Barbie girl

Reportajes y Entrevistas

Barbie girl

Por Andrea Lagos / Fotografía: Sebastián Utreras / Producción: Modo Producciones / Arte: Inés Picchetti / Maquillaje: Gema Canessa / Agradecimientos: El Canasto.

Stormy ama a Barbie. Posee quinientas muñecas en distintas versiones, fabricadas por Mattel en los años ochenta, conservadas en sus cajas originales, que están guardadas dentro de cajas vulgares para protegerlas del polvo y el tiempo. Para Stormy el mundo Barbie es filosofía pura.

“Barbie es todo lo que una mujer de 25 años debería ser: linda, feliz, independiente, constituida, profesional, sin problemas, con un pololo que la siga para todas partes y que no la interfiera en nada y con un descapotable en la puerta”, afirma Stormy Burgos, bronceadísima, maquillada con sombra celeste, cejas depiladas al arco, vestida con calzas y top de algodón negro con letras plateadas. Sobre la mesa de centro del departamento de Diagonal Paraguay donde vive, una fuente con cabritas y una botella de néctar de durazno. En el baño, una ruma de revistas Cosmopolitan, de las que Stormy extrae tips y secretos de belleza para mantenerse como muñeca.

Stormy entró al mundo Barbie a los cinco años. Era la Navidad de 1982. Su padre (el viejito pascuero) puso bajo el árbol una Barbie Day to Night, una muñeca de traje ejecutivo que con sólo dar vuelta la falda mutaba a reina de la noche.

“El mundo de la muñeca Barbie era el futuro ideal para cualquier niñita. De la oficina a la fiesta, con tacones haciéndole juego a la cartera, anillos de perlas, estolas de piel, boas de plumas, aros de brillantes, botas blancas o plateadas”, recuerda Stormy acomodando su cabellera platinada, cruzada de piernas sobre el sofá beige que copa el living revuelto y sucio por el caos de su reciente cambio de casa.
–¿Hacer el aseo yo? ¿Dónde se ha visto que Barbie ande con pañuelo en la cabeza, delantal y plumero? Yo no muevo un dedo– ríe con descaro.

Tras la Day to Night de los cinco años llegaron a la vida de Stormy, año tras año, exactamente 499 muñequitas rubias: Barbie Magic Move, Dream Glove, Tropical Barbie, Crystal, Peach and Cream, Pink and Pretty, Swett Roses, Astronauta, Western, Super Hair, la réplica de Marilyn Monroe, la diseñada por Burberry, la Scarlet O’Hara, la Barbie tipo Elvis Presley. Y su joyita, un tesoro que le cayó del cielo: la Pony Child Nº 13, una Barbie con cola de caballo de colección hecha en los años sesenta, que encontró en una tienda de juguetes usados importados de EE.UU. Pagó por ella trescientos pesos.

No todo fue una ganga. Era tal el deseo de sumar rubias que Stormy contactó a una media hermana suya que vivía en Miami. A la casilla de su pariente llegaban las muñecas que encargaba la niña desde Chile. Dos de cada tipo: una la vendía al doble y con eso se pagaba la otra, la suya. “Solía estar meses enteros esperando que la Barbie llegara en un cargamento de barco. Se demoraban, porque a veces se perdían y la Barbie andaba por el océano Pacífico, flotando con los embarques, viajando. Yo me las imaginaba y sufría por ellas. Pero compraba y compraba igual. Me costaba que me las mandaran porque a veces la importación era más cara que la propia Barbie y yo no tenía trabajo, era una niña. Mi mamá me ayudaba. Todo el dinero que me daban era para rescatar a mis muñecas. Para sacarlas del barco. Invertía en sus vestidos, en su saccesorios, en sus novios rubios y musculosos. Cuando llegaban, literalmente peinaba la muñeca de feliz”.

En el colegio, la rubia de goma fue la única amiga de Stormy.
Sola con sus criaturas que sacaba del bolsón, en el recreo armaba una ciudad de mujeres perfectas en miniatura. Abstraída en su mundo rosado, ninguna niña real le hablaba, ninguna se le acercaba, ninguna osaba a tocarle las carteritas y los minúsculos tacones de plástico. Stormy les cercaba el paso con la mirada.
“Como me aburría tanto en clases –nunca fui muy aplicada– llevaba mis Barbies al colegio y jugaba con ellas todo el día. Si alguien me molestaba o quería meterse con ellas dejaba la cagá. Entonces me las requisaban. Nunca jugué con ninguna de mis compañeras, las encontraba muy niñas –qué tonta, yo era niña también– pero simplemente no enganché. Mi mamá pasaba metida en el colegio, porque decían que yo no me relacionaba con nadie, que todo lo que hacía era raro. Más encima, como soy piti, me sentaba adelante, sola. Pasé casi toda la básica metida en la biblioteca del colegio leyendo. Aparte de las Barbies, leer era lo único que me entretenía”.
–¿Y ahora qué lees?
–La Cosmopolitan y un libro con la historia de unas nanas americanas.
–¿Y juegas con muñecas?
–Las peino.


