Subir el Everest juntas
Natalia Jordán, María Paz Valenzuela y Elisa Jordán.

Reportajes y Entrevistas

Subir el Everest juntas

Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: Carolina Vargas.

Un cáncer y posterior mastectomía llevaron a la musicóloga y montañista María Paz Valenzuela (54) a plantearse un proyecto ambicioso: ser la primera chilena sobreviviente de un cáncer de mamas en subir la cumbre más alta del mundo. A la expedición, que se iniciará el próximo 2 de abril y durará dos meses, irá con Natalia y Elisa, dos de las tres hijas que tuvo junto a su ex marido, el ingeniero y montañista Rodrigo Jordán, quien lideró la primera expedición sudamericana en llegar al Everest. Ellas serán su mano derecha e izquierda y la acompañarán hasta el campamento base. “En realidad, mi cumbre está abajo, cuando retorne y me vuelva a encontrar con mis hijas”, asegura.

Paula.cl

En la casa de María Paz Valenzuela hay una habitación que funciona exclusivamente como centro de acopio de carpas, sacos de dormir y ropa de alta montaña. En 11 días más viajará a Nepal con sus hijas, Natalia y Elisa, para embarcarse en una expedición a la cumbre más alta del mundo.

Lleva siete semanas entrenando enfocada en retomar, después de dos décadas, una pasión que comenzó en su época universitaria, cuando tenía 21 años, estudiaba Música en el Campus Oriente de la Universidad Católica y tuvo que optar por un electivo deportivo para poder egresar. Descartó yudo, vóleibol y básquetbol, por temor a arruinar sus manos y sus dedos. Pero cuando vio montañismo, pensó: “Bueno, esto puedo hacer, puedo caminar sin problemas”. Ahí conoció a Claudio Lucero, su profesor, leyenda del montañismo nacional y quien fue parte de la primera expedición chilena y latinoamericana en llegar a la cumbre del Everest.

“Yo soy concertista en flauta, no tenía idea lo que significaba tomar un deportivo”, recuerda riendo, en un vestido blanco y de escote en U, que ajusta la silueta de una deportista de alto rendimiento, y deja ver una cinta adhesiva color piel que cubre la cicatriz de un catéter producto de su reciente cáncer mamario. Será la primera chilena sobreviviente de esta enfermedad en subir a la cumbre del Everest.

En 2015, luego de que sus padres fallecieron, de que sus hijas Sofía (28, economista), Natalia (26, bióloga) y Elisa (24, directora audiovisual) crecieron y partieron a viajar, y recién separada del ingeniero civil y destacado montañista Rodrigo Jordán –el primer chileno en liderar una expedición sudamericana al Everest–, María Paz se encontró en una casa y espacio vacíos, y decidió retornar a la montaña. El cerro El Plomo, que había subido varias veces años atrás, fue su debut. “Fui sola, quería experimentar la autonomía y libertad que me provoca estar en la montaña, y ver cómo estaba, si me iba a encontrar con la misma montaña, si yo era físicamente la misma”, recuerda.

Se metió al gimnasio tres veces por semana, enfocada en potenciar su resistencia. Hizo trekking en la isla Rey Jorge, en la Antártica, y en el cerro Bettinelli, en la isla Navarino, y ascendió el volcán Láscar en San Pedro de Atacama. Y para el 2017 se propuso hacer montañas grandes: volver al Aconcagua (a 6.900 metros de altura), ir al Monte Denali (la montaña más alta de América del Norte) y al Elbrus (el más elevado de Europa).

Ya a fines de enero del año pasado había regresado de una expedición de 20 días al Aconcagua –que no logró llegar a cumbre por condiciones climáticas–, integrada por siete hombres de entre 20 y 30 años, y ella. “Hasta los guías podrían haber sido hijos míos. Deben haber pensado: ‘Chuta, vamos a tener que llevar a esta señora’”, bromea, y agrega en serio: “Después descubrían que íbamos absolutamente a la par. Yo me preguntaba: ‘¿Dónde están mis mujeres? ¿Dónde están mis pares? ¿Por qué estoy aquí? Mis amigas deben estar jugando bridge, en la playa, y yo aquí, en una piedra, a todo sol’”.

Pero a fines de marzo el radiólogo que la atendía –luego de que en 2009 tuvo una microcalcificación en la mama derecha– detectó algo en su mama izquierda. “Habría que hacer una punción para ver de qué se trata”, le dijo. Para ese entonces, María Paz trabajaba en el departamento de Alianzas Chile de la Fundación América Solidaria, razón por la cual viajaría a principios de abril a Haití. El viaje salió bien, ella no se sentía distinta, pero al regreso, la biopsia de la punción salió mala y un examen PET evidenció cinco puntos cancerosos multifocales en su mama izquierda.

