Cómo sueñan los ciegos

Reportajes y Entrevistas

Cómo sueñan los ciegos

Por Manuela Jobet / Ilustración Edith Isabel

Cuando soñamos las imágenes abundan. Las cosas que hemos visto durante nuestras vidas, las personas que conocemos o pasan por nuestro lado. Recuerdos, distintos colores, formas y figuras. Se estima que en el mundo hay mil trescientos millones de personas que tienen alguna deficiencia en la visión. En ese universo hay quienes nacen sin ver, quienes por alguna enfermedad o accidente han perdido la vista y quienes tienen severos problemas. ¿Pero cómo se construyen sus sueños? Distintas son las experiencias de quienes perdieron la vista y de aquellos que jamás vieron. Sus reveladores testimonios, y la opinión de un experto, nos ayudan a adentrarnos en lo que experimentan en sueños.

Según la II Encuesta Nacional de la Discapacidad, en Chile, del universo de 2.606.914 chilenos y chilenas adultos en situación de discapacidad leve o severa, el 11,9% presenta ceguera o algún tipo de dificultad grave. Álvaro Romero (61), profesor de computación y teléfonos móviles de la Corporación para Ciegos, es uno de ellos, y perdió la vista hace más de 30 años. Empezó viendo borroso. Y, al poco tiempo, se le nubló completamente la vista. Al comienzo, cuando manejaba tenía que frenar el auto y estacionarse a un costado de la calle o carretera mientras esperaba que el conjunto de nubes que le impedían ver, se fuera. En esos segundos se iba a negro. Los colores e imágenes se desvanecían abruptamente, sobre todo cuando llegaba la primavera y los residuos de madera y alérgenos de las plantas le inflamaban la retina. Después de años de lidiar con esa incertidumbre visual intermitente, fue diagnosticado con Síndrome de Behcet, un trastorno poco frecuente que causa la inflamación de los vasos sanguíneos en todo el cuerpo. A esas alturas, sus globos oculares estaban tan inflamados que la pérdida de la vista fue irreversible. Tenía 25 años.

A pesar de lo que uno podría creer, Álvaro nunca ha anhelado volver a ver. Ni siquiera en sueños. Hoy recuerda con alegría que en general sueña con vivencias cotidianas, llenas de los colores y movimientos que no puede percibir desde hace más de 30 años. “Los sueños que tengo son como mi historia de vida. Si aparezco yo, estoy siempre usando el bastón que me acompaña a todas partes. Sueño también con mis hijos, con mi mujer, que murió hace unos años, y sus caras son las que recuerdo cuando veía, en ellos no ha pasado el tiempo”, dice. Sí suele tener dos sueños recurrentes: el primero es que va manejando por la carretera y por algún motivo pierde el control del auto, empieza a andar en reversa o a moverse de un lado a otro. El segundo que se repite es que sube en un ascensor que nunca se detiene. Incluso sale del edificio y llega a las nubes. “Desde ahí lo puedo ver todo”.

A diferencia de Álvaro, Guillermo Castillo (33), profesor de Literatura de la Universidad Católica, nunca pudo ver. Nació prematuro y el exceso de oxígeno que recibió tras estar en incubadora produjo daños en su retina y en el nervio óptico. “La gente tiende a asociar la ceguera con el negro, y eso ha dado pie a un montón de prejuicios dado que el negro está marcado. Dicen que quienes no vemos vivimos en la oscuridad, en las tinieblas, y todos esos son campos semánticos, pero finalmente lo que veo es nada. Es vacío. Los sueños son reminiscencias del inconsciente que de alguna manera reflejan estímulos asociados a la capacidad sensitiva. Como nunca he visto, mi cerebro no tiene información que generar y que se traduzca en imágenes”, explica. “No puedo soñar con imágenes porque no existen los elementos fisiológicos que las produzcan en mi cerebro. A pesar de eso, soy fanático de Harry Potter y El Señor de los Anillos y muchas veces he soñado con esos libros. Aunque estoy seguro de que mi representación quizás es distinta, sí sé que Rivendel es un lugar hermoso, lleno de naturaleza. Sé cómo son los elfos, las construcciones, y esas imágenes en mis sueños vienen de las descripciones que he leído de esos lugares. Si bien en el sueño no veo, sí soy capaz de construir sensaciones a través del ruido del río, de las voces de los elfos, de olores, de sabores. Siento dolor, temperatura, angustia. Si sueño con algún libro de terror, no me asusto por las caricaturas que dan terror, me asusto por los efectos que me producen. Como la construcción de mi realidad no es visual, mis sueños tampoco lo son”, explica.

