Por qué soñamos lo que soñamos

Reportajes y Entrevistas

Por qué soñamos lo que soñamos

Por Victoria Misito / Ilustración Edith Isabel

Los sueños tienen algo que decirnos. En palabras de Freud: “son la vía regia hacia el conocimiento del inconsciente”. Porque cada escena que reproducimos mientras estamos dormidos, no es casualidad. Su análisis es una de las herramientas más importantes para comprender la mente humana, y revela pensamientos que estando lúcidos somos incapaces de percibir o queremos camuflar. Y es que la consciencia y el inconsciente hablan distintos idiomas, generado realidades alternativas que al despertar muchas veces nos resultan incomprensibles. La invitación es a entender qué se esconde detrás de este mundo, uno de los pocos que no podemos controlar.

“Las personas somos como un iceberg del que solo se ve la punta. Todo lo que hay bajo el agua es nuestro subconsciente, un montón de deseos y traumas que reprimimos pero que son los que dan forma a nuestros sueños”, decía Sigmund Freud hace más de 100 años, en un contexto donde el mundo onírico no era tema y la ciencia apenas les atribuía una función psíquica. Fue en su libro ‘La interpretación de los sueños’, publicado en 1899, donde argumentó por primera vez su tesis, una que revolucionó al mundo entero y supuso un hito para la historia de la psicología: la creación del psicoanálisis.

Luego de explorar sus propios sueños y los de sus pacientes por más de cuatro años, Freud concluyó que lo que pasa por nuestra mente mientras estamos dormidos permite vivir experiencias que, conscientes, no queremos reconocer. El doctor en psicoanálisis de la Universidad Paris VIII y académico del departamento de psicología de la Universidad de Chile, Pablo Reyes, explica: “La tesis central es que el sueño es la realización de un deseo que no se puede ejercer despierto. Pueden ser temas pendientes o situaciones penosas que nos hacen cuestionar nuestro actuar, como el común ‘podría haber hecho esto en vez de lo que ya hice’. Toda la representación del sueño está hecha en función de satisfacer un deseo y por las leyes del inconsciente esas representaciones solo oscurecen su verdadero sentido, es decir, la censuran para que cuando estemos conscientes, no las entendamos. Funcionan como una especie de mensaje en código, que deja camuflado aquello que genera malestar”.

Entre todos los sueños que Freud analizó para llegar a sus conclusiones, el primero que interpretó cuidadosamente fue ‘La inyección de Irma’. En el verano de 1895 había estado tratando a esta paciente que padecía histeria. Propuso como solución un método particular que no tuvo éxito, ya que ella lo suspendió antes de poder completar la terapia. Después de un tiempo, habló con un colega, quien estaba la estaba tratando, y le preguntó sobre su enfermedad. Él le contestó que ella estaba mejor, pero seguía con algunos problemas. Esa misma noche, Freud tuvo un sueño, el más famoso en la historia del psicoanálisis: un gran salón con numerosos invitados, entre ellos Irma. Mientras dormía la llevó a un lado para reprocharle no haber aceptado su “solución”. Y le dice: “Si sigues teniendo dolores, es realmente sólo culpa tuya”. A eso ella respondió: “Si supiera el malestar que tengo ahora en la garganta, el estómago y el abdomen; prácticamente, me están ahogando”. La vio pálida e hinchada y pensó que, después de todo, se debía de tratar de otro problema. La acerca a la ventana y mira su garganta, mientras ella muestra signos de rechazo que no impiden que abra la boca lo suficiente para que Freud pueda encontrar, a la derecha, una mancha blanca. De inmediato, llama a un colega, el mismo que la estaba atendiendo en la realidad, quien repite el examen. “No hay duda de que es una infección, pero no importa, la toxina será eliminada. Le he suministrado una inyección”. Freud especula sobre la necesidad de no dar este tipo de inyecciones tan a la ligera y piensa que, además, la jeringa quizá no había estado lo suficientemente esterilizada.

Una vez despierto, interpretó que Irma reunía características de varias mujeres reticentes a su método psicoanalítico. Sin embargo, atrás de la trama del sueño, reconoció su deseo de no sentir culpa de los padecimientos de su ex paciente. Ese mismo anhelo es lo que lo llevó a culpar al colega, en el sueño, ya que él como psiquiatra, no podía hacerse cargo de una dolencia orgánica. Le atribuyó la responsabilidad a un tercero, pero en realidad, era él quien se sentía culpable.

Un par de años después, en 1906, el psiquiatra Carl Gustav Jung apareció en la vida de Freud y terminó por convertirse en su discípulo. Y, con el paso del tiempo, en su mano derecha. Sin embargo, Jung también tenía sus propias ideas y pensamientos, lo que provocó discrepancias y la rivalidad entre ambos. Pese a que él no haya sido el primero en dedicarse al estudio de la actividad onírica, sus contribuciones al análisis de los sueños fueron altamente influyentes.

“Jung se dio cuenta que existía otra capa en el análisis, la del inconsciente colectivo. Esto quiere decir que no todo lo que soñamos tiene que ver con nuestra vida personal, sino que también hay pensamientos formados de arquetipos. Para él la mente está llena de imágenes que son simbólicas, que representan cosas. Esos símbolos nos vienen a ilustrar algo sin disfrazarlo u ocultarlo”, dice Javiera Falcone, psicóloga de La Sociedad Chilena de Psicología Analítica (SCPA), dedicada a difundir y profundizar el pensamiento junguiano.

Carl Gustav Jung se percató que con frecuencia los delirios y alucinaciones de sus pacientes, así como en los sueños de las personas en general, emergían de manera espontánea temáticas, historias y personajes que, una vez examinados e interpretados, representaban una similitud con las narraciones mitológicas que han acompañado a la humanidad. Estos relatos y símbolos nacían, por lo tanto, de una fuente creativa común, a la cual denominó inconsciente colectivo. Estas imágenes o patrones de pensamiento de significado universal, son los famosos ‘arquetipos’.

“En la sicología junguiana decimos que todos los sueños hay que anotarlos porque aunque no queramos analizarlos, el solo hecho de escribirlos significa que la consciencia está tomando lo que el inconsciente le planteó. Esos pensamientos tienen una función compensatoria, es decir, vienen a compensar algo que la consciencia necesita ordenar”, explica Javiera. Y agrega “Lo importante es examinar las imágenes de los sueños, quedarse con los símbolos y encontrarles un sentido”. Para explicarlo, Jung dio el ejemplo de una persona que soñó con el atropello de un niño. Para él, es muy probable que el escenario y las escenas narradas sean por algo que se vio en el pasado, como la noticia de algún accidente, por ejemplo, sin embargo, se debe reflexionar el por qué el inconsciente eligió a ese niño, esa calle y ese accidente.

Ambos especialistas aclaran que más que el contenido de los sueños, lo importante es el análisis que hace el propio paciente, el sentido que tienen para ellos. “Cuando uno despierta, reconstituye su propia imagen. Pero cuando duermes esa imagen queda en suspenso y se proyectan pensamientos que evitamos para poder sostener nuestro rol. Por eso es tan subjetivo, porque es ahí donde se expresan las cosas que dejamos de lado para poder ser lo que somos”, explica Pablo.

 

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