“Hay que hacer una mastectomía total”, le dijo su doctora, la cirujana oncológica de mama de la Clínica Alemana, Jamile Camacho, 10 días antes de la fecha en que partía su vuelo a Alaska para iniciar una expedición al Monte Denali. Durante un año había estudiado la montaña, ya estaba comprado el pasaje, había buscado con quién ir y por dónde subirlo, y había pagado la expedición. “Doctora, me he preparado para ir a un lugar mágico, en el que nunca he estado. Yo me tengo que ir, sobre todo si lo que me está diciendo que hay que hacer es así de grande”, le dijo.

Luego de exponer su caso en un comité médico, la autorizaron a viajar. A cambio, tuvo que dejar todos sus exámenes hechos y la hora a pabellón agendada. “Yo seguía entrenando perfecto, me sentía muy bien, no tenía ningún cototo. Era como la película de otra persona, mi mente estaba en la montaña”, dice María Paz. Su hija Natalia agrega: “Yo siento que la montaña es más mental que física y, por lo que entiendo, el cáncer también. Si le sacaban el cerro iba a llegar peor a la operación y a la quimio. Enojada. Fue un alivio. El cerro la iba a hacer brillar y si la estaban autorizando para ir, significaba que mi mamá iba a vivir”.

Durante 21 días, y junto a cinco montañistas más, todos hombres, María Paz se internó en el parque homónimo que aloja al Monte Denali. A 5.200 metros de altura, -30 °C y acarreando 15 kilos en su mochila y 20 kilos en un trineo durante 8 horas diarias, la expedición llegó hasta el cuarto y último campamento. No llegaron a la cumbre porque las condiciones climáticas se lo impidieron.

Cuando venía descendiendo, cuenta, el cáncer la tocó. “La bajada fue difícil, sentí la realidad. Iba a volver a algo desconocido, duro, a una operación en la que me iban a mutilar. Estaba en blanco, entregada, amasando una idea, un proyecto por el que valiera la pena tanto sufrimiento. Sentía que tenía que poner un pedazo al servicio de las 2.400 mujeres que mueren al año en Chile por el cáncer de mama”.

El 27 de junio a las 7:30 de la mañana aterrizó en Chile y se juntó en el aeropuerto con su hija Natalia, quien venía llegando de Filadelfia, Estados Unidos, donde estaba trabajando como guía de trekking para la fundación Philadelphia Outward Bound School. Fue a su casa a dejar su mochila, armó un bolso y se fueron a la clínica.

*

Cuando María Paz despertó de la operación, sintió un bajón. “Me vino una sensación de abandono, tristeza, pérdida, pena, estaba adolorida. ‘Chucha, ahora ya no tengo mama’. No sé cuál es la descripción, me sentí humillada, mal, sin identificación. Quise aislarme, no me sentía bien, uno está todo tajeado. Fue impactante sacarme los parches y ver lo que era, un horror. Me demoré mucho en mirarme al espejo”.

Diez días después comenzó la primera de ocho sesiones de quimioterapia. “No entendía cómo envenenar mi cuerpo era la manera de salvarse”, reflexiona hoy, y recuerda patente un episodio que ocurrió el séptimo día de la primera quimio. Estaba en su casa, ubicada en María Monvel, una empinada calle en La Reina Alta.

–Yo necesito salir, caminar, estar sola. Voy a bajar a la esquina y cuando llegue abajo te voy a llamar y tú me vas a buscar –le dijo a su hija Natalia.

–Fue lentito. Esa bajada uno la hace en 10 o 15 minutos, y yo creo que te demoraste 45 –saca el cálculo Natalia hoy.

–Me podía mover muy poco, porque tenía los parches. Bajé, muy lento, y ella me fue a buscar. Fue suficiente, sentí un agote máximo. El cuerpo me pesaba, había perdido mi tono muscular, mi capacidad física –cuenta María Paz.

En vez de partir desde arriba, los días siguientes Natalia la dejaba abajo y María Paz subía. Se demoraba una hora. Para la segunda quimio bajaba y subía sola, tres veces a la semana, y en la quinta había añadido un entrenamiento de 10 minutos diarios en un escalador que tenía en su casa, mientras elucubraba un “proyecto secreto”: ser la primera chilena sobreviviente de un cáncer de mamas en subir el Everest y convertirse en una voz que amplifique la importancia de detectar precozmente el cáncer.

