Tengo solo hijos hombres

Reportajes y Entrevistas

Tengo solo hijos hombres

Por Lucía Correa Yávar / Ilustración Gertrudis Shaw

Soy la tercera después de 2 hermanos hombres y muy esperada después de que mi mamá sufriera varias perdidas. En pocas palabras, “la niña”. Y en mi casa siempre se encargaron de hacerlo notar. Me llenaron de muñecas y ropa con vuelos y bordados. Siempre muy “femenina”. El rosado era mi color. Esta costumbre permaneció en mis gustos e incluso hoy prefiero los vestidos a los pantalones. Quizá por eso mismo siempre me imaginé rodeada de puras hijas. De esas que se disfrazan todo el tiempo y que andan con tutú hasta para ir al colegio. Soñaba con poder hacer muchos panoramas juntas. Con tener partners que me entendieran y a quien yo iba a poder entender un poco mejor por el hecho de ser mujer.

Pasaron los años. Me casé y tuve mi primer hijo: León. No me importó, porque de alguna manera nuestra sociedad machista se alegra de que el primero sea hombre. De hecho, mucha gente me felicitaba por eso. Luego vino el segundo. Obvio que tenía que venir la mujer. Pero no, fue un Pedro. En ese minuto me consolaba diciéndome “está bien así, esta dupla de hermanos va a ser muy unida. La tercera es la vencida”.

Con mi marido siempre planificamos tener tres hijos. Por eso hice todo tipo de recetas “caseras”. Esas que me daba la gente que en vez de felicitarme por mis dos niños me preguntaba “¿cuándo se viene la niña?”. Hasta en el supermercado se me acercaban señoras desconocidas para entregarme “técnicas”. Me hablaban de alimentación, trucos, e incluso me recomendaban para qué lado dormir, asegurando que eso influiría en el sexo de mi tercer hijo.

Y me lancé pensando que tenía que venir la niñita. Nunca ni siquiera lo dudé. Desde la primera ecografía, presioné al doctor para saber el sexo de la guagua. Finalmente, en el tercer mes, me dijo que no me ilusionara ciento por ciento, que, aunque aún era muy luego para confirmarlo, él se atrevía a decirme que era una mujer. Casi me desmayo. Mi “no ilusión” se tradujo rápidamente en comprar vestidos y contarle a medio Chile que se venía la Lucía.

Todo cambió en la segunda ecografía, cuando la niñita se convirtió en un Juan. Confirmado. Cuando supe, me puse a llorar. El doctor me preguntó por qué y me salió del alma confesarle que era porque yo quería que fuera una mujer. Él, sorprendido, me dijo: “¿pero cómo lloras si tienes una guagua sanita?”. Me sentí una idiota, una ridícula. Obvio que eso era lo más importante, lo único importante, aunque supiera que ya había quemado mi último cartucho. Ese mismo año varias amigas esperamos guagua al mismo tiempo. Todas fueron mujeres, menos Juan. Ahora no sé qué haría sin él. Juan es lejos el más demostrativo y regalón de mis tres hijos.

Cuando pensaba en que no tuve una hija mujer siempre me cuestioné quién se iba a preocupar de mi cuando fuera viejita. Quién iba a ser la apegada de la casa, la que organizaría las cosas familiares cuando nadie esté ni ahí. Porque generalmente somos las mujeres las que nos hacemos cargo de mantener a las familias unidas. Ahora que mis hijos están más grandes (tienen 10, 8 y 4 años), se me ha ido un poco ese miedo. Creo que como me han escuchado tantas veces decir que no llegó la hermana, se han encargado de ser súper mamones y preocupados conmigo. Me dicen que cuando sean grandes siempre me van a ir a ver. Que ellos me van a cuidar.

Hoy, después de aprender a jugar futbol, diferenciar los tipos de dinosaurios y saber qué es una llanta, veo todo con más perspectiva. Y soy realmente feliz rodeada de mis hombres, quienes me cuidan y siempre, aunque esté recién despertando, me dicen que estoy muy linda. A falta de hijas, la vida me ha llenado de grandes mujeres, muchas amigas y preciosas ahijadas. Siento que ahora mi tarea es ser es ser un ejemplo de mujer para que mis hijos aprendan a valorar, respetar, querer y ayudar a quienes sean sus parejas. Y ser la mejor de las suegras.

Lucía Correa Yávar es diseñadora, vitrinista y emprendedora en CCdesign. También es fanática de las manualidades.

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