Soy sonámbula

Reportajes y Entrevistas

Soy sonámbula

Por Macarena Rojas / Ilustración Edith Isabel

Cuando tenía cinco años, mi familia detectó que era sonámbula. Al principio se trataban de episodios cortos, de no más de 10 minutos, en los que deambulaba por la casa. Mi mamá fue la primera en darse cuenta. Una noche sintió un ruido extraño, bajó para ver de qué se trataba, y se encontró conmigo intentando abrir la puerta de la entrada. El pediatra le propuso dos cosas: que cambiara los muebles de lugar para medir el nivel de consciencia y que se fijara en la hora en la que yo me paraba de la cama. Esto último porque, según él, las personas logran el sueño profundo a partir de las dos horas, entonces si me levantaba después de ese rango, era probable que estuviese realmente dormida. En ambos casos, todo indicó que efectivamente tenía ese trastorno del sueño.

La situación empeoró cuando entré al colegio. Me levantaba dos veces a la semana a ordenar la mochila y a preparar las cosas para el siguiente día, regaba las plantas y jugaba con mi perro. Era súper activa, y eso asustó un montón a mi familia. Para evitarlo, decidieron poner bajo mi cama un balde con agua fría, y así, despertarme apenas intentara salir. Tengo recuerdos un poco traumáticos de esa época, porque me daba temor irme a la cama. Era tanto el susto que me provocaba despertarme por el impacto del agua helada que lloraba cada vez que me pasaba. Era muy chica, y pese a que se tratase de un trastorno asociado a la infancia, nunca lo superé. Actualmente, a mis 30 años, sigo siendo sonámbula.

En mi caso, hago cosas que son muy cotidianas. Es como si estuviese siguiendo una rutina. Siento que me levanto de verdad y hago mi vida normal. Y creo que por eso mismo, me da tanto miedo. Pienso en todas las veces que me he puesto de pie, bajado las escaleras, limpiado, como si estuviese completamente despierta. Me causa mucha ansiedad imaginar que en algún momento pueda llegar a agarrar el auto. El episodio más extremo que he vivido hasta ahora fue a mis 12 años. Mi mamá se despertó a las cinco de la mañana, me buscó por toda la casa y yo no estaba. Desesperada, salió junto a mi tío a gritar mi nombre por las calles. Minutos más tarde, me encontraron sentada en el paradero, con la mochila puesta, esperando la micro. El único recuerdo que tengo es de alguien llamándome, de mí despierta llorando y nada más. Creo que me desmayé por el impacto de desorientación. Ese es otro tema bastante complicado. Dicen que no hay que despertar a los sonámbulos porque es muy probable que nos angustiemos al no entender la situación. Sin embargo, suele pasar que por factores externos –como los ladridos de mi perro, por ejemplo- salgo de ese estado bruscamente. Ya estoy acostumbrada y sé cómo calmarme, es un trabajo súper personal. Cada vez que me pasa enumero mentalmente el lugar donde estoy: Santiago, mi comuna, mi casa.

Según lo que he experimentado, cada episodio viene en un periodo de estrés de mi vida. En la universidad me pasaba como cada tres meses. Varias veces me pillaron en mi casa ‘haciendo un trabajo’. Me levantaba, abría el notebook y escribía con la pantalla apagada. Ahora sé cómo detectarlo y cuando estoy con mucho trabajo trato de tener más precauciones. Mi marido se preocupa de dejar todo cerrado con llave y yo lo acompaño en ese recorrido para interiorizarlo. Otra de las causas, según mi doctor, puede ser porque padezco del síndrome de ‘las piernas locas’. Necesito moverlas ya que siento un dolor intenso, como si hubiese caminado todo el día. El problema es que es como un círculo vicioso porque cuando tengo un episodio de sonambulismo, me siento mucho más cansada al día siguiente.

Sé que este trastorno no es fácil para las personas que me rodean porque muchas se asustan. La cara que uno pone cuando está en ese estado no es una muy compuesta, es como si estuviese ida. Mi mamá me dice que la miro, pero como con una mirada falsa. Puedo pasar al lado de alguien y jamás darme cuenta. Es como si los demás fuesen fantasmas. Siempre fue complicado, de hecho, con la única pareja que me atreví a pasar la noche fue con mi marido cuando ya llevábamos varios meses pololeando. Y una vez me pasó. Estábamos en la casa de sus papás y me encontró sentada en el living de lo más instalada con su perro durmiendo al lado mío.

Esto también puede afectar un poco en el ámbito social. Cuando chica, en el colegio, nunca me pude quedar en la casa de mis compañeras. Y cuando entré a la universidad obviamente sentí un poco de ansiedad porque era muy común quedarse hasta tarde haciendo un trabajo en grupo y luego dormir todos juntos para seguir temprano al día siguiente. Tenía casi que hacerles una terapia y explicarles mi problema. Trataba de advertirles y pedirles que por favor no me despertaran si me pillaban, sino que me guiaran hasta la cama.

Creo que uno de los momentos más delicados fue cuando nació mi hija, me dio terror. Pensaba que quizás podía llegar a tomarla en ese estado. Mi marido tenía que estar muy alerta, sin embargo, nunca pasó nada grave. Lo que sí me da nervio ahora es que también sea sonámbula, porque dicen que es súper hereditario. He visto como algunas veces se sienta sobre su cama durmiendo y después vuelve a acostarse. Igual es más habitual a su edad, ella tiene cuatro años, pero espero que esto no empeore. Tener dos sonámbulas por la casa no debe ser muy agradable.

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