Voy a subir el Everest
Una tarde de enero de 2018 estaban las tres sentadas en la mesa del comedor de su casa cuando el celular de María Paz sonó. Ella atendió. Una voz femenina al otro lado del teléfono le dijo: “¡Dijeron que sí! ¡Te aprobaron el proyecto!”. La Clínica Alemana y la campaña de detección precoz del cáncer de mamas del centro comercial Alto Las Condes, Alto al Cáncer, lo financiarían. “Se me pararon los pelos”, confiesa María Paz. Volvió a la mesa y, sin titubear, les contó a sus hijas: “Voy a subir el Everest”. Sin que ellas lo supieran, se había estado reuniendo con empresas y organizaciones que quisieran financiar su causa.

“Elegí el Everest porque es grande, porque impacta y porque todo el mundo lo conoce. Alguna vez alguien dijo: ‘Cada uno tiene su Everest’. El proyecto quiere mostrar que si detectas a tiempo un cáncer tu puedes rehacer, renovar o reformular tu vida. Yo entrenaba hace un año, se cortó todo patéticamente durante 7 meses, y he podido retomarlo”, reflexiona María Paz. “Muchos me dijeron que no y les encuentro toda la razón. Yo iba sin pelo, sin cejas, sin pestañas. Con turbante o pañuelo, oncológica. Ver a esta cancerosa que quería subir el Everest era bien difícil de creer. Era como ir a la Luna”, dice.

Al saber, a Natalia y Elisa se les abrieron los ojos. “¿Cómo?, ¿cuándo?, ¿de qué se trata esto? Nosotras queremos ir”, le respondieron.

Para las hijas de María Paz la aventura no es tierra desconocida. Los primeros recuerdos de infancia que tienen ambas son en la Patagonia, en pañales, dentro de un saco de dormir. “Mamá, la Elisa se salió de la carpa”, imita Natalia. “Más que ir a una montaña o subir una cumbre, caminábamos mucho. Mientras nuestras amigas pasaban sus vacaciones de verano en la playa, nosotras íbamos a la Patagonia chilena, a la Patagonia argentina, al Desierto Florido”, cuenta. “Hicimos Chile completo entre los 0 y los 10 años”, interrumpe Elisa. “Con las hijas chicas, reemplazamos las montañas por trekkings y caminatas largas”, agrega María Paz.

Cuando tenían 12 y 10 años subieron su primer cerro con mochila, El Morado, y acompañaron a sus padres a un almuerzo conmemorativo de los 75 años y trayectoria del montañista Claudio Lucero, en el campamento base del Monte Everest, en Nepal, a 5.600 metros de altura. “Era entretenido que nuestros papás fueran a expediciones. No tengo ningún recuerdo de que haya sido algo terrible que no estuvieran o temer que les pasara algo”, dice Elisa. Y Natalia agrega: “Yo creo que igual la mamá postergó la montaña mientras crecimos”.

A nueve semanas de iniciar la expedición, Natalia canceló su retorno a Filadelfia, Elisa renunció a la ayudantía universitaria que había tomado y ambas se inscribieron en el gimnasio, para entrenar a la par de su mamá, quien estaba dedicando tres horas diarias, 6 días a la semana, a ello.

Además de su entrenador, y sus dos nuevas asistentes, María Paz incorporó a dos kinesiólogos y a un nutricionista deportivo de alto rendimiento, quien elaboró para las tres una dieta alta en proteínas y pescados, cero grasas saturadas y cero azúcares. Por ejemplo, deben comer sagradamente un plátano y tres huevos al día, más 4 litros de agua y dos vasos de jugo de fruta. “Pasas a ser un objeto de cuidado para tu propósito. Princesa total, no te puedes lesionar y tienes que comer y dormir lo que te están diciendo. Estás al servicio para que tu cuerpo rinda al cien”, asegura María Paz.

La expedición durará dos meses. De ellos, los primeros 20 días los pasarán las tres juntas, desde la entrada por el valle oeste del parque hasta llegar al campamento base (a 5 mil metros de altura), ruta que les permitirá aclimatarse y entrenar en alturas de hasta 5.900 metros. Allí, Natalia y Elisa se instalarán en una carpa y estarán siempre comunicadas por radio con María Paz, que comenzará a ascender junto a dos sherpas de alta montaña que serán su sombra.

“Era un sueño muy, muy lejano. Aunque era un lugar bellísimo en el que había estado, no estaba dentro de mis planes hacer cumbre porque no es algo que uno puede financiar fácilmente. Es mucha plata, y yo no iba a lograr juntarla por una ambición personal. Probablemente si no hubiese tenido cáncer no lo podría haber hecho”, reflexiona María Paz sobre la expedición, que en entrevista con Paula en 2012 el montañista Claudio Lucero avaluó en entre 400 y 500 mil dólares.

