponía roja y empezaba a marearme. Cuando caminaba por las calles de Valparaíso sentía que todos me observaban. ‘¿Qué me está pasando? ¿Qué va a ser de mí en el futuro?’, me hacía preguntas. Me dolía el estómago.

Me arranqué de la casa de mi papá la Nochebuena de 2016 con un bolso de ropa y nada más. Me ayudó una asistente social que conocía de antes, dejó que me quedara unos días en su casa, ahí estuve hasta abril. Luego, me fui adonde una vecina, pero ahí también la gente se aburrió de mí: yo hacía el aseo para ganar puntos, pero de nuevo las malas caras. Exploté.

Desde los 13 años tengo un pololo y él me ayudó finalmente: en mayo de 2017 me vine a vivir con él y su abuelita a Olmué. Es una casa grande, con árboles frutales, donde hay perros y gatos. Me gusta estar ahí, porque hay tranquilidad.

Pude estudiar, me matriculé en cuarto medio en el Joseph Lister School de Limache. Ahora mi sueño es llegar a la universidad para ser fonoaudióloga o parvularia. Quiero salir adelante y para eso, además, trabajo los fines de semana como garzona en un club de campo. A veces, cuando todo mejora, me acuerdo de mi hermana chica, que está con una tía y ha empezado a tomar. No quiero que termine como el resto de mi familia.

Ahora estoy mejor, más tranquila.  En el Cesfam de Limache me han tratado la depresión y tomo fluoxetina para controlar esa sensación de angustia.

Después de lo que viví, si tuviera que entregar un mensaje, me gustaría que la gente sepa que no porque una estuvo en un hogar del Sename no se puede salir adelante. Creo que hay que ser perseverante y proponerse objetivos. Quiero que las personas vean nuestra realidad, que ayuden a los niños y niñas después de que salen de un hogar. Porque al salir quedamos a la deriva. Solos.

El 23 de noviembre me gradué de cuarto medio, fui el mejor promedio de todos los cursos con un 6,5 y lo único que quiero es seguir igual, estudiando. Mis papás no llegaron ese día. Les conté pero a ellos no les importó. Solo fueron mis hermanas. No pudimos celebrar porque solo andaba con la plata de la locomoción. De todas formas, estaba muy feliz”.

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