Chica Hooter

Paralelamente al mundo Barbie, Stormy entró a estudiar Ingeniería Informática a pedido de su padre.
–Fue un compromiso que asumí con él. A mí no me gustaba. Yo, a los 20 años, no sabía ni dónde estaba mi cabeza.

Matemáticas fue el ramo que la atrasó en una carrera que tomó en horario vespertino. Está a un semestre de titularse, pero sabe que no está dispuesta a pasar la vida entera sentada frente a un computador. “Eso no es para mí. Lo mío es mover el dedo”, ironiza con su ímpetu de jefa, con su manía por escalar y conseguir el 98% de lo que se propone.
–¿Y el 2% restante?
–Es el margen de error.
Hace dos años Stormy llevó a su pololo al recién inaugurado local de Hooter en Isidora Goyenechea, una cadena de restoranes de comida americana que es atendida por meseras voluptuosas y extravertidas, ojalá rubias. Allí pidió alitas de pollo apanadas bañadas en salsa Hooter para ambos.

Con un hueso entre los dedos y mirando fijamente a una de las meseras, Stormy le dijo a su chico: quiero ser una chica Hooter. Y lo fue. Empezó cosechando propinas de cincuenta mil pesos los viernes en la noche.
–Fue el mejor trabajo de mi vida. Fui feliz. Era como mi casa, sonreía todo el día y atendía de muy buena gana, coqueta.

Brilló durante un año como mesera top. Vestida con tenida deportiva de los años ochenta, jugó al ula-ula y a saltar la cuerda mientras los comensales engullían papas fritas, cocacola y quesadillas. Y aunque Stormy no tiene problemas con el busto, se puso relleno y se bajó el escote. Pronto concursó para ser Miss Hooter Chile y así competir con el resto de chicas Hooters del mundo en el certamen anual en Las Vegas, Estados Unidos. Se aplicó bronceador sin sol, se depiló aún más las cejas, se iluminó la boca con gloss. Pero no bastó con eso. Una tarde llegó al local de La Florida –donde había sido trasladada– con la cabellera teñida de rubio platinado y con la primera sesión de una tanda de solárium en el cuerpo.

“No gané, pero después del concurso seguí aclarándomelo más y más. El rubio es como el bronceado: nunca es suficiente. Mientras más rubia y más bronceada, mejor”, sostiene Stormy, compartiendo una de sus máximas de belleza. “El cliente Hooter sabe que en el local atienden chicas entretenidas que lo tutean y lo tratan como si fueran su amigo de toda la vida. Allí puedes gritar y hacer lo que quieras. Es la casa de las locas en short”, describe tomando un lápiz y asumiendo su lado B, el de gerenta, que consiguió tras renunciar de mesera porque había topado techo. Ella quería avanzar.

Ahora está al frente de la misión de negocios del local. A su cargo están todas las chicas Hooter que parten como ella atendiendo mesas. Sus subalternas en un principio le temían.
–Sentí un rechazo fuerte. ¿De mesera a gerenta? Después entendieron que yo quería hacer bien mi pega. Por mí y por ellas. A mí me evalúan por el trabajo de ellas y ya no podían flojear como antes. Soy perfeccionista. Lo siento. Quiero ser la mejor. Nací así.

Look, Ken y los zapatos

Stormy no es flaca. Tampoco es gorda, pero le cuesta ser Barbie, con cintura y piernas largas de mentira. Para mantenerse en forma pelea con la comida y apela a su voluntad, que flaquea cada tanto con un colon irritable que la tira a la cama cuando ya no puede caminar.

“Tengo tendencia a engordar, lucho harto con mi peso, es mi dilema. Mantenerse bien cuesta muy poco, entonces me da rabia no estar flaca, que es lo más fácil que uno puede hacer. El nivel intelectual cuesta mucho más, las relaciones interpersonales son más difíciles, hacer bien tu trabajo es duro. ¿Por qué algo tan simple a mí me cuesta tanto?”, protesta Stormy agarrada de un vaso de jugo no light.
–No sufro de hambre, sufro de antojo. No como cosas que me hagan mal. Soy muy dependiente de los bebestibles: bebidas, cervezas, jugo, leche. Siempre estoy con un vaso en la mano. Me encanta beber lo que sea. Como este néctar. Y cree que eso la engorda. El jugo con azúcar.

Stormy se sabe la Programación Neuro Lingüística de memoria. Los libros de PNL dictan su conducta. Stormy asegura que todo lo ha conseguido programando su mente para el éxito, aunque matiza que lo del peso es un tema pendiente. Pero no descarta hacerse una liposucción a los 40 años.
–Cuando ya no haya remedio y la PNL no pueda cambiarme los rollos.