Desde el campamento base María Paz ascenderá al campamento 1 que, calcula, le tomará unas 8 horas. Dormirá una noche allí y al día siguiente retornará al campamento base. Luego subirá al campamento 1 y 2, dormirá ahí y descenderá al base. Así sucesivamente hasta llegar al campamento 4 y la cumbre. “No puedes dormir muchas noches en altura porque te deterioras. A medida que uno se aclimata, los tramos se van haciendo más cortos. La primera vez al campamento 1 serán 8 horas, pero luego, cuando ya vaya a subir al campamento 2, puede demorarse 4”, explica Natalia. “Y, al igual que como sucede en el cáncer, Natalia y Elisa son el apoyo emocional. Estar solo es muy difícil. Pero, además, son el apoyo logístico”.

De hecho, mientras María Paz entrena 5 horas diarias, son ellas las que, con carta Gantt en mano, le han dado forma a la expedición. Natalia se ha asegurado de que las platas que se comprometieron lleguen, que se elaboren los contratos correspondientes, que se compren los pasajes y seguros de viaje y que se concreten los pagos al guía y los dos sherpas en Nepal.

Elisa estará a cargo de las comunicaciones: los teléfonos, los chips nepaleses, el internet móvil, una GoPro, un dron, los discos duros y las cápsulas de videos que se transmitirán a través de las redes sociales de Alto Las Condes y de una página web especialmente diseñada para la expedición.

El equipo y ropa lo han visto en conjunto y nada de lo que llevan es unitario. “Como es una expedición tan grande, tenemos que llevar todo doble, o triple. ¿Qué pasa si se te rompe la linterna?”, dice Elisa. Entre las tres, calculan, llevarán seis bolsos de 25 k cada uno, que incluyen, entre otros, dos sacos de dormir por persona, uno ecosintético para -29 °C y otro de plumas de ganso para -40 °C; parkas y pantalones de pluma de media y alta montaña; poleras y pantalones de primera, segunda y tercera capa; calcetines delgados e intermedios; y una máscara de neopreno.

Producto de una amigdalitis y faringitis que llevaba semanas acarreando, Elisa decidió sacarse las amígdalas. También cortará su pelo, que hoy le llega hasta la cintura, ambas medidas para evitar enfermarse allá, donde los grados bajo cero son una constante y no hay secador de pelo. En sus bolsos también incluirán películas, libros de lectura y sudokus.

“A veces hay muchas horas de tormentas que las pasas dentro de la carpa, sin poder hacer nada. Puede parecer secundario, pero el ocio te va rumeando la cabeza y eso también afecta a la expedición, por secundario que parezca. Sabemos que hay riesgos, pero también somos conscientes de que son controlables si uno toma todas las precauciones. Llega mucha más gente a la cumbre de la que se accidenta, y quienes lo hacen, en su mayoría, son quienes han tomado malas decisiones”, asegura Natalia quien, al igual que Elisa, lleva 10 años trabajando como guía de expediciones de Vertical, el holding que reúne una fundación y una serie de programas de educación y capacitación en desarrollo organizacional, liderazgo y habilidades sociales, que su papá creó en 1994, y de quien no quieren ahondar en esta entrevista.

María Paz las observa, sin interrumpirlas. Cuando terminan de hablar, agrega: “Que ellas quisieran ir fue poderoso. Es una disciplina bien solitaria, introspectiva, de saber estar con uno, de confiar en uno. Yo tengo confianza en que haré cumbre. He caminado 8, 12 horas diarias, y sé lo que mi cuerpo es capaz de resistir. Sé que cuando pienso que no puedo más no es verdad, he ido quemando esas barreras mentales, eso te lo da la montaña”. Y piensa en su cáncer, que culminará al regreso del viaje, el 27 de junio, cuando le realicen una operación reconstructiva. “Si me hubiese demorado un mes más en hacerme esa mamografía no estaríamos aquí sentadas tratando de ir al Everest”.

Cuando María Paz Valenzuela se logra imaginar algunos segundos en la cumbre del Everest, se toma una pausa y suspira. “Cuando uno sube estos cerros grandes y estás ahí, en la cumbre, la satisfacción no es inmediata. Tienes la sensación de que lo lograste, sí, quieres sacarte la foto, pero también tienes la necesidad de no bajar la guardia, porque en realidad te queda la mitad del cerro. Allá arriba, a más de 8 mil metros de altura y un cerebro funcionando al 60% hay una cosa muy austera, no tiene nada de romanticismo, cada segundo que pasa te estás deteriorando. En realidad, mi cumbre está abajo, en el campamento base, cuando me vuelva a encontrar con mis hijas”.

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