Los contenidos visuales de los sueños se producen por la activación de algunas áreas corticales donde se alberga la información de las imágenes. Por eso quienes tienen ceguera congénita no logran soñar con movimientos, ni colores, ni formas. Sus sueños están construidos a partir de sensaciones auditivas y táctiles, e incluso con algo de movimiento, experimentando la imaginería y la sensación de soñar a través de otros sentidos. Andrea Contreras, neuróloga del Centro del Sueño de la Clínica Las Condes, explica que lo que soñamos tiene estrecha relación con la corteza cerebral, es decir, la parte que se relaciona con las experiencias diarias que vivimos y se almacenan en el hipocampo. También participa el sistema límbico, parte del cerebro que controla las emociones. “Cuando soñamos también participa el sistema límbico, que es la parte del cerebro que controla lo emocional y es la responsable de generar sensaciones como el miedo o la angustia. Los ciegos de nacimiento no tienen imágenes integradas en su corteza visual, por ende, ellos sueñan con sensaciones”.

Enrique Rodríguez (masoterapeuta, 74) perdió la vista a los 11 años, producto de una uveítis, inflamación de la capa intermedia del globo ocular. A pesar de que han pasado más de sesenta años, se ha dado cuenta que cuando sueña en colores es porque algo o alguien le quiere dar un mensaje. “Vengo de una familia muy católica y cuando quedé ciego me pregunté mucho dónde estaba Dios en todo esto. No entendía por qué me había pasado a mí, a pesar de que el dolor que me generaba la fotofobia era tan intenso que llegaba a añorar perder la vista. Un día fui a hablar con un sacerdote, esperanzado en que me diera respuestas y alivio. Lo único que me dijo fue que yo no podía entenderlo porque era muy chico. De ahí en adelante soñé durante un mes con una casa. Distinguía los colores, recuerdo el pasillo amplio que había a la entrada, las puertas de madera. Un día, mi hermana me invitó donde unos vecinos que eran evangélicos. Ahí había un pastor que dio una charla en la que encontré respuesta a todas las dudas, todo lo que no había encontrado conversando con distinta gente y con Dios. Al salir de la casa, mientras caminaba de vuelta con mi hermana, le describí cada detalle del lugar donde habíamos estado. Ella, emocionada, pensó que se había producido un milagro y que había recuperado la vista. Pero no, era la casa con la que llevaba soñando sagradamente desde hacía un mes. He vuelto a soñar en colores y siempre me traen mensajes, pero es en casos muy puntuales. El resto del tiempo sueño como ciego: en ellos no hay  contenido visual, todo es oscuro. Las percepciones son las protagonistas. Hay voces, sentidos, sentimientos. Siento que hay gente a mi lado, pero estoy completamente sumergido en la niebla que me acompaña todos los días”.

La artista Diana Camacho (44), quien tiene el síndrome de Marfan, una falla en la fibrilina y el colágeno que hace que todos sus tejidos sean más débiles, está viviendo el proceso de perder la vista. Tiene alta miopía y hace años se le desprendió la retina del ojo derecho, y actualmente depende de un lente de contacto que le permite ver de lejos, pero que se debe sacar cuando quiere mirar algo de cerca. “Me defino como una desadaptada, porque mi visión es muy engañosa. Tener baja visión hace que no seas ni chicha ni limonada, por eso vivo bastante frustrada. No me siento ni de acá ni de allá. Veo con mucha dificultad, y eso ha hecho que me sienta presa de mi cuerpo. Cuando sueño, que me pasa seguido, no veo nítido, pero no siento mis limitaciones corporales. Es como observar las cosas desde otro plano, ya que la intensidad de la emoción me da otra mirada de la vida”, cuenta. “Para mí es muy liberador soñar. Cuando me siento deprimida duermo, duermo y duermo, y es increíble cómo me ayuda. Mi mundo de los sueños es mucho más intenso y verídico que la vida misma, es más revelador. Sueño con colores, con bosques, con espacios de rocas color terracota. Ahí es donde encuentro mayor conexión con lo que soy. Para mí soñar es un regalo”.

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