Claudio, el pololo de Stormy es chef. Según ella, cocina desabrido. Stormy prefiere el sushi. Y el jugo. Sus amigas aseguran que el novio chef se parece a Ken, a un Ken cocinero. Y cuando el chef aparece, confirmo que sí parece como recién salido de una caja de mica gigante: mide un metro noventa, tiene músculos y cara de hombre bien dibujada. Ken en versión morena.
–Claudio me sirve para mi vida. Me da tranquilidad, confianza. Yo no tengo problemas de celos. Él sabe mi cuento, sabe que me hago la linda con todo el mundo, pero que soy fiel. Yo nunca he conocido un hombre en una discoteque, soy más de boliche, de pub. Bueno, él sabe como soy.
–¿Tú lo sabes, Stormy?
–Soy chiflada con las Barbies y con los zapatos. Tengo más de 150 pares en el clóset. Mira.
Ahí dentro de un dormitorio con la cama sin hacer a las 4:30 pm está la misma obsesión de Imelda Marcos: tacones amarillos, plateados, aleopardados, rojos, blancos, de charol, de plástico. Casi todos nuevos, en cajas, porque Stormy no los usa.
–Tengo el metatarso caído– explica. No le caben los zapatones con tacones. Sólo los usa cuando está sentada en una fiesta con la sonrisa eterna y una copa de margarita en la mano. Sentada, sólo sentada. Sonriendo. Como muñeca.

Barbie family

Stormy, bautizada así por la protagonista de un libro que nació en una noche de tormenta, hoy vive en Diagonal Paraguay, en el centro de Santiago, pero hace un mes vivía con su familia en Macul. Allá se crió como hija única de un matrimonio mayor. Su madre tiene 60 años, su padre 70 y su abuela, 90. Fue la consentida de la familia.
–Mi papá es todo para mí y mi mamá es una vieja loca muy viva. Su vida no para. Tenemos cuatro perros en una casa de locos. Cuando estaba en plena mudanza, mi mamá me miró un día y me dijo: “Mi amor, ¿le da pena irse?”. Y yo le dije “¡No! ¡no me da pena!”. Mi cara era de estresada, no de pena. Juro que este teléfono suena 15 veces al día. Y es mi papá o mi mamá. Ellos viven su vida en mi vida –se queja Stormy, a quien su padre le regaló la primera de todas sus Barbies y veinte años después le pasó el departamento en el que vive–. Ella piensa pagárselo en cómodas cuotas mensuales.

–Como buen anticuario, mi papá dice que las Barbies valen callampa, que lo único cierto es la propiedad y el valor de lo antiguo”, dice Stormy, cuyo padre se dedica a recolectar muebles de otra época, a repararlos y a venderlos a particulares como obras de arte. La esclava que lleva Stormy en el brazo es una joya de 1900 que le regaló para que la luciera y
la protegiera del mal.
–Y mi abuela es una vieja a todo trapo. Es como mi hermana mayor.

Mientras la abuela le hacía la ropa a sus Barbies, la nieta le iba contando todo lo que pasaba. Lo bueno y lo malo.

–Mi abuela fue mi alcahueta durante muchos años. Yo llegaba a las nueve de la mañana después de una fiesta que empezaba a las once de la noche y me decía ‘¡chí, la horita!’, pero no me acusaba. Ella es un chiste: se levanta maquillada y peinada y se acuesta maquillada y peinada. Se hace los rulos, se encrespa el pelo, se encolonia entera. Yo gasto mucha plata en regalos para mi abuela. Si están de moda las carteras rojas, parto a comprarle la cartera roja con los zapatos rojos. O la cartera amarilla con los zapatos amarillos. Cuando mi abuela va al mall, es feliz. Se viste de transparencias, salió reina en su club de adulto mayor y todo el mundo que la ve dice ‘ahhh, tu abuela es a toda raja’. Yo le digo abuela, porque me carga que le digan abuelita, viejita. ¡No! Si no es vieja. O sea es vieja, pero no es vieja.

Como la señora es sorda, la familia Burgos vive gritando, entremedio de las cajas de Barbie que Stormy todavía no se lleva y que ya colapsaron el living y la parte de abajo de las camas. A gritos, la madre le advirtió un día a la hija que si entraba una Barbie más a la casa, ella se mandaría a cambiar. Así que la cosa quedó en quinientas muñecas y no en mil, como hubiese querido Stormy, quien calcula que ha invertido como doce millones de pesos en muñecas y los accesorios que se venden por separado.

–Todo lo que he logrado es porque mi mamá siempre me dijo que yo era lo mejor del mundo. Por eso soy feliz y vivo el sueño americano. O trato. El gringo es feliz. Por tonto es feliz. La ignorancia es felicidad. Si yo llegara a ser menos consciente de las debilidades sociales, si fuera mucho menos consciente, sería mucho más feliz de lo que soy. La conciencia, el saber, no hace bien, no te deja pasarlo bien ni ser completamente feliz. Por ahora me alcanza sólo para la Diagonal Paraguay, pero no importa. Un día viviré en la Quinta Avenida de Nueva York. Como Barbie. Acuérdate de lo que te digo.

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